A la izquierda de la izquierda de la izquierda, por Alain de Benoist


Hundida durante los años ochenta del siglo XX, la extrema izquierda parece haber encontrado un nuevo vigor. El “recentramiento” de la izquierda clásica, su sumisión al liberalismo, sus concesiones a la sociedad de mercado, que han ido a la par de una formidable regresión social (expansión del desempleo, retroceso en el poder adquisitivo, desindicalización masiva, desaparición de numerosas conquistas sociales, aumento de la exclusión, etc.), constituyen las causas principales de este resurgimiento, marcado principalmente por la reunión en 1996, bajo la presidencia de Pierre Bourdieu, de los “estados generales del movimiento social”, y por la publicación en 1997 del manifiesto “Nosotros somos la izquierda”, así como también, posteriormente, por el famoso “movimiento de los desempleados” en 1998. Partiendo de un espacio electoral reducido (del 5 al 7% de los sufragios), esta nueva extrema izquierda busca hoy sacar beneficio en el modo en cómo los grandes partidos de izquierda aparentemente han traicionado a sus electores y renegado de sus ideales. Aprovechando una posible alianza con los partidos comunistas, intenta fidelizar a un electorado joven con una oposición sin concesiones al gobierno de turno, impulsando para ello numerosas acciones reivindicativas.

Una familia ideológica heterogénea

Ideológicamente hablando, no se trata de una familia homogénea. Algunos de sus miembros se dicen de la tradición libertaria. Otros continúan inscribiéndose en la movida trotskista, que Cornelius Castoriadis caracterizó como “la facción en el exilio de la burocracia soviética” , o se relacionan con el marxismo crítico (Karl Kursch, Max Horkheimer), desgranando una larga letanía nostálgica sobre la forma en cómo el mensaje de Marx (o de Lenin) ha sido “traicionado”. Otros todavía buscan en los análisis sociológicos de un Pierre Bourdieu los instrumentos para una crítica radical de la “dominación” y de las “herramientas de clase” en los diferentes campos de lo social. Pero la mayoría se refiere a un corpus ecléctico desprovisto de cualquier coherencia, de hecho una “sensibilidad” que se podría resumir bajo el nombre de “humanismo radical” (neokantismo, igualitarismo primario, ecologismo “rojiverde”, extremismo iushumanista, etc.).

«En la época del “socialismo real”, señala Philippe Raynaud, la extrema izquierda intentaba hurtar a los comunistas su legitimidad revolucionaria al criticar la “degenerescencia” de la revolución rusa, pero ella le debía, paradójicamente, al comunismo oficial una parte de su vitalidad: la existencia de un “campo socialista”, incluso desfigurado, daba un sentido a la crítica general del capitalismo».  Pero el “campo socialista” hoy ha desaparecido, y la idea de revolución deja a las masas totalmente indiferentes. Incluso en la extrema izquierda ya no reina esa «certeza de estar al servicio de una causa justa y científicamente fundada al mismo tiempo, que tendría ineluctablemente que conducir al surgimiento de una sociedad radicalmente diferente» (Philippe Raynaud), que fue en otro tiempo la fuerza del comunismo Daniel Bensaïd, miembro del buró político de la “liga comunista revolucionaria” ya no osa hablar de revolución y se contenta con evocar una problemática “hipótesis de ruptura”.

Una crítica de la opresión habitualmente reservada a las minorías marginales

El neoizquierdismo se distingue, de hecho, del izquierdismo de Mayo del 68 por su débil contenido ideológico y la modestia de sus ambiciones. Mucho más que “hacer una revolución”, su objetivo esencial es construir diversos “movimientos sociales”, al mismo tiempo como realidades sociales y como apuestas políticas.

Más que por sus afiliaciones doctrinales, se caracteriza pues por sus formas de actuación, esencialmente asociativas, sectoriales o puntuales (manifestaciones, acampadas, ocupación de locales, requisas de alojamientos, huelgas de hambre, etc.), en ámbitos tales como la lucha contra la precariedad, el desempleo y los desahucios de viviendas, el movimiento feminista, la igualdad de género, la defensa de los sin-papeles, la lucha contra el sida, la denuncia del “derroche” y de la “corrupción”, etc. La cuestión es saber si se puede, sobre esta base, fundar con nuevos ímpetus una crítica global del sistema actual.

El hecho de que una cierta cantidad de representantes de la nueva extrema izquierda hayan pasado de un estricto determinismo económico a una crítica argumentada de los valores económicos (el “terror económico”), no dudando en cuestionar de paso a la ideología del progreso, puede ciertamente considerarse como un punto positivo. Jacques Julliard no ha vacilado, a este propósito, en hablar de “denuncia peguysta” (por referencia a Charles Péguy) del dinero, en plena expansión en la extrema izquierda. Ésta, no obstante, y todo lo que proclama, se queda muchas veces en reivindicaciones de orden puramente económico, sin tomar conciencia de que la difusión de un nuevo imaginario social, modificando radicalmente la autorrepresentación de los individuos y de los grupos, le concede a la alienación y a la frustración de las necesidades una coloración completamente diferente. El pensamiento monótono de Bourdieu continúa analizando las relaciones entre “dominantes” y “dominados” de manera totalmente arcaica, no sin caer reiteradamente en el utilitarismo puro y simple. El neoizquierdismo lucha contra la exclusión, pero dirigiéndola hacia situaciones marginales más o menos familiares, sin interrogarse acerca de las nuevas formas de expropiación del ser, que atañen hoy a todo el mundo, nuevas formas que no se sabrían ubicar en los antiguos esquemas de alienación de los “oprimidos”. Este autor intenta agrupar “luchas” heteróclitas, cuyos actores son los “damnificados del progreso” de los que hablaba Marcuse, pero olvidando que éstos no representan más que a minorías marginales poco representativas del pueblo en su conjunto (y en las que el pueblo no se reconoce) y absteniéndose de analizar seriamente las nuevas formas de relaciones sociales alienantes.

De hecho, pese a los esfuerzos de pequeños cenáculos como la Fundación Copernic (Jacques Kergoat), el Club Merleau-Ponty, la Sociedad por la Resistencia (Daniel Bensaïd), la Asociación por la crítica de los “medias” (Henri Maler), etc., la nueva extrema izquierda no sabe demasiado bien qué discurso global mantener frente a la ideología dominante. Su resurgimiento traduce la ascensión de un malestar, pero no se acompaña de una verdadera refundación ideológica.  Frecuentemente, se limita a reciclar argumentaciones ya desgastadas, totalmente desfasadas con la actualidad. Otorgándole un lugar práctico a esa radicalidad, se condena por ello a pujar buscando tener un peso en las políticas oficiales sin ofrecer ninguna alternativa.

Desarrollándose sobre un rechazo radical del sistema actual que le acredite una pureza ideológica, el neoizquierdismo toma muchas veces la forma de un activismo con una muy débil estructuración ideológica, que no influye demasiado en el curso de los acontecimientos. La protesta se encamina hacia el sortilegio o el voluntarismo verbal. Manifestación de un “radicalismo suave” (Pierre Rosanvallon), constituye una cultura del rechazo donde la postura moral tiene una base programática, y que llama a la “resistencia” sin estar en condiciones de precisar sus formas.

De la subversión a la subvención… o de cómo las extravagancias se convierten en lobbies

Esta cultura del rechazo pregona paradójicamente una forma de acción impolítica, en la medida en que pone su esperanza en un “movimiento social” nunca falto de equívocos (un ejemplo simple: ¿se trata, en los movimientos de defensa de los desempleados, de militar por el retorno al empleo o de poner en duda el sistema salarial?). La mayoría de las veces, no hace más que radicalizar a la ideología dominante de la compasión-vicitimización, que tiende a sustituir cualquier verdadera crítica social. Entonces testimonia una nostalgia de la cultura revolucionaria en su versión protestataria más que una verdadera inteligencia de los fines que pretende perseguir. Además, su práctica depende mucho del sistema mediático y del eco que éste concede (o no) a sus iniciativas, lo que no deja de ser peligroso.

A fin de cuentas, la actuación del neoizquierdismo desemboca en la aclimatación de la tradición angloamericana de la “desobediencia civil”, sin ver que ésta sólo es una versión radical del liberalismo más clásico, al mismo nivel que la teoría de los “contrapoderes” en los que se inspira la ideología de los “derechos humanos”. Los militantes de extrema izquierda, observa a este respecto Philippe Raynaud, «no tienen otro proyecto más que el de defender las “conquistas” que, para los mejor y lo peor, son en sí mismas producto de la dinámica de la igualdad de las condiciones. Su debilidad procede, entre otras causas, de la presunción ingenuamente “materialista” que les es propia y que les conduce a no ver en las instituciones y en las representaciones democráticas más que el producto residual de las “luchas” pasadas, sin comprender que la novedad de la democracia moderna está precisamente en la tensión que ésta instituye entre la universalidad “formal” del derecho y los conflictos de intereses o de opinión que la atraviesan. Fieles a la parte más caduca de la herencia de Marx […] continúan por ello siendo incapaces de ver hasta qué punto son tributarios de las representaciones de origen liberal».

«La “revolución”, concluye Raynaud, ha llegado a ser el suplemento anímico del radicalismo democrático y el medio más seguro, para los militantes, de disimular los íntimos vínculos que unen sus propias reivindicaciones igualitarias con el desarrollo de la sociedad liberal».

Movilizaciones arcaicas, denuncias abstractas y espera apocalíptica de la “grave crisis” que, haciendo “tambalearse” todo el sistema, permitirá finalmente hacer sobrevenir una sociedad “radicalmente diferente” –condenada a no lograr más que victorias parciales sin poder poner nunca freno a los amplios retrocesos, la extrema izquierda sólo tiene, finalmente, perspectivas limitadas en la medida en que no parece «tener otro fin estratégico que constituir un polo de radicalidad reconocida como compañera de la izquierda gubernamental y capaz de apoyarse en (o contra) las decisiones públicas».  Mal se ve, desde este momento, cómo podría esta izquierda radical evitar ser marginada sin servir de apoyo a la izquierda clásica, haciendo servir como moneda de cambio a su electorado, o instaurándose como una sociedad de lobbying próxima a los poderes constituidos. ■ Fuente: Éléments