El despertar identitario: una respuesta a la crisis de la modernidad, por Étienne Malret (II)


Denunciar los tótems del liberalismo

Por naturaleza, el liberalismo, en tanto que está fundado sobre una concepción individualista del hombre, contribuye a diluir, cuando no a destruir, las identidades colectivas tradicionales. Las justificaciones que son invocadas para legitimar la profundización del modelo liberal y su aplicación generalizada a todos los dominios de la vida en sociedad son principalmente de dos órdenes.

Por una parte, el proyecto liberal es una promesa de felicidad individual en cuanto se propone liberar al individuo de todas las cadenas tradicionales consideradas como atentatorias a su autonomía y a su realización personal, sustituyen todos los modos de relaciones sociales tradicionales por relaciones de tipo contractual regidas por el mercado. Brevemente, se trata de sustituir las identidades “heredadas” por identidades “elegidas”. Así, el capitalismo mercantil, después industrial y, finalmente, financiero, tal y como se desarrolla en la historia y que no es otra cosa que la declinación sobre el plano estrictamente económico de la ideología liberal, proporciona múltiples ejemplos de este poder supuestamente liberador. Luc Boltanski y Eve Chiapello han demostrado, en particular, que el desarrollo del salariado, que ha ido parejo al desarrollo del capitalismo industrial en el siglo XX, ha constituido una forma de emancipación, principalmente de tipo geográfico, al margen de las comunidades locales tradicionales.

Más generalmente, en efecto, los economistas clásicos, después neoclásicos, han tratado de mostrar, desde el siglo XVIII, que el mercado constituye el modo óptico de asignación de los recursos con vistas a favorecer el progreso global de la humanidad sobre el plano material. En la práctica, esta concepción, que diluye las identidades colectivas tradicionales fundadas sobre los vínculos no mercantiles, tiende a reducir al individuo principalmente al rol de productor-consumidor, proporcionándole, además, identidades de sustitución” (Marc Muller).

Por otra parte, desde su origen, el modelo liberal, en tanto que tiene como efecto diluir las identidades colectivas, ha sido visto como un factor de apaciguamiento y resolución de los conflictos (Jean-Claude Michéa), especialmente por referencia a esta forma particular de guerras civiles que han constituido las guerras de religión que ensangrentaron la Europa de los siglos XVI y XVII. Es la teoría bien conocida del “doux commerce” (dulce o suave comercio –o comercio gentil) enunciada por Adam Smith en el siglo XVIII. A este título, el liberalismo, que constituye el marco ideológico de la construcción europea tal y como ella fue pensada desde el final de la Segunda guerra mundial, contempla la disolución de las identidades nacionales por el motivo de que ellas serían los principales vectores de los conflictos mundiales. 

Pero la teoría del “dulce comercio” tan cara a los pensadores liberales de la Ilustración aparece, en buena medida, como un mito. En realidad, los intereses comerciales se han manifestado como poderosos factores de exacerbación de los conflictos. Como revela Pascal Gauchon, “para que reine la paz, hace falta imponer el comercio por la guerra”. Además, la tendencia a la uniformización del mundo por la mundialización liberal entraña, hoy en día, en revancha, movimientos de fragmentación, fuentes de nuevos conflictos (aumento de los fundamentalismos religiosos, en especial). Pascal Gauchon observa que “mientras que las fronteras nacionales son abatidas, las fronteras interiores se multiplican: las comunidades cerradas se duplican, los inmuebles se esconden detrás de las barreras digitales y el código postal define la identidad (…)”. Aparecen así cada vez más claramente todos los fermentos de la guerra civil en la medida en que las sociedades se hacen heterogéneas bajo el efecto de la inmigración de masa que dirige la mundialización liberal, lo que Pascal Gauchon llama “las guerras de la mundialización”. En cuanto al proyecto de liberalización del individuo, este aparece también ampliamente como una utopía, en tanto que es cierto que las políticas liberales, especialmente en el plano económico, se traducen en nuevas alienaciones, como lo demuestran los trabajos de Jean Baudrillard sobre la sociedad de consumo. Alienación por el consumo vía publicidad que se impone al individuo-consumidor concebido como “un sistema pavloviano estándar, modulable por algunas leyes comportamentales y cognitivas simples, manipulable y orientable por los profesionales del marketing”. Alienación en el trabajo que experimenta el trabajador moderno “ocupando empleos provisionales, despersonalizantes, deslocalizados en función de las necesidades de la economía”.

Tan loables como sean, estas intenciones (favorecer la liberación del individuo, garantizar la paz) aparecen así, en gran medida, como tótems dirigidos a desactivar, deslegitimar las críticas contra la radical extensión del proyecto liberal y particularmente, en la actualidad, la puesta en marcha por la Unión Europea de políticas ultraliberales. Estas críticas sitúan el modelo liberal en su realidad, en tanto que él constituye ciertamente un sistema de creación de riqueza y de eficaz valor, pero al precio de una destrucción sin precedentes del medioambiente y de un formidable crecimiento de las desigualdades, pues la riqueza sólo es captada, a gran escala, por un pequeño número de individuos. Jean-Claude Michéa señala a este respecto que «la única guerra que continúa siendo concebible, en tal dispositivo filosófico, es la guerra del hombre contra la naturaleza, llevada a cabo con las armas de la ciencia y de la tecnología, guerra de sustitución, en la que los Modernos esperan precisamente que ella derive hacia el trabajo y la industria la mayor parte de las energías hasta entonces consagradas a la guerra del hombre contra el hombre».

En el seno de las sociedades occidentales, ello se acompaña igualmente de un alza inédita de la pobreza. Además, este modelo ultraliberal favorece una inmigración masiva que contribuye a amenazar gravemente el marco de vida y seguridad de las poblaciones autóctonas, y ello en nombre del respeto al principio de libre circulación de los factores de producción, que constituye una de las condiciones esenciales que permiten caracterizar a un mercado competitivo en la teoría económica neoclásica liberal.

Inseguridad física. Un vínculo entre inmigración masiva, sociedad multicultural y alza de la delincuencia, parece poder establecerse. En el caso de Francia, un informe sobre el islam radical en prisión, dirigido por Guillaume Larrivé en 2014, puso en evidencia que los musulmanes constituían sobre el 60% de la población carcelaria total, mientras que ellos no representan sino alrededor del 12% de la población francesa. Inseguridad cultural, a continuación, que proviene del temor de las poblaciones autóctonas de convertirse en minoritarias en su propio país, es decir, de perder su estatuto de referente cultural. Como lo revela Christophe Guilluy, este miedo universal es sentido en todos los países donde existen flujos migratorios masivos (países occidentales, sobre todo).

En fin, en el plano económico, hay trabajos que han demostrado que una fuerte heterogeneidad étnica a nivel local va pareja con una degradación de los servicios públicos esenciales, tales como la educación o incluso las infraestructuras viarias, necesitando en tales casos mayores transferencias sociales que en las zonas con fuerte homogeneidad étnica. Así, los autores de estos estudios concluyen que las sociedades con fuerte heterogeneidad se caracterizan por una otorgar una menor importancia a la calidad de los bienes públicos, una mayor consideración al paternalismo estatal y niveles de déficit y endeudamiento más elevados. En el mismo sentido, Guilluy, en su obra La Francia periférica, señala que la política de la ciudad ha demostrado ser un poderoso instrumento de redistribución en beneficio, casi exclusivo, de los barrios periféricos o suburbios considerados “más sensibles”, es decir, de las zonas con fuerte concentración inmigrante.

En resumen, los países europeos conocen hoy una situación en la cual una parte creciente de la población experimenta mutaciones que amenazan su identidad, con el sentimiento de que sólo una pequeña élite es capaz de ponerse al abrigo de las consecuencias negativas de esas mutaciones. Esta situación aparecer cada vez más visiblemente ligada a un modelo liberal que intenta demostrar ser un sistema de mayores beneficios para una minoría y un expoliador para las capas populares y la clase media, como ya sucedió en el siglo XIX. Todos los ingredientes parecen reunirse así para que lo que generalmente se califica como “populismo”, aunque sea para desacreditarlo, vaya ganando terreno.

El populismo, ¿un modelo en busca de una tercera vía?

En respuesta a la crisis identitaria causada por las conmociones inducidas por la mundialización liberal y por la pérdida de sentido en los individuos de las sociedades occidentales, se observa un desarrollo de movimientos populistas que aparecen así como una de las formas más visibles de los despertares identitarios en curso. En efecto, los movimientos populistas actuales tienen como característica común la impugnar a las élites alineadas con la mundialización liberal. 

Sin embargo, la noción misma de populismo es problemática por dos razones: por una parte, la gran diversidad de movimientos calificados como populistas, y por otra, la polémica utilización que se hace de este término (Pierre-André Taguieff). En efecto, la reducción del populismo a los movimientos populistas de la década de los años 30 del pasado siglo aparece como un artificio retórico regularmente utilizado para desacreditar el populismo, entonces concebido como una simple empresa antidemocrática de instrumentalización de las masas mediante el llamamiento a los instintos más viles de los individuos más que a sus razones. 

Esta concepción restrictiva del populismo, en su enfoque ideológico, no permite caracterizar al conjunto de movimientos políticos, y especialmente a los populismos ruso y norteamericano de la segunda mitad del siglo XIX, ni siquiera a los movimientos latinoamericanos del siglo XX. Además, tiende a ocultar la crítica pertinente, realizada sobre los movimientos populistas, que consiste en iluminar la crisis de legitimidad que afecta a las democracias representativas en los países occidentales, en tanto que las mismas son confiscadas por las oligarquías estatales o transnacionales. El profundo cuestionamiento de las identidades nacionales provocado por la mundialización liberal constituye así el principal factor explicativo, no sólo de la crisis de las democracias occidentales, sino también del desarrollo del populismo. Así, como remarca Guy Hermet, “tanto el populismo como la democracia están intrínsecamente ligados al marco nacional”.

Intentando definir el populismo, aunque resulte ilusorio dar una noción única, puede enunciarse a través de sus características principales. En primer lugar, se trata de un estilo de discurso, una llamada al pueblo que exalta una comunidad (pueblo-demos, es decir, la comunidad de ciudadanos y/o pueblo-etnos, es decir, una comunidad etnocultural), en tanto que ella es portadora de valores positivos (valores, sentido común, simplicidad, honestidad…) y que se opone a una élite en el poder, considerada como deslegitimada. A continuación, el populismo no se encarna en un régimen político particular (una democracia o una dictadura pueden tener una orientación populista) ni reúne en sí mismo un contenido ideológico determinado: se caracteriza por la búsqueda de una tercera vía entre el liberalismo y el mercado, de una parte, y del socialismo y el Estado-providencia, de la otra (Christopher Lasch). En definitiva, se concibe como una superación del “clivaje” izquierda-derecha.

Por último, el populismo tiende a surgir en los períodos de cambios profundos y/o de crisis de legitimidad, es decir, en particular, de crisis del sistema de representación. Para Christopher Lasch, la causa profunda del desarrollo actual del populismo, como también del comunitarismo, residiría en el declive de las ideas de la Ilustración, como revelan las crecientes dudas sobre la existencia de un sistema de valores que trascienda de los particularismos.

El populismo que se afirma actualmente, sobre todo en los países occidentales, combinan una doble dimensión protestataria e identitaria. La dimensión protestataria se manifiesta por una llamada al pueblo-demos (los ciudadanos) frente a las élites acusadas de haber confiscado el poder por la vía de las falsas alternativas y de haber transformado la democracia en una oligarquía. La dimensión identitaria se manifiesta por un llamamiento al pueblo-etnos dirigida a criticar los efectos nefastos de la inmigración masiva y por la defensa que los políticos hacen del multiculturalismo y la diversidad. Traducido a nuestro lenguaje: identidad nacional y choque de culturas.

Para Huntington, desde el fin del movimiento de derechos civiles en los años 1965 que hizo de los afroamericanos ciudadanos de pleno ejercicio, la identidad nacional americana ya no se define por un criterio racial y sólo deriva de dos dimensiones: una dimensión cultural (es decir, la cultura angloprotestante de los siglos XVII y XVIII, heredada de los “Padres fundadores”) y una dimensión política (el “Credo”) constituida por los grandes principios con vocación universal como son la libertad, la igualdad, la democracia, los derechos civiles, la no-discriminación, el Estado de derecho (principios que, en cualquier caso, son el equivalente de los que se designan en Francia como “valores republicanos”). Así, Huntington señala que la identidad americana está gravemente amenazada por dos razones. 

Por un lado, la dimensión política de la identidad estadounidense es, por sí misma, frágil en cuanto los principios que la componen, siendo universales, no permiten distinguir a los norteamericanos de otros pueblos, ni constituir una comunidad que tenga sentido para los individuos. A este respecto, Huntington señala que el comunismo, que había durado 70 años, ha dejado en su lugar una renovación identitaria de carácter etnocultural en los países de Europa del este y en Rusia.

Por otro lado, la dimensión cultural de la identidad nacional norteamericana está en camino de ser cuestionada por el hecho de la inmigración masiva, en particular de origen hispanoamericano (desarrollo del bilingüismo, educación multicultural, temor a las reivindicaciones, o incluso de secesiones territoriales, por ejemplo, de California) y de la acción de las élites políticas, judiciales, económicas y mediáticas que mantienen y se comprometen con el desarrollo del multiculturalismo y la diversidad, es decir, las crecientes reivindicaciones identitarias de tipo racial y étnico por parte de las minorías.

Así, profiriendo una feroz denuncia contra las élites corruptas (el “establishment”, el “clan” Clinton), Trump procuró tener en cuenta esta dimensión cultural (entendida en sentido amplio como modo de vida) de la identidad nacional norteamericana, proponiendo medidas susceptibles de responder a los temores de muchos americanos frente a la degradación de su marco de vida (medidas proteccionistas frente a la desindustrialización y al desempleo, lucha contra la delincuencia y contra la inmigración ilegal, en particular la mexicana). El programa de Trump, conjugando liberalismo y nacionalismo (proteccionismo contra China y México principalmente), daba luz al sincretismo ideológico del populismo que se afirmaba así, de hecho, como un modelo en búsqueda de una tercera vía.

En Europa, el auge de los partidos populistas resulta también de una cominación de las dos dimensiones, protestataria e identitaria, con dos grados variables. La abstención masiva en las elecciones y/o el voto por los partidos “fuera-del-sistema” traducen la dimensión protestataria que se explica por la creciente brecha existente entre una parte de las capas populares y una también creciente franja de la clase media, por un lado, y por las élites, por otro lado, sean políticas, económicas o mediáticas, a las que se reprocha falsear el juego democrático y confiscar el poder por la vía de las falsas alternativas. La dimensión identitaria está también muy viva por el hecho de una inmigración incontrolada de origen extraeuropeo, especialmente de cultura musulmana. La sucesión de atentados islamistas en Europa (Madrid, Londres, París, Bruselas, Niza, Berlín, etc.) revive el recuerdo de las luchas seculares frente a las conquistas musulmanas en Europa.

Según Guilluy, el rechazo de esta inmigración en masa, que concierne a todos los países y se explica por el miedo a convertirse en minoritario y perder el estatuto de referente cultural, por parte de los pueblos de acogida, va más allá del voto al Front National y se traduce, por ejemplo, en fenómenos tales como la creación de escuelas y zonas de viviendas separadas. Así, Guilluy identifica, sobre una base geográfica, los contornos de tres conjuntos socioculturales que se construyen contra la voluntad de los poderes públicos: las categorías populares, comprometidas en un proceso de (re)enraizamiento, relocalizadas progresivamente en la Francia periférica, es decir, en las zonas geográficas menos dinámicas económicamente, las categorías populares de reciente inmigración que se concentran en los barrios de viviendas sociales de las grandes metrópolis y, en fin, las categorías superiores concentradas en las zonas residenciales privadas de esas mismas metrópolis.

Frente a estas dinámicas socioculturales en curso, que traducen, en el plano político, el auge de los partidos populistas, resta preguntarnos sobre las vías por las cuales podría ser reanimada una identidad cultural, civilizacional, creadora de sentido, es decir, que responda “a la voluntad, cada vez más manifiesta de los pueblos europeos, de reencontrar y compartir un mundo común de valores, de signos y de símbolos que están esperando resurgir en un futuro inmediato” (Patrick Buisson). (Continuará…)