Sociología de los "chalecos amarillos", por François Bousquet


¿Son los chalecos amarillos los nuevos chivos expiatorios en modo paleto, según la expresión del irremplazable Philippe Muray? Así parece ser. En todo caso, nada resume mejor la visión que las élites y el poder macroniano tienen de ellos, o tenían hasta el día en que empezaron a escuchar la voz del pueblo francés. Pero, ¿quiénes son esas gentes que han tomado por asalto las rotondas? 

Los chalecos amarillos son la Teoría del Cisne Negro en su versión rata de campo. Si no la conocen, lean el libro de Nassim Nicholas Taleb, un cerebro de la ingeniería del riesgo. El “cisne negro” es un suceso con probabilidad casi nula de que suceda pero que, si llega a darse el caso, tiene unas consecuencias inimaginables en el segundo anterior…y en el posterior. ¡Los chalecos amarillos, por ejemplo! La rata de ciudad globalizada nunca lo hubiera imaginado. Para ella es una especie de pesadilla recurrente que vuelve todos los días en forma de barrera para filtrar coches y de eslóganes populistas. El “gallo galo”, que parecía en los últimos tiempos una vieja gallina clueca, tan desplumada como un diputado de La República En Marcha, se ha desperezado de repente. La verdad es que ya no esperábamos el despertar de ese galliforme emblemático, dos veces galo siguiendo su etimología, en tanto que Gallus con mayúscula (el Galo) y en tanto que gallus con minúscula (gallo en latín). Incluso habíamos tomado su mutismo como si fuera resiliencia, y su resiliencia como resignación, tanto es así que nos ha sorprendido escuchar su canto extendiéndose por todas partes en el territorio de la vieja Galia.

Una Galia sin oppidum, es verdad, pero invadida de rotondas, de treinta a cuarenta mil. Forman parte de esas excepciones francesas, como el teclado Azerty, los quesos de leche cruda y los altos funcionarios de la Escuela Nacional de Administración. La rotonda es el centro de la Francia periférica. Son como el símbolo de su circularidad: se dan vueltas en un perímetro de 30 a 50 km. donde todo ha cerrado. Pueblos fantasmagóricos, urbanizaciones de casas deshumanizadas y rotondas bonitas o feas, la mayor parte sobreelevadas en montículos de tierra floreados por un ejército de urbanistas y concejales que rivalizan en mal gusto. De hecho, existe un concurso en internet: ¿Cuál es la rotonda más horrible, de instalación temática más kitsch, con la escultura más espantosa? La de Châtellerault: una mano amarilla con unos vehículos suspendidos, que era regularmente premiada antes de que unos chalequistas, enfadados con el arte tubular contemporáneo, tuvieran la buena idea de incendiarlo. El Ministro del Interior comparó enseguida este hecho con la destrucción de los Budas de Bamiyan, dinamitados por los talibanes. ¡Pobrecillo!

Francia invisible, ¿para quién cantas?
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Así es como la Francia periférica se ha dirigido hacia esas rotondas. Es ahí donde ha retomado su cita con la Historia. ¿Dónde podría haber ido? Las plazas de los pueblos están siniestramente vacías, como también lo están los bares (el 90% ha cerrado desde los años 60). Ya no quedaba más que levantar unas chozas rudimentarias sobre las rotondas, en el cruce de las carreteras nacionales, para organizar allí sus asambleas improvisadas. Por una vez, no es la calle la que se ha manifestado, sino la carretera. La democracia participativa 2.0 a cielo abierto. De las redes sociales a las redes transitadas. Por lo demás, es el único punto en común con 1968: el vecino de al lado ha podido hablar de nuevo con ese otro vecino de al lado con el que ya no se cruzaba más que a la salida del colegio o en la entrada del hipermercado. Paradójicamente, esas rotondas, en las que no se aventura nunca ningún peatón, han sido la ocasión para restaurar las sociabilidades desechas de una periferia metódicamente invisibilizada, de donde han emergido, hace dos meses, esas luciérnagas en la noche que son los chalecos amarillos fluorescentes.

Treinta años, hace ya treinta años que esta Francia ha sido enterrada viva, expulsada a las tinieblas exteriores. Un agujero negro. El escritor Ralph Ellison, en su obra capital de 1952 ("Hombre invisible, ¿para quién cantas?"), enseñó que los negros, en el tiempo de la segregación, eran invisibles. Eran unos fantasmas sociales: uno podía cruzárselos por la calle, pero no se les veía. Es este proceso de invisibilización, social y mediático, que ha afectado a la Francia periférica. El término de segregación resume bastante bien su estatus de zona secundaria. La Francia de las urbanizaciones ha sido la de la desaparición mediática. Adiós al indígena galo, reducido al papel de tonto de la aldea global, puesto que es el que sufre ahora la fuerza de los prejuicios; ese personaje que no pertenece a ninguna de las minorías aceptadas por el Sistema. 

Aquí no hay víctimas de homofobia, ni de racialización, y todavía menos de transfobia; únicamente hay paletofobia, que es el único racismo autorizado. Así funciona esta filosofía de la alteridad tan de moda en las redacciones de los periódicos parisinos. Ha producido una alteración del juicio de las élites, embelesadas ante las “trayectorias de los migrantes”, los “recorridos del exilio” y los derechos humanos, siempre que el humano en cuestión sea maliense, pastor de camellos o hechicero residente en región parisina. Es imposible atravesar una estación de tren de París sin encontrarse con los diecisiete artículos de la Declaración de Derechos, da igual si las estaciones de la red provincial cierran unas detrás de las otras. No habrá un solo director de recursos humanos que no hable de inclusión y de movilidad reducida de las personas discapacitadas, sin pensar siquiera en que esa movilidad reducida también se da en esa Francia periférica. No habrá un solo estudiante de medicina que no sueñe con ser French Doctor, pero ¡vayan a buscar un dentista en un pueblo perdido! De todas formas, ya no se va tampoco al dentista, es demasiado caro y hay demasiado tiempo de espera. Rousseau ya dijo todo sobre esos “Anywhere” (de ningún sitio): “Desconfiad de esos cosmopolitas que van a buscar lejos en sus libros unas tareas que rechazan realizar alrededor de ellos. Tal filósofo ama a los tártaros para estar dispensado de amar a sus vecinos”.

¿Escucháis en nuestros campos…? (La Marsellesa)
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Si el geógrafo Christophe Guilluy y algunos otros no hubieran desenterrado a esos “paletos convertidos en chivos expiatorios”, ignoraríamos su existencia. Es la Francia de “los tipos que fuman cigarrillos y circulan con diésel”, según aquel inenarrable ministro, portavoz de un gobierno que parece ignorar que el automóvil es el único medio de locomoción para una aplastante mayoría de franceses (dos tercios de los parisinos acuden al trabajo en transporte público, el 7% en el resto del territorio). ¿Cómo? Encima los miserables tienen la osadía de quejarse. ¡Si no tienen coche, que vayan en patinete! En otro tiempo, fue signo exterior de riqueza, pero hoy el coche se ha transformado en medio de desplazamiento para los franceses modestos. Aquí, como en todo, hemos asistido a una inversión en las representaciones sociales. La evolución de la obesidad también es parecida. Las redondeces que tenían los burgueses del siglo XIX son hoy la característica de las categorías populares. Y la movilidad, antes inherente a las clases populares-clases peligrosas, ha sido elevada al rango de religión por las nuevas élites nómadas.

¿Cómo la reconocerían, esa Francia paralela? Tiene su propia coherencia, sus propios códigos, su propia cultura. Es mucho más endogámica que la media nacional, mucho más homogénea que a lo que los periodistas quisieran reducirla: un inventario de descontentos cada uno en un tema diferente. Es cierto que se dan todos los perfiles, todos los oficios, tanto que dan la impresión de representar el repertorio operacional de los oficios del Servicio público de empleo… ¡El libro gordo de las diez mil profesiones! Hay parejas, familias monoparentales, muchos trabajadores rasos. Los hay rurales y suburbiales. Está la Francia de antes y la de después, la de los campanarios y la de los supermercados. Están los chalecos amarillos de la semana y los del fin de semana. Los primeros son jubilados, desempleados o temporales; los otros son asalariados o autónomos. Los hay visibles en las redes sociales y los que se imponen sobre el terreno. Pero todos tienen algo en común, no sólo el llevar un mismo chaleco o cantar La Marsellesa con el acento de los sans-culottes, sino el compartir los mismos finales de mes difíciles, soportar los retrasos de las ayudas familiares, los litigios con la Seguridad Social, la misma precariedad, las mismas pensiones alimenticias sin abonar, la misma usura, la misma elección entre gastar en calefacción o en cuidado de la salud. Es la Francia de la media, pero de una media baja que se sitúa alrededor o por debajo de la renta media mensual, es decir, 1.700 euros después de impuestos (dato de Jerôme Sainte-Marie). Aquélla que ha llegado a fin de mes el 20 o el 25, que no se va de vacaciones a la nieve, que no viaja nunca al extranjero, que no le toca pagar impuesto de patrimonio, pero tampoco llega al mínimo para las ayudas sociales… no despierta la admiración que suscitan los muy ricos ni la compasión que provoca la gran miseria.

La espiral de desclasamiento social
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Un país atascado en lo que el sociólogo Louis Chauvel, uno de los pocos que vio venir la revuelta, llamó la “espiral de desclasamiento social”, en un ensayo que todo el mundo debería leer. Este desclasamiento es el gran hecho social de los últimos treinta años. Llamémosla la caída de las clases medias en nuestras sociedades. Aunque no nos guste, hay una ley estadística para saber si se está en la media. Aplicada a nuestras sociedades, postula que las diferencias entre las personas son marginales. La altura, las notas de selectividad, el número del pie, la cantidad de horas de sueño, la esperanza de vida, todo eso se equilibra más o menos. Los hombres miden más o menos 1,75 m. y las mujeres 1,62 m.; el cociente intelectual de un francés medio es más o menos de 100, etc. Sin embargo, cuando se abordan los únicos capítulos que importan verdaderamente, los de la riqueza y el poder, esa ley de la media da lugar a unas diferencias estratosféricas. Comparando los más pobres con los más ricos, los segundos son unos Gulliver mil veces más grandes que el hormiguero de los liliputienses. Así funciona el principio de Vilfredo Pareto de los 80/20: por ejemplo, el 80% de las riquezas controladas por el 20% de las personas. Esta ley quedó entre paréntesis durante los Treinta Años Gloriosos, cuando las clases medias se convirtieron en las centrales. Un eclipse de corta duración que terminó en los años 80, cuando la promoción social de las clases medias inferiores (la fracción superior de los trabajadores y empleados cualificados) se rompió, de forma paralela a un proceso de acumulación de los más ricos. Un ejemplo que ilustra esta dinámica de las desigualdades: en 1950, la clase trabajadora estaba a treinta años del nivel de vida de la clase dirigente; hoy están a un siglo de diferencia.

Sin embargo, esa ruptura (la caída de grupos enteros de la clase media) ha pasado casi desapercibida puesto que la “escena del crimen” ha sido desplazada a los márgenes del Hexágono francés: el pueblo desaparecido, oculto en los radares mediáticos. ¿Por qué? Porque se ha creado lo que Guilluy llama una “geografía social mediática” que ha dado la idea de un Hexágono estructurado por un apartheid étnico, lejos de la realidad, pero convertido a fuerza de repetirlo en el “paisaje social de referencia”, dejando creer que las poblaciones de origen extraeuropeo residentes en los suburbios han sido abandonadas por los poderes públicos… mientras que, en realidad, han sido el objeto de todas las atenciones. Pero nos ofrecen todo el tiempo una versión exótica de Los Miserables garabateada en la jerga sociológica de Pierre Bourdieu. Una escuela de rap que se abre, es una cárcel que se cierra; un ascensor estropeado en un sitio, es el ascensor social que se bloquea, etc. Nada se dice sobre la Francia de abajo, nada sobre el país de al lado.

Johnny Halliday, el viejo diplodocus del rock
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Esta reducción a la nada de la Francia periférica es tan profunda que los editorialistas, primero sorprendidos (antes de volver a sus habituales reflejos de clase), dieron la impresión de captarla desde una perspectiva casi etnológica, por no decir zoológica. Como si hubieran descubierto una especie de subrama endémica de la especie, entre el Homo periphericus y el Homo sylvestris, salida de un siglo XIX con retraso. Tanto es así que París está hoy mucho más alejado del hinterland francés que de Londres o de Bruselas (en palabras de Guilluy). El último lugar donde los urbanitas se cruzaron con los aldeanos fue en el servicio militar. Pero desde que fue eliminado, el separatismo territorial se ha hecho el dueño, a través de una política de desarrollo diferenciada, como se decía en los tiempos del apartheid (en nombre del antirracismo, claro). Resultado: la “mayoría desclasada” ha tenido que hacerse un sitio en la actualidad por la fuerza, casi pegando tiros en el cielo sin nubes de la élite: como en el referéndum de Maastricht, la última vuelta de las presidenciales o el entierro de Johnny Halliday.

¡Ah, Johnny! Tenía que salir su nombre. Los chalecos amarillos, esa es su Francia. Con su pinta de cow-boy de rebajas fue el embajador a medida, él que parecía uno de sus propios fans echado en un sofá viendo los conciertos del ídolo de la juventud que envejeció bebiendo Coronitas. ¿Sus conciertos? Una especie de Johnnyland con sus clones y sus efigies por todas partes. Un desfile de pañuelos en la frente, de brazos tatuados, de bíceps prominentes y de tupés engominados y canosos. Como en un partido de catch, Johnny entraba en escena entre un halo de humareda y de rayos láser, encima de su Harley-Davidson, llevando una cruz de acero cromado colgando de una cadena de moto alrededor del cuello. Entonces, Johhny plantaba su guitarra como un aspirador de brazo y comenzaba su repertorio. Entre dos canciones, se quitaba el sudor de la frente y sacaba un peine como James Dean en Rebelde sin causa. Los mecheros se encendían. La Francia periférica celebraba su dios envejecido y coreaba sus canciones. Si le amó tanto a Johnny es porque era un niño abandonado, ni más ni menos que ella misma, que es como una mancha en un salón parisino. 

Johnny podría estar fascinado por los Estados Unidos, pero nunca dejó de ser francés. La Francia de los camioneros, de los fumadores de gauloises, de los trabajadores…él ha quedado como uno de los suyos, viviendo en estilo kitsch como un desempleado que hubiera ganado a la Lotería, aunque hubiera guardado sus haberes en Suiza; ese viejo diplodocus del rock cubierto de heridas en el alma y de controles fiscales.

Ni Marx ni Jesús
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Se oyen desde aquí las críticas de los discípulos de Pierre Bourdieu y de los de George Orwell que, por razones diferentes, encierran a las categorías populares en unos marcos rígidos: o bien un marxismo fuera del tiempo que ignora cómo la nueva geografía residencial ha recompuesto las clases sociales (el 45% de los trabajadores son hoy propietarios de su casa); o bien una common decency que termina por ser indecente a fuerza de ser invocada. Al hilo de esto, conviene recordar el dardo que le lanzó Richard Hoggart a George Orwell en su obra magistral "La cultura del pobre", un Orwell “que nunca se libró de la manía de mirar a las gentes del pueblo a través de los humos tranquilos de un café-concierto de la Belle Époque”. 

Entonces, ¿en qué consiste la sociología de esta Francia periférica? Pues bien, vean una emisión de telerrealidad (recomendamos particularmente los episodios conmovedores de Super Nanny) y aprenderán mucho más que en los trabajos de Pierre Bourdieu y de Jean-Claude Passeron. Sigan el programa de radio de Jean-Jacques Bourdin, escuchen las emisiones matinales de RMC y lean la prensa diaria regional. Es la Francia de los concursos televisados y de Patrick Sébastien, un mundo en el que la televisión siempre está encendida como elemento sonoro que transforma la proximidad en promiscuidad tranquilizadora. Esa Francia se apasiona por el affaire del niño Grégory, las desventuras de las casas reales, los líos sentimentales de la prensa rosa, el horóscopo, los sucesos, los crímenes pedófilos (“¡Que se restablezca la pena de muerte para esos cerdos!”). Muy poca política, porque se le ha quitado su soberanía. Esa es la razón por la que se esfuerza en recuperarla, ¡por fin! En cuanto al resto, se sabe de memoria los precios de las gasolineras, el parte del tiempo y las marcas del supermercado. Nada le produce más espanto que las lecciones de moralina, la corrección política y los discursos aburridos de los “progres”, que se sorprenden de que pueda haber pantallas planas y forfaits telefónicos para ese montón de aldeanos. Pero ahí también hay gastos ostentosos, ahí también el narcisismo de las pequeñas diferencias tiene importancia. Tanto que se compran los relojes Festina en EasyCash, ¡no unos Rolex en la plaza Vendôme de París!

¿Cómo explicar a la burguesía “progre”, ésa que apadrina a los refugiados, que las formas de sociabilidad, la concepción del ocio y las formas de consumo todavía están socialmente diferenciadas entre un barrio parisino gentrificado y una urbanización de adosados? En el primer caso, se prefieren las relaciones débiles y la diversidad (los encuentros sobre la marcha); en el segundo, se apuesta por las relaciones fuertes y ritualizadas (familiares). Allá, el ocio es creativo e intelectual (salidas culturales); aquí, es manual y productivo (bricolaje, cuidado del coche). Allá, se viaja; aquí no se viaja más que para visitar a su familia en la provincia de al lado. Allá se tiene un capital cultural; aquí un capital de cuestiones autóctonas (la caza, la Santa Bárbara de los bomberos, el rosco de Reyes, el embutido bien graso). Allá, las iglesias están llenas, en París por lo menos; aquí ya no se molestan en abrirlas. Allá, se reza por los refugiados; aquí, existe todavía un culto mariano aunque la madonna sea Lady Diana. Si la religión de las Bienaventuranzas ya no cala en nadie es porque se ha convertido en un asunto de ricos y educados obnubilados por las cuestiones societales (estatus del embrión, matrimonio homosexual, gestación subrogada, procreación asistida). Le han dado la espalda a la religión popular, en buena medida pagana, con el pretexto de que propagaba una fe de calidad muy mediocre.

La Francia de las casas adosadas
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Se ha hablado mucho de la presencia de las mujeres en las rotondas, pero ¿y qué decir del destino del hombre solo en las zonas rurales? Ningún libro de Houellebecq podría explicarlo. A la ausencia de perspectivas profesionales se añade la ausencia de perspectivas matrimoniales. En la obra Los chicos del pueblo. Investigación de una juventud rural, Nicolas Renahy señalaba la emergencia de un celibato obrero rural, como hubo un celibato campesino en los años 50 y 60. A nuestra sociedad paritaria le da igual, pero hay que saber que es en el grupo de los jóvenes obreros rurales (el tercio de los activos en el mundo rural está compuesto de obreros y un francés de cada tres de 15 a 24 años es rural) donde la mortalidad en la carretera es más elevada (el 80% de los accidentes mortales tienen lugar en las zonas rurales). El coche empotrado en el árbol el sábado por la noche, es el fin brutal de las (des)ilusiones de la juventud rural. 

Pero es la Francia periurbana la que nos dice más sobre los chalecos amarillos. Ella sola concentra quince millones de habitantes, de los cuales el 90% vive en una casa individual. Ahí es donde se da el voto al Frente Nacional. Desde hace 25 años, Jerôme Fourquet analiza los efectos electorales. Es a 30 kilómetros. del corazón de las grandes ciudades donde Marine Le Pen ha obtenido sus mejores resultados (para Jean-Marie Le Pen eran 20 km.). Los parisinos ya no tienen coche; aquí hay dos en cada hogar (cuando los dos trabajan fuera de casa). Esta estrategia de urbanización ha permitido guardar las distancias respecto a dos categorías de las que las clases populares y medias inferiores prefieren distanciarse: los inmigrantes de los suburbios y los “casos difíciles” de las viviendas sociales. Los sociólogos hablan de posición social triangular para definir el lugar que ocupan las categorías populares en la sociedad, entre “ellos” (ricos, inmigrantes y casos sociales) y “nosotros”. 

No se habla nunca de la cuestión del rechazo de la mezcla social. ¡Ssss! Es el gran secreto de la periurbanización. ¿De qué huyen todos esos franceses modestos? De la subida del precio de la vivienda, ¡claro! ¿Y de algo más? ¡Huyen de la inmigración extraeuropea, pardiez! La mezcla social (eufemismo de la mezcla étnica) es el choque de civilizaciones a escala doméstica. Los más ricos se salvan por el precio del metro cuadrado; los menos afortunados por el White flight, es decir, la huida de los blancos lejos de los suburbios de la inmigración. 

Con esto, no es sorprendente encontrar en el núcleo del 20% de franceses que se definen como chalecos amarillos una sobrerepresentación de la Francia periférica (más de la mitad viven en zonas rurales o en ciudades de 2.000 a 20.000 habitantes) y una sobrerepresentación del voto a Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales (42%). 

La versión campestre de la pesadilla climatizada
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Esta Francia del hábitat en urbanizaciones es lo que los americanos llaman Suburbia. Una zona que se sitúa en las últimas estaciones del cercanías y en las primeras del tren regional, donde los trenes siempre llegan tarde, donde los paseos se terminan siempre en la hamburguesería y los cumpleaños en el restaurante franquiciado de turno. Hay algo de un comportamiento “robinsoniano” reciclado por Marx en este hábitat en urbanizaciones sin fin que ha multiplicado los oasis individuales. A la larga, estas casas han encerrado a sus habitantes como una trampa sin escapatoria. No hay alambres con pinchos, solo hileras de plantas con un fuerte olor mentolado, pero las sentencias pronunciadas no son menos pesadas: se traducen en hipotecas a veinte y treinta años. Es imposible vender esas casas: cuando se ha terminado de pagar los préstamos, no valen nada. Estructuras de pladur y gotelé amarillento. Lo que parecía el paraíso no lo es tanto: muchas de las parejas se divorcian (más del 43% de familias monoparentales en los últimos veinte años). Todos los notarios lo dicen: ven dos veces a las parejas, primero para firmar la compra de una casa, después para sellar el divorcio. Microondas, paredes vacías de donde cuelgan los mismos pósters de Nueva York, las mismas habitaciones de adolescentes con sus edredones pintados con los colores de la bandera inglesa. Se tiene la impresión de vivir en un hotel de baja gama. Es la versión campestre de la pesadilla climatizada. Por todas partes el silencio, entrecortado de ladridos y del ronroneo de los corta-césped. Solo la llanura rusa da semejante impresión de monotonía: un mundo poblado de almas muertas, como en el poema de Gogol. 

Louis Ferdinand Céline nos dio la definición más magistral de este mundo en su obra Les beaux draps: “No hace falta un gran comunismo, no entenderían nada; basta con un comunismo pequeño-burgués, con la casa individual, hereditaria y bien de la familia, y su jardín de quinientos metros”. Ya entonces Céline tenía perspectiva, quinientos metros cuadrados de hierba son suficientes para instalar una barbacoa y los columpios de los niños.

La casa individual era el sueño de los años 70 y 80, después del de los edificios todos iguales (años 50 y 60). Era el proyecto de la élite-queroseno para el pueblo-diésel, ya desde Giscard d´Estaing; como los centros comerciales y la comida industrial. Sin embargo, hoy, esta Francia depredadora de recursos –la del “hombreauto”, denunciada por Bernard Charbonneau– no puede más. Es el modelo de la economía residencial que llega a su fin, ecológica y económicamente. Pero no políticamente. Ésa es la paradoja de los chalecos amarillos: se despiertan en el momento mismo en el que su sueño doméstico –“Home, sweet home!”– se derrumba. ◼ Fuente: Éléments pour la civilisation européenne