El neofeminismo, la ideología que quiere abatir a los hombres como animales, por Florence Rault


La campaña de carteles contra el acoso sexual en los servicios y transportes públicos muestran un poco más la violencia del neofeminismo, que ya no es un combate sino una ideología. Estos asuntos enseñan el cariz de lo que conviene llamar ya hoy el neofeminismo. El prefijo “neo” pone el acento en el hecho de que nos enfrentamos a algo nuevo, finalmente bastante alejado de una voluntad de emancipación femenina. Este nuevo feminismo, hecho de voluntad de poder, de androfobia, de pensamiento mágico irracional e incluso de violencia, no es el fruto de un lobby bien organizado; se ha convertido en una ideología particular.

Tiene todas las características. Cognitivas, con sus dogmas: el patriarcado oprime a la mujer desde la noche de los tiempos. Morales, con la sentencia: el hombre es el mal. Y, también, normativas: con la puesta en marcha de reglas penales contra los principios que gobiernan dicha materia.

El infierno neofeminista está cubierto de buenas intenciones
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Dos asuntos de importancia desigual, que se refieren a una campaña de publicidad en el metro parisino, por un lado, y la polémica alrededor de la vuelta a escena de Bertrand Cantat, por otro, enseñan cómo pasar de reivindicaciones legítimas y útiles a la creación de un corpus ideológico despegado de la realidad e inclinado al fanatismo.

Con la loable preocupación de luchar contra el acoso sexual en los transportes públicos, la red pública y la región Île-de-France lanzaron, el 5 de marzo de 2018, una campaña publicitaria. Bastante sorprendentes esos carteles que transforman una incontestable y deplorable violencia en el crimen sobre todo crimen. El problema es que incluso los proyectos gubernamentales, con la creación de “la ofensa sexista”, clasifican jurídicamente este acoso en la calle, en los andenes y vagones, en el apartado de las multas. Es decir, lo que el Código Penal llama “violencias ligeras”. Que sean insoportables para sus víctimas en su vida de todos los días no modifica esta calificación, ya que las palabras tienen un sentido.

¿Quién tiene miedo del malvado gran macho blanco?
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Los tres carteles ya avisan: “no minimicemos nunca el acoso sexual”. Y, para ello, se esfuerzan en mostrarlo. En un entorno particularmente hostil aparece una mujer joven agarrada a una barra del vagón. Según el cartel, detrás de ella aparece el fondo del mar, una cueva oscura o un bosque igual de oscuro. Al lado de ella aparecen unos depredadores amenazantes, preparados a abalanzarse sobre su presa. ¡Y no cualquier depredador! Se trata de los tres animales que atormentan el imaginario colectivo. Para empezar, los lobos, que atacan en grupo en los bosques donde se pierden los humanos. Después, los osos, enorme y poderoso plantígrado listo para triturar. Finalmente, el que después de la película de Spielberg provoca el peor de los terrores: el tiburón, el gran tiburón blanco. Que va a la caza cerca de las playas, en el borde del agua donde las multitudes de turistas se instalan encantados. El miedo a los lobos y los osos está presente en las tradiciones, la literatura, los cuentos para niños. En consecuencia, también en las cabezas, de forma simbólica por supuesto, pero esas bestias continúan encarnando lo peor para los humanos. El tiburón es más reciente, y el acceso a su estatus de depredador número uno se debe sobre todo al efecto del cine. No hay más que consultar los catálogos de películas de horror para constatar su presencia recurrente.

Los hombres, unos animales como los otros
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Quien haya concebido dicha campaña, que imaginamos muy orgulloso de sí mismo, ¿ha tenido en cuenta el tremendo contenido de esos carteles? Reducen a los hombres que serían, por su naturaleza evidentemente, autores de incivilidades sexistas, a unos animales, depredadores terroríficos, a punto de masacrar a sus presas. Unas manos que se pasean, un frotamiento en el metro, llamadas insultantes, ciertamente intolerables, son presentadas como mutilaciones mortales abominables venidas de animales monstruosos. ¿Qué cartel pondrán entonces cuando se trate de violación? ¿Qué significa esa metáfora, esa manera de retirar a los hombres su humanidad, para reducirlos a animales salvajes cuya única forma de preservar a sus víctimas es abatirlas? ¿Qué nos cuenta el hecho de que esta campaña no haya provocado las reacciones indignas que merece un sexismo tan imbécil? El problema es que estos delirios han entrado en las cabezas, viendo que hasta los publicistas asimilan ingenuamente a los hombres como animales que hay que liquidar.

Es ahí donde se toma la medida del daño de la ideología neofeminista. Cuando nos reímos de los excesos de Caroline de Haas (activista feminista) cuando enseña sus estadísticas absurdas según las cuales dos hombres de cada tres serían unos depredadores sexuales y que el Estado francés encubriría violaciones en masa en el territorio. ¿Qué decir de esos carteles que afirman cosas mucho peores?

Cantat, condenado para siempre… Sauvage liberada a perpetuidad
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La polémica alrededor del cantante Bertrand Cantat (condenado por el asesinato de Marie Trintignant en grado de homicidio involuntario) ilustra también, en muchos aspectos, la emergencia de esta ideología. Su pena ya cumplida, y quince años después de los hechos, el cantante ha querido retomar su actividad artística. Pero se ha encontrado con un clamor considerable que agrupaba aquellos que legítimamente podían oponerse a su vuelta, pero también los grandes batallones de feministas furiosas y decididas a hacerlo callar.

Si las escucháramos, autor de “feminicidio”, condenado a una pena muy indulgente, debería ser enviado al ostracismo para siempre. Pero ojo con apuntar a que las mismas que reclamaban la pena de muerte civil para el cantante habían luchado furiosamente por la liberación de Jacqueline Sauvage. Recordemos brevemente que ésta asesinó fría y voluntariamente a su marido con tres balas en la espalda y, por ello, fue condenada por asesinato en dos ocasiones a diez años de cárcel. Todos los apoyos invocaron las violencias que habría soportado durante los cuarenta y siete años de vida común con su marido, y que habrían justificado el asesinato. La instrucción y los debates judiciales demostraron la ausencia de realidad en esta explicación. Dos autores realizaron una investigación en profundidad y publicado un libro, “La verdad sobre el asunto Jacqueline Sauvage”, que demuestra las mentiras del story telling sobre las que François Hollande, en contra de la opinión de los magistrados, se apoyó para conceder el indulto a la asesina y dispensarla de cumplir la pena fijada por los jueces.

Nada más salir de la cárcel, Jacqueline Sauvage se precipitó a los platós de televisión, escribió un libro y acompaña desde entonces la realización de una película sobre su “historia”. Nunca se ha preguntado la opinión a los miembros de la familia del hombre asesinado, que no han tenido los mismos derechos que Nadine Trintignant (la madre de la mujer asesinada por Cantat).

El neofeminismo es una ideología
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Cuidado con aquéllos que señalarán esa sorprendente contradicción, que ven a las mismas personas gritar por la muerte de alguien, en un caso, y pedir el derecho de matar, en el otro. La única respuesta será el insulto y el sentimiento de hablar con la pared. Y de estar ante fanáticas para las que la realidad no tiene ninguna importancia.

Matar involuntariamente a una mujer sería el crimen sobre todo crimen; matar voluntariamente a un hombre siempre tiene justificación. Esta manera del neofeminismo de ver el mundo… ¿es una ideología totalitaria? ■ Fuente: Causeur