La derecha liberal-conservadora se equivoca de discurso, por Bruno Guillard


Con toda evidencia, el discurso liberal-conservador cada vez convence menos a los europeos occidentales, véanse si no los resultados obtenidos por esta corriente en Italia, Francia y España en las elecciones europeas. 

En Francia, por ejemplo, el partido Los Republicanos, liderado por Laurent Wauquiez y su candidato europeo François-Xavier Bellamy, han obtenido un catastrófico 8,48%, es decir, menos de un cuarto de los votos recogidos por las distintas formaciones de derecha. Creyeron que podían sintonizar con el electorado nacional-populista poniendo como candidatos a representantes de la corriente liberal-conservadora. Hoy, podemos constatar la inanidad de esta elección. Ha sido, sin ninguna duda, la línea nacional-populista la que ha permitido a la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen situarse en cabeza del escrutinio, mientras que la opción por el liberal-conservadurismo ha hundido a Los Republicanos.

Los términos “conservador” y “conservadurismo” son percibidos negativamente por una aplastante mayoría de los europeos occidentales, en tal medida que los hace inutilizables en el campo electoral, e incluso más allá, en el campo ideológico. Además, estos términos pueden llegar a significar cosas bastante diferentes, porque no todos, en la derecha, desean conservar las mismas cosas. Los nacional-populistas son, aunque no lo digan, conservadores, puesto que militan por la perennidad de las naciones, de su soberanía e independencia, de sus instituciones, de sus culturas y de sus formas de vida, pero ellos no quieren conservar las enormes desigualdades económicas ligadas al sistema económico liberal, contrariamente a lo que desean los liberal-conservadores.

Este fracaso es una dura lección sobre la que la gente de la derecha debería reflexionar, porque, en nuestra opinión, y los resultados la avalan, en Europa occidental el liberal-conservadurismo es un callejón sin salida. El hecho comprobado de que la estrecha base sociológica de la corriente liberal-conservadora se reduzca a la burguesía tradicional de las medianas y grandes ciudades, le hace perder cualquier esperanza de aumentar su poder e influencia. En Francia, la renovación de Los Republicanos sólo podría venir de un retorno a las inspiraciones fundamentales del “gaullismo” (perennidad, independencia y grandeza de la nación, por un lado, solidaridad social y económica, por otro), pero sus cuadros dirigentes están tan impregnados de liberal-libertarismo que no podemos sino preguntarnos si la existencia misma de este partido no está puesta en entredicho.

Los sondeos preelectorales otorgaban una hegemonía “fantasiosa” a la derecha: según el estudio realizado en Francia por el periódico L´Humanité, en septiembre de 2018, un porcentaje del 56% de los electores se definía como de derecha: un 11% de extrema-derecha, un 24% de derecha y un 21% de centro-derecha. El problema es que esos electores de centro-derecha son, en general, liberales, muy próximos a los liberales macronistas. Los resultados de las elecciones han confirmado que Los Republicanos están incapacitados para recuperar a sus antiguos electores centristas, que votan mayoritariamente a La República en Marcha de Emmanuel Macron. Tampoco han atraído a los católicos tradicionalistas que, sorprendentemente, se inclinan masivamente por el partido de Macron.

El paisaje político traduce, por otra parte, la estrategia de dominación intelectual conducida por la izquierda socialista, comunista o ecologista, pero también liberal, o liberal-libertaria. Por un lado, los partidos de derecha han despreciado completamente el indispensable trabajo de reflexión y de difusión de las ideas y, por otro, las acciones metapolíticas llevadas a cabo por grupos independientes de los partidos tienen, a día de hoy, una influencia marginal, debido a la estrechez militante de sus objetivos ideológicos (tradicionalismo católico o, por el contrario, neopaganismo identitario; promoción de la idea de un Estado federal de las regiones de Europa, pasando por la destrucción de las naciones históricas, o defensa de la naciones étnicas y antieuropeísmo; anticapitalismo radical o, por el contrario, ultraliberalismo; neomonarquismo o antirrepublicanismo compulsivo… ). Con toda evidencia, las derechas no han elaborado todavía un corpus doctrinal que pueda seducir a una mayoría de nuestros compatriotas. Lo esencial todavía está por hacer… ■ Fuente: Boulevard Voltaire