Los precarios, una clase que (por ahora) no lucha, por Diego Fusaro


La tendencia victimista y lacrimógena del precariado prevalece sobre la antagónica, reivindicativa y revolucionaria. Por lo tanto, no se utilizan los instrumentos más eficaces, como la huelga prolongada y el bloqueo de la producción.

Entre las paradojas que acompañan a la condición precaria se encuentra también la extrema singularidad e individualización radical de los sujetos, heterogéneos y versátiles, móviles e inestables, sin continuidad ni fuerte conciencia. Lo que las personas precarias tienen en común parece ser sólo negativo como la ausencia de estabilidad contractual y existencial y, por lo tanto, viven como en una oscilación permanente entre el interior y el exterior del mundo del trabajo, entre la inclusión y la exclusión del ámbito de la ciudadanía.

Los precarios sólo se definen en negativo
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De hecho, la precariedad se basa, incluso a nivel semántico, en una identificación por defecto. Alude a todo aquello que, por la inestabilidad a la que se está sometido, se encuentra en riesgo de exclusión y condenado a una inseguridad constante. Las personas precarias se definen sólo en términos negativos a partir de lo que no son (estables), de las protecciones de las que carecen (garantías de trabajo y bienestar), de lo que no pueden permitirse (proyectos a largo plazo, eticidad de la fase burguesa y proletaria), de las privaciones de carácter intrínseco.

Al precario le resulta difícil construir una conciencia
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Esto también contribuye a dificultar la construcción de una conciencia de clase, pero también la construcción de una historia colectiva, de una narrativa plural en primera persona, alejada del ego aislado en la sociedad individualizada típica de la insatisfactoria sociabilidad de estirpe neodarwiniana.

No existe en el precariado una narrativa de clase que vaya más allá de simples diarios y meros relatos individuales de la propia tragedia existencial vivida como intermitente.

Por estas razones, hoy, en la época del grado cero de esperanza social, existe la ausencia de una narrativa de clase que vaya más allá de simples diarios y meros relatos individuales de la propia tragedia existencial de la intermitencia. Por un lado, tenemos relatos de las condiciones precarias que optan por el paradigma victimizado: presentan a los individuos precarios ‒sin mencionar nunca una clase‒ como sujetos a vidas desperdiciadas y heridas indecentes de la existencia.

La subalternidad ideológica de los que se sienten los últimos de la fila
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Nunca se conciben como parte integrante de una clase que, además de sufrir realmente una explotación flexible, es portadora de un potencial desafío radical al orden de la acumulación flexible. La tendencia victimista y llorosa prevalece puntualmente sobre la antagónica, reivindicativa y revolucionaria. Esto revela, una vez más, la naturaleza ideológicamente subalterna en la que se encuentra actualmente la precaria masa de los últimos de la fila.

Más allá de las desventuras individuales, las contradicciones sistémicas sólo se resuelven a través de su trascendencia práctica y socialmente organizada.

Por otro lado, las biografías del ego individual abundan en formas hipertróficas, contando, en un estilo a caballo entre la comedia y la tragedia, las propias desventuras como trabajador precario, siempre presentadas como incomodidades individuales y no como contradicciones sistémicas. Una vez más, si las primeras se superan trabajando sobre sí mismos y promoviendo la adaptación como única estrategia permitida, las segundas se resuelven a través de su trascendencia práctica y socialmente organizada.

El precario: humillado, mortificado y sin reacción
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La individualización neoliberal, la privatización de la vida social y la interrupción de la comunidad, la solidaridad y el vínculo de clase desactivan de antemano la posibilidad de una reacción colectiva y política a la ofensiva ininterrumpida de los señores de la globalización. El counseling filosófico y el diván del psicoanalista sustituyen al partido político y a los movimientos de reivindicación. Por eso, con demasiada frecuencia, los trabajadores precarios, humillados y mortificados, no reaccionan con formas de solidaridad como las huelgas prolongadas y el bloqueo de la producción, es decir, con instrumentos eficaces, capaces de obtener resultados apreciables a nivel de clase. Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: Lettera43