Manifiesto de la iniciativa «El Interés Nacional», por Diego Fusaro y otros

1. EL DOMINANTE, LA ARISTOCRACIA FINANCIERA

En el marco del nuevo orden planetario post-1989, el conflicto de clases ha cambiado de forma. La nueva clase dominante se compone de un grupo restringido, la aristocracia financiera sin estado, desarraigada, posburguesa y ultracapitalista. Vive de ingresos financieros, subterfugios y estafas bancarias, superexplotación del trabajo de otras personas. Es tanto el enemigo de los valores proletarios (trabajo, solidaridad, derechos sociales), como de los burgueses (familia, estado, religión, moral). Su objetivo es recortar el mundo entero para alisar el espacio del flujo de mercancías, de personas mercantilizadas y capital líquido-financiero.

2. LOS DOMINADOS, LOS PRECARIOS

La clase dominada es el precariado, la clase de los vencidos de la globalización capitalista. Es el fruto de los procesos de empobrecimiento, de la precariedad y la asfixia de la vieja clase media y la vieja clase trabajadora. Estas clases, que en el viejo capitalismo constituían polaridades antagónicas, se dirigen cada vez más visiblemente hacia la fusión por sus intereses, fisonomía y composición. Su característica fundamental es la precariedad: es decir, la flexibilización integral en las condiciones de trabajo, normas existenciales y, en general, de toda su vida.

3. RECOMENZAR DESDE LA NACIÓN

La única manera de proteger los intereses reales del precariado como clase de la globalización, a pesar de su heterogeneidad, es empezar de nuevo. El interés nacional: el interés de la nación como unión solidaria y de trabajadores y pequeñas empresas locales; del sindicato de las clases que viven de su trabajo, contra el parasitismo del capital financiero y la aristocracia financiera desarraigada. El interés nacional es el De la reacción cultural, económica, monetaria y política al interés globalista de la aristocracia financiera sin fronteras.

4. NI GLOBALISTAS NI NACIONALISTAS

La recuperación de la idea de nación que aquí proponemos se sitúa a una distancia adecuada tanto por el nacionalismo como por el globalismo. Los cuales se oponen en correlación esencial: de manera antitética, defienden lo mismo, es decir, la aniquilación del derecho a la existencia de la pluralidad y, por lo tanto, del derecho a la vida de las singularidades libres y autónomas. El globalismo es tal que sacrifica la multiplicidad de estados nacionales en el altar de la falsa unidad universal del mercado americano. El nacionalismo en sí mismo, en su lógica, se realiza en el mundialismo como imperialismo de una sola nación (el Leviatán atlantista talasocrático), que incluye a todos los demás neutralizándolos.

5. SER INTERNACIONALISTAS

A la distancia correcta de los dos opuestos en la correlación esencial del nacionalismo y el globalismo, es necesario reiniciar desde la fundación de la nación y ser auténticamente internacionalistas. El nacionalismo, que es el individualismo a nivel de la nación, es la negación del derecho de otras naciones a para ser como son. Así como el globalismo, que aspira a neutralizarlos en la nivelación y (de)soberanización del mercado planetario el verdadero internacionalismo (inter nationes) presupone la existencia de naciones: es para él un "pluriverso" multipolar de naciones soberanas, hermanas y relacionadas entre sí según los vínculos de reconocimiento solidario.

6. DEFENSA DE LA CULTURA Y LA LENGUA NACIONALES

En esencia, la globalización es la ideología de la globalización. Quiere ver lo mismo en todas partes: bienes, consumidores desterritorializados y anglófonos, do ut des librecambista. Aspira a crear una cultura global única: es decir, aspira a aniquilar la cultura. Sólo puede existir un diálogo entre culturas diferentes, entre historias diferentes, entre lenguas diferentes. De ahí la necesidad vital de defender la cultura y la lengua nacionales, sin ceder a la subcultura anglosajona del consumo.

7. CONFLICTO ALTO/BAJO

El conflicto entre el capital y el trabajo en el marco del Estado nacional soberano con la primacía de la política sobre la economía debe ser, una vez más, el foco de la perspectiva en torno a la cual organizar las armas de la crítica: de tal manera que se desarrolle una nueva teoría revolucionaria que, más allá de las tradicionales y ahora inútiles categorías topológicas de derecha e izquierda, asuma como su propia orientación teleológica la emancipación de la sociedad y su redefinición democrática en formas éticas y solidarias basadas en una comunidad de individualidades libres. Con el tránsito al capitalismo absoluto después de 1989, de hecho, se ha producido un cambio en la geometría espacial de la política. La vieja dicotomía topográfica, que expresa la oposición de la derecha y la izquierda, se ha agotado y, en su lugar, la nueva antítesis entre lo bajo y lo alto, entre el Siervo nacional-popular (el precariado) y el Señor globalista (la aristocracia financiera) ha tomado el relevo.

8. VALORES DE DERECHA, IDEAS DE IZQUIERDA

En antítesis con las antiguas dicotomías, es necesario aventurarse más allá de la antítesis derecha e izquierda. Renunciando a ellaS y, por tanto, asumiendo valores de derechas y, al mismo tiempo, ideas de izquierdas. Valores correctos: raíces, país, honor, lealtad, trascendencia, familia, ética. Ideas de izquierda: emancipación, derechos sociales, libertad material y formal igualitaria, dignidad del trabajo, socialismo democrático en la producción y distribución.

9. ANTROPOLOGÍA COMUNITARIA

En antítesis con la monadología liberal y con su antropología del átomo privatizado y competitivo, hay que partir de la sabiduría griega y de su concepción del hombre como "zoon politikòn": animal político, comunitario y sociable. Ser que existe en la relación intersubjetiva y que sólo en ella se puede realizar plenamente. El espacio de la "polis" no coincide con el mero hecho de estar juntos, quizás como competidores y consumidores, según el modelo de sociabilidad insatisfactoria que inerva todo nuestro presente. Por el contrario, el espacio comunitario de la polis se basa en un sentido de pertenencia que hay que redescubrir: un sentido para el que uno se siente parte de una totalidad ética sólida y solidaria, libre en la medida en que garantiza efectivamente la libertad de todos y cada uno.

10. LA FAMILIA, CÉLULA PREPOLÍTICA DE LA COMUNIDAD

Los señores apátridas de la globalización aspiran a disolver cualquier ética comunitaria de solidaridad: para que el mundo entero pueda reconfigurarse como un mercado libre y competitivo, sin padres ni madres, sin ciudadanos, pero sólo con consumidores globales desarraigados, unisexuales, posnacionales y siempre móviles. Los señores competitivos de la plutarquía neooligárquica deben, por necesidad, anular la familia, como célula inmediata de la comunidad, y al Estado, como último poder ético. Al oponerse a estas lógicas, es necesario repensar la sociedad: es decir, reforzar los poderes éticos, de la familia al Estado, de las escuelas públicas a la sanidad, de los sindicatos a las asociaciones de solidaridad. La familia es una comunidad inmediata basada en el amor, la confianza, la diferencia natural de los sexos y el crecimiento educativo de los niños. Aboga por un altruismo particular que es impermeable a la lógica utilitaria y al individualismo de adquisición. Mientras haya una familia, hay esperanza.

11. PROTECCIÓN DE LOS CUERPOS INTERMEDIOS Y DE LA ESFERA PÚBLICA

Con igual fuerza, los órganos intermedios, las "raíces éticas" situadas en la sociedad civil entre la familia y el Estado, deben ser defendidos de la agresión de la aristocracia financiera privatizadora y competitiva. Es el mundo de lo público y lo común, de lo que es nuestro: escuela pública, universidad pública, sindicatos, salud pública. En términos generales, se trata de los derechos sociales que el ritmo de la globalización destruye al transformarlos en bienes: si los derechos pertenecen a cada hijo de la sociedad civil, los bienes sólo están disponibles de acuerdo con la disponibilidad económica del consumidor individual.

12. EL ESTATUS Y LA PRIMACÍA DE LA POLÍTICA SOBRE LA ECONOMÍA

El movimiento general de la globalización capitalista en beneficio de la aristocracia financiera consiste en la despolitización de la economía y la neutralización convergente de aquellas unidades con primacía política que son los estados nacionales soberanos. La globalización rima con (de)soberanización y liberalización: liberación del capital y no del trabajo, de la aristocracia financiera y no de la precariedad, de la competitividad y no de la solidaridad comunitaria. Hoy, el Estado nacional soberano es la última fortaleza capaz de defender los bienes comunes y los espacios democráticos existentes, aunque sean perfectibles. Es, de hecho, el último baluarte capaz de garantizar la primacía de la política sobre la economía, poniendo un límite insuperable e inaccesible a la ley del mercado desregulado. El Estado retoma, de forma mediata y política, la lógica comunitaria y solidaria de la familia: los ciudadanos no actúan como átomos competitivos y conflictivos, sino como miembros de una familia universal y, por tanto, como portadores libres e iguales de derechos y deberes inalienables. El Estado, ejerciendo su dominio sobre la economía, debe regular, gobernar, limitar y administrar la "bestia salvaje" del mercado en función de la comunidad nacional de solidaridad.

13. METAFÍSICA DEL LÍMITE

Metafísicamente hablando, tenemos que empezar de nuevo desde la determinación simbólica del tamaño y el límite correctos. "Mètron àriston", con la sintaxis de los griegos: "la medida es lo mejor". La metafísica del capitalismo, por otro lado, es la metafísica de lo ilimitado: la fórmula en la que se cristaliza su esencia es cada vez más y más. Crecimiento infinito, en la esfera económica. Reducción de todas las fronteras e invasiones perennes, en un contexto geopolítico. Violación de todo lo inviolable, en el ámbito ético. Desregulación, en el ámbito político. Es necesario reaccionar restableciendo el valor del límite y la medida como bastiones metafísicos en torno a los cuales construir el propio estilo de vida individual y el modelo ético del Estado según la razón.

14. ONTOLOGÍA DE LO POSIBLE

El estribillo gastado del clero intelectual que completa la aristocracia financiera repite implacablemente que no hay alternativa. No hay alternativa, según el poder hegemónico anglófono de los mercados. De esta manera, se pretende desalentar cualquier proyecto utópico transformador destinado a rejuvenecer el mundo y a derribar el equilibrio de poder cada vez más asimétrico. El fatalismo del espectador, de hecho, hace que el orden de las cosas sea fatal: el mundo es inmodificable, si no lo transformamos nosotros. Es inatacable si renunciamos a enmendarlo. Es necesario variar el coeficiente de transformabilidad y operar una revolución ontológica, cambiando radicalmente nuestra imagen del mundo: el fundamento de la esencia está dado por la historia y la posibilidad. Lo que hay no lo es todo. Lo real es la suma de lo que existe y lo que podría existir. No la necesidad, sino la posibilidad es el modo ontológico fundamental. El mundo no es un cristal sólido, sino una realidad que siempre puede ser modificada: el mundo es lo que hacemos con él. ■ Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: interessenazionale.net