El feminismo… ese cáncer. La respuesta masculinista, par Mélanie Geelkens


En libros, en las redes sociales, en las asociaciones, en los consejos para ligar… se van destilando. Las convicciones masculinistas son incluso cada vez más audibles, reacción al #MeToo. Para algunos hombres, el feminismo ha tomado el poder y las mujeres demasiado sitio. 

Deben comenzar a prepararse. Pensar en el contenido de la maleta. ¿Zapatos? La estancia es en el bosque. ¿Ropa de abrigo? Las noches serán frescas, a finales de septiembre. Salvo que se encontrarán desnudos como se les trajo al mundo. Reunidos entre desconocidos, escuchando las órdenes de un guía, estudiando sus miserias masculinas. No lo saben todavía, y no podrán contarlo nunca. Esos participantes han firmado una cláusula de confidencialidad. Tom Mitchelson la había firmado también, pero este periodista inglés contó su experiencia “ManKind Project” en un artículo publicado en 2010.

Puede ser que contara cualquier cosa. Pero su informe no tendría nada sorprendente, vista la ambición de esos fines de semana de “aventuras iniciáticas del nuevo guerrero”. Tres días para “redefinir su masculinidad”. Un concepto nacido en Estados Unidos en 1984, que se ha extendido después a una quincena de países en el mundo y que llegaría a cerca de “diez mil hombres cada semana”. En Bélgica, existe una asociación desde 2016 creada por treinta y siete hombres (francófonos, 40-50 años) que organiza cuatro iniciaciones cada año, siendo la siguiente del 27 al 29 de septiembre próximos, para esperar luego hasta la primavera de 2020. Desnudez y estancia en el bosque para intentar no morir de hipotermia.

Los inventores y partidarios del “ManKind Project” no se definen como “masculinistas”. De hecho, casi nadie se califica abiertamente como tal. Ser un hombre a quien no le gustan las mujeres, en nuestros días, solo se escribe en el título de una novela. Ser un hombre que cuestiona el feminismo, sin embargo, se afirma más fácilmente. Por suerte: no hay razón para que la defensa de los derechos de las mujeres escape a las críticas.

Salvo que los masculinistas (como se denominan a sí mismos, “hombristas” sonaría más aceptable) no critican la defensa de los derechos de las mujeres. La desmienten: nuestras sociedades ya no la necesitarían. Falta en gran medida, sin embargo, la defensa de los derechos de los hombres. El patriarcado habría sido destronado por el matriarcado. Las mujeres habrían tomado el poder.

Camisetas antifeministas

“Si eres un hombre y te sientes afectado por las desigualdades que sufrimos todos los días, eres bienvenido (sic)”, escriben los tres administradores del grupo cerrado “Masculinismo” en Facebook. “Soy un hombre blanco heterosexual cisgénero y carnívoro que está harto de ser pisoteado por neofeministas misandrias…”, se presenta uno de los fundadores de la página RDZ IV, creador de una camiseta que dice “feminismo es un cáncer” con ocasión del 8 de marzo. 

Páginas, grupos, blogs, cuentas en Twitter, reuniones… Sus nombres análogos ocultan motivaciones diferentes. Uno de los participantes en “Resistencia antifeminazi” nos explica que el creador de la página es “una persona cuyos orígenes étnicos y culturales tienen una fuerte dominante religiosa” y que “el Corán estipula con mucha precisión los roles, tareas, derechos y deberes” de cada uno. El representante de la página “Atrévete con el masculinismo” se presenta como militante homosexual, “que no tiene que ajustar cuentas con las mujeres, pero sí preguntas que realizar a los hombres”. A propósito de la paternidad, la circuncisión, la custodia de los hijos…

Y luego vienen los libros. Las conferencias. Las asociaciones. Las comunidades. No busquen una liga masculinista, un grupo estructurado. Ni siquiera grandes pensadores. Como mucho algún nombre más o menos conocido, como el del psicólogo del Québec, Yvon Dallaire, o el del bloguero americano Roosh Valizadeh. Nacido en Washington, especialista autoproclamado de la masculinidad y capaz de hacer salir a sus adeptos en las calles de Bruselas: aunque el movimiento no tenga una estructura real, encuentra cierto eco. Cada vez más, incluso, según las feministas. Culpa del #MeToo. “Para mí es un momento histórico, un gran cambio. El hombre blanco, de 50 años, heterosexual, que se da cuenta de que es un privilegiado. Esta noción de privilegio, no hay nada peor que darse cuenta de ella”, nos decía recientemente Valérie Piette, profesora de historia contemporánea en la Universidad Libre de Bruselas.   

¡La reacción al #MeToo!

El conocido “blacklash” o movimiento de reacción. Un concepto teorizado en los años 80, después de que los movimientos feministas ganaran las batallas de las dos décadas precedentes. Derecho a la anticoncepción, al aborto, al divorcio… El horror, para algunos que, después, no han parado de intentar devolver a las mujeres a “su” sitio. “Ese es el movimiento del péndulo”, observa Sylvie Lausberg, presidenta del Consejo de mujeres francófonas de Bélgica. “Si una mujer es libre, para algunos, perturba la estructura entera de la sociedad. Por lo tanto, hay que controlarla”.

Y la libertad femenina sopla cada vez más fuerte desde la tormenta #MeToo. Por lo tanto, los vientos masculinistas contrarios, también. Según Florence Caeymaex, filósofa en la Universidad de Lieja, lo que ese movimiento de liberación de la palabra tendría de molesto en el fondo es que reconectaría al feminismo con sus desafíos societales, de los que ha tenido tendencia a alejarse. “En los años 60-70, el movimiento feminista se afirmaba como una corriente política, con reivindicaciones sobre los derechos civiles. En los años 80, sufre un cambio con la llegada del neoliberalismo. Las dimensiones económicas y sociales se esconden un poco, para guardar solo la dimensión cultural”. “Las victorias se convierten entonces en simbólicas. Presencia de las mujeres en el mundo del trabajo, en puestos de responsabilidad, en las universidades, en política… Su condición cambia. En cualquier caso, para algunas. Blancas y socialmente favorecidas, sobre todo. Sin embargo, hoy asistimos a una reconexión de todas las dimensiones: culturales e identitarias, pero también económicas y sociales”. Mejora y progreso para todas. Y todos: “El movimiento feminista representa reivindicaciones que son inclusivas, es una voluntad de emancipación para mucha gente. Las minorías, los discapacitados, los homosexuales… Es por eso que el masculinismo no puede ser presentado como su espejo. Ya que no está en lucha contra la mujer dominante, sino para preservar las estructuras jerárquicas”. Aquellas en las que el hombre domina. Como padre, marido, seductor, profesor…

La crisis de la masculinidad: he ahí el denominador común de esta “nebulosa masculinista que va de la extrema derecha a la izquierda y que es muy difícil de acotar”, como lo describe Patric Jean, realizador del documental La dominación masculina (2009), quien pasó varios meses en contacto de “hombristas” canadienses, haciéndose pasar por uno de los asociados. Están los “pensadores”: escritores, blogueros, conferenciantes, que destilan con su pluma sus convicciones antiigualitarias. Están los “campos de virilidad”, como el Mankind Project o bien Optimum en Francia, un fin de semana iniciático católico destinado a “hacer que los hombres sean mejores” (más de mil quinientos participantes desde su creación en 2013). Están las asociaciones de defensa de los derechos de los padres. Y hay, más recientemente, “las comunidades de la seducción”, gurús del ligoteo (llamados “pick-up artists”) que dan consejos en internet para seducir a las mujeres.

“Esos consejeros no se identifican especialmente como masculinistas” señala Mathilde Largepret, encargada de proyectos en una asociación de mujeres socialistas y autora de un estudio sobre esa comunidad de la seducción, realizado después de la matanza de Toronto. En abril de 2016, un estudiante de 25 años asesinó a diez personas e hirió a quince más, sobre todo mujeres solo por ser tales. Resultó que el estudiante dijo ser un “Incel” (soltero involuntario, en inglés), un grupúsculo muy activo en la red. Los “pick-up artists” se proponen para aportarles la solución. Aunque haya que insistir un poco. Utilización de frases hechas, juegos en la calle, etc. “La mujer se encuentra desvalorizada en esos mecanismos de seducción”, apunta Mathilde Largepret. “Ella es el objeto frente al hombre que seduce y que encuentra dificultades para asumir el rechazo”.

La frustración sexual sería otro golpe de esas “neofeministas que criminalizan el ligue y la galantería”. Una de las tesis masculinistas más extendida es que los hombres serían cada vez más infelices que las mujeres. ¿No se suicidan ellos mucho más? Es un hecho. En 2016, en Bélgica, “ellos” representaban el 72% de las 1903 personas que se quitaron la vida. Una estadística estable. Salvo que “ellas” son cada vez más numerosas en intentar hacerlo. “Las mujeres tienen más riesgo de pasar a la acción que los hombres. Ellos, tienen más riesgo de muerte”. Es decir, por lo visto, ellos tienen menos tasa de error.

Igualdad en la violencia

De todas formas, los masculinistas no hacen mucho caso a las estadísticas oficiales. Por ejemplo, en el caso de la violencia doméstica, uno de sus caballos de batalla. “Los masculinistas afirman que, siendo los hombres más fuertes físicamente o más impulsivos, utilizarían naturalmente la violencia física, mientras que las mujeres manejan muy bien la violencia psicológica”. Para los hombristas, las cifras oficiales de violencia en el hogar están trucadas. ¡La violencia se reparte al 50-50!

Después viene la función simbólica de cada uno, nos detalla Jean Gabard, autor del libro El feminismo y sus derivas (que precisa no ser masculinista, solo aporta su mirada crítica). “La función de la madre, es nombrar a un padre. Y la del padre, es aportar la ley. Es la madre quien concede al padre la posibilidad de afirmar su autoridad”. Ella cuida y mima; él educa”. No hay que ver ninguna forma de superioridad masculina, solo un reparto complementario de tareas. Y la señal de que los dos sexos pueden ser iguales en derechos, pero no iguales sin más. Es decir, no somos parejos, simplemente”, resume Jean Gabard, que rechaza la ideología de género, según la cual las diferencias relacionadas con el sexo no serían naturales sino construidas socialmente. “Las mujeres habrían adquirido demasiado poder respecto a su progenitura. A nivel de la concepción, por ejemplo, pueden concebir un hijo con otro como deshacerse de él. Algunos hombres piden tener el derecho de oponerse a un aborto. En cuanto a la educación, parecido. En casa, el padre tendría cada vez más problemas para ejercer su autoridad. Lo mismo que en la escuela, demasiado feminizada: 97% de mujeres en educación infantil, 82% en primaria, 63% en secundaria… ¿Entonces? Las clases se habrían convertido en algo preparado para las niñas, que son más tranquilas, en detrimento de los turbulentos niños que no paran. Dato que explicaría la diferencia en el éxito escolar.

Un padre colgado de una grúa

¡Dichosas profesiones feminizadas! La judicatura, las trabajadoras sociales, lo mismo. He ahí por qué muchos padres se ven perjudicados en la custodia de los hijos, en caso de separación. En Bélgica, la asociación SOS Papás (que rechaza ser masculinista) considera que entre el 70 y el 80% de los progenitores privados de ver a sus hijos son hombres. Pide una sistematización de la custodia alterna y el reconocimiento de la alienación parental. Es decir, “los casos de manipulación que conducen a rechazos violentos por parte de los hijos, que no quieren volver a ver a uno de los progenitores”, detalla Vincent Nys, secretario de la asociación. “Eso tiene consecuencias dramáticas para los adultos y, sobre todo, para los hijos, a quien les faltará una parte de sus raíces. Pedimos solamente el derecho a una relación equilibrada, con el padre y la madre”.

Las asociaciones feministas, finalmente, reclaman también un mejor reparto de tareas. Sin embargo, desconfían de ese tipo de asociaciones como de la peste patriarcal. “Podríamos entender algunas de sus reivindicaciones”, reconoce Mathilde Largepret. “Pero estimamos que, aunque piden más derechos, no están dispuestos a asumir más deberes. Por ejemplo, ocuparse a diario de los hijos, tarea que delegan en otra mujer de su entorno, una madre o una nueva pareja”.

“Detrás de esos movimientos de hombres que reclaman más derechos, suele haber un deseo de guardar el control sobre la vida de sus ex”, añade Patrick Gobers, profesor en la Universidad Libre de Bruselas. “En Francia, en 2013, un padre (apoyado por SOS Papás) se subió durante varios días a una grúa y desplegó una bandera reclamando el derecho de volver a ver a su hijo. No escribió, sin embargo, que había sido condenado tres veces por secuestro”.

¿Se trataría solamente de eso? ¿De ajustar cuentas con esas grandes enemigas? Patric Jean así lo cree. “Casi todos los masculinistas que yo he conocido habían sido abandonados por una mujer, y la gran mayoría juzgados por violencia doméstica. En realidad, creo que saben que no tienen nada que hacer. Que sus combates están perdidos de antemano. Intentan ganar algo de tiempo, pero el asunto se acabó. La sociedad se transforma y no pueden luchar contra eso. Su movimiento tiene algo de desesperado, y podría convertirse, por lo tanto, en violento”. ■ Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Le Vif