La obra maestra del orden liberal: conseguir que los jóvenes de 16 años voten, por Diego Fusaro


Hasta las paredes ya se han dado cuenta de eso. Además, por supuesto, de todos aquellos que no practican el conocido movimiento del avestruz, que esconde su cabeza bajo la arena, impidiendo así la posibilidad de ver a su alrededor lo que sucede. 

El poder neototalitario de la fría civilización del liberalismo cosmopolita impone un orden propio que siempre simula la extensión de los derechos y la protección de la democracia global, es decir, el mero vocis flatus detrás del cual se esconde la dominación impersonal de los mercados desregulados. Cuando el "globalitarismo" debe imponer uno de sus movimientos preestablecidos para fortalecer su desorden sin fronteras, lo hace primero construyendo una opinión pública ad hoc a favor: para que la población "logotomizada" (repito, desprovista de los logos) acepte con euforia la continua intensificación de su insubordinación, confundida dolorosamente con la "libertad" también gracias al inevitable arco iris que siempre adorna el nuevo tecnonihilismo globalista represivo.

Y ahora el siguiente paso de los globalizadores, que mejor deberían llamarse "glebalizadores" (vamos a referirnos a nuestra "Glebalización". La lucha de clases en la época del populismo"), será dar el voto a los jóvenes de dieciséis años en Italia. La retórica ya está desplegada: se aplican los derechos, se aumenta la libertad. Todo esto, más habitualmente, con una poderosa panoplia de arco iris que colorean el cielo gris de la civilización del nihilismo gris integral. Léalo abiertamente, entre otras cosas: voto inmediatamente para los jóvenes de dieciséis años. Y si así lo dice el hombre de los mercados, el Apolo de la cosmopolitización de las mentes, el maestro celoso que, como Gozi, prefiere el aire galo macroniano al fétido del populismo italiano, no hay duda.

Dieciséis años: más manipulables por los "maestros del habla"

En realidad, el voto de los jóvenes de dieciséis años sólo significa una cosa para aquellos que saben cómo aventurarse más allá del teatro vítreo de las ideologías y los engaños hechos con el arte de los arquitectos del globalismo: significa dar la capacidad de decidir a quienes, por su edad, aún no se han formado plenamente, es decir, a quienes todavía están a medio moldear y todavía tienen que recorrer un tramo considerable del camino para alcanzar el grado que una vez se llamó madurez, como se decía antes de la nueva era de lo eternamente joven (y eternamente precaria y sin derechos). En resumen, dar el voto a los jóvenes de dieciséis años significa darlo a aquellos que, no habiendo llegado al cenit de la conciencia crítica, son más fácilmente manipulados por el poder cultural y los maestros del habla, por los gestores de la publicidad y por los organizadores de las superestructuras.

En una palabra, significa favorecer el conocido y obvio diseño de las élites globalistas y de los privatizadores de las finanzas líquidas: hacer que el pueblo decida libremente, a través de elecciones lo que la clase dominante cosmopolita ya ha decidido autocráticamente en lugares muy privados (consejos de administración, en su mayor parte). Y esto de tal manera que se eviten incidentes molestos como el Brexit, el referéndum constitucional italiano o, de nuevo, el meritorio gobierno soberano y populista amarillo-verde (del que sólo recientemente se ha salvado la clase globalista, con la llegada preestablecida del ejército de Pancho Villa de la fuerza fucsia cargada de amarillo, los fieles mayordomos de las finanzas sin fronteras).

Los jóvenes como ovejas arco iris

Las escenas de estos días son prueba de ello: jóvenes que viven al día, sin derechos y sin estabilidad, y que en lugar de derribar el orden actual, salen a las calles con Greta balando como ovejas de color arco iris "¡climaaaa!, ¡ambienteee!". El non plus ultra de la sumisión cultural: el no saber que, para defender, como es justo, el medio ambiente, es necesario cambiar el modelo de desarrollo, en lugar de culpar a los descamisados del globalismo y a las clases trabajadoras. Piensen en la escena tragicómica de Greta navegando con el color verde hacia Nueva York, mientras que el trabajador que hace cola en el Panda en la autopista de circunvalación debe sentirse culpable porque "contamina el planeta". La obra maestra del poder: que no puede dejar de capitalizar electoralmente a esas masas, la primera masa nacida bajo la lúgubre insignia del fin de la historia, la primera sin ningún residuo de conciencia de clase y sin ningún recuerdo del "sueño de una cosa", de un mundo arrebatado a la prosa que reifica el modo de producción capitalista. Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: ilprimatonazionale.it