Europa libra un combate entre el progresismo y el conservadurismo. Entrevista a Marion Maréchal, por Charlotte d’Ornellas, Geoffroy Lejeune, Tugdual Denis


Retirada de la vida política desde 2017, en silencio durante un año, Marion Maréchal concede una entrevista a la revista Valeurs Actuelles. Aun a riesgo de que esta toma de la palabra sea interpretada como el primer paso de su retorno, la joven defiende un modelo de sociedad y evoca las amenazas que se ciernen sobre Francia y Europa, la inanidad de la Unión europea, la dimisión de las élites, la revuelta de los “chalecos amarillos”… y también su futuro. Desde que salió de la política, Marion no deja de “volver”. Intenta seguir su camino, pero ello no le impide participar en el debate sobre las ideas.

¿Por qué conceder una entrevista en la actualidad?

Yo me separé de la política electoral, pero no me he prohibido participar en el debate público. La Unión europea, por ejemplo, es un tema fundamental, que llevo dentro de mi corazón. Con la creación del Issep (Instituto de ciencias sociales, económicas y políticas), yo veo una complementariedad entre el hecho de actuar a través de una escuela de formación y de reflexión y el hecho de participar en el debate de las ideas.

No tengo, como se ha dicho, un plan estratégico para volver a la política en 2022. Estoy concentrada en el éxito del Issep, que es un proyecto al servicio del pluralismo intelectual y la formación de las élites del futuro.

Es cierto, sin embargo, un poco frustrante estar en silencio cuando se trata de política. Sobre todo cuando ves, por ejemplo que Emmanuel Macron, el presidente francés, publica, desde principios del mes de marzo, una tribuna seudofilosófica, tecnocrática, plena de progresismo (a su imagen y semejanza), en la cual no cita más que una sola vez la palabra “Francia”. Cuando constato que la noción de “poder”, que debería estar en el núcleo de la reflexión de las élites políticas nacionales y europeas, está totalmente ausente, ello me desespera. El peligro de que nuestro país salga definitivamente de la historia y de que sea “tomado” por las élites, es algo que me concierne directamente, como concierne a cualquier ciudadano.

¿De dónde viene vuestro escepticismo por la Unión europea?

"La mayoría de los devotos repugna la devoción", dijo La Rochefoucauld; bien, la mayoría de los europeístas repugnan la UE. Nací en 1989 y desde entonces no he dejado de escuchar a los defensores del proyecto europeo apelar a una “refundación” de la UE, a un “reencantamiento”, una “reorganización”, una “reinvención”, incluso hoy a un “renacimiento”… Constato así que este proyecto sólo es defendido cada vez que debe ser cambiado. Sin embargo, esta postura consistente en apelar permanentemente a la reforma o al cambio, sin admitir que pueda existir un vicio de origen en el proyecto europeo y sin abordarlo frontalmente, para mí es insostenible.

¿Cuál sería este vicio de origen?

Querían calcar el proyecto de la UE del modelo de los EE.UU. buscando crear, a la fuerza, un Estado soberano europeo. Esto nunca podría funcionar por una razón muy simple: no hay un pueblo europeo como existe un pueblo americano; hay pueblos europeos. Queriendo construir un Estado federal, los artesanos de la construcción europea se han negado a ver que tal Estado sufriría estructuralmente de una ausencia de legitimidad, puesto que no sería construido sobre ninguna soberanía popular. La legitimidad política se adquiere, en primer lugar, por el pueblo, y sin él no puede haber acción política colectiva conducida con eficacia. No hay una única nación europea y, por tanto, tampoco un único gobierno europeo posible en el que puedan reconocerse todos los ciudadanos de la UE.

Mientras los pro-UE rechacen admitir este hecho, seguirán condenados a encadenar los llamamientos a la reforma, convertidos ya en inaudibles. Este es el drama de Emmanuel Macron, producto superado de la “enarquía” (los “enarcas” son altos funcionarios salidos de la ENA pasados a la política) de la década de los años 2000.

¿Hay que partir de cero?

El problema es que ahora hemos organizado la dependencia mutua de los Estados miembros. Esta huida hacia adelante está apunto de matar el proyecto. Cuanto más se federaliza la UE, más se disloca. Cuanto más busca hacer converger y atraer las políticas regalianas de los países, más se fragmenta. Vemos la emergencia, desde hace algunos años, de un cúmulo de protestas diversas y variadas de países que, por el hecho de su historia, de su mentalidad, de sus intereses geográficos, no son capaces de llegar a un acuerdo.

Varios subgrupos se están constituyendo en el seno de la UE para contrarrestar la ineficacia y defender las lógicas nacionales. El Reino Unido intenta retomar su libertad después de recuperar su dinero; Alemania rechaza toda solidaridad presupuestaria y monetaria; los países del Sur y del grupo de Visegrado rechazan las políticas migratorias de la Unión; los Estados bálticos y algunos países orientales miran hacia los Estados Unidos, única nación que supuestamente puede protegerles de un hipotético peligro ruso en detrimento de la preferencia europea; los países del Sur se enfrentan a los países del Norte por el modelo económico y monetario impuesto…

Después de haber hecho esta observación, ¿deseáis un Frexit?

Creo que todavía podemos escapar de esta hipótesis, que sería difícil de llevar a cabo. El Frexit sólo puede ser el último recurso. Antes de lanzar esta última amenaza, Francia debe optar por defender sus intereses nacionales mediante un equilibrio de relaciones de fuerza que la sitúe como la punta de lanza de un nuevo rumbo europeo en el que cada cual pueda acordar, con todos los demás, las ventajas comunes, porque la mayoría de los países de la UE no tiene ningún interés en que se derrumbe.

Las cosas claras, no creo que la salvación europea vaya a venir de la Comisión ni del Parlamento europeo, por el hecho de que sus poderes son reducidos y por la incapacidad de los grupos euroescépticos para hacer un frente común. Pienso que la salvación vendrá de la estrategia de alianzas entre algunas naciones para reequilibrar el peso de Alemania. Esto no podrá venir de los países que extraen alguna ventaja sustancial de la Unión, como los países del grupo de Visegrado, que son beneficiarios netos (que reciben más dinero del que aportan), sino de las potencias históricas indiscutibles en el juego europeo, desfavorecidas por el sistema actual. Pienso especialmente en Italia, pero es evidente que Francia tiene la clave. Porque recordemos que Francia, después de la salida de Gran Bretaña, es una economía-motor, el primer ejército europeo, el único autónomo capaz de proyectarse en operaciones exteriores, la única potencia nuclear, el único miembro permanente del consejo de la ONU (aunque comparta su sillón con Alemania) y uno de los principales contribuyentes al presupuesto europeo. Es también una potencia universal. Si Francia quisiera realmente establecer un equilibrio de poderes dentro de la Unión, podría hacerlo. Su único hándicap, que Macron debería recordar, es que antes de querer dar lecciones a los demás, hay que dar ejemplo.

¿Qué queréis decir?

Durante años, Francia ha perdido credibilidad porque ha adoptado la posición de otorgar lecciones en el seno de la UE, cuando ella misma se ha mostrado incapaz de reformarse, de contener su déficit, de reducir su gasto público, de estimular el empleo, en una palabra, de dar ejemplo en lo que está en el corazón de la Unión europea: la economía. Su voz, por tanto, es extremadamente débil.

La Unión, por supuesto, también tiene sus hándicaps, pero nuestros problemas no derivan de ella, ni mucho menos. Muchas reformas podría ser llevadas a cabo a nivel nacional y éste debería ser el primer paso indispensable para ser escuchados en la escena europea.

Para que Francia recupere su posición, sus élites tendrían que renovar la noción de potencia nacional, dejar de jugar a ser el mejor alumno de los comisarios europeos y conducir una política patriota, exactamente como hacen los alemanes, que no sacrifican sus intereses nacionales en el altar de la Unión. ¡Imaginad! Emmanuel Macron se ha atrevido a proponer la pura y simple renuncia de Francia a su comisario.

Esta noción de potencia determina el curso que pretende darse al país. Pero las élites han abandonado hace tiempo esa idea, Francia es, para ellas, un marco superado e informe. Raymond Aron dijo: “Antes de ser una acumulación de fuerza y potencia, el poder es… voluntad”. Por tanto, la servidumbre siempre es voluntaria.

Después de De Gaulle, nunca hemos llevado a cabo la política de la silla vacía, pero tenemos el poder para hacerlo. Podríamos ya exigir que la Comisión cese toda iniciativa legislativa que no se refiera a temas estratégicos comunes. Ella pretende, por ejemplo, ocuparse de la cultura y de la educación, pero éstas son competencias puramente nacionales: lo que no excluye inteligentes cooperaciones sobre una base intergubernamental, sin burocracia europea. La Unión no tiene que interferir en asuntos secundarios que deben derivar de la subsidiariedad de los Estados miembros.

Muchos hablan de reformas de los tratados, lo que es obviamente un tema complejo que requiere estrategia y método. Podríamos iniciar procesos para obtener modificaciones de los tratados que nos permitieran extraer algunas ventajas de las reglas europeas, como han hecho algunos países. Podríamos suspender inmediatamente la aplicación de Schengen, posibilidad prevista en los tratados. Podríamos lanzar la iniciativa de un nuevo debate sobre la refundación de los tratados en todo aquello que pudiera reconciliar a sus miembros en torno a la unanimidad. Especialmente, defendiendo la reciprocidad en los intercambios y las normas con las potencias extranjeras, favoreciendo a las empresas europeas en el seno de la UE, exigiendo una auténtica solidaridad (¿cómo tolerar que los paraísos fiscales existentes en pleno corazón de la UE faciliten la evasión fiscal a otros países miembros?).

En resumen, volver a la función primordial de la Unión: una función económica que se limitaría a controlar y regular la entrada de mercancías extranjeras, apoyándose en el peso de un mercado de 500 millones de consumidores frente a las potencias extranjeras. Porque países como China y Estados Unidos no nos darán ningún regalo en un mundo de recursos finitos.

¿Francia es demasiado cándida?

Prefiero hablar de una increíble ingenuidad de sus élites. Las instituciones europeas son similares en su arquitectura al modelo alemán y, en su aplicación, al modelo británico.

Por lo tanto, los alemanes y los británicos saben cómo maniobrar perfectamente. Hay un centenar de puestos determinantes en la UE, que no son puestos electos sino puestos “ocultos”, estratégicos, en los gabinetes de la Comisión… ampliamente detentados por alemanes y británicos, a los que envían a sus mejores hombres para ejercer su influencia, defender sus intereses nacionales. Francia no tiene ninguna estrategia de lobbying en el interior de la UE. No domina las reglas del juego, no está dentro de su cultura. Un comisario europeo dijo que la mejor manera de tener un portavoz que no defienda los intereses de su país era nombrar a un francés. Todo esto puede, y debe, cambiar. Es, ante todo, una cuestión de voluntad.

La acumulación de fracturas y el Brexit trastocan el sistema de certidumbres. Hasta ahora, Europa ha estado dirigida por grandes coaliciones que van del centro izquierda al centro derecha, compartiendo el poder perpetuamente en este proyecto federal. Por primera vez, seguramente, veremos cuestionarse esta mayoría absoluta de una gran coalición centrista. La opinión europea está dispuesta a afrontar este cambio. Ya no tolera que la UE esté condenada a ser el vientre blando mundialista, una estación terminal para los inmigrantes y un autoservicio para aquellos que quieren privarla de sus activos económicos.

¿Cómo podemos reconectarnos con esta idea de poder?

Como dice Alexander Wendt: "Un actor no puede saber lo que quiere antes de saber lo que es”. Pensar el poder implica, en primer lugar, una conciencia de sí mismo. Ser capaz de definirse en las fronteras geográficas, culturales. Las élites europeas sufren de amnesia histórica. Rechazan pensar Europa en términos de civilización, puesto que ello las obligaría a responder a las candentes cuestiones de la identidad, de la inmigración, de la demografía, de la islamización, a contracorriente de su proyecto europeo construido como un mercado-mundo. Para ellas, la Unión es un vasto conjunto económico y financiero de valores indeterminados e intercambiables. Nunca la definirán como una civilización en la confluencia de Grecia, Roma, la cristiandad y el humanismo. 

Emmanuel Macron podría estar de acuerdo con usted: escribió en su columna que la UE no era simplemente un mercado y evocaba incluso la palabra civilización…

Su acepción de civilización es extremadamente relativista, puesto que él evoca “formas de civilización”. Lo sorprendente es que hace un llamamiento a los europeos a “reinventar” esas formas de civilización. Me gustaría que me explicara cómo. Sinceramente, no creo que pueda “reinventarse” una civilización como se “reinventa” un producto en el marco de una campaña de marketing destinada a adaptarlo al mercado. La idea de nación star-up tiene sus límites. Una civilización la heredamos humildemente. A lo sumo, podremos optar por transmitirla. Esta frase prueba que Macron no comprende nada del alma de los pueblos o del principio mismo de civilización.

En el terreno económico, ¿en qué pecamos de ingenuos?

Nuestras élites fantasean sobre el entorno más que analizarlo. El poder contemporáneo ha cambiado de rostro. Durante mucho tiempo determinado por la geografía, el territorio y la demografía, hoy se juega también sobre el plano de las redes y de los flujos, a saber, la economía y la opinión, como lo explica el geopolitólogo Raphaël Chauvancy.

Se niegan a entender que la economía es un campo de confrontación, lejos de la teoría del “dulce comercio”, y razonan como si la competitividad fuera el único criterio válido en un mercado supuestamente neutro y equitativo. Esta ingenuidad les hace incapaces de pensar sobre las amenazas y puede explicar nuestro desarme moral y político frente a temas como el espionaje. Otro drama: la increíble dejadez frente a la extraterritorialidad del derecho americano, convertido en un arma comercial fundamental que permite sancionar y debilitar a los gigantes comerciales nacionales, para luego adquirirlos a bajo coste.

Los Estados Unidos utilizan el dólar para librar su guerra económica, ¿puede el euro rivalizar con el dólar?

El único interés de esta moneda era convertirla ‒y así fue presentada‒ en una alternativa al dólar. Una vez más, el fracaso es asombroso. El euro es una moneda mal construida, mal concebida y extremadamente desfavorable para algunos países ‒un estudio alemán revela que la moneda única implicó una pérdida de 3.581 millardos de euros para Francia, o sea, el equivalente a veinte meses del PIB. El euro cumple, sin embargo, las condiciones para competir frente al dólar si se reforma el Banco central europeo, pero también aquí encontramos el rechazo a toda potencia.

¿Por qué tantos "chalecos amarillos" mencionan a la Unión Europea?

Ellos han identificado perfectamente el problema. Han medido el impacto de los tontos europeos en el juego. La UE no defiende el “justo intercambio”, que podría asegurar un equilibrio entro lo que concede para el acceso a su mercado y lo que recibe en contrapartida de las potencias extranjeras.

¿De dónde viene esta desconfianza?

De la democracia liberal, en el sentido filosófico del término. La política actual no deriva ya del gobierno de los hombres, sino de la administración de las cosas, a través del derecho y de la economía. Se trata de la “gobernanza”, palabra tomada del mundo empresarial. Detrás de la democracia liberal está la despolitización de la economía. Ya no es experimentada como un actor de justicia social y de poder, sino como la gestión de una tesorería por las élites con la mirada puesta en los mercados y en las sanciones. Los “chalecos amarillos” son las primeras víctimas, esta es la razón por la que cuestionan la primacía de la economía sobre el hombre. 

La enfermedad, por tanto, es antropológica…

Sí, la gestión de la economía por la democracia liberal parte del presupuesto de Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre. Exactamente lo contrario de Aristóteles, que explica que el hombre es un animal político. Si partimos de la fórmula de Hobbes, el hombre no estaría movido más que por sus intereses egoístas y la economía se convertiría entonces en el mejor medio para regular las relaciones humanas. Esto crea un auténtico malestar antropológico, una pérdida del sentido, del fundamento social. El sentimiento de invisibilidad de la Francia periférica, después de décadas de esta democracia de los expertos y de los jueces, es muy fuerte.

De ahora en adelante, las llamadas democracias "iliberales" del Este europeo, ¿constituyen un modelo?

No estoy segura de que el modelo político húngaro pueda aplicarse a otros países. Pero el término utilizado por Viktor Orbán plantea muchas cuestiones: después del colapso de la URSS, imaginábamos que nada detendría el modelo de las democracias liberales. Es lo que continúan pensando los neoconservadores americanos, a través de una política mesiánica y expansionista. Viktor Orbán ha comprendido perfectamente que es imposible unir a una nación, darle un rumbo, la voz y el poder, si antes no se determina lo que constituyen sus límites territoriales y culturales. Se trata de una condición previa indispensable. Hungría es un país que fue ocupado por el Imperio turco musulmán. La propia Europa luchó, entre 732 y 1683 con civilizaciones islámicas. Esto no es neutro en nuestro inconsciente colectivo. Orbán ha retomado esta cuestión de la identidad para consolidar la cohesión nacional y dar claridad a su acción política. La democracia iliberal no es, en última instancia, más que un llamamiento a la auténtica democracia en lugar de la gobernanza de los expertos.

¿Marine Le Pen tiene razón cuando defiende, a nivel continental, una estrategia de alianzas, un retorno a la cooperación, en oposición a la noción de interdependencia?

La UE debería ser una organización internacional más que un intento de crear un Estado europeo soberano, esto es una evidencia. La Unión debería conformarse con responder a las amenazas comunes y a los intereses compartidos. No preocuparse más que de la regulación del comercio exterior en una lógica de patriotismo económico, de regulación de la inmigración en las fronteras comunes, de instauración de una soberanía digital. Y, a partir de aquí, son las naciones las que deben situarse en el dispositivo. Marcar la diferencia. Ser capaces de establecer una relación de fuerzas. Creo que es esto lo que quiere decir Marine Le Pen.

¿No es inevitable la interdependencia en materia de defensa?

Si hay un dominio en el cual hay que defender la autonomía y la independencia es, precisamente, la defensa. Un ejército europeo común implicaría automáticamente una diplomacia común europea. Dicho de otra forma, una parálisis garantizada respecto a las divergencias, a veces muy intensas, de los países miembros en esta materia. Ya hemos visto los daños causados por el alineamiento de la diplomacia europea con la norteamericana, especialmente en la OTAN.

En el tema de la defensa, encerrar a Francia en una lógica europea me parece una visión muy estrecha y poco ambiciosa. Francia es una potencia universal, presente en los cinco continentes, con una potente red diplomática, una lengua que brilla en el mundo gracias a la francofonía. Ciertamente, Francia participa con Europa de una civilización común, pero es necesario que tenga una estrategia propia, de tratados bilaterales con otros países, tanto de la Unión como de fuera de ella, en función de sus intereses y necesidades para garantizar su independencia y su potencia. En suma, Francia no puede tener a la Unión europea como único horizonte. 

¿Sigue Emmanuel Macron políticamente en pie?

Pienso que ya no crea ilusión. Yo misma nunca me hice ilusiones: encontraba su campaña presidencial demasiado teatral, histérica e incomprensible. Desde el principio, me sorprendió que este hombre pudiera ser presentado como un presidente filósofo. Había leído su libro titulado Revolución. No había en él ninguna visión de la sociedad, ninguna reforma estructural. Ni siquiera en el plano económico. No había casi nada sobre la reorganización de la función pública, sobre la separación de los regímenes público y privado, la reducción del empleo público, etc. Nada sobre la bajada del gasto público, nada sobre la reforma de los sindicatos. Para alguien que se presentaba como un artesano del liberalismo económico, no encontraba nada que lo revelase. El contenido de ese libro se asemeja exactamente a su actual ejercicio del poder: la gestión del momento.

El antagonismo que Macron propone entre progresistas y populistas ¿os parece adecuado?

No, y por varias razones. Para mí, el populismo y el progresismo no están en el mismo plano. El populismo es menos un programa que un estilo: existen populistas de izquierda y de derecha. Es un movimiento polimorfo. Sus características podrían ser: un jefe carismático, el rechazo de las élites y del sistema de forma general, la defensa de una democracia ideal frente a una democracia representativa, el apoyo exclusivo en las clases populares. El posicionamiento populista me parece un impasse electoral. Si bien hay que defender a las clases populares, no podemos evitar dirigirnos a las clases medias y altas. Hay que reunirse en torno a una visión común y no hacer categorías de la política.

En cuanto al progresismo, se trata de una corriente de pensamiento político. El progresismo resucita la querella entre los antiguos y los modernos, y yo le opongo, más que el populismo, el conservadurismo. El progresismo es una forma de fascinación infantil por el futuro. Considera, tomando como modelo los progresos técnicos, que existe un progreso humano ineluctable, que todas las generaciones futuras serán necesariamente mejores que las pasadas. Este progresismo tiene una propensión a menospreciar el pasado, a hacer tabla rasa. Por retomar una fórmula de Burke, es una forma de racionalismo integral donde nada existe fuera de la razón humana, de ahí su imposibilidad para integrar la religión y la espiritualidad, con una tendencia a la abstracción contra lo carnal, de ahí su inclinación a someter las realidades a grandes principios ideológicos.

¿Os definís como conservadora?

Sí, no tengo ningún problema con ese término. Representa para mí una disposición de la mente. Soy conservadora en mi visión del mundo, porque creo en los beneficios de conservar lo que nuestros padres pacientemente construyeron de bello, justo y verdadero. La transmisión es el auténtico secreto de la emancipación. Para superar, primero hay que recibir.

También soy consciente de que, en Francia, el conservadurismo, como corriente política, fue muerto y enterrado después de la IIIª República. Había sido largamente construido en la contrarrevolución, intrínsecamente ligado al catolicismo. Hoy, un nuevo conservadurismo está emergiendo otra vez después de décadas de silencio, pero no hay que conformarse con resucitar esta corriente.

Siempre me he definido como una mujer de derecha. La división derecha-izquierda continúa irrigando la vida política francesa, pero no agota todas las demás divisiones presentes. En revancha, diré que la división entre populistas y mundialistas me parece un impasse electoral. Creo que no puede ganarse dirigiéndose solamente a las clases populares.

Aquellos que sueñan con una gran alianza de partidos entre La Francia insumisa y la Agrupación Nacional, se equivocan. Esta alianza me parece tanto menos posible en tanto que la soberanía, de la que tímidamente se reclama Jean-Luc Mélenchon, no es un fin en sí mismo. La soberanía es el continente; la visión de la sociedad el contenido. ¿A quién sirve la soberanía? Una República islámica soberana no me interesa…

Cuando un especialista de la opinión pública como Jérôme Fourquet escribe que el 18% de los recién nacidos tienen un nombre árabe-musulmán, que estamos basculando hacia un modelo multicultural violento, que la radicalidad islámica aumenta en numerosos territorios, en las zonas de no-derecho, en proceso de secesión cultural, no hablar de estos temas me parece absurdo. La experiencia histórica y contemporánea nos demuestra que la casi totalidad de los países con mayoría musulmana son teocracias. El islam es una religión de Estado, la “sharia” gobierna la vida. Preguntémonos sobre la idea que tenemos del lugar de la mujer en nuestras sociedades, sobre la idea que nos hacemos de la laicidad y la libertad de conciencia. ¿Cuál va a ser el devenir de una sociedad en la que el islam pueda potencialmente convertirse en mayoritario? No quiero que Francia sea el nuevo Kosovo. Esta es la gran angustia que me impulsa. Pero, afortunadamente, no me faltan esperanzas en los increíbles recursos de mi país... ■ Fuente: Valeurs Actuelles

Artículos destacados

Artículos por fechas

Buscar Artículos