Como romper con el librecambio. La desglobalización y sus enemigos, por Frédéric Lordon (y II)


Quedamos mezclados con este aporte quizás involuntario, pero en todo caso objetivamente constituido por una parte de la izquierda crítica con las peores desfiguraciones de la desglobalización, y principalmente la que persiste en la fantasmagoría obsidional, el «síndrome de la fortaleza», a base de murallas, de puentes levadizos y de economía autarquía. 

Creíamos reservado a Le Figaro la antinomia que solo concibe que Corea del Norte y la forma «reino-ermitaño» como opuesto dialéctico de la globalización, pero he ahí que las alusiones de los firmantes de Attac vienen a alimentar, cada uno en su momento, esta figura imaginaria que con una mirada arrojada sobre una historia económica reciente basta para validar.

Ya que si, se remite a nuestras normas (además singularmente y sintomáticamente desplazadas) de hoy la configuración fordista del capitalismo de posguerra tiene todo de la desglobalización, en vano buscaríamos allí los cercos y las torres de observación, las economías herméticamente cerradas y los proyectos de autosuficiencia. Terrible incapacidad del pensamiento del tercero excluido que solo concibe el mundo globalizado o el de las naciones, pero nada entre ambos, y contra lo que hay que recordar sin cesar la posibilidad de la esfera internacional, que quizás podría escribirse inter-nacional para que pueda decir lo que quiere decir, saber que puede haber naciones y vínculos entre las naciones.

Se duda que el periodo 1945-1985 haya ignorado los intercambios externos ‒sin duda el comercio internacional estaba menos desarrollado que hoy... pero no es cierto que sea un defecto. Se duda que esta restricción, en un régimen de intercambio que nuestras normas actuales calificarían indiscutiblemente de proteccionista, haya sostenido la guerra que nos promete Lamy cada vez que se trata de no seguir al librecambio— y, catastrófica convergencia retórica, algunos altermundialistas anuncian que derechos aduaneros «nutrirían la xenofobia y el nacionalismo», o sea, de Lamy entre líneas.

También sería bueno recordar que el «horror nacional-proteccionista» fordista fue una época, sin duda imperfecta, de pleno empleo, de crecimiento ‒es verdad que sin consciencia ecológica‒ y de paz entre países avanzados, en efecto relativa solamente, pero sin embargo... Se duda de que el principio nacional haya sido abolido incluso en el mundo supuestamente globalizado ya que, informamos a los liberales y a los altermundialistas, ¡aún hay naciones! Existe China, Estados Unidos, de los cuales, curiosamente, nunca cuestionamos ni el nacionalismo ni las afirmaciones de soberanía. Estos dos países se reirían mucho si les pidiéramos fundirse en más amplios conjuntos. Y, algo sorprendente, estas incorregibles naciones no se declaran necesariamente la guerra y ¡tampoco nos la declararon!

Se duda finalmente que las relaciones entre las naciones deban concebirse bajo la exclusiva perspectiva de la mercadería, y nos deja un poco pasmado que la Javel [cloro-lavandina] liberal haya terminado por limpiar los endeudamientos al punto de hacer olvidar que trabar un poco la circulación de los capitales no impide en absoluto promover la más grande circulación de obras, de estudiantes, de artistas, de investigadores, de turistas, como si la circulación comercial se hubiera convertido en el indicador exclusivo del grado de apertura de las naciones! —y solo la mala fe puede pretender que la desglobalización quiera liquidar las «correctas» circulaciones con las «incorrectas».

Pero, se dirá que Attac se deshizo rápidamente de su primera etiqueta «antiglobalización», precisamente para redefinirse como «altermundialista». Quizás por acá pasa la línea divisoria de las aguas teóricas, como lo señala el recurrente temor de los firmantes a ver «un conflicto de clases transformado en conflictos de naciones». Partiendo de una profunda cuestión, este enunciado es consagrado a la inanidad si cree poder operar la negación del hecho nacional, o más bien de los nacionales, y de las relaciones de antagonismo que se suceden casi necesariamente. Pero aún ahora, y siempre por el mismo efecto trágico del tercero excluido, «antagonismo» es inmediatamente entendido como «guerra», y como negación absoluta de relaciones de cooperación que por otra parte podrían estar unidas.

Deseos piadosos y relaciones concretas

Salvo que se persiga la quimera de una humanidad totalmente reconciliada, habrá que hacerse a la idea de que la comunidad humana en el amplio sentido está necesariamente atravesada por antagonismos, que algunos de ellos se establecen según los trazos de las naciones.

Es evidente, sin embargo, que todos los antagonismos no responden a la gramática nacional, sino a otras gramáticas, y a veces transversales ‒el antagonismo de clase, por ejemplo. ¡Pero no debería elegirse entre estas múltiples gramáticas solamente la de su preferencia! En cuanto a saber si una de ellas goza de alguna primacía, es una cuestión que no admite ninguna respuesta general, pero cada vez se encuentra determinada por la configuración especial de las estructuras del capitalismo. Puede observarse que el asalariado chino y el asalariado francés se sitúan en la misma relación de antagonismo de clase respecto de «su» capital, solo que las estructuras de la globalización económica los coloca en una relación de antagonismo mutuo ‒contra la cual ninguna denegación podrá hacer nada.

Recurrir a la solidaridad de clase franco-china procede de un universalismo abstracto que ignora datos estructurales concretos y de su poder para configurar conflictos objetivos ‒es decir, irónicamente todo los que Karl Marx reprochaba a los «jóvenes hegelianos de izquierda»: más que descontar «esencias» (la «esencia» del asalariado o la «esencia» de la lucha de clases) que producen por sí mismas improbables efectos, será mejor pensar en rehacer las estructuras reales que determinan realmente las (múltiples) relaciones en las que entran los diferentes grupos sociales.

Así en algunos países, las estructuras de las finanzas accionistas y los retiros capitalizados colocan objetivamente en conflicto diversas fracciones del propio salariado: pensionados (que poseen interés en la rentabilidad financiera) contra asalariados (de quienes las extraen), asalariados-despedidos de un centro de producción contra asalariados-accionistas del mismo grupo (cuyos títulos van a valuarse), etc. Es absolutamente en vano llevar a todas estas personas a solidaridades de clase abstractas contra las estructuras que las destruyen concretamente y configuran objetivamente sus intereses bajo relaciones antagónicas ‒en cambio es más útil rehacer las estructuras (aniquilar las finanzas accionistas, promover sin cesar la distribución) para crear las condiciones concretas propias para reconstruir las unidades rotas y, entonces, para poder hacer prevalecer una cierta gramática de antagonismo contra los demás.

Del mismo modo, las estructuras presentes del librecambio y de la circulación de las inversiones directas prohíben que se actualicen las solidaridades posibles entre asalariados franceses y asalariados chinos. He aquí entonces la paradoja desapercibida de los «globalizadores». Lejos, como se oye a menudo, que un proteccionismo racional y negociado perjudica los intereses de los asalariados de los países emergentes (destacaremos al pasar que sistemáticamente, en esta discusión, la suerte de los asalariados nacionales es considerada como perfectamente nada despreciable), en cambio bien se podría permitirles adelantar el paso a regímenes de crecimiento más autocentrados, recurriendo funcionalmente a la extensión y a la estabilización del ingreso salarial.

Solo cuando los salariados nacionales son substraídos de las relaciones antagónicas a las que los condena el librecambio, pueden desplegarse solidaridades transversales (transnacionales), haciendo entonces prevaler la gramática clasista sobre la gramática nacionalista ‒en suma, respetar el «hecho de clase» salarial. Al igual que la «competencia no falseada» en realidad no es más que un proteccionismo disfrazado (y de la peor especie), se podría entonces, al contrario de los creen ciertos altermundialistas, que varias formas de proteccionismo transparentes y racionalmente negociadas tengan buenas propiedades creando posibilidades de desarrollo autónomas, aunque (razonablemente) interactuantes, y creando las condiciones concretas de las solidaridades transnacionales de clase.

Pero la cuestión de la desglobalización no se agota en absoluto en la del proteccionismo (a donde los globalizadores querrían relegarla), aún menos en algunos argumentos necesariamente parcelarios. Llamaría además a ingresar allí, no por sus consideraciones económicas, sino por el problema fundamental en el que toma verdadero sentido, problema propiamente político de la soberanía y de sus posibles circunscripciones ‒que no se limitan en absoluto al perímetro de las actuales naciones. Dato fundamental de la vida de los pueblos, la soberanía es, pero a modo de olvido, el punto común de todos los defensores de la globalización, que ignoran sistemáticamente los requisitos más esenciales, como testimonia el confuso concepto de «gobernabilidad». «El problema central es el de la gobernabilidad mundial», repite sintomáticamente Daniel Cohen. ¡No! el problema central es el de la constitución de entidades políticas auténticamente soberanas, única manera de dotarse a sí mismas de la fuerza capaz de oponerse a la fuerza del capital. Y cuya negación se mantiene en la quimera de las «instituciones internacionales fuertes», este perfecto oxímoron que sin embargo hace decir a Daniel Cohen que «sin instituciones internacionales fuertes, seguiremos en el caos», que entonces hay que reescribir: «seguiremos en el caos». Si hubiera un solo principio general para dirigir el debate sobre la globalización, este podría ser el siguiente: no podemos dejar a los pueblos durante mucho tiempo sin soluciones de soberanía.

Una definición finalmente muy simple

Pero también se podría, exactamente lo contrario, llevar la controversia de la desglobalización a una cuestión de identificación convencional finalmente muy simple, bajo la cruda luz de la coyuntura actual. La competencia no falseada entre economías con estándares salariales considerablemente diferentes; la permanente amenaza de deslocalización; la coacción accionaria que exige rentabilidades financieras sin límites, de tal magnitud que su combinación produce una compresión constante de los ingresos salariales; el desarrollo del endeudamiento crónico de las familias; la absoluta licencia de las finanzas para desplegar sus operaciones especulativas desestabilizadoras, llegado el caso, a partir de las deudas de las familias (como en el caso de las subprime); la toma de rehenes de los poderes públicos conminados a ir al auxilio de las instituciones financieras desconcertadas por las crisis recurrentes; la distribución del costo macroeconómico de estas crisis por parte de los desempleados, sus costos para las finanzas públicas por parte de los contribuyentes, los usuarios, los funcionarios y los pensionistas; la desposesión de los ciudadanos de cualquier empresa en la política económica, a partir de ahora regulada según los únicos deseos de los acreedores internacionales pese que les cueste a los cuerpos sociales; la entrega de la política monetaria a una institución independiente fuera de cualquier control político: a todo esto podríamos decidir denominar globalización a través de un lenguaje poco exigente.

De ahí que decir simplemente algo favorable para la desglobalización no es otra cosa que declarar no querer más de eso.