La crisis económica, un método para gobernarnos y hacernos sentir en peligro, por Diego Fusaro


La crisis actual es el método de gobierno que la élite gobernante utiliza para administrar el mundo bajo la bandera del neoliberalismo. 

Esta es la tesis detrás del excelente texto de Darío Gentili, Crisi come arte di governo (Quodlibet, Macerata, 2018). Según Foucault, la fórmula "vivir peligrosamente" (vivre dangereusement) puede elevarse al máximo del liberalismo o, en palabras del propio pensador francés, a "una marca existencial internalizada por la subjetividad construida por la gobernanza liberal".

En el marco del régimen neoliberal, "los individuos son continuamente puestos en peligro o, mejor dicho, en condiciones de experimentar su situación, su vida, su presente, su futuro, etc., como factores de peligro". El riesgo empresarial se socializa en la sociedad en su conjunto: da lugar a una especie de economía de riesgo que no sabe nada fuera de sí misma. Todo se vuelve a plazo fijo, arriesgado, como en un estado de peligro perenne. La crisis económica, en este sentido, no es más que el "peligro" político y social analizado desde el punto de vista sistémico de la producción y del mundo de la vida. El peligro al que se refiere el sintagma vivre dangereusement no coincide tanto con el externo, sino con el peligro interno del revés económico y de la agitación de la vida cotidiana. Vivir peligrosamente significa ante todo adaptar toda la existencia al paradigma del riesgo empresarial, que se ha convertido en el modelo único y omnipresente de la sociedad sometida a la visión empresarial [aziendalizzata].

La liquidez universal del tiempo flexible se caracteriza, precisamente, por la peligrosidad que lo inerva ubicuamente. Induce a los sujetos a percibir el presente y el futuro como permanentemente incierto y en riesgo, precario y no sujeto a garantías de ningún tipo. Más precisamente, el dispositivo de la crisis nos permite naturalizar ‒presentándolo como si fuera un proceso neutro e irreversible (capitalismus sive natura), independientemente de la voluntad de los actores sociales‒ lo que en realidad es una agresión intencional de los dominantes en detrimento de los dominados.

Consecuente con la revuelta de las élites financieras plutocráticas, la opción política de retirar fondos de la esfera social, reducir los salarios y volver el trabajo inseguro, es una opción que se naturaliza a través del dispositivo de la crisis: se transforma ideológicamente en una condición objetivamente requerida por la emergencia circundante, en una necesidad ineludible que no depende de la voluntad de las clases, sino de la situación objetiva como tal. Hoy en día, el sujeto no está obligado por el autoritarismo a actuar de cierta manera. Simplemente, las leyes de la economía lo ponen en la condición de no poder hacer otra cosa, según la propia imagen de la mano invisible de la violencia inmanente.

Además, el orden entrópico de la globalización permite a los individuos creer que están haciendo libremente lo que en realidad el propio sistema les ha puesto en una posición ineludible: la libertad se convierte en el nombre ilusorio que se atribuye a la adhesión individual "libre" a lo que se impone sistémicamente. El control hoy no es coercitivo, ya que predetermina, a través de la actio in distans, el espacio de las posibilidades de acción y pensamiento de los individuos. No impone una dirección por la fuerza, para que los individuos no sigan a los otros posibles: simplemente niega a estos últimos, para que sólo quede uno.

El resultado es el círculo vicioso al que el nuevo orden de la masacre de clases nos está acostumbrando cada vez más. Un círculo vicioso en virtud del cual, por un lado, la flexibilidad del trabajo se presenta y justifica como una necesidad impuesta por la situación de crisis. Y, por otro lado, la crisis misma corresponde a un método de gobierno a través del cual los gobernantes pueden imponer sin discusión democrática y como si fuera una necesidad ineludible la flexibilización del trabajo coherente con sus políticas de clase y correspondiente a una orientación precisa libremente perseguida.

En este sentido, la crisis, como la flexibilidad, se presenta al mismo tiempo como un momento objetivo de la nueva forma de producción y como un método de gobierno coherente con la revuelta de las élites desterritorializadas. En términos falsamente neutrales, las gramáticas dominantes, a las que están subyugados los propios subordinados, la llaman "crisis": desde el punto de vista de la razón desmitificadora, debería, más bien, apelarse a la guerra contra las clases medias y los trabajadores. No se trata, en realidad, de una "crisis" natural y estructural, sino de un método de gobierno clasista que pretende hacer cada vez más "peligrosas" las vidas de los vencidos por el globalismo y de la nueva plebe planetaria. ■ Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: ilfattoquotidiano.it