Europa ¿es cristiana o pagana?, por Pierre Vial (y II)


La realidad de una Europa cristiana se explica, entonces, por la adaptación del catolicismo a las mentalidades europeas permeables a la ley de los “pueblos del desierto”. 

Cuando el cristianismo es el de las Cruzadas, el de la Reconquista, de las Órdenes militares (templarios, hospitalarios, teutónicos, Santiago, Calatrava, Alcántara, etc.), se presenta como heredero del viejo ideal heroico y guerrero de la tradición indoeuropea, y esta adaptación le alinea con aquellos que, conscientemente o no, visten con una justificación cristiana el instinto étnico de los europeos. Porque, tanto en España como en Tierra Santa, los caballeros medievales combatían al sarraceno. Es decir, a aquellos que no tienen la misma religión, pero también, y sobre todo, a aquellos que no eran europeos.

Esta lucha perduró, después de la toma de Constantinopla por los turcos (1453), que marca el fin del Imperio bizantino, continuador durante mil años de la ideología imperial, césaropapista, heredera del Imperio romano y de una cultura griega ancestral (los bizantinos se decían romanos, pero utilizaban para hacerlo una palabra griega. Romaioi, puesto que ellos hablaban griego, y de ahí deriva el Roumi que utilizan los musulmanes para designar a los cristianos… es decir, a los europeos).

La amenaza de invasión que pesaba sobre Europa se concreta a partir del siglo XV: los turcos, “destinados a ser la pesadilla plurisecular de Europa” (Jacques Le Goff), penetran en el corazón del continente anexionando Serbia (1459), Bosnia (1463), Herzegovina y Albania (1467), Hungría (1526). Viena es asediada en 1529 y luego en 1683. La reconquista europea permitió liberar Hungría (1699), Valaquia y Moldavia (1737), Rumanía y Serbia (1789). Habrá que esperar al siglo XIX para que Grecia sea liberada de lo que los cretenses llaman todavía hoy “el tiempo de la esclavitud” (lo que expresa claramente sus sentimientos respecto a los turcos, sobre todo cuando escuchamos el tono con el que pronuncian esta expresión…).

Creta, ocupada por los turcos desde 1647 hasta 1898, ilustra notablemente el doble carácter ‒cristiano y europeo‒ de la lucha contra los otomanos. La Iglesia Ortodoxa, cuyo emblema, el águila bicéfala (que se encuentra en las armas imperiales de Austria y Rusia), pertenece a la más alta tradición heráldica europea, fue el alma de la resistencia cretense. Uno toma conciencia cuando está delante del monasterio de Toplou, que se parece más a una fortaleza que a una casa religiosa.

Y fue en el monasterio de Arkadi donde un millar de cretenses (en su mayoría mujeres y niños, pues los hombres estaban en el maquis) resistieron durante dos días a 12.000 turcos, antes de saltar por los aires, junto a sus asaltantes, en el arsenal de pólvora donde se habían refugiado. Añadamos que la resistencia al turco, en Creta, manifestó la solidaridad entre los europeos, puesto que, en 1669, combatientes europeos en una tropa francesa defendieron La Canée y resistieron durante mucho tiempo un largo asedio, detrás de las fortificaciones edificadas por los venecianos y el arquitecto veronés Michel Sanmicheli, antes de ser sumergidos por la marea turca, favorecida por una superioridad numérica aplastante.

La ósmosis llevada a cabo con el pueblo cretense por la Iglesia ortodoxa se explica en gran parte por la capacidad de esta institución para adaptarse a las mentalidades populares. Un ejemplo, entre otros (pero particularmente significativo): el báculo del primado de Creta lleva dos serpientes entrelazadas, es decir, el símbolo a la vez de Asklepios, el dios griego de la medicina, y de Hermes-Mercurio, dios del conocimiento y guía de las almas. Cuidar el cuerpo y el alma, sanarlos si es necesario, he aquí una misión que la Iglesia ortodoxa quiso asumir, plenamente consciente de ser así fiel heredera de una espiritualidad más antigua que ella misma. 

Es por esta razón que, hoy, el combate de los serbios contra los bosnios y los albano-kosovares, cabeza de puente turca, debe ser el combate de todos los europeos dignos de este nombre, porque se inscribe en el marco de una larga y antigua lucha que continúa ante nuestros impotentes ojos (el Vaticano, a veces, parece tener conciencia de ello, incluso publicó un documento donde era declarado “no-oportuno” el matrimonio de una cristiana con un musulmán).

En Kosovo y en Bosnia-Herzegovina, como en los barrios y suburbios de las grandes ciudades y villas occidentales, donde los europeos se han convertido en minoría, llevar la cruz es, para algunos europeos, una forma de decir que rechazan la dominación musulmana, tomando partido por su bando, el de Europa.

Recuperaciones y adaptaciones

La Iglesia Católica, por su parte, hace mucho tiempo que ha tomado conciencia de que su destino estaba ligado al de Europa. Uno de los más grandes Papas de la historia eclesiástica, Gregorio I (590-604) daba, en el año 600, un prudente y juicioso consejo a San Agustín, encargado de la evangelización de los bretones (la Bretaña medieval es la actual Gran Bretaña): “Es imposible proceder a una extirpación total de los hábitos en las almas todavía rudas por razón de que querer llegar a un lugar muy elevado no se logra sino paso a paso, poco a poco, y no mediante pasos agigantados”. De ahí las consignas concretas en cuanto a los métodos a utilizar: “Los templos consagrados a los ídolos en esta nación no deben ser destruidos, sino solamente los ídolos que se encuentran en ellos”. Tras la purificación de los lugares por aspersión de agua bendita, se instalará el culto cristiano allí donde antes le había precedido el culto pagano: “En efecto, si estos templos están edificados sólidamente, hay que sustraerles del culto a los demonios y afectarlo al servicio del verdadero Dios. De esta forma, esta nación, viendo que sus templos no han sido destruidos, extirpará el error de su corazón, y conocerá y adorará al verdadero Dios, y se reunirá con mayor facilidad en los lugares acostumbrados”. Dicho de otra forma: conservamos el contenedor, pero cambiamos el contenido… 

Sucedió lo mismo con las fiestas rituales que seguían con el sacrificio de bueyes, que hasta entonces eran, para los celtas, un rito de comunión con sus dioses. Había que conservarlas, tomando simplemente la precaución de ponerlas bajo el signo de la cruz: “Así ellos no sacrificarán estos animales al diablo, sino que los inmolarán para su propia alimentación y en la lengua de Dios, rindiendo agradecimiento a la abundancia en la que se encuentran a aquél que les dispensa cualquier cosa. Y, mientras degustan los placeres externos, ellos consentirán más fácilmente la alegría interior”.

San Gregorio Magno toma así claramente posición contra el afán destructor de algunos evangelistas depuradores que, como San Martín, no dejaron de destruir sistemáticamente todos los lugares de culto pagano (lo que es la exacta explicación de las exhortaciones bíblicas requiriendo al “pueblo elegido” la orden de aniquilar, al mismo tiempo que a los pueblos paganos, también sus lugares de culto y todo atisbo de sus creencias).

La inteligente recuperación preconizada por Gregorio I, por lo tanto, fue una empresa asumida sistemáticamente por la Iglesia. Fue mucho más eficaz en tanto que cubría también el campo político. La empresa comenzó con Constantino, el emperador romano que, en el siglo IV, se adhirió al cristianismo para obtener el apoyo de los cristianos contra sus competidores en la carrera hacia el poder imperial. Fue canonizado aun cuando su cristianismo era muy ambiguo: esperó a estar en su lecho de muerte para ser bautizado y recibir el “pasaporte espiritual” de Eusebio de Nicomedia, obispo arriano… por tanto herético. J. Rudent observa: "La tradición, llevando a Constantino a los altares, ha honrado a un curioso santo: asesino de su padre Maximiano, de su hermano Licinio, de su hijo mayor Crispo, de su mujer Fausta e incluso, en el año 336, del hijo de Licinio”. Pero qué importa, si ello permitió al cristianismo tomar el poder en Roma. Esta conquista del poder político y del poder cultural ‒los dos se acomodan el uno al otro‒ podría haber sido cuestionada por la desaparición del Imperio romano de Occidente (476). Pero Clovis se presentó para reiterar el pacto entre poder político y poder religioso.

Mientras que también recibió el bautismo para obtener el apoyo de las eficaces redes católicas en su empresa de eliminación de sus rivales, los otros reyes germánicos (visigodo, burgundio, alamán), él fue proclamado fundador de una Francia “hija mayor de la Iglesia”, porque gracias a él el catolicismo se impuso como la religión oficial del reino de los francos, frente a la ruda competencia del arrianismo. Carlomagno, que no siguió para nada los consejos legados por Gregorio I, puesto que optó por conducir a los sajones al catolicismo por la vía del genocidio (masacre de los prisioneros de Verden, deportaciones, capitulaciones eligiendo entre el bautismo o la muerte), fue canonizado, en el siglo XII, en el marco de los tratados entre el Papado y el Emperador Federico Barbarroja, el cual, para lavar su imagen, se proclamó heredero de Carlomagno.

Cristianismo e identidades

El catolicismo se impuso en Europa sumergiéndose en el molde de las mentalidades europeas, impermeables a un judeocristianismo demasiado marcado por sus orígenes semíticos. Lo cual supuso la adopción de esquemas mentales ancestrales, como la tripartición funcional indoeuropea. Georges Duby la analizado con maestría en un libro capital, Les trois ordres ou l´imaginaire du féodalisme: definiéndola como una exigencia fundadora de un orden social equilibrado, la repartición de los hombres en oratores (“los que rezan”), bellatores ("los que combaten”) y laboratores ("los que producen"), los prelados Adalberon de Laon y Gérard de Cambrai, a principios del siglo XI, inscriben su elaboración doctrinal en un marco que se remonta a la más alta Antigüedad indoeuropea.

Pero ellos no hacen más que retomar una intuición ya bien afirmada en la Regla de San Benito, padre del monaquismo occidental y declarado, en 1964, “patrón de Europa” por el Papa Pablo VI. Esta regla exigía, en efecto, a los monjes benedictinos que repartiesen su actividad cotidiana en tres actividades indispensables para el equilibrio del hombre: el trabajo manual (la parte del cuerpo), el trabajo intelectual (la parte de la mente) y la oración (la parte del alma). Se pueden añadir otros ejemplos de la repartición funcional en las instituciones católicas, siendo una de las más espectaculares el Orden del Temple, que comprendía entre sus filas a sacerdotes, caballeros y artesanos (hermandades de oficios), mientras que la cruz roja de la cruzada se tejía sobre blanco y negro en el estandarte de guerra del Temple.

La Europa cristiana de la Edad Media era portadora de una escala de valores muy querida por los europeos, pero que debía muy poco al cristianismo de los orígenes: el heroísmo encarnado por los santos guerreros (Santiago Matamoros, patrón de la reconquista contra los sarracenos y protector de los peregrinos en el Camino de Santiago de Compostela, San Jorge, San Miguel, San Mauricio),, el culto de la belleza representado por los constructores de catedrales, el amor por la naturaleza representado por una San Francisco de Así celebrando en sus poemas su “hermano sol”…

La fase medieval de la historia del cristianismo fue determinante en la formación de las mentalidades, porque marcó duraderamente las mentes y los espíritus: no hay que olvidar nunca que la Edad Media representa mil años de historia, diez siglos, cuando sólo cinco siglos nos separan hoy del mundo medieval…

Por supuesto, que hay errores, que no podemos olvidar: son perseguidos los intelectuales que proclaman los derechos de la libertad de pensamiento 8pelagio y sus continuadores), el panteísmo (de Scot Erígena a Amaury de Bene, David de Dinant, Maestro Eckart… y tantos otros), y todas las otras rebeliones del espíritu contra los dictados del pensamiento único… Pero el pueblo ‒aunque él cuenta entre sus filas con muchos heréticos‒ es globalmente seducido por los ritos que responden a su sed por lo maravilloso: las pompas de la liturgia, el juego de un decorado fastuoso, iluminado por los cirios y perfumado por el incienso, el mágico encanto de una lengua misteriosa (el latín), que ellos escuchaban pero no comprendían, pero que, decían los frailes, permitía dialogar con Dios, el encuadramiento del fiel que, desde el bautismo al funeral, franqueaba las etapas más importantes de su vida en el marco de una casa de Dios…

Ciertamente, este condicionamiento psicológico por medio de puestas en escena espectaculares ha suscitado un buen número de críticas. San Bernardo, en el siglo XII, tuvo duras palabras para fustigar a estos monjes cluniacenses que transformaban el interior de sus iglesias con una decoración teatral (capiteles, esculturas, pinturas y cortinas), tan fascinante para los ojos de los fieles, como para todos aquellos que, en la duda, olvidaban meditar y rezar… Otros, ya fueran francamente heréticos como los valdenses o los cátaros, o en el límite de la herejía como algunos franciscanos “espirituales”, denunciaban un Iglesia demasiado rica, demasiado ávida, demasiado poderosa, demasiado pretenciosa, que mostraba su lujo con insolencia mientras que sus clérigos predicaban la pobreza. Pero, frente a las exigencias de austeridad de los ritos y de los lugares de culto establecidos por las Reformas”, en el siglo XVI, la Iglesia de la Contrarreforma y del concilio de Trento se sumó al uso de una decoración fastuosa y colorida: el arte barroco utiliza con profusión querubines angelicales, dorados y redondos, racimos de uvas y soles triunfantes para celebrar la graciosa belleza de un mundo feliz. Resta que la cuestión del libre arbitrio ‒y de su incompatibilidad con la gracia agustiniana‒ desemboca en el siglo XVII en el rigor jansenista y la respuesta de los jesuitas. Pero, en el mismo tiempo, estos debates teológicos están lejos de una religiosidad popular marcada por una “mentalidad paganizante” (Jean Delumeau) y, contra las manifestaciones de un “folclore manchado de espíritu pagano” (ciclos estacionales, fiestas fuego, mascaradas y carnavales), los clérigos intentan reaccionar, en particular contra las hogueras de San Juan, tan dionisíacas que provocaban necesariamente el “libertinaje”. 

Al hacerlo, la jerarquía católica olvidaba que el pasado pacto entre el cristianismo medieval y el sentido de lo maravilloso, venía de una larga memoria que garantizaba a la Iglesia una base popular. No sin ambigüedades, incluso de compromisos, bien entendido. Pero las contradicciones eran vividas sin mayor dificultad: es el mismo Botticelli quien pinta Vírgenes con el niño (espléndidas, por otra parte) y Venus.

Todo esto permite decir que la Europa cristiana ha sido una realidad. Ciertamente superficial, ciertamente frágil, ya que el esfuerzo misionero, constantemente renovado, tuvo que aplicarse más en la Europa de los siglos XVIII, XIX y XX, que en tierras lejanas... donde, por otra parte, se plantea la cuestión de la adaptación de un cristianismo europeo a mentalidades exóticas en todos aquellos continentes donde predicadores y pastores desembarcaron como portadores de la Verdad.

Pero un fenómeno señala la complejidad de las relaciones entre el cristianismo y Europa. En efecto, en la Europa del siglo XX, el cristianismo ha contribuido a reforzar ciertos combates identitarios. El proceso es, a decir verdad, bastante antiguo. El husismo en el siglo XV para los checos, el luteranismo en el siglo XVI para los alemanes, insertó una dimensión religiosa sobre un movimiento de emancipación de los pueblos respecto de la Iglesia romana, acusada, con razón, de imponer una pesada tutela centralizadora y uniformadora frente a las reivindicaciones de autonomía. Pero, por otra parte, el catolicismo jugó también un papel motor espiritual objetivamente aliado con una explosión de identidad política en los polacos, los irlandeses, los carlistas españoles y algunos otros… El fenómeno, en el siglo XX, revistió una nueva intensidad en relación con la tiranía soviética. Todo el mundo sabe, por ejemplo, que el sindicato Solidarnos, a principios de los años 80, recibió un decisivo apoyo de la jerarquía católica, hasta el punto de que el presidente Lech Walesa aparecía como el portavoz de la Iglesia romana, lo cual, por otra parte, contribuyó a su fracaso cuando intentó ser reelegido, pues la sociedad polaca cambió rápidamente después del colapso del bloque soviético.

Hay que señalar que la adecuación entre identidad nacional e identidad católica puede tener efectos perversos: el apoyo de Roma a los católicos croatas contra los serbios ortodoxos fue, desde el punto de vista europeo, una aberración, porque debilitar a los serbios, defensores de la identidad europea frente al islam (bosnios, albano-kosovares, turcos) es criminal.

El balance

Hoy, ¿qué pasa con la referencia a una Europa cristiana?

Aquí es necesario referirse a lo que Alain de Benoist llamó "La estrategia de Juan Pablo II". Una estrategia basada en la "nueva evangelización" de Europa y organizada en torno a un postulado: existe una identificación total de la cultura europea y la cultura cristiana. Esta afirmación ya lo había hecho Pío XII y después Pablo VI. Pero Juan Pablo II la retomó y sistematizó, con un vigor particular, afirmándola de forma perentoria, por ejemplo, declarando que la identidad europea, “incomprensible sin el cristianismo”, no puede existir sin él. Por consiguiente, sólo la Iglesia puede dar un “alma”, por tanto, una existencia, a Europa. Juan Pablo II es retransmitido, en esta predicación de tono voluntariamente profético, por los jerarcas católicos, algunos de los cuales aportan una nota muy personal. Así, por Lustiger, del que sabemos es uno de los más ardientes defensores de un retorno del cristianismo a sus fuentes judaicas, el cual declaraba que la riqueza de Europa es haber recibido “el mensaje de la palabra bíblica”, siendo así que Europa no podría concebirse más que en razón de su nacimiento e infancia por el cristianismo que permanece orgánicamente ligado al judaísmo y al universalismo secular. En suma, a la tradicional cuestión “¿Atenas o Jerusalén?”, Lustiger responde: "¿Atenas? No la conozco…".

Esta temática desemboca en paradojas que pueden tener un carácter decisivo. Así, mientras Juan Pablo II declaraba en Compostela: “Yo lanzo hacia ti, vieja Europa, un grito lleno de amor; reencuéntrate a ti misma, sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces”. Este llamamiento, en cualquier caso, patético, reposa (y esto no debe ignorarse) en una contraverdad histórica. Las raíces de Europa, en efecto, se sumergen en un pasado infinitamente más antiguo que el cristianismo. No es con crisis de memoria como puede escribirse la historia.

Propulsando a través de sus textos y discursos, la fórmula de la "nueva evangelización", Juan Pablo II intentaba crear un nuevo celo misionero destinado a cristianizar en profundidad (¿recristianizar?) a los pueblos europeos, oficialmente ya bastante cristianos. Lo que viene a reconocer que hoy, como ayer, el cristianismo europeo es un barniz superficial ‒mientras que algunos observadores remarcan la intensidad con la cual, en otros continentes, los cristianos, más o menos recientes, manifiestan sus convicciones. La estrategia de Juan Pablo II se apoya sobre un obstáculo de gran tamaño: la noción de la Europa cristiana es una idealización y condenada a seguir como tal, porque es contradicha por una simple pero fuerte realidad, a saber, la existencia de sociedades europeas amplia y profundamente descristianizadas. Contrapartida, muy probablemente (aunque no sea más que un factor entre otros, porque el fenómeno es complejo) de una acción de despaganización del catolicismo, puesto en marcha por el modernismo y oficializado por Vaticano II. Esta política se traduce en el abandono de un tradicionalismo festivo que durante mucho tiempo fidelizó a los practicantes, aunque sólo fuera por la vía de una liturgia y de unos rituales que jalonaban la vida de los individuos (bautismo, comunión, matrimonio, funeral) y que, por tanto, eran referencias socialmente estructurantes.

Además, el Papa y los jerarcas católicos más asociados con su estrategia, como Lustiger, comenzaron a reapropiarse de la ideología de los derechos humanos, explicando que su fundamento es cristiano, no siendo la ideología de las Luces más que una transposición laicizada del universalismo cristiano. Lo cual es totalmente exacto.

Disponiendo así de un cuerpo doctrinal ofensivo, Juan Pablo II se autorizaba a distribuir concilios y mandamientos a la sociedad civil y a los responsables de las instituciones políticas. La Iglesia reivindica así un magisterio moral. Es decir, que, pese a las sutilezas y las precauciones en la forma de presentar las cosas, se trata de volver, incluso si uno rechaza este término, a la buena y vieja teocracia: por la voz de su representante en la tierra, el Papa, el Dios bíblico rige las sociedades humanas que deben, para ser salvadas, seguir los preceptos de la Ley. La Iglesia tiene la vocación, hoy como ayer, en decir a los hombres lo que deben pensar y cómo deben conducirse. Porque, señala Jean-Louis Schlegel (Esprit, noviembre 1990), “el Papa (…) parece conservar en su mente el modelo (…) de una sociedad política regentada, en sus valores colectivos e individuales, por la Iglesia”. Lo que es la continuación de una muy antigua ambición, fuente de conflictos que se remontan a los orígenes de la Iglesia, siendo uno de sus principales episodios, en la Edad Media, la lucha a muerte entre el Imperio y el Papado (Lustiger sabe de lo que hablamos, porque él denuncia “los modelos imperiales derivados del paganismo”).

Este imperialismo religioso conduce al fino analista a una constatación, tan simple como fundamental: el cristianismo, sea cual sea su evolución a lo largo de los siglos, continúa siendo una visión del mundo puramente dualista, distinguiendo dos dominios diferentes en esencia, el del creador y el de la creación y sus criaturas, sumisas, obligatoriamente sumisas a su creador. Es aquí donde el cristianismo está en contradicción absoluta con un genio europeo basado en la afirmación de la necesaria libertad y de la unidad intrínseca del mundo.

¿Europa es cristiana? Solamente cuando acepta someterse a una ley que le es extraña (y extranjera) porque nació en el Sinaí. Esta Europa jamás será nuestra. ■ Fuente: Terre & Peuple