La ecología, naturalmente, un valor de derecha, por Claude Bourrinet


Al margen de las caricaturas del ecolo-izquierdista delirante, imagen estereotipada, la relación entre la naturaleza y el hombre y, singularmente, entre el hombre y el animal, ha sido asunto directo, incluso a veces brutal, por qué no decirlo, de los valores tradicionales de la derecha.

Las asociaciones animalistas han difundido recientemente un vídeo que revela ciertas experimentaciones consistentes en perforar el flanco de las vacas para incrustarles un agujero cerrado con una tapa. Esta práctica tiene como objetivo tener un acceso directo al estómago del animal y así poder testar la alimentación y aumentar la productividad de su explotación.

Más allá del carácter repugnante de esta alianza entre la tecnología y la vida, se plantea el problema de la relación entre lo que conocemos como “derecha” y la concepción de la “ecología”. Porque, igual que la escuela, la cultura, el arte, y frecuentemente las cuestiones societales en general, la iniciativa ha sido cedida a la izquierda, con las consecuencias que todos conocemos, mientras que la derecha, también con frecuencia, se conforma con garantizar la gestión de las cosas, como si fuera algo propio a su identidad.

Sin embargo, al margen de las caricaturas del ecolo-izquierdista delirante, imagen estereotipada, la relación entre la naturaleza y el hombre y, singularmente, entre el hombre y el animal, ha sido asunto directo, incluso a veces brutal, por qué no decirlo, de los valores tradicionales de la derecha.

Habría que comenzar por la caza, que traduce y transmite las tradiciones cinegéticas, culturales, históricas, pero también sociales y morales, de una increíble riqueza. Pero, ¿qué relación guarda todo esto con los experimentos de los que hablamos?

Ampliamente, el pensamiento original de la derecha, de inspiración católica (por ejemplo, el barón Eckstein), el cual se oponía a la Revolución de 1789, se dirigía a socavar la modernidad fundada sobre el culto del beneficio, el individualismo racionalista y el utilitarismo industrial y comercial. Veía en todo ello una agresión contra la dignidad humana.

La cuestión animal es contaminada por la argumentación progresista. Siguiendo a Descartes, y contrariamente a los siglos anteriores al barroco, consideraba la existencia de las bestias como un mecanismo sin alma, y la experimentación sobre las mismas, desde el triunfo de la ciencia y de la industria, sacrificó en el altar del futuro y del progreso, en abominables condiciones, a millones de vidas animales.

Hemos entrado en la era del Doctor Moreau, genial novela de H.G. Wells, que escribió a finales del siglo XIX. Todo vale: el transhumanismo, los trasplantes, los injertos, las prótesis, la revuelta de los monstruos contra su creador.

Los valores de derecha se fundan sobre la certidumbre de que existe una armonía eterna entre la naturaleza, que no es un concepto relativizado por los progresistas, y detrás de la cual, para algunos de ellos, se adivina la acción de un dios, y la sociedad, que debe, para perennizarse, adoptar un espíritu de mesura. Nada es suficiente, decían los griegos antiguos, puestos en guardia con sus mitos, contra las experimentaciones técnicas excesivas.

Ahora que la vida misma es atacada por la técnica hasta en la más pequeña de sus parcelas, que se niega o insulta a la naturaleza, que se mezcla lo que estaba naturalmente separado, que se universalizan, sin ningún escrúpulo, las prácticas tecnocientíficas (con gran responsabilidad de los lobbies) que desnaturalizan el mundo, que sólo vale el crecimiento sin límites en una Tierra limitada, debemos recordar las sublimes palabras de Rabelais en Pantagruel: “Ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma”. Fuente: Boulevard Voltaire