El islamismo, un extremismo antisemita, por Charles Rojzman


No practiquemos un antifascismo anacrónico: si hay una extremismo antisemita y peligroso que, hoy en día, va viento en popa en Occidente, se trata del islamismo. Terrorismo y propaganda victimista son sus dos ubres.

Varias generaciones han experimentado el golpe traumático del aniquilamiento de los judíos europeos y, al mismo tiempo, el arrepentimiento de la colonización. Los nazis establecieron una jerarquía entre las razas superiores y las razas inferiores. Los colonizadores creyeron en la superioridad de la civilización europea sobre los indígenas americanos y africanos.

Un antifascismo retardado

Las nuevas generaciones de Occidente, formateadas por una enseñanza que condena, a la vez, el genocidio de los judíos y los excesos de la colonización, ya no reconocen diferencias entre los seres humanos. Los europeos modernos, en particular aquellos que forman parte de las clases educadas, persiguen un sueño de amor universal, un sueño de un mundo que ya no conocería el racismo ni la guerra.

Ellos superponen a la realidad actual una utopía de una humanidad reconciliada, única e idéntica. Este rechazo para ver las diferencias y las jerarquías entre los seres humanos y sus culturas es una reacción perfectamente comprensible respecto a un pasado doloroso, pero conduce a una negación de la realidad. Esta juventud occidental, instruida y pacifista, establece una equivalencia entre clandestinos y ciudadanos legales de un país, entre los géneros, entre las sexualidades, entre las generaciones, entre las culturas y las civilizaciones. Para ellos, no deben existir jerarquías ni diferencias.

Aquellos que se oponen a estas indistinciones, que quieren que las fronteras y las naciones subsistan, aquellos que abiertamente declaran que las culturas no tienen un valor igual, que el velo, la poligamia, las mutilaciones genitales, no tienen cabida en nuestra civilización, son considerados “fascistas”, racistas, herederos del nazismo. Por la misma razón se estigmatiza a poblaciones enteras que viven con el temor de un futuro que será muy diferente al que han conocido, calificando de populistas a aquellos que toman su defensa.   

Los idiotas útiles y el lobo

El islamismo, nuevo totalitarismo, se aprovecha de esta negación de la realidad e impone, bajo los pretextos de la tolerancia y de la aceptación de la diversidad, sus propios valores y costumbres que están en total contradicción con los valores occidentales de igualdad y derechos. Hoy, el islamismo es un extremismo antisemita, heredero del nazismo.

Se trata, por tanto, de identificar bien este nuevo totalitarismo y no equivocarse de objetivo en un auténtico combate por la divisa nacional de libertad y de igualdad. Los colaboracionistas y los tontos útiles del islamismo permiten que el lobo entre en el corral, calificando a los conservadores populistas que resisten al islamismo de políticos de extrema derecha. Incluso si en estos partidos conservadores subsisten algunos elementos próximos a los fascismos, los nacional-populistas (Trump, Le Pen, Salvini, Wilders, Orbán y sus equivalentes en toda Europa) son conservadores que escuchan a sus pueblos y se resisten a estos cambios de civilización perseguidos por el islam político, aliado incluso con un antirracismo inmigracionista que niega a los occidentales el derecho a preservar su identidad, diferente de las otras identidades, y a los judíos la posibilidad de tener una nación soberana, de proteger sus fronteras y resistir a la voluntad islamista de construir una umma sin límites.

La lucha antifascista, hoy, debe conducirse contra todas las tentaciones totalitarias y, en particular, contra el islamismo, que es el auténtico extremismo, xenófobo, autoritario, antijudío y antioccidental. Los islamistas y sus compañeros de viaje explotan el miedo a una extrema derecha europea para asegurar el triunfo de su mortífera e intolerante ideología.

Este totalitarismo islamista es peligroso, porque pretende representar al auténtico islam, que es la religión de más de mil millones de individuos en el mundo. Es peligroso porque es el heredero directo de los totalitarismos que le han precedido, en particular del nacionalsocialismo. No es por azar histórico que el muftí de Jerusalén, tío de Arafat, colaborase con la Alemania nazi, ofreciendo sus servicios para el exterminio de los judíos en Palestina. El punto común de estos dos totalitarismos es el antisemitismo. No es la creación del Estado de Israel lo que está en el origen del antisionismo, máscara del antijudaísmo, sino que es, precisamente, este antisemitismo el que niega constantemente el derecho a la existencia de una nación judía soberana, bajo diversos pretextos y en distintas épocas.

Terrorismo y propaganda victimista

Este totalitarismo islamista ha realizado sus primeros experimentos de guerra asimétrica mediante el terrorismo y la propaganda victimista. Explota ahora en múltiples ramificaciones un poco por todas partes en el mundo pero siguiendo la misma estrategia: terror mediante atentados suicidas, seguidos de propaganda victimista y reivindicaciones. La misma victimización que utilizó Hitler para pretender que los judíos eran un pueblo genocida que se preparaba para exterminar a los pueblos arios.

No es momento para el diálogo con el enemigo, sino para la determinación y el combate, sin concesiones ni “acomodamientos razonables”, contra este nuevo totalitarismo. Una vez más, no es sólo la ideología o la religión lo que se cuestiona, sino el odio que expresan las ideologías, sean religiosas o ateas. El siglo XX conoció el comunismo, el nacionalsocialismo, el maoísmo, el polpotismo. El siglo XX fue arrasado por genocidios, guerras civiles y guerras mundiales. Es tiempo de preguntarse sobre las causas de estos trágicos acontecimientos que afectaron a numerosos países, numerosas culturas. Si comprendemos bien las causas que provocaron el caos y el desorden, esa necesidad de pureza y de orden que hicieron desear el exterminio de los presuntos causantes de los problemas, podremos aplicar los medios de prevención respecto a todos aquellos individuos que todavía están afectados por esas tentaciones radicales y extremistas.

Es necesario mostrar indignación, denunciar esas nuevas formas de totalitarismo que se instala en Europa, semejantes a sus precedentes en su odio a Occidente, a los judíos, a las mujeres, un totalitarismo que es hijo del nazismo y del estalinismo. Como ellos, vive de las mentiras de su propaganda y de la victimización de la victimización de unos individuos que conciben mal su identidad y que la acomodan con su necesidad de revancha.

Aumento del odio

Pero la indignación y las manifestaciones no son suficientes, ni siquiera los finos análisis del fenómeno. Junto a las medidas de aislamiento, o incluso, de encerramiento, de los intolerantes, es necesario redescubrir los valores que han hecho la riqueza del pensamiento occidental, no de forma teórica a la manera de un profesor moralizante, sino proponiendo una nueva forma de educación cívica que se llama “terapia social” que yo he experimentado durante varios años en diferentes países, igualmente afectados por las guerras civiles y las masacres colectivas.  

Hay que considerar que nuestros países occidentales no son indemnes a las violencias y las tentaciones totalitarias. Nuestra vida democrática está debilitada por la violencia de las ideologías maniqueas que se oponen, sin auténtico debate, por puros egoísmos y depresiones individuales, al “vivir-juntos”. Pues este “vivir-juntos” (la convivencia multicultural) del que tanto se habla no existe realmente, se ha hecho imposible por un aumento de los odios e incomprensiones recíprocas. Nuestros países, ricos en su diversidad desde sus orígenes, viven esa diversidad como una terrible prueba, porque esta diversidad es impuesta por la violencia y experimentada con violencia.

Nuestra sociedad está enferma. Los síntomas de esta enfermedad son numerosos: una depresión ligada, a la vez, al egoísmo individual y a la ausencia de proyecto colectivo, una sociopatía que causa corrupciones, atentados a las personas, a los bienes, a las costumbres y afecta a todos los dominios, un sentimiento agudo de victimización que diluye la responsabilidad individual, y en fin, una dificultad para entrar en conflicto sin violencia, al contrario, con el deseo de aniquilar al enemigo. Una rápida sanación de estas enfermedades sociales es necesaria, porque hacen débil a nuestra democracia, y en consecuencia, incapaz de resistir ante los asaltos del enemigo.

Cuando hablo de “terapia social” es, precisamente porque los seres humanos no están solamente guiados por la razón y el interés. Las emociones y, en particular, las emociones grupales, juegan un rol decisivo en nuestra vida en sociedad. Nuestra conciencia y nuestra percepción de la realidad pueden ser manipuladas por las emociones y las pasiones, en particular en estas situaciones de crisis y de tensión que vivimos. Las representaciones pueden convertirse en locura y engendrar conductas violentas, contra sí mismo o contra los demás.

Reconquistar los territorios perdidos

En primer lugar, hay que reconquistar los territorios que todavía no están totalmente perdidos. Los habitantes de los barrios periféricos y suburbanos, que tienen una serie de características comunes (desempleo, inseguridad, sensación de abandono), pero también, ciertamente, visiones y aspiraciones diferentes. La tentación radical y el oscurantismo que afecta a una parte cada vez más importante de la juventud, se compensa, en ocasiones, con un deseo de conformidad con la sociedad circundante, con un deseo de ascenso social, pese a que nuestras instituciones lo bloquean frecuentemente.  Hay que reconquistar estos territorios que se han abandonado a las sirenas islamistas, dando prioridad a nuestros principios y valores occidentales: igualdad de hombres y mujeres, respeto de las minorías, tolerancia religiosa, alteridad…

Más todavía, hay que fomentar el surgimiento de militantes por la causa democrática, a todos los niveles, en todos los medios. Frente al nuevo totalitarismo islamista, es necesario encontrar el sentido y la práctica de una democracia fuerte y participativa, que reúna y conjunte los fragmentos de una sociedad dividida. El movimiento de los “chalecos amarillos” es la expresión de esta enfermedad: espontáneo en su origen, buscaba expresar el malestar experimentado por la “periferia”, el sufrimiento de una vida devenida en precaria, el peligro de una juventud tentada por el islam en busca de una dignidad perdida y de una razón para luchar. Desgraciadamente la falta de un espacio para el conflicto y la cooperación, ha convertido al movimiento en ciega violencia y destrucción, una violencia que separa a las personas de los clanes convertidos en refugio para el enfrentamiento entre enemigos. Es así como nace una sociedad tribal de comunidades cerradas y sostenidas por la propaganda victimista. Si no cambiamos estos espacios por otros de encuentro y convivialidad, nos arriesgamos a vernos metidos en una situación de guerra civil con estas “identidades asesinas”.  Fuente: Causeur