La ideología de género: una antropología destructora de la identidad, por Abbon


«No se nace mujer, se llega a serlo». Este postulado, promulgado por Simone de Beauvoir en 1949, auténtico símbolo de la feminización extremista, se ha convertido en la piedra angular de la ideología de género (“gender”, para los angloamericanos). 

Volvemos sobre esta “teoría” que, asociada al “matrimonio para todos”, al mundialismo, al aborto, a la homosexualidad y a la adopción del modelo sociosexual en la escuela, contribuye a la ofensiva para la humillación del hombre.

Sabemos que el matrimonio homosexual, presentado por el gobierno como el "matrimonio para todos", emana de la ideología de género, elaborada en el último tercio del siglo XX por las universidades estadounidenses bajo el nombre de “gender” e importada por las instancias de la Unión europea, cuyas directivas se inspiran en ella ampliamente. Pero ¿conocemos todas las implicaciones de este conjunto de representaciones colectivas, inspiradoras de leyes más o menos recientes sobre la contraconcepción, el aborto o la represión de la homofobia? Vale la pena estudiar más de cerca los orígenes y la doctrina constitutiva de una ideología cuyas implicaciones transforman poco a poco nuestras existencias sin que seamos plenamente conscientes de ello.

Una antropología revolucionaria

Básicamente, la ideología de género se presenta como una antropología revolucionaria que niega la alteridad sexual. Como consecuencia de las conquistas del feminismo, que han abierto las posibilidades de promoción hasta ahora reservadas a los hombres, Judith Butler y sus émulos dedujeron la identidad entre hombres y mujeres, pretendiendo que los sexos son simples “construcciones sociales” que no tienen otra finalidad que la de justificar la dominación de los machos. La noción de igualdad jurídica que inspiraba el feminismo tradicional es aquí sublimada en reivindicación de similitud, bajo el pretexto de que la diferencia de los sexos ha servido durante mucho tiempo como argumento para justificar la discriminación y el sometimiento de las mujeres. Así, podemos leer en el libro insignia de esta neofeminista radical (El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad): “Hombre y masculino pueden también designar tanto un cuerpo femenino como un cuerpo masculino; mujer y femenino tanto un cuerpo masculino como un cuerpo femenino”. La división inmemorial de la humanidad entre hombres y mujeres no debía así nada a la naturaleza, sino todo a la cultura y podría ser erradicada por la acción revolucionaria. Inspirándose en la célebre cita de Simone de Beauvoir (“no se nace mujer, se llega a serlo”), las neofeministas radicales sostienen que cada cual puede inventarse a sí mismo como hombre o mujer según el rol social o la orientación sexual de su elección, lejos de cualquier determinismo físico. Según Mónica Wittig, "se trata de destruir el sexo para acceder al estatuto de hombre universal” (El pensamiento heterosexual). Por lo tanto, deberíamos rechazar el término “sexo” y sustituirlo por el de “género”, más neutro, designando al hombre nuevo de un nuevo orden.

Se percibe aquí la naturaleza ideológica de esta doctrina que, empujando hasta lo absurdo la lógica de la idea, conduce a la negación de lo real, no dejando otra salida que un constructivismo abusivo, en nombre de un mesianismo delirante. Comparte con la antigua gnosis un odio a la creación que conduce a un progresismo prometeico, más radical que el comunismo, cuyo programa se dirigía a la supresión de la propiedad privada: la cuestión de la ideología de género es, nada menos, que la de transformar al hombre.

El enemigo de la familia y de la religión

A diferencia de las ideologías que oscurecieron el siglo XX, el género no se reclama de la ciencia, cuyos recientes descubrimientos relativos a los cromosomas XX femeninos y XY masculinos, o a las hormonas masculinas y femeninas, o incluso al fenotipo determinante de los órganos de reproducción, aportan los desmentidos de sus propósitos. La ideología de la desexualización del humano procede de un enfoque puramente filosófico emparentado con la escuela de la deconstrucción popularizada por Derrida y Foucault. Estos pensadores especularon sobre una realidad social fluida, sujeta a una perpetua contestación porque siempre era sospechosa de compromiso con el poder, que sería maléfico por definición. Así, la familia patriarcal, teóricamente concebida por San Pablo como un hogar de amor en una perspectiva cristiana, se ve contestada en tanto que matriz de todas las opresiones, prefigurando el poder del marido el que ostenta el patrón empresario. La lucha de sexos sería el preludio de la lucha de clases: tesis formulada por Engels en 1884.

Atacando a la familia, como a todos los  presuntos totalitarismos que la precedieron, la ideología de género tiene necesariamente por objetivo a la religión, fundadora de la institución del matrimonio y garante de la perennidad de la familia. La Iglesia católica es particularmente acusada de propagar una moral sexual: sacrilegio para los “genderistas” que conciben la libertad sexual como paradigma de toda libertad. Su persistencia no viene sólo de que los sacerdotes valoren la virtud de la castidad, sino especialmente de la condena de la homosexualidad, que el catecismo califica como comportamiento intrínsecamente desordenado.

Nos referimos aquí a un punto nodal de la ideología de género: dado que no existe ni dualidad de sexos ni tabú sexual, la ideología de género deduce la equivalencia de las orientaciones sexuales. Así, el nuevo feminismo radical, que ya no tiene demasiada relación con el feminismo de antes, únicamente preocupado por la igualdad entre hombres y mujeres, dirige prioritariamente su acción reivindicativa hacia la paridad entre los heterosexuales y los homosexuales. Esta cruzada de nuevo tipo suscita distintos refinamientos de las distinciones sexológicas elevando el número de prácticas sexuales a cinco (aunque parece haber más), todas ellas tan legítimas las unas como las otras, si bien la vieja heterosexualidad de nuestros ancestros se presenta como minoritaria frente a los homosexuales femeninos, los homosexuales masculinos, los bisexuales y los transexuales. Desafiando el asombro de los hombres ordinarios frente a una teoría focalizada en los intereses de ínfimas minorías de la especie humana, los partidarios de la ideología de género acuñaron la expresión “queer theory”. Estas reivindicaciones se llevan sobre los medios para normalizar la homosexualidad: por la represión de la homofobia, el reconocimiento legal del matrimonio gay, en fin, por el fomento de las técnicas destinadas a compensar la infertilidad de las parejas del mismo sexo (procreación asistida, fecundación in vitro, donaciones de esperma y óvulos, gestación subrogada, etc.). Estas prácticas, arriesgadas y costosas, generan una nueva forma de prostitución y mercantilización del sexo con el recurso a madres portadoras pagadas y la venta de esperma y óvulos. La legalización del matrimonio homosexual entraña, por otra parte, una perturbación del Código civil al permitir la banalización de la familia formada, por ejemplo, por dos madres y un padre virtual, o por dos padres y uno o dos madres, términos que son trivializados para sustituir al genérico de “padres”.

Las paradojas del género

No puede dejar de sorprendernos la paradójica actitud de los defensores de la ideología de género que, por un lado, se movilizan para asegurar la fecundidad de las parejas homosexuales y, por el otro, militan a favor de la contraconcepción y el aborto cuando se trata de parejas heterosexuales. Los ideólogos de género se esfuerzan por deconstruir la maternidad, igual que se esfuerzan por deconstruir el matrimonio, negando la existencia del instinto maternal como hace la señora Badinter, la cual pretende que el amor maternal es de reciente invención. El embarazo y la lactancia, en efecto, singularizarían indignamente a las mujeres en una humanidad que los “genderistas” sueñan con hacer uniforme y homogénea. Su propaganda, presentando el aborto como un derecho en nombre de un individualismo confinado en el nihilismo, es impuesta progresivamente por la UE, en la que la práctica totalidad de sus Estados miembros han adoptado leyes que autorizan el asesinato de niños no nacidos “desprovistos de proyecto parental”, a pesar de los daños psíquicos y físicos causados a las madres.

Otra paradoja: los “genderistas” no tienen palabras lo suficientemente duras para estigmatizar a la Iglesia, acusada de discriminar y someter a las mujeres, cuando ninguna otra religión en el mundo ha llevado a tan alto grado la dignidad de las mujeres dentro de su especificidad, especialmente con el culto a la Virgen María, pero guardan silencio ante el trato que el islam inflige a las mujeres y, por supuesto, a los homosexuales, ferozmente reprimidos en los países de la Sharia. La inferioridad de las mujeres es, para el musulmán, un dogma incontestable inscrito en el Corán (Sura IV, versículo 34) y en muchos hadiths; figura incluso en la Declaración de derechos del hombre musulmán redactada durante la égida de la Conferencia islámica de El Cairo en 1990, lo que no augura una evolución del mundo musulmán en este punto. Esta base teológica justifica la condición de eterna minoría de la mujer musulmana, la cual nunca escapa a la tutela masculina, ya se trate de su padre (el cual concierta su matrimonio a una edad temprana), ya se trate de su esposo, incluso de sus hijos varones en caso de viudedad. La poligamia, catastrófica para la educación de los hijos, el repudio discrecional por parte del marido, la lapidación de las mujeres acusadas de adulterio, figuran entre las innumerables intimidaciones y humillaciones infligidas a las mujeres musulmanas, cuya inferioridad se simboliza en el uso del velo, "esa estrella amarilla de la condición femenina", según la expresión del iraní Djavat Tchadortt. En definitiva, la mujer musulmana, afectada de impureza a partir de la pubertad, no es valorada más que por su posibilidad de maternidad, que el islam instrumentaliza con vistas a la Yihad. La declaración dirigida en la ONU por el argelino Boumedián a los diplomáticos occidentales era inequívoca: “Nosotros os conquistaremos a través de los vientres de nuestras mujeres”. Esta amenaza se inscribe en una larga tradición, de la que un hadith da fe: “Cásate con mujeres amantes y fecundas: quiero que superéis en número a todas las naciones”.

Ideología de género y mundialismo: mismo combate

La indulgencia de las neofeministas radicales respecto al islam sólo es paradójica en apariencia. Si profundizamos en el análisis, percibimos que el género se integra en un complejo ideológico donde el antirracismo juega un rol determinante; obedece a una metapolítica de la diversidad que prohíbe la discriminación entre hombres y mujeres, entre heterosexuales y homosexuales, entre inmigrantes y autóctonos. La bandera del arcoíris simboliza el nuevo ideal que quiere una yuxtaposición inclusiva de las comunidades, absteniéndose de unificarlas autoritariamente en el marco de una nación o de un Estado. Esta metapolítica conduce al cosmopolitismo, asignando los mismos derechos a todos los individuos, de dondequiera que sean, independientemente de su origen étnico y su orientación sexual, en un mundo que suprime la distinción entre extranjeros y ciudadanos de origen, donde, a la larga, los Estados serán abolidos. Designamos también a esta nebulosa ideológica con la palabra “mundialismo”, definida por el diccionario Robert como “un enfoque de los problemas políticos, económicos y sociales en una óptica mundial y no nacional”. Tal es, en definitiva, la lógica de la ideología posfeminista de género que favorece la esterilidad de los occidentales, pero cierra los ojos ante la natalidad de los inmigrantes; aparece así como el mejor agente de la “gran sustitución” de Renaud Camus, con la que designa la empresa mundialista de destrucción de las naciones europeas mediante la inmigración/invasión para facilitar la gobernanza de la hiperclase mundial sobre las poblaciones reducidas al estado de consumidores intercambiables, aislados, solitarios, privados de identidad, de historia, de referencias morales y de ambición política. El “mejor de los mundos” que Aldous Huxley nos ofreció con terrorífica anticipación. Nosotros tenemos muchas razones para impugnar la política de la Unión europea, laboratorio del mundialismo, cuyas directivas exigen el “matrimonio para todos”, pero también la imposición seudoética del género, cuyas consecuencias podrían conducir a un futuro decepcionante, porque, según la advertencia de Roland Hureaux, “la ideología de género es la más grave enfermedad que puede afectar a la política”. Fuente: Polémia