La invasión migratoria de Europa. Entrevista a Jean Raspail, autor de El desembarco


En la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales francesas, el escritor Jean Raspail votó a Marine Le Pen, candidata de Reagrupación Nacional (antiguo Frente Nacional). «Somos amigos desde hace años y nos tuteamos, tanto con ella, como con su madre Pierrette y su hermana Marie-Caroline"».

Ese gesto de amistad, sin embargo, significa un desgarro ideológico porque, como monárquico irreductible, en sus 91 años de vida pocas veces ha acudido a las urnas: «Votar significa reconocer la legitimidad de la democracia», argumenta. Pese a todo, Jean Raspail se reconoce como «un hombre de derecha, pero no de extrema derecha».

Desde hace años, Marine Le Pen pregona que uno de sus libros de cabecera es Le camp des saints, El campamento de los santos, publicado en español con el título El desembarco. Recientemente, se supo que también era el libro de cabecera de Steve Bannon: “El problema más grave de Europa es la inmigración. Es lo que describe Raspail en The Camp of the Saints. Ahora se está convirtiendo en un conflicto mundial. Estamos viviendo un Camp of the Saints global”. El entusiasmo de Bannon, arquitecto de la política antiinmigratoria de Trump, obedece ‒en gran medida‒ a las tesis raciales que desarrolla Raspail, sin ruborizarse, en ese profético relato: la novela relata la invasión de Francia por un millón de migrantes del Tercer Mundo que desembarcan en el sur del país. Ese escenario anticipó en 42 años la ola de refugiados que se abatió sobre Europa a partir de 2015.

Otra profecía es la presencia de un “Papa progresista latinoamericano”, algo que parecía impensable cuando Raspail escribió el libro. «Para crear ese personaje, que no podía ser europeo, me inspiré en la Teología de la Liberación, que estaba de moda en esa época».

Ese panorama apocalíptico es lo que entusiasma a Marine Le Pen, que lo ve como una parábola de la “inmersión islámica” que sufre Francia. Con frecuencia, la líder del RN invita a los franceses a “leer o releer” el libro de Raspail para comprender el problema de la “ola migratoria” que está “sumergiendo el país”. Bannon, en cambio, se interesa por la analogía que existe entre ese escenario y la inmigración mexicana.

La influencia de Raspail no se limita al contenido de su novela. Gracias a ese escritor, Bannon comenzó a familiarizarse con varios escritores franceses de la derecha radical de los años 30 del pasado siglo, como Charles Maurras y Drieu de la Rochelle. Después de la Segunda guerra mundial, algunos de ellos fueron condenados a muerte, a cadena perpetua y a la “vergüenza nacional” por “inteligencia con el enemigo”. Pero Raspail ignora si esas versiones son verídicas. «Creo que Bannon no me necesita para conocer a esos escritores», indica.

Desde que Trump llegó al poder, en todo caso, Raspail recibió varias llamadas de la Casa Blanca: «Le enviaron mensajes a mi editor, pero yo no respondí. No tengo nada que agregar a lo que escribí hace 42 años y no me interesa lo que piensan Bannon y Trump sobre la inmigración porque el problema de Estados Unidos es diferente al que sufre Europa. Los mexicanos fueron desposeídos de una parte de su territorio [los estados del sur de EE.UU.], mientras que la crisis inmigratoria en Europa tiende un signo diferente», afirma. Pero Bannon también quiere “combatir esta invasión musulmana”, un proyecto que entusiasma a Trump y que se ha traducido en la prohibición de ingreso en los EE.UU. para los ciudadanos de siete países musulmanes.

Jean Raspail comenzó a escribir su libro a partir de una premonición que tuvo un día mientras descansaba en el sur de Francia frente al mar. En un momento, mirando el Mediterráneo, se dijo: «¿Y si ellos vienen? En ese momento entendí que se trataba de un fenómeno irreversible y que estábamos perdidos», recuerda.

Entonces, ¿la inmigración representa el problema central que enfrenta Europa?

«Sin ninguna duda. La civilización europea es la que está amenazada. El problema no concierne a todo el Occidente. El único fenómeno que yo no había previsto cuando escribí el libro es el islam. Si Europa no bloquea esa amenaza, dentro de 30 años se producirá el "gran reemplazo" de una civilización por otra».

En sus conferencias y entrevistas suele definir ese tipo de inmigración como una “invasión disimulada”, porque «no se trata de refugiados políticos, sino de algo mucho más insidioso. «Esa perspectiva me provoca un enorme sufrimiento. Es como si me impusieran la presencia de gente que no conozco en mi propio jardín. No se trata de racismo».

No es la opinión de todos los especialistas. “El hilo conductor de ese libro es un combate a muerte entre las razas”, sostiene Cécile Alduy, profesora de francés en la Universidad Stanford y especialista en la extrema derecha. “El relato es racista en el sentido literal del término. Lo que define a los personajes es su raza”, precisa.

La invasión de Europa es descrita como «olas de inmigrantes que desembarcan en las costas como la peste». En otra parte teoriza sobre «la incompatibilidad de razas cuando comparte un mismo medio». En ese caso, «morimos lentamente carcomidos desde el interior por millones de microbios introducidos en nuestro cuerpo».

La politóloga Linda Chávez ‒que colaboró con todos los presidentes republicanos desde Ronald Reagan a George W. Bush, pero se opuso a la elección de Donald Trump‒ también había criticado el libro cuando apareció: “Es horriblemente racista”, afirmó. “Que se haya convertido en la Biblia del principal consejero del presidente norteamericano –agrega–, refleja el estado de espíritu que reina en la Casa Blanca”.

Reconoce que, actualmente, podría ser procesado por el libro, al menos, por 87 motivos. En un anexo de tres páginas publicado en la reedición francesa de 2011 publicó una lista con los delitos indicando incluso el número de las páginas de cada párrafo que puede dar lugar a juicio. ¿Es una provocación? 

No, en absoluto… es para facilitar la tarea a los fiscales, si quieren procesarme.

¿Qué le inspira la situación actual de la inmigración?

No siento ningún deseo de unirme al inmenso grupo de intelectuales que pierden el tiempo debatiendo sobre la inmigración… Tengo la impresión de que esas discusiones no sirven a ningún propósito. La gente ya lo sabe todo, intuitivamente: que Francia, tal y como nuestros antepasados la diseñaron hace siglos, está desapareciendo. Y que mantenemos al público entretenido al hablar incesantemente de la inmigración sin decir jamás la verdad definitiva. Una verdad que, además, es indecible, como mi amigo Jean Cau advirtió, porque quien la diga es inmediatamente acosado, condenado y luego rechazado.

¿Se está ocultando al pueblo francés la gravedad del problema?

Sí, sobre todo por los políticos que mandan. Públicamente dicen que “todo va bien”, que no hay de qué preocuparse, pero tras las puertas cerradas, reconocen que “sí, estás en lo cierto, hay un auténtico problema”. Tengo varias cartas ilustrativas sobre este asunto que me han enviado prominentes políticos de izquierdas, y también de derechas, a quienes en su momento les envié “El campamento de los santos” (El desembarco, en España). Esta gente tiene un doble lenguaje, una doble conciencia. ¡Yo no sé cómo lo consiguen! Creo que la alarma procede de todo ello: la gente sabe que se le están ocultando las cosas. Hoy, millones de personas no se tragan el discurso oficial sobre la inmigración. Ni una sola de ellas se cree que sea una oportunidad para Francia, “une chance pour la France”. Porque la realidad se impone todos los días.

¿No cree que sea posible asimilar a los extranjeros recibidos en Europa occidental?

No. El modelo de integración no está funcionando. Incluso si algunos inmigrantes se integraran y los ilegales fueran deportados, los números de la inmigración no dejarían de crecer, y por eso no cambiaría nada el problema fundamental: la invasión continua de Francia y de Europa por un Tercer mundo innumerable e inagotable. No soy un profeta, pero puedes ver claramente la fragilidad de esos países, en los que una pobreza insoportable crece incesantemente al lado de una riqueza indecente. Esas gentes no se vuelven hacia sus gobiernos para protestar. No esperan nada de ellos.

Se vuelven hacia nosotros y llegan a Europa en embarcaciones de todo tipo, cada vez más numerosas, hoy en Lampedusa, mañana en todos sitios. Nada los desanima. Y gracias al juego demográfico, hacia la década de 2050, habrá tantos franceses indígenas como extranjeros en Francia.

Muchos serán nacionalizados…

Lo cual no quiere decir que se hayan vuelto franceses. Yo no digo que sean gente malvada, pero tener la nacionalidad en un papel impreso no es una nacionalización de corazón. No puedo considerarlos mis compatriotas. Necesitamos endurecer drásticamente la ley, como medida de urgencia.

¿Cómo puede tratar Europa estas migraciones?

Hay dos soluciones. O bien los acomodamos y Francia ‒su cultura, su civilización‒ es fulminada y borrada de un plumazo, situación que, desde mi punto de vista, es lo que está a punto de suceder. O bien no los acomodamos de ninguna manera, sabiendo que eso significa dejar de sacralizar al “otro” y redescubrir a tu “prójimo”, es decir, a aquel más cercano a uno mismo. El mestizaje, el multiculturalismo, jamás es pacífico. Es una peligrosa utopía.

En el punto en el que nos encontramos ahora, las medidas que tendríamos que tomar serían necesariamente muy coercitivas. No creo que se adopten y no veo que nadie tenga el coraje de hacerlo. ¿Quién está preparado para esto? Lo dicho, no creo ni por un momento que los proinmigracionistas sean más caritativos que yo: probablemente no hay ni uno solo de ellos que pretenda acoger a ninguno de esos desgraciados en su casa... Todo esto no es más que una ficción emocional, una tempestad irresponsable que nos arrastra hacia el abismo.

¿No cree en un repentino nuevo comienzo, como ha ocurrido muchas veces en la historia de Francia y de Europa?

No. Eso requeriría un espíritu épico, la apreciación der un destino elevado, para que fuera posible un súbito nuevo comienzo en Francia y en Europa. Requeriría que la gente todavía amara y creyera en su país. Y no veo nada de eso. Como mínimo, sería necesaria una reforma de arriba a abajo del sistema educativo y de los medios audiovisuales, llevando ante los tribunales a los profesores y los periodistas que practican malintencionadamente la “desinformación”… Hemos desacralizado la idea de la nación, el ejercicio del poder, el pasado del país. Hemos agrietado y desfigurado la figura de Francia… especialmente desde la izquierda, hasta el punto de que ya no inspira ningún respeto. El poder de las falsas ideas difundidas por esa “desinformación” es ilimitado. Por lo que a mí respecta, he vivido en Francia sintiéndome muy a gusto con lo que es nuestro y no tengo ningún deseo de que eso cambie…