Orbán en el país de los soviets bruselenses, por J. Georges Vujic


¿Quién habría podido creer que un día, el actual primer ministro de Hungría, miembro de la Unión europea, Viltor Orbán, en su discurso con ocasión del aniversario de la revolución por la libertad de Hungría, confirmaría las tesis del escritor y antiguo disidente Vladimir Boukovski, asimilando la Unión europea a la Unión soviética?

En efecto, Boukovski ha demostrado en más de una ocasión las sorprendentes similitudes entre la Unión soviética y la Unión europea, entre la burocratización soviética y la tecnocracia bruselense, el sistema de delegación del poder a las instancias supranacionales, la corrupción y la irresponsabilidad colectiva de las instancias dirigentes.

La URSS estaba gobernada por quince personas no elegidas, que se nombraban entre ellas y no debían rendir cuentas a nadie. La UE, por su parte, es gobernada por dos docenas de comisarios nombrados por cooptación, los cuales son la emanación de los intereses y de los lobbies que obran por cuenta de las multinacionales.

El comunismo internacionalista de la URSS siempre quiso destruir las naciones soberanas, las identidades nacionales y culturales europeas, igual que la ideología librecambista mundialista de la UE intenta unificar y “desoberanizar” las naciones europeas en un vasto mercado mundial, neoliberal y consumista.

Por lo que respecta al totalitarismo, sólo cambia la metodología: mientras que la Unión soviética utilizaba la represión física para reducir al silencio a sus opositores, en la Unión europea se opera una represión soft de la policía de pensamiento, que Boukovski asimila al “gulag intelectual” de lo políticamente correcto y de la ideología de los derechos humanos.

Summa summarum, una vez más el discurso de Viktor Orbán y las premoniciones de Vladimir Boukovski muestran la intercambiabilidad y la filiación natural entre la ideología comunista internacional y la del mundialismo liberal, ambas solubles en la unificadora utopía mundialista y economicista, reduciendo a los pueblos, las culturas y las identidades a la sola forma-capital.

No es casualidad que estas ideologías hayan alumbrado los totalitarismos de la modernidad, puesto que ellas resultan de la misma matriz constructivista de la Ilustración, a la vez fáustica y artificial. En resumen, es el proyecto mundialista neoliberal el que está en trance de realizar el vasto trabajo de destrucción de las naciones europeas, allí donde el comunismo internacional fracasó. En efecto, una de las innovadoras armas del mundialismo liberal que le faltaba al comunismo internacional es la inmigración masiva, que convierte a los pueblos europeos autóctonos en minorías en su propio suelo. La sociedad liberal de mercado conduce claramente a la fase suprema del imperialismo.

Esto explica la pregunta del presidente Orbán: «¿Quién habría creído que el continente más pequeño del planeta, rico en la cultura más floreciente, con las técnicas más modernas, con las mejores escuelas del mundo, con el nivel de vida más elevado que la humanidad jamás haya tenido, pudiera entrar en decadencia en unos años y situarse al borde del precipicio?» La respuesta a este interrogante se encuentra en la distopía casi orwelliana de Vladimir Boukovski, el cual declara: «Yo he vivido en vuestro futuro y era un mercado». ¡Quién iba a pronosticar que, después de la caída del muro de Berlín, la Europa del este, finalmente liberada del yugo soviético, no sería repatriada al círculo europeo de naciones libres después de haber sido secuestrada por el Estado soviético, como preveía Milan Kundera, sino que, por el contrario, haya sido recolonizada por un nuevo moloch neoimperial y tecnocrático”? Así, al “reencantamiento eufórico de los años 90 le ha sucedido el “desencantamiento occidental”.  

«La Unión europea lleva en sí misma los gérmenes de su caída», explica Vladimir Boukovski, y «se derrumbará desde su interior igual que la Unión soviética». El reencantamiento europeo se hará al borde del precipicio, igual que Europa se hará al borde de su tumba, como pronosticaba Nietzsche, pero al precio de una toma de conciencia antiimperialista y antimundialista. Es a este respecto que la alternativa puesta de relieve en el discurso del presidente húngaro Orbán reside en una tercera vía renovada, en una Europa independiente, una patria de las naciones soberanas y cooperativas, más allá del mundialismo liberal y del socialismo internacional.