Razas, racismo y racialización: la izquierda enloquecida. El nuevo régimen del “apartheid”, por Alain de Benoist


Ayer los antirracistas querían abolir las razas. Hoy, optan por exacerbarlas, siguiendo un narcisismo de pequeñas y grandes diferencias (excepción hecha del hombre blanco, heterosexual de más de 50 años, enviado al infierno). Es el gran regreso de la segregación, no sufrida, sino elegida. Bajo estas condiciones ¿la etnicidad será el futuro del género humano? ¿Y el objetivo inconfesable de los antirracistas? ¡Bienvenidos a la locura!

La época de "no toques a mi colega" ha terminado, y SOS-Racismo no es más que un recuerdo desprestigiado ‒para los impulsores del orden "decolonial". Porque una nueva generación de "antirracistas" ha aparecido, bien diferente de la precedente. Se compone principalmente de jóvenes de origen inmigrante que estiman que es la afirmación de las características de su grupo de pertenencia original lo mejor para compensar o reabsorber la marginalidad que les afecta.

La pertenencia étnica se convierte en una respuesta a la identidad debilitada, humillada o perdida

La escena identitaria, del mismo modo, se transforma. Ahora tiene dos lados: aquellos que son franceses o europeos, y orgullosos de serlo, y aquellos que, al contrario, están muy orgullosos de no serlo. Todo parece oponerlos, pero estructuralmente su enfoque es el mismo: afirmar su orgullo, ligarse a una inherencia, defender la endogamia, cuando no la separación, y ser "reconocidos" por lo que son. En los dos casos, incluso si es aprehendida de forma diferente, la noción central es la identidad.

Una organización como el CRAN (Consejo representativo de las asociaciones negras) que milita contra la "negrofobia" y demanda que renombremos los edificios oficiales retirando el nombre del "esclavista" Colbert, es muy representativa de esta nueva tendencia. Igual que el emblemático Partido de los Indígenas de la República (PIR), del que Houria Bouteldja es la portavoz. Autora de un libro titulado "Los blancos, los judíos y nosotros" (2006), que le ha valido ser denunciada, por Lutte Ouvriere, por "antisemitismo nauseabundo" y "homofobia asumida", y por "esencialismo religioso" por Serge Halimi en Le Monde diplomatique; por otro lado, se beneficia del apoyo de diferentes intelectuales como la feminista Christine Delphy y la escritora Annie Ernaux, que han alabado la manera en que aquella "trabaja las categorías existentes para escapar mejor de las mismas". Su partido denuncia, no solamente el "racismo de Estado", cuya evidencia salta a la vista según ella, sino también la "impronta postcolonial" que impregna toda la sociedad.

La naturaleza maléfica del hombre blanco heterosexual

Encontramos aquí la confrontación que hace furor desde al menos cuarenta años entre universalistas liberales o "republicanos", promotores de Francia una e indivisible (y de una humanidad igualmente una e indivisible), partidarios del asimilacionismo y de la "laicidad", y sus críticos "identitarios" o "multiculturalistas", unos argumentando a partir de una concepción "neutra" del género humano (que supone la definición liberal de la libertad como desgarramiento voluntario de toda determinación), los otros a partir de particularidades colectivas de naturaleza biocultural o sociocultural. De un lado aquellos que denuncian el "repliegue sobre sí mismo” y el "confinamiento identitario", del otro aquellos que contestan este modo de ver en el nombre de la autoestima y de un deseo de identidad que no es jamás separable de un cierto número de pertenencias.

Los primeros consideran que los poderes públicos no deben reconocer las diferencias etnoculturales entre los ciudadanos y que el racismo es la antítesis de los "valores de la República": "La raza percibida como factor de división es entonces opuesta a una nación igualitaria y universalista planteada como "coesencial" (largamente idealizada).

Los segundos plantean que el antirracismo consiste ante todo en respetar las diferencias y no se opone entonces fundamentalmente al comunitarismo. El problema es que los identitarios "descolonizadores", a menudo adheridos al multiculturalismo, al etnodiferencialismo y al feminismo identitario, se vuelven locos. Y que, en su discurso, es el delirio lo que prevalece.

Para el PIR, el CRAN y sus émulos, la sociedad francesa se divide fundamentalmente entre "no racializados" y "racializados", es decir entre blancos y no-blancos. Los racializados "afrodescendientes", por su parte, reúnen a los "hijos de la inmigración postcolonial" y, de modo más general, a todos aquellos que son participantes en una marcha "decolonial". Una misma fatalidad hereditaria lleva aparentemente a unos a encarnar de generación en generación el papel de opresores y a los otros de oprimidos. A toda persona "no racializada" se le supone ser fundamentalmente racista, en esencia o en potencia, en acción o en intención, por el motivo de que ella fundamentalmente ha heredado prejuicios de origen "colonial". Consciente o inconscientemente, el hombre blanco heterosexual ¡no puede escapar a la naturaleza maléfica que le es asignada! ¡La sociedad francesa se fundamenta sobre un omnipotente racismo de Estado, engendrado por una historia vergonzosa, que permite a los blancos olvidar que son blancos porque viven en un mundo dirigido mayoritariamente por blancos! Esto es, al menos, lo que han decidido aquellos que han declarado repetidamente denunciar los "prejuicios" y los "estereotipos esencializantes".

Una consideración se impone aquí. En su denuncia de una historia occidental reducida a sus páginas más sombrías con el fin de ir alimentando el arrepentimiento y la desposesión de uno mismo, los "indígenas de la República", y muchos otros con ellos, afirman que los blancos de hoy en día pueden ser considerados responsables de actos que no han cometido, la esclavitud, por ejemplo, pero que sí han cometido sus antepasados. Nadie parece señalar que la única manera de sostener esta idea ‒por tanto que esto pueda ser así‒ es unirse a una concepción estrictamente antimoderna de la solidaridad entre las generaciones, es decir, rechazar, no solamente la idea kantiana de voluntad autónoma del individuo, sino también todo un subjetivismo moderno en el que los miembros parecen adherirse por distinto lugar, según el cual cada uno debe ser "reconocido" como lo que decide ser (desde el punto de vista individualista, yo soy lo que decido ser). Yo no puedo, en efecto, ser considerado responsable de actos que mis antepasados han cometido salvo si admito haber nacido en un pasado que no es extraño a lo que soy, si tomo nota de una historia de la que yo soy parte y que ayuda a definirme. Volviendo a la concepción "arcaica" de la culpabilidad colectiva y de la falla hereditaria, está más extendida hoy de lo que pensamos.

Desde esta perspectiva, por supuesto, no puede haber racismo antiblanco ‒o "racismo inverso"‒, pero sólo son saludables formas de "autodefensa" o de simples reacciones de "cólera" contra el racismo sufrido por los "racializados", que su estatuto de "víctimas" protege, por definición, de toda tentación de caer a su vez en el racismo. Igualmente, si los hombres "racializados" se comportan tratando mal a las mujeres, es "en reacción a la violencia de la hegemonía blanca que quiere ponerlos de rodillas negando su virilidad". Hay suficiente para pensar.

"Blancura", "blanquitud", "blanquicidad"

La "blancura" (blancheur) es el concepto por el cual los blancos se supone que deben influir en los comportamientos para imponer sus normas. La "blanquitud" (blanchitude) es el privilegio resultante del hecho de ser blanco o de ser percibido o categorizado como tal. Este "privilegio de la blancura, como el privilegio de la masculinidad y de la heterosexualidad, escriben textualmente Norman Ajari, Hourya Bentouhami y Jean Christophe Goddard, consiste concretamente en el hecho de que no existe el individuo, identificando así la narrativa social de su eventual abyección que le precedería y que reduciría toda conducta a la conducta de la especie, a un particularismo potencialmente desviado y/o peligroso. ¡Luminoso!

Todo lo que se refiere a "blanquitud" o "blanquicidad" situándose inmediatamente en la parte inferior de la escala, comprendemos mejor que hace disminuir drásticamente la visibilidad de los "hombres blancos heterosexuales de más de 50 años". Debemos comprender que el verdadero problema, a fin de cuentas, es que todavía existen blancos.

La otra gran característica de este nuevo antirracismo "identitario" es que busca hacer fusionarse sus tomas de posición con los partidarios del neofeminismo y de la teoría de género, como testimonia su recurso a la escritura "inclusiva". De ahí, por ejemplo, la noción de "mysoginoir", mezcla de racismo y de misoginia hacia las mujeres negras, pero sobre todo lo que llaman criterio "interseccional". Para designar las diferentes discriminaciones de que puede ser objeto una misma persona (en razón de su origen, de sus creencias, de su orientación sexual, de su pertenencia social), hablamos de "interseccionalidad". El "afrofeminismo" europeo, distinto del black feminism americano, entiende así "articular los lazos entre la raza, el género y la clase social en el contexto europeo". Este enfoque permite asimilar el racismo al sexismo, el racista al delincuente sexual. Esto conduce, entonces también, a reproducir el antirracismo bajo los delirios de la ideología de género. En 2008, Eric Fassin proclamaba en alto: "Uno no nace negro, uno se convierte. Dicho de otra manera, las identidades raciales, lo mismo ocurre con las identidades sexuales, lejos de ser determinadas por la biología, son construidas, asignadas y negociadas, en la historia de las relaciones de poder".

Rechazo absoluto al "heteropatriarcado blanco"

Aquí se impone una pequeña lección de vocabulario. Con el telón de fondo de susceptibilidad epidérmica, de heroísmo lacrimal de las víctimas y de chantaje moral a la culpabilidad blanca, es decir, a la mala conciencia occidental, la ideología de género ha catalogado, en efecto, la neolengua orwelliana de una serie de palabras inventadas para imponer la actitud mental a las personas que las emplean. No hay que confundir cis, trans, queer, homosexuales, bisexuales, asexuales, intersexuales, etc.

"Cisexual" o "cisgénero" (cisgender) se opone a "transexual". Un "cisgénero" es un hetero cuyo "género sentido" se corresponde al sexo que le fue "asignado por nacimiento" (escrito con claridad, los hombres que se sienten hombres). El "cisexismo", ligado a la "heteronormatividad", designa la idea de que todos los hombres y todas las mujeres son respectivamente nacidos hombre o mujeres.

Un "taller queer no-mixto", es un taller sin heteros. Un grupo de trabajo "interseccional queer" es un grupo no heteronormativo. Aquí, además, el repudiado absoluto es el "heteropatriarcado blanco".

La actividad mayor en estos medios consiste en trasponer actividades concretas sobre el "proceso de subjetivación postcolonial". Así que ahora tenemos universidades reservadas a los no-blancos, campamentos de verano decoloniales reservados a "personas sufridoras a título personal del racismo de Estado", talleres de "no mixtos racializados", proyecciones de películas con el único propósito de que sólo las vean "personas negras no generizadas", de actos públicos donde el servicio de orden está asegurado por "brigadas antinegrofobia", encargadas de impedir a los blancos (o las blancas) de "confiscar la palabra", etc.

La "no mezcla" se convierte así en la regla ‒pero, por supuesto, no tiene nada que ver con el apartheid: se trata solamente de crear las condiciones de un intermedio "liberador de palabras" clasificando a la gente bajo una base racial. Fania Noel, del Colectivo Mwasi, movimiento afrofeminista de "personas no binarias afrodescendientes", se define como "colectivo no mixto en género y raza de mujeres y personas asignadas como mujeres, negras y mestizadas" (más claro: un movimiento de lesbianas de color), exclama: "¡Oh sí, estamos bien entre nosotras!". En otros términos, hacemos, en nombre del antirracismo, aquello que le reprochamos hacer al racismo: reenviar a los individuos a sus orígenes, lo que permite instaurar una "preferencia racial". Separatismo social y racial, todo a la vez.

Para responder a estas objeciones, puede sostenerse que "blanco" no refleja un color de piel, sino que es un concepto político que designa el nombre del dominador desde la época de la colonización. Utilizar el término "raza" apunta a la abolición de las razas, aseguran Norman Ajari, Hourya Bentouhami y Jean Christophe Goddard. Podemos decir también que no hay, verdaderamente, “negros”, sino gente que "pertenece a la comunidad negra", la caracterización deviene en elemento de clasificación. O, simplemente, recurrimos al argumento de la "construcción social": "La racialización es un concepto sociológico, y no biológico", asegura sin reírse Wiam Berhouma, activista musulmán próximo al PIR y animador de períodos de prácticas "no mixtas". Sadri Khiari, cofundador del Partido de Indígenas de la República, afirma también que "el blanco es un relato social y no un hecho natural" ‒lo que nos hace entender que, si este relato social se modifica, ¡él cambiará de color!

La realidad es más cruda. Laetitia, antigua simpatizante del Partido de los Indígenas, cuenta que "esta gente es la más racializada que he podido encontrar en toda mi existencia (..) Para poder aspirar al estatus de "afrodescendiente", por ejemplo, tiene que haber un cierto porcentaje de antepasados africanos (..) Puedo también citar el "colorismo", teoría según la cual los negros más claros son menos discriminados que los negros oscuros".

Todo el mundo es, ha sido, o será… racista

Es imposible sorprenderse, en estas condiciones, de que las polémicas arrasen. Como uno podría esperar, ¡todo el mundo es tratado evidentemente de racista! Rokhaya Diallo, que se presenta como una "feminista interseccional y decolonial", acusa así a Caroline Fourest de "racismo universalista"; Fourest le reprocha que ella "combate a los antirracistas que defienden la laicidad". La LICRA denuncia, con la palabra "razisado", un "resurgimiento racista que asigna a los grupos una identidad victimista”; los Indígenas de la República replican denunciando el “racismo republicano” que quiere “invisibilizar a las categorías raciales”. Todo esto da lugar a innumerables libros y artículos, donde no faltan ni los procesos ni los rituales acusatorios de "provocación al odio", sin olvidar los doctos estudios eruditos o seudoeruditos, donde se acumulan pedantes consideraciones sobre las "estrategias discursivas", las "venganzas léxicas", los "esencialismos definitorios", la "operatividad de referentes" y otras "banalizaciones de referencia", según los "contextos de enunciación".

De aquí al surrealismo delirante no hay más que un paso. La inenarrable Rokhaya Diallo se indigna de que las compresas sean racistas, ¡porque los apósitos son blancos y manchan la piel negra! Porque, pregunta seriamente, ¿por qué orientarnos a vendajes transparentes sobre los que la compresa blanca queda visible cuando el esparadrapo podría ser marrón y recubrirla?" (sic). Efectivamente nos preguntamos: ¿para cuándo una gama de apósitos de capas sobre la carta de los colores de piel?, ¿y qué decir del papel higiénico? Frente a ella, es cierto, encontramos otros alucinados, como el escritor Yann Moix que declara soñar con "una Marianne que sea la vez árabe, africana, asiática, blanca e india" (sic), y estima, también seriamente, que "debemos prohibir a los padres educar a sus hijos biológicos".

Como en la teoría de género y en el neofeminismo histérico, todas las locuras grotescas vienen de Estados Unidos, patria de elección de lo políticamente correcto. Houria Bouteldja pasó por Berkeley, Rokhaya Diallo, que encuentra que Francia "se ve como un país blanco" y que los periodistas son "muy blancos", ha sido invitada por el gobierno americano a ir a estudiar la "diversidad" sobre el terreno. "Nosotros nos hemos convertido en una sociedad americana como las otras", observa Christophe Guilluy.

La voluntad mostrada en dar más "visibilidad" a las minorías étnicas recurriendo a la "discriminación positiva", se une también a una temática venida del otro lado del Atlántico ‒que acaba por llevar a situaciones “ubescas”, como en Brasil, donde la filiación étnica es objeto de una investigación minuciosa (forma del cráneo y de la nariz, grosor de los labios, etc.) y donde se multiplican los casos de "fraude racial" (¡término que designa diversas maniobras tendentes a hacerse indebidamente atribuir una identidad racial beneficiándose de la discriminación positiva!). En agosto de 2016, los campus de, al menos seis estados brasileños, disponían ya de una comisión de "vigilancia racial" encargada de verificar la apariencia de "individuos fenotípicamente negros".

Estudian las "posibilidades de abolición de la blancura"

En los Estados Unidos, donde el 55% de los blancos estima que la discriminación contra los blancos es una realidad, el 19% dice sentirse "personalmente discriminado" por razón de la blancura de su piel, ¿quién no ha sido acusado de "racismo" o de "acoso sexual"? Incluso la serie televisiva mundialmente conocida, "La casa de la pradera", no escapó a todo esto, tampoco el "feminismo blanco", juzgado universalista, que es uno de los blancos preferidos de las black feminist americanas.

Estrenado recientemente, el Muso de Brooklyn ha provocado un escándalo al nombrar para el puesto de conservador de su departamento de arte africano a Kristen Windmuller-Luna, titular de un doctorado en historia del arte africano de la Universidad de Princeton, cuya única culpa era ser blanca. Algunos meses antes, dos universidades americanas habían prohibido la representación de la obra feminista "Los monólogos de la vagina"; la primera porque la obra había sido escrita por una blanca, la otra porque su título “¡faltaba al respeto a las mujeres sin vagina" (transexuales)!”. Se nos pide que no nos riamos.

En la Universidad de Illinois, un profesor ha advertido contra el estudio del álgebra y de la geometría por el motivo de que estas disciplinas "han sido largamente desarrolladas por griegos y otros europeos". En la Universidad de Stanford, un curso permite a los estudiantes reflexionar sobre las "posibilidades de abolir la blancura". En la Universidad de Yale, un curso permite igualmente "comprender y contrarrestar la blancura" a través de la "imaginación blanca" y el "discurso blanco"; los estudiantes no-blancos del departamento de inglés ya no están obligados a estudiar "autores blancos", ¡a Shaskespeare, por ejemplo!

En Francia, la parlamentaria franco-gabonesa Daniele Obono declara que "la práctica de la no-mezcla no es peligrosa en el sentido de que es una práctica que responde a necesidades de una categoría". La organización de reuniones sobre la "no mezcla racial", reservadas a los no blancos, o en "no mezcla de género", reservadas a mujeres, no plantea problemas menos serios. Ya es muy difícil defender a la vez la paridad hombres-mujeres en política y la no-mezcla de géneros o de razas. Pero se afirma también que un blanco no puede tener empatía por los no-blancos sin arriesgarse a la "apropiación cultural". En otros términos, si uno no es negro no puede hablar en lugar de los negros (los cuales, en revancha, pueden dictar a los blancos lo que deben pensar). Pero ¿cómo empieza la apropiación cultural? Para un senegalés, llevar traje y corbata ¿no le hace caer en eso? ¿Puede un bretón llevar una boina vasca? ¿Cómo luchar contra la "negrofobia de las personas racializadas no negras?

La discriminación de una raza que no existe

También está el problema de la subjetividad de la que la teoría de género hace gran uso y que los racistas "poscoloniales" han asumido imprudentemente.

En Canadá, el Consejo consultivo sobre la igualdad de los sexos utiliza la palabra "mujer" para incluir todas las personas que se identifican como mujeres, incluidas las mujeres trans y cis, bisexuales e intersexuales; y la palabra "hombre" para incluir a todas las personas que se identifican como hombres, incluidos hombres trans, cis, bisexuales e intersexuales". Si en ciertos casos tenemos que rechazar la "asignación" al sexo de nacimiento y reconocer como mujer a un hombre que manifiesta fuerte sentimiento de ser una mujer, ¿qué pasa con los blancos que pueden sentirse negros? Como escribe con humor Laurent Dandrieu, para ser racializado "es suficiente sentirse discriminado en la mirada del otro, como sentir que perteneces a una raza que no existe". Si lo esencial es la manera en que nos "identificamos", ¿por qué no podemos ser considerados como un "racializado" desde el momento en que estimamos ser uno de ellos? Y si una joven anoréxica se considera obesa, ¿tiene derecho a dos asientos cuando coge el avión?

La "interseccionalidad" no es menos problemática que la "no-mezcla". Ella se revela incluso bastante ficticia. La lucha conjunta contra el racismo y el sexismo encuentra, en efecto, sus límites muy rápidamente, pues la diferencia de sexos no se calca sino muy imperfectamente sobre la diferencia racial, aunque sólo sea porque hay representantes de los dos sexos en todas las razas.

Además, hay también que tener cuenta la subjetividad. En una trabajadora "afrodescendiente" lesbiana y discapacitada: ¿cuál es a sus ojos la discriminación que considera más insoportable? Si es discriminada en tanto que mujer, en tanto que negra, en tanto que lesbiana, además de proletaria, ¿debe sentirse ella más próxima de una lesbiana blanca o de un negro hetero? ¿De un transexual negro perteneciente a una clase superior o de una blanca bisexual salida del proletariado? Más aún, ¿puede un homosexual blanco ser un "aliado de los Indígenas"? ¿Qué pasa con el "homorracialismo"? ¿Con los cisgéneros racializados? En esta farándula, por no llamarlo carnaval, la vida se complica rápidamente.

La paridad hombres-mujeres preocupa, evidentemente, al colectivo LGTB más que la paridad social. Pese a las grandes proclamaciones de "interseccionalidad", el equilibro de clases no es la prioridad: la nueva categoría de "racializado" ‒como aquella, simétrica, de "souchien" (neologismo que identifica a los franceses blancos) puede incluso presentar la ventaja de disimular las desigualdades sociales. Igual que la lucha-contra-todas-las-discriminaciones jamás tiene en cuenta las discriminaciones de clase: tanto en el PIR como en el CRAN son más sensibles a la esclavitud colonial que a la realidad presente de la esclavitud del asalariado. Como ha remarcado Jean-Claude Michéa, la ideología de los derechos del hombre "es concebible lógicamente para una denuncia por racismo, sexismo u homofobia (y por ello debemos felicitarnos), pero nunca para una extorsión”.

Negación y denuncia de la "mezcla"

La firme voluntad de luchar a la vez contra el racismo y la dominación masculina suscita, por lo demás, una serie de cuestiones tremendas. ¿Hay que condenar el velo islámico en nombre del feminismo igualitario o justificarlo en nombre del feminismo decolonial? ¿Debemos reclamar su prohibición para defender a las mujeres contra la "opresión sexista", o por "antirracismo" militar contra la exclusión de las "chicas con velo", calificada de práctica "neocolonial", de "nuevo affaire Dreyfus" (Houria Bouteldja)? ¿Hay que condenar la ablación femenina como una práctica degradante o aceptarla en nombre de las tradiciones? Desde otro registro, las campañas del estilo "denuncia a tu cerdo" (balance ton porc), ¿deben cesar tan pronto como involucren a aquellos que tienen prohibido comer cerdo? ¿Hay que denunciar la homofobia entre los excolonizados o, como Houria Bouteldja, salir del "imperialismo gay"? ¿El antisemitismo árabe es más o menos condenable que el antisemitismo europeo? ¿La trata de negros es más excusable entre los antiguos pueblos colonizados?

Cuando miramos más de cerca, percibimos rápidamente que, entre los medios de lucha contra el racismo y la "dominación postcolonial", priman otras consideraciones. El factor racial pasa por delante del factor de "genero" porque se considera que la mujer blanca, aunque oprimida por los hombres, todavía es privilegiada sobre la mujer negra en razón de su pertenencia racial.

Las mujeres negras, explica Boris Bertolt, sufren de una triple opresión, la del hombre blanco, la de la mujer blanca y la del hombre negro. "El color de la piel, añade, hace que las experiencias de las mujeres negras sean diferentes de las de las mujeres blancas". Podemos pensar, con cierta mesura, que, para las mujeres blancas, la conservación de los privilegios ligados al color de la piel está más allá de la lucha contra el patriarcado".

Esta es la razón por la que las violaciones del Año Nuevo en Colonia, Alemania, en 2015, cometidas por inmigrantes, fueron minimizadas o silenciadas, exactamente por las mismas razones que han silenciado durante años el hecho de que más de un millar de adolescentes blancas hayan sido víctimas de una banda indopaquistaní que operaba en la ciudad de Telford, en Gran Bretaña: no ha sido necesario "hacerle el juego al racismo". El terrorismo islámico plantea el mismo problema porque procede del "campo de las víctimas”: la única escapatoria reside entonces en la negación y la denuncia de las "mezclas". Solo algunas feministas "históricas", como Anne Zelensky, se han indignado: "No me dejare cegar por un antirracismo obsesivo que me prohíbe hacer lo que quiero".

Slavoj Zizek se sorprende de que "estos mismos liberales de izquierda que practican la superhermenéutica de la sospecha a propósito de las sociedades occidentales y disciernen señales de sexismo o de racismo en detalles apenas perceptibles de nuestro discurso o de nuestro comportamiento, hacen gala de una tolerancia asombrosa en presencia de mujeres que llevan burka".

Los síntomas de la etnización de las relaciones sociales

Ahora mismo estamos aquí, pero es sólo el comienzo. las mismas causas producen, en general, los mismos efectos, las sociedades europeas se parecerán cada vez más a la comunidad globalizada Benetton-Zuckerberg-Coca Cola, la cultura dominante fingirá que respeta todas las culturas al ser perfectamente indiferente a cada una de ellas, el universalismo y el identitarismo exacerbado se nutrirán mutuamente de sus excesos contrarios.

La etnización de las relaciones sociales constituye uno de los síntomas principales de una sociedad en atomización y disolución generalizada, donde los unos y los otros tratan de ligarse a identificaciones culturales que están, ellas mismas, en vía de agotamiento. Por una vez bien inspirado, el ensayista Jean-Loup Amselle escribe: "Existe a la vez una racialización ensayada por parte de los discriminadores, de los que discriminan, y una racialización recíproca, en forma de espejo, que es obra de los discriminados o de aquellos que hablan en su nombre. Francia parece, además, bien comprometida en un proceso de separación étnica y racial que sirve como un sustituto a la conciencia de clase de antes". En este mundo donde la asimilación, como la laicidad, están ya muertas de hecho, la autosegregación geográfica, así como la división étnica, están ya, en efecto, en marcha.

En sus "Notas sobre la cuestión de los inmigrantes" (1985), Guy Debord escribía: "los inmigrantes tienen el mejor de los derechos para vivir en Francia. Ellos son los representantes de la desposesión; y la desposesión está en casa, en Francia, en tanto que es mayoritaria y casi universal. Los inmigrantes han perdido su cultura, su país, sobre todo, sin poder encontrar otros sustitutos. Y los franceses están en el mismo caso, casi secretamente. En este horrible nuevo mundo de la alienación, no queda nadie más que los inmigrantes".

Podemos recordar la pregunta que se hizo a Winston Smith, uno de los protagonistas de “1984”, la obra de George Orwell: "¿Has pensado alguna vez, Winston, que, en el año 2050, como muy tarde, no habrá un solo ser humano vivo capaz de comprender una conversación como ésta que tenemos ahora?". Gracias a los devotos de la raza, tanto como a sus adversarios que radicalizan todos los días la etnización de la sociedad, estamos en camino de llegar a esa incomprensión. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne