El despertar identitario: una respuesta a la crisis de la modernidad, por Étienne Malret (y III)


Los mecanismos de acción metapolítica

Hemos visto que los despertares identitarios pueden analizarse como una tentativa de respuesta a una crisis identitaria caracterizada por la pérdida de sentido a nivel individual y por la disolución de las identidades colectivas. Como lo señala Patrick Buisson, esto conduce a plantear “la cuestión que está en el centro de la sociedad francesa: ¿cómo volver a desplegar las solidaridades perdidas?, ¿cómo vincular nuevamente a los individuos entre ellos?” Dicho de otro modo, la clave está en reencontrar los marcos, los horizontes comunes que dan sentido al individuo contemporáneo. A este respecto, sería sin duda ilusorio creer que vendrá un tiempo en el que la identidad individual será enteramente absorbida por las identidades colectivas derivadas de las comunidades tradicionales (religiosas, familiares, tribales). La identidad individual ha devenido en más móvil, más fluida. Con la modernidad, el componente elegido de la identidad ha tomado un lugar preeminente sobre la identidad heredada. 

En este contexto, y frente a las amenazas que pesan sobre el marco de vida de los pueblos europeos, parece urgente interrogarse sobre las acciones a emprender que puedan acompañar los despertares identitarios en curso. Para guiar la acción, dos principios, que están ligados entre sí, nos parece que pueden ser avanzados. De una parte, la lucha contra la atomización de la sociedad (resultante del individualismo metodológico, fundamento de las teorías económicas neoclásicas) mediante la creación de cuadros, círculos, organizaciones, que permitan realizar los procesos de identificación por los que cada cual pueda definirse como perteneciente a un colectivo. De la otra, las lógicas del “don”, del “contra-don” y de cooperación, deberían ser privilegiadas en detrimento de la preeminencia de los intereses individuales a fin de crear los tejidos de relaciones, las relaciones de dependencia entre los miembros del grupo, como también de reforzar su identidad colectiva. 

Dos campos de acción: la educación y el dominio económico

La decadencia del sistema educativo francés, sobre todo medido por el ranking PISA, es objeto de una constatación unánime, excepto tal vez entre los promotores de la ideología “pedagogista”, principales responsables de la “situación de desamparo” y de “bancarrota programada” de la escuela. Esta nefasta ideología, que aboga por un igualitarismo radical, tiene por consecuencia paradójica general la desigualdad más evidente y manifestada en varios niveles: incremento del iletrismo, debilidad de la circulación y renovación de las élites, puesta en marcha de medidas de discriminación positiva, etc.

Pero más allá del “pedagogismo” que constituye, en cualquier caso, una causa inmediata del colapso del sistema educativo, la causa profunda de este colapso hay que buscarla en una crisis, un declive de la autoridad, tal y como la entendía Hannah Arendt, es decir, de “la convicción del carácter sagrado de la fundación, en el sentido en que una vez que cualquier cosa ha sido fundada se convierte en una obligación para todas las generaciones futuras”. Así, continúa Arendt, “en el mundo moderno, el problema de la educación es que, por su propia naturaleza, no puede poner fin a la autoridad, ni a la tradición, y que ella debe, sin embargo, ejercerse en un mundo no está sino estructurado por la autoridad y sostenido por la tradición”.

En este contexto, resulta imperativo restaurar las estructuras de transmisión cultural inspiradas en modelo exitosos y experimentados, es decir, regidos por principios dirigidos a restablecer los objetivos de excelencia y a suscitar la emulación (modelo jesuita), a formar el carácter tanto como la inteligencia (modelo de la escuela francesa republicana), a valorizar la tradición que define los contornos de la identidad (modelo de las escuelas públicas británicas) y a restaurar la autoridad y la disciplina.

En esta perspectiva, se trata de emprender las iniciativas mediante la creación de escuelas (no concertadas) inspiradas en los modelos educativos que hayan probado su eficacia, pero también de las asociaciones con vocación educativa y cultural que tengan por objeto la transmisión de los valores y los saberes, como el Institut Iliade, de tal forma que podría imaginarse su desarrollo sobre el modelo de las “Lancastrian schools”. A este respecto, sería interesante crear una plataforma en internet que reuniese los diferentes proyectos existentes a fin de darles una mayor visibilidad y de permitir así a un público más amplio adherirse y contribuir a los mismos.

En el dominio económico, un amplio campo de acciones con vocación identitaria parece abierto, pudiéndose apoyar sobre fundamentos teóricos que permitan la abstracción de la pura lógica mercantil. A este respecto, la corriente de la Nueva Sociología Económica, con la que puede relacionarse el trabajo de Mark Granovetter sobre las redes, se dirige especialmente a cuestionar la visión infrasocializada de las relaciones económicas propia del individualismo metodológico y que funda las teorías neoclásicas. Para Granovetter, la economía sólo es un subconjunto que se inscribe en el seno de un conjunto más amplio y construido a partir de una lógica propiamente social.

A la visión del individuo racional que maximiza sus intereses privados, él opone la visión de actores insertados, incrustados, encastrados, en las redes de relaciones sociales. El encastramiento, concepto clave de Granovetter, revela una triple dimensión. En primer lugar, una dimensión cognitiva en la medida en que la racionalidad del individuo es limitada y no absoluta. Una dimensión cultural, a continuación, en el sentido en que la acción económica está inspirada en valores, creencias y hábitos culturales. Una dimensión estructural, en fin, porque las relaciones económicas están insertas en sistemas duraderos y concretos de relaciones sociales, es decir, de redes interpersonales, fundadas sobre lógicas de pertenencia, de comunidad, incluso de normas de reciprocidad.

Los trabajos de Granovetter han mostrado que los mercados fuertemente encastrados permiten, por una parte, incrementar la confianza entre los agentes y, por otra, mejorar la circulación y la calidad de la información, dos condiciones necesarias para la realización de actividades económicas. Los grupos comerciales ligados por relaciones de confianza interpersonal sobre la base de un mismo origen étnico o comunitario, constituyen una de las numerosas aplicaciones del concepto de encastramiento. Además, la naturaleza de los vínculos sociales en el seno de la red es igualmente determinante, incluso en el campo económico.

En este sentido, Granovetter establece la distinción ya clásica entre vínculos fuertes y vínculos débiles: “la fuerza o la debilidad de un vínculo es una combinación de la cantidad de tiempo, de la intensidad emocional, de la intimidad (la confianza mutua) y de los servicios recíprocos que caracterizan ese vínculo”. Esta distinción evidencia el interés de los vínculos débiles: “cuanto mayor es la proporción de los vínculos débiles, mayor es el acceso a las informaciones; cuanto mayor es la proporción de vínculos fuertes, mayor es la probabilidad de que una información sea redundante y de que el grupo se constituya en camarilla”. Aplicada al empresariado, Granovetter muestra el predominio de los vínculos fuertes en el inicio de la empresa y la importancia de los vínculos débiles en la fase de desarrollo.

Encastramiento en el seno de una red, vínculos fuertes, vínculos débiles, son conceptos que se revelan particularmente ricos para explicar especialmente los comportamientos sobre el mercado de trabajo, la innovación (clusters) o incluso de la asociación empresarial. De esta forma, la empresa emprendedora, étnica o identitaria, puede ser analizada a la luz de estas naciones.

El espíritu empresarial y emprendedor étnico, analizado por Eda Bonacich, puede también servir, en cierta medida, de fuente de inspiración. Este autor revela que algunas minorías étnicas (los armenios en Turquía, los judíos en Europa, los sirios en África del oeste, los chinos en Asia sudeste, los japoneses o los griegos en Estados Unidos) tienen como especificidad la de jugar, en el plano económico, un rol de intermediario entre productor y consumidor. Los modos de organización de estas minorías, en las que los vínculos comunitarios son muy fuertes, merecen ser analizados.

Hoy en día, también hay iniciativas que atestiguan un cierto despertar identitario en materia económica, y que merecen ser consideradas: tentativas de desarrollo del turismo identitario, especialmente manifiestas en los territorios rurales, aparición de tentativas de integración vertical en el dominio agrícola (cooperativas de agricultores y ganaderos, tratamiento ético de los animales de la zona, etc.

Los despertares identitarios en materia económica podría también manifestarse en el futuro por acciones de boicot (pensamos especialmente en las viandas derivadas de los sacrificios rituales). Para algunos, el boicot sería un modelo postindustrial que sucedería a la huelga como modelo industrial. En el modelo “capital frente a trabajo”, el contrapoder sería que el trabajador pueda privar al patrón de su potencia de trabajo. El boicot constituiría una forma posible de contrapoder frente a una economía mundializada y una sociedad pendiente de su poder de adquisición. 

La eficacia del boicot depende de la capacidad para crear una identidad colectiva en torno al acontecimiento, lo que implica reunir toda una serie de condiciones: definición de objetivos claros, realistas y mensurables, formulados con un mensaje intelectualmente simple y atractivo sobre el plano emocional, apoyado por los “medias”, la existencia de un objetivo claramente identificado, la existencia de una solución alternativa ofertada al consumidor que sea especialmente identificable y una fuerte solidaridad de grupo movilizado (existencia de redes bien organizadas). En el caso de los productos “hallal” [conjunto de prácticas permitidas por la religión musulmana, aunque el término es comúnmente asociado a los alimentos aceptables según la sharia o ley islámica], una de las dificultades consiste en la imposibilidad de identificar fácilmente las alternativas por el hecho del no-etiquetaje de su procedencia sacrificial y/o ritual.

Los despertares identitarios que se manifiestan en el período actual son multiformes: ellos se traducen en el plano político, especialmente a través del auge de los populismos, pero son también perceptibles en el dominio de la educación y en el de la economía. También merecen ser mencionados el dominio social y, sobre todo, el tema de la exclusión; dominio que afecta en buena medida a las minorías, especialmente de confesión musulmana, que desean aplicar el concepto de “ciudadanía creyente” desarrollado por Tariq Ramadan (el autor describe las actividades de una asociación con base en Londres. The City Circle, que pone en marcha proyectos de naturaleza educativa y organiza reuniones semanales dirigidas a debatir las cuestiones que afectan a la población musulmana).

También sería interesante abordar la cuestión del desarrollo de redes comunitarias a escala europea y de organizar formas de acción común.

Estos despertares identitarios no son sorprendentes. Con el declive de las identidades colectivas y de las sociabilidades como resultado de los grandes relatos escatológicos característicos de la modernidad, que están en vía de desaparición, la búsqueda de la identidad deviene en una clave siempre más crucial para el individuo contemporáneo: “los hombres y las mujeres buscan los grupos a los que pertenecen con seguridad y para siempre en un mundo en el cual todo cambia y continúa moviéndose” (Eric Hobsbawn). En este contexto, la búsqueda de marcos, horizontes comunes y de microrrelatos adaptados que permitan realizar los procesos de identificación, siguen siendo los grandes desafíos de la actualidad. ■ Fuente: Institut Iliade