La impostura del transhumanismo, por Danièle Tritsch y Jean Mariani


El transhumanismo se apoya en los avances de la inteligencia artificial y de la biología para prometer la eliminación de la vejez, de las enfermedades y de la muerte, y la aparición de una nueva humanidad. Sin embargo, como lo denuncian los investigadores Danièle Tritsch y Jean Mariani en un libro titulado Ça va pas la tête! (Ed. Belin), en el plano científico, el transhumanismo es una cáscara vacía.

Mañana podrá ver en lo oscuro y escuchará los ultrasonidos. Correrá más rápido, no conocerá el cansancio y no se romperá la cabeza del fémur resbalando en la hierba mojada. Sus capacidades intelectuales  se habrán multiplicado, su memoria será prodigiosa, se acordará de todo, ¡incluso cuando tenga cien años! Ya que los signos del envejecimiento habrán desaparecido y las enfermedades graves del cerebro, como el Alzheimer, habrán sido erradicadas. Pasado mañana, su cerebro será transferido a una máquina y su espíritu estará en algún lugar en las nubes, liberado de ese cuerpo que va envejeciendo. La discapacidad, la enfermedad, la vejez y la muerte habrán desaparecido. ¡Será inmortal!

¿Quién? El ser humano, por supuesto. En cualquier caso, el ser humano como se lo imagina el movimiento transhumanista. Apoyándose en dos mitos que nos han fascinado siempre, la inmortalidad y la fuente de la Juventud, esa corriente de ideas tiene, desde hace algunos años, un auge considerable en el mundo hasta tal punto de ser calificado como Revolución, la Revolución transhumanista. Si el término “transhumanista” emerge por primera vez después de la Segunda Guerra Mundial en la pluma de Julian Huxley (padre del eugenismo y hermano de Aldous), el movimiento aparece, en su concepción contemporánea, en California (Estados Unidos) en el seno de las corrientes libertarias  de los años 1960-1970. Después fue seguido en los años 1980 por unos futurólogos americanos antes de llegar hasta nosotros. Sus apóstoles buscan la mejora ilimitada de las facultades físicas y mentales del ser humano por todos los medios posibles: químicos, genéticos, mecánicos o digitales, sobre todo gracias a la “inteligencia artificial”. El desarrollo importante de las tecnologías NBIC (Nanotecnologías, Biotecnologías, ciencias de la Información y ciencias Cognitivas) fue para los transhumanistas una oportunidad histórica única de poner en marcha sus ideas. Fueron animados en esta tendencia por la célebre Ley de Gabor que indica que todo lo que se pueda hacer, antes o después la ciencia lo hace (si se sueña con ir a Marte… ¡un día iremos!).

¿La llegada del Hombre-Dios?

El transhumanismo es pues un movimiento que defiende la idea de transformar/superar al ser humano para crear un posthumano, o un transhumano, de capacidades superiores a las de los seres humanos actuales. Esta transformación puede imaginarse en el nivel individual, pero también a nivel de la colectividad, conduciendo entonces a una humanidad nueva. Diferentes facultades del ser humano estarían implicadas: físicas o mentales y cognitivas. ¡Y prolongaría la duración de la vida, en perfecta salud, por supuesto! ¿El objetivo? Fusionar el ser humano y el ordenador, convertido entonces en omnipotente después de haberle sacado del envejecimiento y de la muerte. Un proyecto de superación de las finitudes humanas. Un “Homo Deus” como lo anticipa el historiador Yuval Noah Harari en su libro epónimo. ¿Ambición o ilusión y fantasía? Mientras que algunos (como nosotros ahora) nos detenemos en este tema, los humanos continúan muriendo. Es por ello que los transhumanistas curtidos proponen ya sea congelarlos para esperar un mundo mejor o incluso ¡resucitar a los muertos!

Entre los transhumanistas actuales, uno de los más célebres es ciertamente Ray Kurzweil, una especie de gurú de esta corriente de ideas, ingeniero jefe de Google, teórico del transhumanismo y cofundador de la Universidad de la Singularidad en Silicon Valley (California). Kurzweil predice el momento de la superación ineluctable de la inteligencia humana por la de la máquina, momento que él denomina “singularidad” por analogía con la singularidad en matemáticas que corresponde a un punto en el que un objeto matemático no puede ser ya definido más. Esta evolución tecnológica hipotética, donde lo posible que se abre es vertiginoso e impredecible, Kurzweil la sitúa de una manera arbitraria en 2045. Para Stephen Hawking, astrofísico apreciado por sus estudios sobre los agujeros negros, “los humanos limitados por su lenta evolución biológica no podrán rivalizar frente a la máquina”. En otros términos: el final de la especie humana está próximo. En Estados Unidos, numerosas sociedades transhumanistas desarrollan, como el Extropy Institute fundado por Max More, igualmente presidente de la empresa Alcor Life que pretende criogenizar, es decir, congelar seres humanos para esperar días mejores. Su pareja Natasha Vita-More dirige una asociación internacional de promoción del transhumanismo (llamada Humanity+). Zoltan Istvan, experiodista en National Geographic, tiene el objetivo de la inmortalidad, ¡ni más ni menos! Mientras la espera, ha fundado el “Partido transhumanista” y fue candidato en las elecciones presidenciales de 2016, pero no pudo evitar la elección de Donald Trump. Otro nombre que cuenta en el movimiento transhumanista es el de Aubrey de Grey, antiguo informático que, gracias a la fundación SENS (Strategies for Engineered Negligible Senescence) tiene interés sobre todo en  la investigación sobre el envejecimiento.

En Francia, el movimiento transhumanista es mucho más modesto. Después de algunos ensayos en la primera década de este siglo, se ha estructurado bajo el nombre de Asociación francesa transhumanista-Technoprog, que es bastante activa, con un centenar de miembros y un millar de simpatizantes. Sus posiciones son “moderadas” (todo es relativo). No apoya la idea de la inmortalidad o de la criogenia y considera el riesgo de una humanidad a varias velocidades, entre los simples humanos y los posthumanos. Sin embargo, defiende la hipótesis de que, gracias a los rápidos progresos de las neurociencias, podríamos intervenir de forma a modular nuestros propios comportamientos, teniendo como límites la tendencia del ser humano a la agresividad, la dominación, la necesidad de posesión y su débil propensión a la empatía.

Una máquina de hacer dinero

A los que consideren que se trata de un asunto de chalados, los transhumanistas más comprometidos responden que solo la superación de los límites biológicos y fisiológicos del ser humano permitirá satisfacer la exigencia absoluta de libertad y de responsabilidad individual. En este sentido, para algunos, este movimiento se inscribe pues en una continuación de la tradición humanista. Más allá de las posiciones teóricas, las ideas desarrolladas por los transhumanistas no son solamente fantasías más o menos delirantes de un cierto número de tecnoprofetas. Nacidas de la convergencia de las tecnologías NBIC (nanotecnología y biotecnología), las promesas transhumanistas movilizan una importante financiación, en particular de aquellos que llamamos las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon). Los cofundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, invierten masivamente en la investigación en el entorno NBIC. Google ha creado Google Xlab y tiene a Ray Kurzweil como director de la ingeniería, es decir, a un elevado nivel en la empresa. Otra filial, Calico, fundada en 2013 y dedicada a la biotecnología, está dirigida por Arthur Levinson, presidente del Consejo de administración de Apple y ex de la empresa de biotech Genentech. Finalmente, el Presidente de Facebook, Mark Zuckerberg, anunció en 2017, durante la conferencia anual de los desarrolladores de Facebook, proyectos de investigación a largo plazo con el objetivo de la comunicación directa entre el cerebro y el ordenador. Una forma de telepatía, más o menos. Las esperanzas puestas en las tecnociencias NBIC conjugan pues de forma deliberada el control cada vez más avanzado de la naturaleza por la ciencia y la promesa de cada vez más beneficios para las grandes empresas. La alianza de este deseo de poder prometeico y de poder financiero seduce a la clase política y a la millonaria, ya que se les parece: nuestro pobre cuerpo viviente pero mortal es el símbolo de nuestra finitud. La idea de que ese cuerpo escape a su voluntad todopoderosa y megalomaníaca les parece inadmisible. El colmo es la adhesión de intelectuales y simples ciudadanos a los valores seudohumanistas de estos movimientos. Ya no queda sino transformar en certitudes unas hipótesis no demostradas por la ciencia, y la estafa se habrá consumado.

¿Una inteligencia “posthumana”?

Otra feliz coincidencia: un ordenador ha conseguido ganar a los mejores jugadores de ajedrez y otros juegos; no hace falta más para afirmar que una inteligencia posthumana está a las puertas. Es cierto que la inteligencia artificial ha hecho progresos fulgurantes en estos últimos años gracias a la aparición de nuevos métodos de aprendizaje automatizado llamado “aprendizaje profundo” (el deep-learning de los anglosajones), basados en algoritmos informáticos sofisticados. A fuerza de llenar la máquina con datos, como las imágenes, esta es capaz de aprender sola, de reconocer la imagen de un gato, por ejemplo. Son estos avances los que están en el origen de los delirios transhumanistas.

¿Es por eso que nuestra conciencia o nuestros pensamientos podrán ser inscritos en un chip? En cuanto sale el tema del cerebro, las cuestiones son particularmente complejas. Claramente, el cerebro no es un chip. Posee una estructura que es a la vez precisa y extraordinariamente complicada, así como con propiedades y funciones dinámicas que lo vuelven modificable en permanencia. Además, la actividad cerebral es muy dependendiente de sus vínculos con los órganos de los sentidos (visión, audición) y los órganos de la acción. El cerebro tiene una actividad autónoma pero, si no estuviera alimentado permanentemente por esas interacciones con el entorno, sería huérfano en algunos aspectos.

Por otra parte, la comparación de los cerebros de diferentes individuos subraya una paradoja: existe un plan de organización preciso de las estructuras cerebrales de manera que, en el seno de una determinada especie, los cerebros de todos los seres se parecen mucho hasta ser casi idénticos. Esto sugiere que la formación de esa estructura obedece a un programa de expresión preciso de los genes en el desarrollo del embrión, durante la gestación y los primeros años de vida. Este determinismo genético es el precio a pagar para que una estructura tan compleja sea transmitida de generación en generación con un mínimo de error. En resumen, el cerebro no se construye ni funciona como un ordenador.

Si fuéramos capaces de describirlos mucho más al detalle (microscópico), esos mismos cerebros aparecerían todos diferentes ya que las conexiones precisas entre las neuronas varían considerablemente de un individuo a otro y se modifican constantemente. Es la célebre “plasticidad cerebral”. En ese nivel de complejidad, cada cerebro es único y eso nos hace a todos singulares. Identificar las bases biológicas de esta singularidad cerebral es un desafío que no han conseguido desentrañar los neurocientíficos. La reproducción del cerebro humano se topa, pues, con dificultades considerables que son de naturaleza intrínsecamente biológica, más allá de las dificultades reales para desarrollar la inteligencia artificial al nivel necesario.

¿Un ser humano “aumentado”?

Los transhumanistas nos proponen muchos otros proyectos que, a primera vista, parecen algo más modestos que la digitalización total del cerebro. Nos prometen un humano a la vez biónico (imitación de las capacidades de otras especies animales) y/o cyborg (adquisición de las propiedades de los robots). Dicho de otra manera, un ser humano “aumentado”. Ray Kurzweil, otra vez él, reivindica desarrollar unos posthumanos portadores de cerebros híbridos aumentados y conectados: “De aquí a veinte años tendremos nanorobots, entrarán en nuestro cerebro a través de nuestros vasos capilares y conectarán simplemente nuestro neocortex a un neocórtex sintético en la nube, proporcionándonos así una extensión. Dispondremos de un sistema de pensamiento híbrido que funcione sobre componentes biológicos y no biológicos”. Para los profetas del transhumanismo, el ser humano aumentado tendría así el dominio de sus capacidades cognitivas y físicas.

Al final, se trataría de una nueva especie híbrida, con la idea incluso de la inmortalidad. ¡Pura fantasía! Los aprendices de brujo del transhumanismo no solo prueban un profundo desconocimiento del funcionamiento del cerebro sino que no se imaginan que manipular este órgano, o más específicamente ciertas redes de neuronas, pueda llevar a disfuncionamientos inesperados susceptibles de crear nuevas patologías. La noción de ser humano aumentado plantea igualmente un cierto número de problemas éticos y societales.

¿Vivir mil años?

Los profetas del transhumanismo basan también sus ideas en los avances de la investigación de la biología, en particular en el ámbito del envejecimiento. Mañana, viviremos doscientos o trescientos años y, después, incluso seremos inmortales. El objetivo admitido de los fundadores de Calico, filial de Google, es el de concentrarse en el desafío de la lucha contra el envejecimiento y las enfermedades asociadas, con el objetivo de “matar la muerte”.

Muchas personas no creen en ello pero no pueden impedir sucumbir al sueño transhumanista en lugar de criticarlo. Luc Ferry, filósofo y autor de un libro sobre el tema, declara: “El transhumanismo es una fantasía incluso si podemos esperar vivir doscientos o trescientos años…”. En cuanto al cineasta Woody Allen, estaría dispuesto a dejarse convencer pero suelta este aforismo maravilloso:”La eternidad se hace larga… sobre todo al final”. Ciertamente, la esperanza de vida de nuestra especie ha aumentado bastante gracias a la disminución de la mortalidad infantil, la mejora de las condiciones de higiene desde comienzos del siglo XX y a la disminución más reciente de la morbilidad en las personas de más edad. Pero la vida resulta de un equilibrio delicado entre unos efectos protectores y otros deletéreos. Por el momento, el envejecimiento es ineludible. Nadie conoce el lugar ni la hora en el que el paraíso eterno estará a nuestro alcance, o si lo estará, y esto incluso con la ayuda de Google.

¿Un cerebro reparado y curado?

Una dificultad añadida constituye otro candado para el trans/posthumanismo: nuestro cerebro, esa joya, es frágil y se ve afectado no solo por el tiempo que pasa, sino también por las enfermedades específicas y, a menudo, terribles. Para los transhumanistas, esto no es un problema ya que no solo el cerebro será aumentado sino también reparado y curado de las numerosas enfermedades que le esperan cuando la edad avanza. En efecto, la tecnomedicina, como lo anuncia Laurent Alexandre, va a sacudir a la humanidad. “La medicina ya no curará sino que transformará nuestras capacidades biológicas, físicas, intelectuales gracias a unos chips implantados en el cerebro, unos implantes en miniatura, unas conexiones persona-máquina”. Existe, sin embargo, una contradicción notoria entre la juventud eterna prometida por esta “utopía tecnológica” y la realidad actual que sigue siendo aterradora. Si las causas y origen de algunas enfermedades neurológicas son conocidas, ningún tratamiento curativo nuevo existe para las enfermedades neurodegenerativas como la de Alzheimer. Avances reales en relación al conocimiento del funcionamiento del cerebro han sido realizados desde hace treinta años, pero menos espectaculares y mediáticos que los llevados a cabo por la inteligencia artificial. Los adelantos de la medicina llamada regenerativa (terapia genética, células madre, trasplantes, interfaz cerebro-máquina, etc.) aportan soluciones o suscitan esperanzas para reparar el cerebro. Por el momento, las conclusiones terapéuticas son mínimas.

El lugar de la inteligencia humana

¿Hay que perder la esperanza? Claro que no. Frente a estos profetas, de los que algunos se llaman filósofos y otros aspiran a un barniz de ciencia, es hora de que la inteligencia humana (y no la artificial) y la razón vuelvan a estar por encima, confrontando el sueño de cada uno con la realidad, que muchas veces es más dura o decepcionante. Los obstáculos a las esperanzas transhumanistas no residen tanto en los progresos necesarios de la inteligencia artificial como en los progresos considerables a realizar para desencriptar el cerebro, que sigue siendo, en muchos aspectos, una “caja negra” para los científicos.

Los esfuerzos lentos y apoyados de la investigación son la única vía para conseguirlo pero también mantener ese órgano noble en buena salud, incluso dotarlo de nuevas capacidades (cerebro aumentado). Se han lanzado grandes programas en Estados Unidos como la National Nanotechnology Initiative (NNI) o más recientemente la Brain Initiative (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies). Además, la ciencia, la verdadera, no evoluciona solo de manera lenta y continua. Las revoluciones, que algunos prefieren llamar “progresos disruptivos”, pueden producirse en todo momento, como también simples aceleraciones que podrían conducir a nuevos tratamientos. A veces incluso llegan por puro azar, a partir de observaciones realizadas en otros ámbitos científicos. Nadie sabe por adelantado de dónde vendrán los adelantos decisivos.

Comprender el funcionamiento del cerebro para preservarlo, aumentar sus capacidades, repararlo y curarlo constituye un proyecto entusiasmante para las generaciones que vienen, incluso si nadie puede afirmar que llegará el día en el que tendremos un conocimiento total de ese órgano que funda en  nosotros un individuo singular y único. Ese proyecto tardará mucho más tiempo del que piensa el ciudadano aturdido con seudo-revoluciones sucesivas en neurociencias, y engañado por los transhumanistas. “Los que saben, no hablan; los que hablan, no saben; el sabio enseña con actos, no con palabras” dijo el filósofo chino Lao Tseu. ■ Fuente: Pour la science