El pueblo, entre la secesión y la marginación, por Alain de Benoist (y II)


La modernidad, abanderada por el capitalismo industrial, se está imponiendo como un movimiento de inversión de las sociedades, de los órdenes, de las rentas y de los estatutos. La terciarización de las sociedades y la financiarización del capital (y de los patrimonios) hacen que la riqueza no provenga ya fundamentalmente del trabajo materialmente productivo: la economía deviene “inmaterial” y la riqueza es ahora captada por la intermediación de la compra de acciones, de los dividendos y de los movimientos monetarios. 

Paralelamente, los grandes Estados redistribuyen del 15 al 20% de su presupuesto en forma de rentas financieras. Cada cual, en estas condiciones, aspira a ver reconocido un estatuto. Mientras que los conflictos sociales eran ayer engendrados por los antagonismos de producción, hoy, desaparecido el campo de la lucha de clases, gravitan en torno la defensa de las posiciones adquiridas y de la reivindicación de derechos estatutarios. Los maestros, los enfermeros, los agricultores, los ferroviarios, los artistas del espectáculo, los trabajadores de las compañías de aviación, ya no se manifiestan para “defender a los trabajadores” (la clase obrera), sino únicamente por ellos mismos, a fin de ver garantizarse un empleo o de mejores condiciones de trabajo, es decir, un mejor estatuto. 

Estas reivindicaciones, como hemos visto, no pueden así inscribirse en una actitud de oposición de fondo al orden dominante, sino confortar, por el contrario, a los poderes públicos. “El discurso, escribe Ahmed Henni, no se apoya sobre la identificación de los trabajadores como productores de valor, lesionados por su condición de asalariados. Se articula en torno a la idea de que el trabajo, cualquiera que sea, es un estatuto que merece consideración y respeto (…) Ya no se lucha para salir de ese estatuto, sino para continuar en él, hasta la jubilación, y arrancar derechos estatutarios que ya no tienen nada que ver con las reglas o los antagonismos del capitalismo de producción material, ni con las aspiraciones al libre devenir individual mediante el trabajo (…) Las luchas sociales no están circunscritas esencialmente a la esfera de la producción material y miran hacia un mejor reparto financiero de la riqueza producida entre patronos y obreros. Se oponen menos los grupos sociales entre ellos (antagonismos de clase) en tanto que ellos no expresan la reivindicación propia de un grupo o el mejoramiento de su situación, no en detrimento de otro grupo, sino por la búsqueda de un mayor reconocimiento social portador de rentas más cuantiosas”.

El desajuste entre la clase política y el electorado constituye un problema especialmente para la izquierda que, en el pasado, había siempre pretendido representar mejor que la derecha las aspiraciones populares. Pero la izquierda se ha separado progresivamente del pueblo. Igual que la derecha, ella se ha instalado en las clases medias superiores, cuando no en los aparatos del Estado. Adhiriéndose a la economía de mercado, privilegiando las reivindicaciones marginales en detrimento de las aspiraciones de los que están más amenazados por el desempleo y la inseguridad, proporcionando el espectáculo de una élite instalada en el aparato mediático, la izquierda ha decepcionado profundamente a aquellos a los que estaba llamada a defender prioritariamente.

Mientras que el partido comunista se hacía socialdemócrata, el partido socialista dejaba de afirmarse resueltamente socialista, limitándose a querer suavizar la sociedad de mercado mediante una valorización de la acción pública, mientras que los conceptos clásicos relativos a la composición técnica y orgánica del capital (fuerza de trabajo, acumulación de capital, plusvalía) desaparecían tanto de sus textos como de su práctica. Bajo el pretexto de “realismo”, la gran mayoría de los socialistas se adhirieron a los cánones de la ortodoxia gestionaría. La política no era entonces concebida sino como un conjunto de prácticas y de juegos institucionales destinados a conquistar, ejercer y conservar una forma de poder donde tanto el centro como la periferia son inestables.

La socialdemocracia, desde su creación, proponía una alianza entre los partidos obreros y ciertos actores sociales porque estimaba, sobre la base de un análisis de las clases sociales, que una tal alianza podía permitir una movilización más prolongada sobre la cuestión social y las reformas democráticas. Los socialistas, hoy, han abandonado esta visión, porque se han convertido en incapaces para articular la revuelta individual y la movilización social en torno a un verdadero proyecto colectivo. Como observa Roland Gullon, “todo sucede como si el pensamiento dirigente del partido socialista estuviera fundado en los paradigmas de las gobernanzas territoriales o de la expertocracia en lugar de abordar frontalmente un aspecto esencial de toda realidad social ligada al capitalismo: las tensiones entre lo individual y lo colectivo”.

Paralelamente, al alineamiento de una gran parte de la izquierda con la economía de mercado, cuando no al reformismo liberal, el ascenso de una cultura de izquierda de inspiración hedonista-libertaria (llamada “bobo”, burguesa-bohemia) es uno de los factores que más han contribuido a separar a los partidos de izquierda de las capas populares, las cuales asisten con estupefacción a la emergencia, seguida de la instalación mediática, de una izquierda mundana y arrogante más inclinada a defender la “homoparentalidad”, a los sin-papeles, el arte contemporáneo, los derechos de las minorías, el discurso sobre el “género”, lo “políticamente correcto”, las fobias corporales y la vigilancia permanente del comportamiento de los demás, que a renovar el lenguaje de la clase obrera, manchándose las manos si fuera necesario. Habiendo dejado a los liberales el campo libre en el orden económico y social, la “izquierda caviar”, es decir, la gran burguesía liberal de izquierda, tan permisiva en materia de morales y costumbres que es indiferente en materia social, tiende a distanciarse de los medios populares en los que ya no se reconoce. “La izquierda caviar, geográficamente, vive alejada de las clases pobres, escribe Laurent Joffrin. Por un extraño proceso, ella decidió, por sorpresa, separarse políticamente, Y lo hizo mediante una operación cultural e ideológica de una trágica frivolidad: escamotear al pueblo”.

La “people” ha reemplazado así al “pueblo”. Elegida por la mundialización, una Nueva Clase político-mediática se ha puesto en su lugar, asociando en un mismo elitismo de la riqueza y de las “apariencias” a dirigentes políticos, hombres de negocios y representantes de los “medios”, todos íntimamente ligados los unos con los otros, todos convencidos de la “peligrosidad” de las aspiraciones populares. Alexandre Zinoviev, para designar a esta nueva clase hablaba de “suprasociedad”. Enfrentada a un pueblo que teme y desprecia al mismo tiempo, ella constituye una autoridad oligárquica que se ocupa, ante todo, de preservar sus privilegios y en reservar el acceso al poder a aquellos que emanan de sus rangos”.

Este desprecio por el pueblo se alimenta, por supuesto, de la crítica de un “populismo” asimilado ahora a no importa qué forma de demagogia o de “irracionalismo de masa”. Quien habla hoy de pueblo se expone al reproche de “populismo”. Convertido en injuria política, el populismo se presenta como una especie de perpetua “enfermedad infantil” de la democracia, en una perspectiva a la vez peyorativa y descalificativa. El recurso al “populismo” proporciona así a la marginación o exclusión del pueblo una justificación teórica, a veces incluso científica.

La adhesión al Front National de una buena parte de la antigua clase obrera juega, a este respecto, un rol decisivo. En efecto, ello ha permitido a una parte de la izquierda repudiar al pueblo con el pretexto de que éste “piensa mal”, mientras que un antirracismo convencional le ha permitido ocultar o enmascarar sus propias derivas ideológicas. El antilepenismo sustituye así al anticapitalismo.

Mientras que la crítica del “populismo” se dirigía antes a los que, pretendiendo hablar directamente del pueblo, o en su lugar, podían representar un peligro, esta crítica se dirige ahora cada vez más frecuentemente hacia el pueblo mismo, acusado de querer expresarse por sí mismo en lugar de hacerlo a través “de los que saben”. Regularmente descrito como “irracional” (prefiere a los actores políticos fuera del sistema en lugar de los partidos tradicionales) y sensible a las tesis “autoritarias”, lo que explicaría su tendencia a abandonarse a los “malos pastores”, el pueblo puede entonces ser presentado como peligroso, grosero, inculto, como un segmento de población compuesto de “horteras”, de “pueblerinos” y de “petits blancs” [figura del paisaje sociocultural francés que designa a los franceses empobrecidos], que no alcanzarían nunca a deshacerse de sus “prejuicios” arcaicos, sobrepasados como están por la historia e incapaces de adherirse a la perspectiva de una “feliz mundialización”. Esto permite, al mismo tiempo, desinteresarse de la inseguridad, de la explosión de las desigualdades, de los efectos del librecambismo, del escándalo de las stock-options y de los dorados paraísos fiscales.

Así entendido, por tanto, el pueblo no sabe lo que quiere o cuando sabe lo que quiere no debe ser tenido en cuenta. Es entonces inútil preguntar al pueblo antes de hablar en su nombre. Y es, sobre todo, peligroso consultarle, puesto que no vota nunca como dijo que haría. Actitud que, por supuesto, enmascara más que nunca un difuso temor hacia las “clases peligrosas”: combatir el populismo es hacer que las élites no se sientan amenazadas por ese pueblo que hay que neutralizar. Es por ello que bajo el término de “populismo” se tiende hoy  a clasificar, para mantenerlas a distancia, a todas las formas de secesión por relación al consenso dominante. Tal forma de obrar, escribe Jacques Rancière, “oculta y revela, al mismo tiempo, el gran deseo de la oligarquía: gobernar sin el pueblo, es decir, gobernar sin política (…) Ello permite interpretar cualquier movimiento de lucha contra la despolitización operada en nombre de la necesidad histórica como manifestación de una fracción anticuada de la población o de una ideología obsoleta”.

Este uso de la palabra “populismo”, semejante al de “un amuleto que se agita para expulsar los malos espíritus”, no escapa a Laurent Joffrin, que observa: “Desde que una idea no lleva la estampilla del establishment, ella se clasifica con la infamante etiqueta de “populismo” (…) Extraña reacción semántica: la palabra, siendo a la vez vaga y bastante peyorativa, viene a decir que toda demanda del pueblo es, por definición, ilegítima y peligrosa. Es populista, en efecto, una idea que viene del pueblo y que desagrada a las élites progresistas”. De ahí esta cuestión planteada por Annie Collovald: “La estigmatización de lo popular por la vía del populismo del FN no sería sino el signo de una nueva coyuntura intelectual y política en la que las élites políticas de hoy (y sus auxiliares y consejeros) no quieren ver ya en los grupos populares una causa a defender, sino “un pueblo sin clases” convertido en un problema a resolver”. 

Sabemos que, desde el punto de vista liberal, la democracia nunca ha sido el régimen que permita la mayor participación popular: esta participación es, por el contrario, percibida como causa de muchos más inconvenientes que ventajas. La abstención no es, entonces, vista con desagrado por los liberales que, desde el pasado, siempre han buscado restringir la capacidad política de los ciudadanos, ya sea oponiéndose al voto de las mujeres o favoreciendo el sistema censitario.  

Hoy existen varias maneras de alejar al pueblo de la vida política. La más clásica es, evidentemente, el recurso a los “medios” y a la industria del ocio, a la televisión y al deporte, que permiten “distraer” en el sentido pascaliano del término. Los “medios”, además, no dejan de elogiar el orden existente, dejando entender constantemente que vivimos, si no en la mejor de las sociedades posibles, al menos en la menos mala de todas ellas. Los individuos son sistemáticamente entretenidos o condicionados a fin de ocultar esa evidencia de que los asuntos se deciden ahora sin ellos.  Se debilita así el pensamiento crítico, eliminando su razón de ser. La gran homogeneidad de las formas de vida, en el momento mismo en que se celebra el “pluralismo” por todas partes, va en el mismo sentido, porque conduce a los miembros de la sociedad a comunicarse dentro de los mismos deseos y necesidades, sin que sus diferencias puedan ser obstáculo para las exigencias del mercado. 

La vida política es asimilada al mercado, y el voto de los ciudadanos a un acto de la compra, deviniendo la democracia, tan naturalmente, en el reino del consumidor que hace “zapping” entre los programas de los partidos como lo hace entre los productos comerciales o los canales de televisión. La participación de los individuos en la vida pública se opera entonces, no ya por el compromiso político, sino a través de una comunión con la opinión pública obrada por los “medios”, forma que testimonia la desaparición de un cuerpo social capaz de suscitar por sí mismo una interpretación colectiva de la actualidad. La ideología mediática vehicula una representación del mundo tan homogénea como políticamente correcta, que sustituye a la conciencia social en tanto que “falsa conciencia” de la realidad. El pueblo de ciudadanos se transforma en “pueblo de espectadores pasivos e irresponsables. La política-espectáculo enmascara los problemas de fondo, sustituye los programas por el encanto de la personalidad, anula la capacidad de razonamiento y de juicio en provecho de las reacciones emocionales y de los sentimientos irracionales de atracción y simpatía. Con la política-mediática, los ciudadanos son infantilizados, no se comprometen ya con la vida pública, están alienados, manipulados por los aparatos y las imágenes”. 

Otra forma de desviar la atención consiste en retranscribir los problemas sociales en términos de psicología individual, a fin de hacer perder de vista las responsabilidades o las causas reales. Para el Estado, la pérdida de control de la actividad económica y financiera sobre la que ayer tenía alguna autoridad, le hace, en efecto, cada vez más incapaz para responder a la demanda social. De ahí la necesidad de “psicologizar” los problemas sociales en términos individuales, lo que permite al sistema tratarlos, no de forma propiamente política, sino de manera humanitaria y moral, compasional y lacrimal. En el seno de una sociedad que proclama con tanta fuerza su amor por los pobres, que ella misma ha fabricado antes, el socialismo es también progresivamente remplazado por la “solidaridad” individual, la caridad asociativa y la llamada a la generosidad privada. Las luchas sociales se plantean entonces como víctimas, sometiéndose al conjunto de los mecanismos institucionales por la preeminencia simbólica del “estatuto victimario”, mientras que una relativa indiferencia a los destinos singulares condiciona la realización del bien común. Lo mismo constata Christopher Lasch: «cuando los políticos y administradores no tienen otro objetivo que vender al público sus cualidades de dirigentes, se les priva de referencias inteligibles a partir de las que ellos podrían determinar los objetivos de ciertos políticos y evaluar el fracaso o el éxito».

El liberalismo impulsa también hacia esta subjetivización de los problemas sociales. “El orden dominante del sistema social es elevado por (la ideología liberal) al rango de una ley de la naturaleza que se situaría por encima de toda evaluación crítica, observa Robert Kurz. La responsabilidad de cualquier experiencia negativa recae entonces siempre sobre los individuos en su marco de vida inmediata. Así, cada cual es personalmente responsable de sus propios sufrimientos e infortunios (…) Jamás el sistema puede ser culpable”. “En resumen, escribe Zygmunt Bauman, los individuos son condenados a resolver en el plano biográfico las contradicciones del sistema”.

Jacques Rancière no sólo desarrolla la idea de que “el odio de la democracia” hoy es resultado de que las élites liberales buscan por todos los medios conjurar el espectro de un poder del pueblo que impugne el orden existente de las cosas. También dice, con razón, que este odio se nutre de una “compulsión para deshacerse del pueblo y, con él, de la política”, y que “bajo el nombre de la democracia, lo que se está denunciando, es la democracia misma”. Slavoj Zizek habla, también, de “pospolítica”: “En la pospolítica, el conflicto entre dos visiones ideológicas globales encarnadas por diferentes partes en la lucha por el poder se ve remplazada por la colaboración entre tecnócratas ilustrados y defensores del multiculturalismo liberal; a través de los procesos de negociación de intereses se alcanza un compromiso bajo la forma de un consenso más o menos universal”.  

Esta posdemocracia no es otra cosa que el programa del capitalismo financiero liberal en su forma posmoderna. Es un proyecto de sociedad cuya razón de ser fundamental es la de legitimar y mantener la posición del orden dominante, creando las condiciones de ajuste del hecho social más favorables para la expansión planetaria de la lógica del capital. Se trata de “reformar” la democracia privándola de su contenido, para hacerla compatible con la evolución del mundo dictada por las mutaciones de la Forma-Capital. Este es el programa que la “gobernanza mundial” intenta realizar. ■ Fuente: Krisis