La alianza entre las «derechas» es necesaria e inevitable. Entrevista a Marion Maréchal, por Daoud Boughezala y Elisabeth Lévy


Tras la debacle de Los Republicanos (LR) en las europeas y la moderada victoria de la Reagrupación Nacional (RN), Marion Maréchal (ex-Le Pen) nos proporciona un diagnóstico tan implacable como incierto. Recomposición de la derecha, inmigración, fracturas territoriales, nueva lucha de clases y comunidades religiosas, incertidumbre europea…

Desde hace varios años nos están anunciando una oleada populista, soberanista o nacionalista ‒volveremos sobre estos términos‒ en Europa. Ahora bien, aparte de Italia y Europa del Este, no se ha producido el 26 de mayo en las elecciones europeas. ¿Esta corriente ha alcanzado su techo de cristal?

No estoy segura de que las elecciones europeas sean el mejor barómetro del estado de conciencia política de un país, pues tienen un sesgo sociológico que favorece el voto de las clases superiores, las metrópolis y las personas mayores. Hoy en día, los franceses de más de 65 años forman el grupo electoral más importante. Además, esta franja de edad confirma la fractura generacional, porque el 47% de los mayores de 65 años han votado por Macron. Esta fractura puede explicar la dificultad a la hora de ver emerger más un polo que el otro. Efectivamente, una gran parte de la generación nacida justo después de la guerra, que se ha beneficiado de los Treinta gloriosos [o edad de oro del capitalismo, el periodo socioeconómico que va desde 1945 a la crisis del petróleo en 1975] y de pensiones generalmente sustanciosas, es más bien europeísta y de tendencia centrista. Es una generación que vivió la guerra de lejos y que ha crecido en el mito de la UE como garante de paz. Es complicado hacer cambiar a este electorado, que siempre ha asociado el FN [hoy RN], al fascismo y el nazismo.

¿Quiere usted decir que el tiempo ‒la renovación de las generaciones‒ juega a favor del RN y movimientos similares?

Probablemente. Añadamos a esto que las personas mayores son a menudo más sensibles a las llamadas tentadoras del «partido del orden», muy bien jugadas por Emmanuel Macron, que ha querido obligar a los franceses a una elección escandalosa: o se es partidario de los «chalecos amarillos», o de las fuerzas del orden. Estoy convencida de que el chaleco amarillo de las rotondas, a diferencia del alborotador de la extrema izquierda, aspira a las mismas cosas que el policía que hace su trabajo correctamente.

¿Qué dicen estas elecciones del estado de nuestro país?

Han revelado un fenómeno muy inquietante: al rematar la brecha derecha / izquierda, y al forzar a la recomposición de la vida política, Macron ha iniciado una nueva lucha de clases: entre los vencedores y los perdedores de la globalización, entre la clase media/alta y la clase popular, entre la metrópolis y la periferia. Hasta ahora, teníamos una «sociedad en compartimentos», con unas instituciones (nación, familia), a través de las cuales el pueblo intentaba conseguir, justamente, la reducción de los antagonismos sociales. Ciertamente, la izquierda alimentaba, por desgracia, la lucha de clases, pero la familia, la nación y todos los cuerpos intermedios permitían superar las tensiones entre las clases. Al debilitar la idea de nación, Macron ha restablecido los antagonismos sociales en todas partes y nos ha encerrado en una sociedad de estratos irreconciliables, en la que cada uno vota a corto plazo en función de sus intereses.

¡Pero el conflicto social es inherente a la democracia, que no es otra cosa que la regulación civilizada de los desacuerdos!

Por supuesto. Pero si bien las cuestiones materiales son importantes en el debate democrático, pueden ser superadas. Otros temas movilizan políticamente a los pueblos, como las cuestiones de identidad, de seguridad, de transmisión, de destino común. La virtud de las instituciones como la nación es la de superar los antagonismos puramente materiales y sociales para crear un futuro común a partir de un pasado común. El comunismo y el socialismo son materialismos, el centro no es más que una tecnocracia económica, por lo tanto, no debería sorprender que el ciudadano acabe reduciendo sus elecciones políticas a la cuestión material.

¡Es curioso oír a una antigua diputada del FN echar de menos la fractura derecha/izquierda!

Esta brecha era, en todo caso, más sana que la brecha social o generacional; sin embargo, ha acabado siendo insoportable, incluso impropia, desde que los partidos que se decían de derechas ya no lo son, y la alternancia gubernamental entre la izquierda y la derecha ya no se traduce en una diferencia real sobre los temas fundamentales. Esto, sin embargo, no significa que las corrientes de derechas y de izquierdas no sigan irrigando la vida política, pero no se corresponden necesariamente a las fronteras partidistas alternativas.

No todos los electores comparten su opinión: incluso en bastiones de derechas como Versailles o Neuilly han elegido a La República en marcha [LREM, el partido fundado por Macron] en lugar de al conservador Bellamy o el RN…

Hay que matizar. El 27% del electorado que votó a Fillon en 2017 se ha sumado, efectivamente, al LREM; una parte menos importante ha votado al RN y la mitad se ha abstenido, como la mitad del electorado de RN y la mayoría de los chalecos amarillos. En el fondo, hay un ángulo muerto en el electorado de derechas que no se reconoce ni en el centrismo de LREM, ni en el RN. Hoy en día, LR ha llegado al límite de una ambivalencia, el UMP [Unión por un Movimiento Popular] que nace de la fusión de la derecha gaullista y del centro: el RPR [Reagrupación por la República] tenía los electores y el UDF [Unión por la Democracia francesa] los elegidos. Esto no ha cambiado estructuralmente con los elegidos del LR, más bien compatibles con el centro, como Gérard Larcher, que son gigantes institucionales, pero enanos electorales, y un electorado más bien compatible con el RN. Creo que habrá una escisión inevitable entre la rama centrista, que se unirá a Macron, y el ala derecha del LR, que será inexorablemente obligada a aceptar una coalición gubernamental con el RM si quiere sobrevivir y ser coherente.

Esta derecha de LR, ¿no es irreconciliable con el RN?

No, porque todas las grandes brechas que las distinguían han desaparecido. La oposición entre gaullismo y antigaullismo es competencia de la necrología política, como la oposición entre libre cambio y proteccionismo. Durante mucho tiempo, el derecho parlamentario ha defendido religiosamente al primero, en oposición al comunismo. El principio del proteccionismo es inherente al discurso de LR e incluso de LREM. Incluso la distinción entre derecha legitimista, surgida de la contrarrevolución, y el derecho bonapartista, partidario de los preceptos revolucionarios, ya no está estructurado como ocurría en el siglo XIX. Por cierto, todo el mundo habla de los «valores de la República» a diestro y siniestro, hasta el punto que esta expresión se ha vaciado de significado.

Todo el mundo, incluso el RN, bajo la dirección de Marine Le Pen, utiliza con abundancia la retórica republicana… Sea como sea, ¿cree usted que es posible, hoy, esta alianza que usted desearía?

Nuestro sistema de votación no permite que un partido gane las elecciones solo, lo siento, pero es así. Espero que la debacle de LR y la situación francesa aceleren lo que es una necesidad: la aparición de un compromiso patriótico entre diferentes corrientes para evitar que Macron siga poniendo en marcha su proyecto progresista.

Supongamos que su punto de vista sea mayoritario entre los votantes de derecha, lo que no es seguro, ya que incluso el ala derecha de LR sigue cantando las virtudes de la unión entre la derecha y el centro.

De nuevo, los elegidos del LR son prisioneros de la estructura de su partido. Caen siempre en la trampa del «cordón sanitario» de François Mitterrand y, lo que es aún peor, ceden al terrorismo intelectual de la izquierda. El día en que la derecha deje de pedir perdón, en que Cohn-Bendit y Yann Barthès ya no le dicten la conducta que debe seguir, tal vez podamos avanzar.

Habrá que ver también si el RN es de verdad un partido de derechas. Sea como sea, antes de reunir a las derechas, se necesita un proyecto susceptible de responder a las aspiraciones de los franceses. Lo que supone conocerlos. ¿Cree de verdad que quieren más comunidad? El movimiento de los "chalecos amarillos" ha sido, más bien, una revolución individualista, centrada en las reivindicaciones estrictamente materiales.

Los "chalecos amarillos" no se han limitado a la revolución fiscal del principio, ni a la cuestión del poder adquisitivo. Han abordado con gran rapidez la cuestión de la democracia en general, con la cristalización legítima alrededor del RIC [Reagrupación por la Iniciativa Ciudadana]. Es la reacción de los invisibles de la República, eliminados del debate político desde hace mucho tiempo porque no se contabilizaba su voto blanco, ya que se marginaba o criminalizaba a los partidos a los que votaban. Han expresado un malestar mucho más estructural que yo interpreto como un cuestionamiento de la democracia liberal en el sentido filosófico del término. Sin formularlo, también se han rebelado contra una forma de desposesión, de confiscación del poder político, ya sea que venga de la Unión europea o de los jueces, con el poder creciente del Consejo constitucional, del Tribunal de Casación y del Consejo de Estado.

Desde Montesquieu, admitimos que el poder debe detener el poder. Estas instituciones deben garantizar, sobre todo, que el gobierno respete la ley. ¿Es esto condenable? ¿Es usted partidaria de la democracia iliberal de Viktor Orbán?

No me haga decir cualquier cosa. Por supuesto que tiene que haber contrapoderes; el problema es que las jurisdicciones se involucran para censurar políticamente al gobierno. Además, es complicado oponerse a la regla de derecho de un pueblo. Porque él diría: ¡vale, cambiemos el derecho!

Volviendo a los "chalecos amarillos", no se les puede culpar de egoísmo, porque los mueve también una gran angustia por el futuro de sus hijos.

No hemos dicho «egoístas», sino «individualistas».

De acuerdo. Esto no impide que actualmente, en Francia, el ascensor social esté prácticamente inmovilizado. Nuestras élites hacen grandes discursos sobre la escuela pública, y luego inscriben a sus hijos en colegios privados, donde están con otros niños blancos y donde no escuchan los delirios de los pedagogos, para prepararlos para ingresar en la Escuela de Altos Estudios Comerciales [École des Hautes Études comerciales] o en la Facultad de Ciencias Políticas…

El movimiento de los "chalecos amarillos" también ha planteado la cuestión candente de la falta de igualdad entre los territorios.

El problema de fondo es que la «enarquía» [de la ENA, Escuela Nacional de Administración, que forma a los altos funcionarios franceses] de los años 2000, obsesionada con la idea de quedar bien en la competencia mundial, decidió centrar los esfuerzos, las inversiones políticas y las estrategias económicas en las grandes metrópolis francesas, desvitalizando grandes zonas del país. El resultado fue que en estas metrópolis los precios estallaron, y los alquileres suponen el 50% del salario de las personas. Y para el resto se crean medidas nimias, zonas francas, zonas de revitalización rural. Pero no funciona: ¿qué empresa se instalaría en una ciudad en la que no hay transporte, ni panadería, ni el más mínimo servicio? En lugar de invertir en el Gran París, el Estado debería ocuparse de las ciudades intermedias: no obsesionarse por la Francia de las 12 metrópolis como Lyon o París, sino desear la Francia de las 100 ó 150 ciudades intermedias como Màcon, Belfort, Draguignan y todas esas ciudades que están en declive, pero que han conservado el suficiente capital económico, cultural y de infraestructuras para ser atractivas. Esto revitalizaría no sólo las periferias de estas ciudades medias, porque las personas podrían vivir cerca de su lugar de trabajo, sino que aumentaría el poder adquisitivo. Este detener la difusión de la Francia vacía debería llevarse a cabo al mismo tiempo que se instaura una protección de las fronteras de nuestra industria y agricultura, el principal mercado laboral en estos territorios.

Aunque el avance electoral de los Verdes (EELV) se ha dado sobre todo en los centros urbanos, ¿esconde esta penetración de la ecología la necesidad de una reorientación profunda de nuestra sociedad?

Es incontestable que la cuestión ecológica está presente en la conciencia de los jóvenes franceses, que han sido criados en la escuela pública, lo que no me molesta. Pero el discurso ecológico que lleva a cabo nuestra élite política impide una adhesión masiva de la población: en resumen, ¡o salvamos a los chalecos amarillos, o al planeta! Medidas como los impuestos sobre el carburante crean la exasperación, porque son decisiones tomadas por personas que utilizan el metro en París y penalizan a quienes utilizan el coche para ir a trabajar en un país que no tiene casi incidencia en las emisiones mundiales de gas de efecto sierra. Pero, sobre todo, el discurso climático ha eliminado el discurso medioambiental. El clima no debería hacernos olvidar a la ecología de la proximidad, más concreta y carnal: productos químicos, alteradores del sistema endocrino, gestión de los deshechos, pesticidas, dispersión urbana… Estos son los temas que se gestionan y se abordan mucho más a nivel nacional y local, mientras nuestros dirigentes ya están en el nivel postnacional, y nos explican que sólo podemos tratar estas cuestiones a nivel europeo e internacional.

Dado que usted es tan negativa sobre la Unión europea, ¿por qué no defiende el Frexit?

Nunca he defendido una salida brusca de la Unión europea. Pero contrariamente a los dirigentes del RN, que piden una reforma sin tener en cuenta las consecuencias, yo sostengo que la UE es un sistema mal pensado, mal concebido, filosóficamente deletéreo e inepto para el funcionamiento porque está basado en una mentira: la supuesta existencia de un pueblo europeo único. Es imposible construir una legitimidad y una soberanía popular, condición de la democracia y de la eficacia política, sobre la base de pueblos tan heterogéneos y con intereses políticos, económicos y geopolíticos tan distintos. Salir de la utopía europea es armarse psicológicamente para defender los intereses franceses en el seno de la misma.

Insistimos: ¿por qué no salir definitivamente?

Francia no ha jugado todas sus cartas en el seno de la Unión europea. Nunca se ha aprobado un texto sin su aval. Incluso el euro fue sostenido en primer lugar por el gobierno francés, aunque nosotros seamos, con Italia, el país que más ha sufrido. Actualmente nuestra voz se ha debilitado mucho en el seno de la Unión europea, porque Emmanuel Macron da lecciones a toda la tierra con dos mil millones de euros de deuda… La primera condición del restablecimiento de la voz de Francia en el concierto europeo sería la de ser lo más ejemplar posible a nivel económico, precisamente porque este sistema político está basado en la economía.

Es bonito, como de Fillon. O incluso como de Macron.

No es muy revolucionario: cuando el general de Gaulle afrontó los asuntos al final la Segunda Guerra Mundial, dio prioridad a la recuperación de la economía pública. «Dadme una buena economía y yo os daré una buena política». Es la condición para ser libre. Si somos libres económicamente, somos creíbles a los ojos de los demás sin ser dependientes de los préstamos que contratamos. El problema es que el euro fuerte es una desventaja económica importante. Sin embargo, la salida del euro nos haría políticamente vulnerables a los ataques de los mercados financieros y causaría la desconfianza de los prestamistas recelosos. Además, la subida de los índices de interés (hoy anormalmente bajos gracias al euro), rebasaría el servicio de la deuda, que está en el primer lugar del gasto… El euro ha hecho caer nuestras exportaciones, pero ha permitido, paradójicamente, un increíble laxismo en el gasto público, que es la causa de que estemos en una situación muy difícil.

En este caso, ¿cómo salir del engaño europeo?

La única solución es volver a equilibrar las relaciones de fuerza obtenidas por una coalición de gobiernos que, juntos, le han echado un pulso a Alemania. Pienso, sobre todo, en los países que son las primeras víctimas de las políticas de la UE y que tienen los medios para reaccionar, sobre todo los contribuyentes netos del presupuesto común, como Italia y Francia. También se podría crear una convergencia con los países del Grupo de Visegrado, que no pueden llevar solos la protesta porque son débiles demográficamente y beneficiarios netos del presupuesto europeo. Es la única vía que permitiría defender los intereses europeos y nacionales al mismo tiempo que se rechaza esta tierra de nadie comercial, este mercado-mundial, este hall de estación migratoria que es la UE, transformando así el euro en arma política ante la hegemonía del dólar.

Volvamos a Francia. Como demuestra Jérôme Fourquet, cohabitan diversas Francias que no se mezclan: las periferias, la Francia periférica, la Francia católica, la Francia de los cascos antiguos de las ciudades… ¿No es una utopía creer que la nación aún puede unirlas?

Nos enfrentamos a un desafío político inédito para el que nadie tiene una respuesta perfecta. Fourquet distingue tres grupos: la Francia inmigrante comunitarizada, la Francia de las metrópolis y la Francia de los chalecos amarillos. Y demuestra que la masificación de las élites cambia el dato: hasta entonces, las élites representaban una pequeñísima parte de la población, cuyo modo de vida, como el servicio militar, las obligaba a mezclarse a diario. Hoy en día existen enteros territorios donde, en diez, veinte, treinta, cuarenta kilómetros a la redonda sólo se frecuentan cuadros superiores como el suyo. Esto crea usos, culturas y aspiraciones paralelas que ya no se alcanzan. Este fenómeno inédito es muy profundo, pero sigo pensando que la nación, la cultura, la historia y una estrategia de poder en la competición mundial pueden ser la respuesta a estos famosos antagonismos sociales y territoriales.

Para Ernst Renán, el rico legado de recuerdos es la garantía de la «voluntad de vivir juntos». En nuestra sociedad multicultural, en la que las tensiones vinculadas a la memoria poscolonial aumentan y en la que los franceses comparten cada vez menos el presente y el futuro, ¿comparten un pasado?

Me siento inquieta, porque creo, fundamentalmente, en la asimilación, pero la máquina de asimilar se ha bloqueado: para asimilar nos tienen que animar y debemos poder asimilarnos a alguien o a algo. Ahora bien, hay territorios donde sólo viven personas de origen extranjero, tengan o no la nacionalidad francesa. Y aunque se tengan que confrontar al pueblo francés histórico y autóctono, sería necesario que dijeran: «Afirmo ser alguien y yo tengo algo que dar». Pero la combinación del número -asimilamos a personas, no a pueblos enteros-, de la amnesia histórica, del arrepentimiento y del rechazo al poder hace que la asimilación sea imposible. Tal vez no podamos resolverlo completamente, pero podríamos ponernos manos a la obra para restablecer el orgullo francés y fijar unas reglas mucho más estrictas de adhesión a la sociedad. La condición previa es, evidentemente, detener al máximo las nuevas llegadas de inmigrantes, porque ya nos cuesta asimilar a los que tenemos.

La democracia es la demografía…

La evolución demográfica es la única cosa que me hace pensar, a veces, que el combate por Francia podría perderse mañana. Mientras la población musulmana no sea mayoría, tenemos margen de maniobra. Quienes pretenden que no es mínimamente posible que Francia sea, un mañana, un país mayoritariamente musulmán o están ciegos o son imbéciles. Todas las estadísticas lo demuestran: el 18% de los que llegan ahora tienen nombres árabes musulmanes. Hace cuarenta años esto no era así. Es la famosa frase de Engels que Zemmour cita continuamente: «A partir de un cierto número, la cantidad se convierte en calidad». Además, constato que, con algunas raras excepciones, los países donde el islam es mayoría son teocracias que aplican la sharia en distintos grados. Si esto llegara a pasar en Francia, ni siquiera nuestros compatriotas musulmanes vinculados a la laicidad, al sistema republicano, a la identidad cristiana de Francia, podrían hacer nada porque habrían sido derrotados.

Para restablecer los equilibrios demográficos, ¿es usted favorable a la remigración?

No tengo una teoría de la remigración. Hay, ante todo, una remigración natural practicada por la mayor parte de los países del mundo, pero no por Francia: se devuelve a los extranjeros que han entrado con un visado de trabajo, pero que están desempleados, a pesar de beneficiarse de ayudas sociales. Seguidamente, están los franceses de origen extranjero. No se trata, evidentemente, de imponerles que se vayan, no es cuestión de distinguir entre los franceses partiendo de criterios raciales o religiosos. Pero al tratarse de reivindicaciones político-religiosas o comunitarias en el espacio público, es necesario imponer reglas suficientemente estrictas para que los individuos molestos con nuestras costumbres tengan ganas de irse. La República tiene que ser firme con las inversiones masivas en proyectos cultuales o culturales procedentes de países como Arabia Saudita, Qatar, Argelia o Turquía. Hay en marcha una ofensiva cultural y religiosa extranjera sobre la comunidad musulmana francesa que contribuye a hacer de la sociedad un conjunto de islas separadas las unas de las otras. ¿Hace falta decir que dos tercios de los imanes son extranjeros?

Este sería un tipo de discurso considerado populista. Más allá de su carga venenosa, la brecha “populistas versus progresistas” que ha definido Macron, ¿ya no es pertinente?

Macron utiliza el término populista como un término negativo e infamante, como hace en otras ocasiones con la expresión «extrema derecha». La palabra no me da ningún miedo, pienso sólo que hay una diferencia de naturaleza entre el progresismo y el populismo, que no es un programa político o una doctrina, sino más bien un estilo, presente tanto en la izquierda como en la derecha. Además, lo que une a los populistas no es tanto las ideas como la denuncia de la oligarquía, el apoyo casi exclusivo en las clases populares, un jefe carismático, una concepción de la democracia que es más directa que representativa. Si no fuera así, ¿qué tendrían en común el Podemos español, el Movimiento 5 Estrellas italiano o el Fidesz de Orbán?

¿Hay que entrar en este terreno para derrotar a Macron?

El progresismo de Macron es una mezcla de fascinación algo infantil sobre el futuro, un desprecio por el pasado y la convicción simplona de que las generaciones futuras son mejores que las que nos han precedido. Yo opondría más bien el conservadurismo, a pesar de que también este término es más bien considerado repulsivo en Francia, caricaturizado a más no poder. Macron mismo es heredero del racionalismo total de la Revolución francesa, que considera que la economía puede idealmente regular las relaciones sociales, de ahí su dificultad en integrar la dimensión religiosa, espiritual o las «fidelidades silenciosas» como la nación. El conservadurismo es lo inverso: una disposición del espíritu que tiende a conservar y defender, con humildad, lo que hemos heredado y que amamos: nuestras costumbres, nuestras tradiciones, nuestro saber hacer, nuestros paisajes, una cierta visión del Hombre, nuestra biodiversidad…

François-Xavier Bellamy encarnaba esto bastante bien. ¿No es su derrota la prueba de que el conservadurismo es más que minoritario?

A pesar de que siento simpatía por el hombre, nunca pensé que obtendría buenos resultados. Bellamy es el chivo expiatorio fácil de la derrota para el LR. Con excepción de algunos círculos, era poco conocido por los franceses, que tal vez no han identificado su especificidad ideológica. Él ha pagado los votos escandalosos del Partido Popular europeo al parlamento europeo, la incoherencia de su lista, el voto útil para Macron, que ha sabido reunir a las fuerzas progresistas mientras que las conservadoras, que yo creo que son mayoritarias en el país, están dislocadas y divididas. Porque de todo mal surge un bien, Macron ha obligado a LR, desengañado, a aclararse las ideas.

Si el partido elige volver al centro, tal como se piensa, su idea queda en nada…

Es lo que harán los que ya han traicionado todo. ¿Qué diferencia hay, hoy en día, entre Juppé, Pécresse, Raffarin y LREM? Es necesaria una profunda aclaración.

¿Macron no está siendo algo populista con su crítica a la ENA y a los grandes cuerpos del Estado?

Sobre esta cuestión en concreto, lo es más que yo, porque yo no apoyo la supresión pura y simple de la ENA. No es absurdo tener una Escuela que forme a los altos funcionarios; lo que hay que saber es cómo se les forma. Lo malo que tiene la ENA viene de la corrección política y el conformismo ideológico, pero también del hecho de que los altos funcionarios puedan hacer política conservado al mismo tiempo su carrera y sin tener que pedir la dimisión del cuerpo del Estado, pudiendo así luego asentarse en las grandes empresas francesas, para lo que no han sido formados, sino por simple amiguismo con el poder. Sin embargo, el mismo lavado de cerebro lo vemos por desgracia en marcha en una gran parte del sistema universitario francés y en las grandes Escuelas. En el futuro, debido al entorno de Macron, ya no tendremos la «Enarquía», sino la «Hecesaría» [de la HEC, Escuela de Altos Estudios Comerciales]: el pequeño barniz cultural que conservaban los licenciados en Ciencias Políticas y en la ENA desaparecerá con el reino de los expertos en marketing y en finanzas. Por lo demás, las escuelas de comercio no están libres de ideología. Es para aportar un soplo de aire fresco a este sofoco intelectual general por lo que he creado el Issep [Instituto de Ciencias sociales, económicas y políticas]. Intentamos paliar las carencias pedagógicas, sobre todo en cultura general. De Gaulle decía que la verdadera escuela que te da don de mando es la cultura general, que permite diferenciar lo esencial de lo accesorio. Hoy en día, tenemos una concepción muy utilitarista de la educación, que forma a expertos sin visión transversal. Las competencias son indispensables, pero la cultura general no es sólo un medio para brillar en sociedad; ella nos permite tener una visión global y, a largo plazo, fundamental para personas que tienen la pretensión de gobernar el país.

Con menos de 30 años usted ya ha tomado distintos caminos; uno de ellos, como diputada. ¿Cree que volverá a la política?

No. A mi edad no tengo ganas de tomar decisiones definitivas, ni en un sentido ni en otro. Y si bien puedo pasar sin la política, no soy indiferente al estado de Francia. Intento servir a mi país de manera muy humilde, a mi pequeño nivel, con el Issep. Por el momento, este proyecto empresarial me llena por completo, y espero que me sobreviva y vaya más allá.

Sin embargo, al escucharla, se llega a la conclusión de que se necesita a un Macron para que se lleve a cabo la alianza de las derechas que usted desea. ¿Se siente hecha para este trabajo? Tras la derrota electoral y la salida de Laurent Wauquiez, hay un electorado que busca nuevos rostros. Hay quien dice que podría ser el suyo…

Como he dicho recientemente, se trata de una carrera de fondo, es absurdo querer saber quién cruzará la línea de llegada cuando el equipo de salida aún no ha sido constituido. Además, si una persona se siente espontáneamente hecha para este trabajo o sueña con ello, en mi opinión o está loca o es terriblemente vanidosa.

¿Qué ha sacado de su experiencia?

Considero que no podemos esperar todo del Estado. Es algo importante en el estado de ánimo de las nuevas generaciones. El buen lado del liberalismo filosófico es la emulación en la sociedad que vemos en la cultura anglosajona, pero también en Tocqueville. Dado que el Estado se ha convertido en el brazo armado de la ideología, tenemos que ofrecer resistencia. Es bueno hacerlo desde arriba, a través de las instituciones, pero también desde abajo, desde dentro de la sociedad civil. La Manif pour tous no ha desembocado en una victoria política, pero ha liberado energías interesantes: dado que hemos perdido en las elecciones, vamos a luchar codo con codo en la sociedad. De ahí la abundancia de iniciativas, como SOS-Chrétiens d’Orient. Con el Issep hacemos política en el sentido noble del término: el servicio a la Ciudad. Traducción para ElDebate.es. ■ Fuente: Causeur