El turismo de masas desarraiga el mundo. Entrevista a Falk Van Gaver, por Thibault Isabel


El turismo se ha convertido, en el transcurso del siglo XX y los inicios del XXI, en un fenómeno social principal en casi todo el globo. A medida que se extiende el sistema consumista mundial, nuevas poblaciones se integran en la industria turística de masas, como sucede con China. Los desafíos ecológicos y sociales de tal moda son considerables.

¿Qué es lo que impulsa a nuestros contemporáneos a viajar? ¿Cómo percibís este fenómeno de turismo de masas?

¿Por qué nos vamos de vacaciones? ¿Para encontrar en otra parte lo que aquí nos falta en nuestra vida cotidiana? ¿Un sentimiento de libertad, de ligereza o incluso de irresponsabilidad? Sin duda, Pero, en consecuencia, ver las vacaciones como una diversión o entretenimiento, tanto en el sentido común como en el pascaliano del término, es correr el riesgo de ver el mundo como una gran galería comercial o un parque de atracciones ‒lo que, en el fondo, viene a ser lo mismo. ¿Y si el turismo fuera, por el contario, el signo paradójico de un deseo de arraigo, de encontrar raíces? Christopher Lasch señaló, después de Simone Weil, que “el desarraigo desarraiga todo, salvo la necesidad de raíces”. Entonces, probablemente, sí, nosotros partimos a otros lugares para encontrar lo que nos falta aquí. Pero, quizás, no sea tanto el desgarramiento de lo cotidiano lo que buscamos como un plus existencial, sino un suplemento anímico y carnal que está ausente de nuestras existencias.

Esto es lo que piensa, al menos, Rodolphe Christin, que es el autor de un Manual antiturístico, y que también publicó hace unos años un magnífico libro titulado La usura del mundo. Este título constituye, en sí mismo, un homenaje irónico a El uso del mundo de Nicolas Bouvier, biblia de la literatura de viajes, que todo el mundo haría bien en llevar el próximo verano como viático y vacuna en su maleta. El turismo es, al mismo tiempo, un fármaco, un remedio y un veneno, un medicamento que emponzoña mientras busca la curación. En su búsqueda compulsiva de ver el mundo, de mejorar su existencia, el turista, por su propio movimiento, deshace y destruye la realidad que él espera alcanzar, como una virgen desflorada. Midas maldito, transforma todo lo que afecta al comercio, al oro o la plata. El turismo sexual, por ejemplo, no es más que la última forma de esta prostitución universal de toda realidad en el mercado turístico ‒ya sea éste justo, equitativo, solidario, sostenible, etc.  

Así que el problema vuelve y cambia. En realidad, incluso Guy Debord demostró cómo la explosión contemporánea de los flujos de poblaciones revela, sobre todo, que nosotros somos ya emigrantes sobre nuestro propio suelo, en nuestros propios países; el turismo de masas, esta migración estacional, muestra que todos somos, el resto del año, turistas sedentarios. La “vida del turista” quizás pudiera ser el nombre evocador de esta dolce vita de pacotilla, “vida líquida” según Zygmunt Bauman, a quien algunos, más prosaicos, llaman una "vida de mierda". La sociedad mercantil, bajo cualquier ángulo desde el que se mire, es diarreica: gran vaciado, gran expansión, gran difusión de sí mismo y en sí mismo. Hoy, intentar saber lo que es uno mismo ya no implica un acto propiamente político como es el de reconstruirse, sino el de apropiarse de un mundo común.

¿Qué vínculo establecéis entre esta necesidad de raíces y lo que podríamos llamar el “sentimiento ecológico del mundo”? Además, el arraigo que nos ancla a la tierra y dota de sentido a nuestras existencias ¿se reduce a un país especialmente circunscrito, a una patria específicamente delimitada? Después de todo, la tierra en la que echamos raíces, pero también la Tierra con mayúscula, el planeta donde habitamos. ¿Cómo hacer coexistir el microcosmos y el macrocosmos?

Mientras que la existencia humana, cada vez más urbanizada e industrializada a escala  planetaria, se aleja cada vez más de su anclaje terrestre, de su enraizamiento en una tierra y un suelo, y mientras que su apego a la naturaleza se hace siempre bajo la forma de la representación mediática o del ocio turístico ‒en resumen, del espectáculo y del consumo‒, nosotros debemos, y mucho más en nuestra condición de humanos, comprendernos como terrícolas e hijos de la tierra: el humano debe retornar al “humus” de donde proviene.

¿Cómo hacer esto? En cualquier caso, se trata de una práctica naturalista y meditativa al alcance de todos: como Thoreau fue el cronista de las metamorfosis de Walden Pond, cada uno de nosotros podría, según su empleo del tiempo, proponerse una cita regular, al menos una semanal, en un rincón de la naturaleza y observar durante varios minutos, con cuidado y minuciosidad esa maravilla. Podría tratarse de un prado, un bosque, un río, o un mar, incluso un simple arroyo.

Durante un año, el biólogo de la evolución David G. Haskell, inmerso en un rincón del bosque, hizo lo mismo, en los límites de su universidad en Tennessee, extrajo unas magníficas crónicas (Un año en la vida de un bosque y Escuchar los árboles y las hojas). Desde este microcosmos forestal, Haskell introduce al lector en el macrocosmos de lo viviente, en constante interacción con lo inerte, sumergiéndonos en el corazón mismo de la naturaleza, de la “physis”, de lo que crece literal y paradójicamente en el fondo de nuestro ser: «Cuanto más aprendemos sobre la vida de la tierra, más pertinentes se nos aparecen los símbolos de nuestra lengua: “raíces”, “arraigo”. Estas palabras reflejan, no sólo una relación material con el medio, sino la reciprocidad con ese medio, la dependencia mutua con otros miembros de la comunidad ecológica y los efectos positivos de las raíces sobre el resto del hábitat. Todas estas relaciones están inscritas en una historia tan antigua que la individualidad comienza a disolverse y el desarraigo deviene imposible».  

A decir verdad, a menudo detectamos una sensibilidad monista y ecologista íntimamente ligada al trabajo de todo naturalista, que conoce la autoorganización característica de lo viviente, fuera de cualquiera trascendencia. La verdadera vida está ahí ‒y no en los viajes a cualquier parte. Fuente: L´inactuelle

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