El liberalismo, un “error antropológico”. Entrevista a Alain de Benoist, por Anne-Laure Debaecker


En un momento en que las democracias “iliberales” encuentran un éxito creciente, Alain de Benoist desmenuza una ideología declinante, pero cada vez más hegemónica.

El problema, cuando se habla de liberalismo, es que entramos en la trampa de las palabras, señala Alain de Benoist. En efecto, con frecuencia se considera al hombre liberal como un espíritu libre, partidario de la tolerancia y opuesto a la burocracia, Sin embargo, no son estas representaciones habituales las que deben ser estudiadas, sino como una doctrina. El periodista, filósofo y ensayista ofrece, entonces, en su última obra “Contra el liberalismo. La sociedad no es un mercado”, un “trabajo de filosofía política que se esfuerza en ir a lo esencial, al corazón de la ideología liberal, a partir de un análisis crítico de sus fundamentos”. Un trabajo de experto que, de forma directa o indirecta, confronta el liberalismo con otros conceptos, como la identidad, o exponiendo sus derivas (la burguesía, el culto al dinero, etc.), demostrando cómo el liberalismo está en el origen de una mundialización que muchos rechazan ahora. Una advertencia erudita.

Usted se posiciona contra el liberalismo, en particular contra sus fundamentos. ¿Piensa que su voz es “un grito en el desierto?

Quizás antes, pero no ahora que el viento sopla en su contra. Numerosos autores, que no dejan de hablar del liberalismo, como Christophe Guilluy, Éric Zemmour, Michel Onfray, Michel Houellebecq, Natacha Polony y muchos otros, son antiliberales. Esto no era así hace quince años. Las aguas están nuevamente a punto de separarse entre conservadores y liberales.

Para comprenderlo, hay que volver sobre la historia: en el siglo XIX, los grandes adversarios de los liberales eran los conservadores. Después, con la aparición del socialismo, los liberales se vieron desplazados progresivamente hacia el centro. Este movimiento se acentuó con el sistema soviético: liberales y conservadores se asociaron entonces para denunciar el comunismo. Cuando éste cae, las fuerzas políticas en presencia se reconfiguran. La elección de Emmanuel Macron, en este sentido, tiene un valor histórico, en mi opinión, con la creación de un gobierno compuesto tanto por liberales de derecha como por liberales de izquierda. Este giro atestigua la gran relatividad de la vieja división izquierda-derecha. En efecto, tanto la derecha como la izquierda han evolucionado. La izquierda se adhiere el principio de la sociedad de mercado, olvidando así los fundamentos del socialismo, lo que le ha conducido a separarse del pueblo. Y la derecha ha entrado en un proceso en el que su posición liberal-conservadora cada vez va a ser más difícil de mantener.

¿De dónde viene esta postura, a la vez conservadora y liberal?

El conservadurismo es una corriente de pensamiento que se opone al progresismo y que ve al hombre como un heredero, inscrito en una historia. Es el partido del arraigo, de la pertenencia, que se interesa más en lo particular que en lo universal. En este sentido, esta doctrina se opone al liberalismo, que concibe al hombre como un individuo que no es social por naturaleza, cuyas elecciones nunca están condicionadas por todo lo que está por encima de él (su herencia, sus pertenencias) y cuyo comportamiento habitual consiste en buscar siempre su mejor interés.

Aquellos que se llaman liberal-conservadores forman una especie un poco extraña, porque no pueden ser conservadores a costa de su liberalismo, ni liberales a expensas de su conservadurismo. Por ejemplo, los conservadores están, en general, por un control de la inmigración, mientras que los liberales ven en ello una limitación de la libertad individual y del principio de libre circulación de personas, capitales y mercancías. En materia de bioética, los conservadores defienden una cierta moral tradicional, mientras que la doxa liberal considera que el individuo deber ser libre de hacer lo que quiera en esta materia, puesto que él es enteramente propietario de sí mismo. Lo que Aristóteles llamaba la “vida buena” no entra en consideración: el Estado liberal debe ser “neutro”. Pierre Manent dice también que el liberalismo es la negación de concebir la existencia humana bajo el ángulo del bien o del fin.

Estos conservadores, que se dicen también liberales, pertenecen, en general, a la clase burguesa, que tiene intereses económicos y financieros que defender. Esta es la razón por la que se muestran favorables al liberalismo económico. No se dan cuenta de que, como bien ha demostrado Jean-Claude Michéa, el liberalismo económico “de derechas” y el liberalismo societal “de izquierdas” proceden de una misma concepción antropológica del hombre, derivada de la filosofía de la Ilustración, la de un “individuo de deseos” que, apoyándose sobre los derechos subjetivos, inherentes a su mera existencia, busca siempre maximizar su beneficio. El teólogo inglés John Milbank estimaba así que el liberalismo es, en primer lugar, un “error antropológico”. Este es, precisamente, el punto de partida de toda mi reflexión sobre el liberalismo, que no tiene por objeto hacer juicios sobre tal o cual medida económica, sino poner de manifiesto los fundamentos de su filosofía política.

¿De qué error se trata?

Para los liberales, la libertad está destinada exclusivamente a consagrar la libertad del individuo. No hay libertad colectiva porque, para ellos, las colectividades no existen en tanto que tales. Son solamente agregados de átomos individuales. El economista liberal Bertrand Lemennicier declaraba recientemente que Francia no existía, que sólo era un “agregado de seres humanos”… De ahí se deduce que, para los liberales, la identidad colectiva no es más que una fantasía, igual que la soberanía nacional o la soberanía popular. Es forzoso reconocer, además, que, paradójicamente, no fue el comunismo, sino que es el capitalismo el que mejor ha realizado el ideal mundialista.

Para legitimar el egoísmo inherente a su concepción del hombre, el liberalismo pretende que, buscando maximizar su mejor interés, todo individuo opera, sin saberlo, contribuyendo a la felicidad de todos. Es lo que explicaba Adam Smith, y antes que él, Bernard Mandeville en su célebre Fábula de las abejas, vicios privados, virtudes públicas. Gracias a la mágica intervención de la “mano invisible”, nuevo avatar de la providencia, sobre un mercado supuestamente autorregulado y autorregulador, podría llegarse a una sociedad humana que funcionase sobre la sola base del contrato jurídico y del intercambio mercantil. Evidentemente, esto es una ilusión. Pero es, sobre todo, la negación de todo lo que los sabios y los filósofos han dicho en el pasado. Reflexionar sobre ello permite comprender por qué la ideología del progreso y la ideología de los derechos humanos han experimentado, estos últimos tiempos, tan gran inflación.

¿Aboga por un “conservardurismo renovado”? ¿Qué es?

No soy reaccionario ni restauracionista, pero creo que puede haber un conservadurismo positivo. La maquinaria capitalista, que se equivoca en reducirlo todo a un sistema económico cuando se trata de un “hecho social total” (Marcel Mauss), funciona por ilimitación: siempre debe haber más intercambios, más beneficios, más mercado. El sistema del capitalismo liberal tiene la necesidad, para aumentar, de destruir todo lo que pueda ser un obstáculo para el mercado: fronteras, diversidad de los pueblos, diferencia entre culturas, objeciones morales, etc. Frente a este sistema que tiende a erradicar todo lo que merece la pena conservar, los conservadores deben, en primer lugar, rehabilitar la noción de límite: más no es forzosamente necesario de mejor.

Deben, a continuación, defender las constantes antropológicas frente al “fetichismo de la mercancía” que caracteriza a una sociedad en la que los valores mercantiles todo lo invaden, donde todo puede ser comprado o vendido, donde nada tiene valor pero todo tiene un precio. Deben, en fin, reapropiarse de su historia y de su pasado, no para convertirlos en un refugio o en un museo, sino para reencontrar las fuentes de inspiración para el futuro. El conservadurismo no defiende el pasado, sino lo que es “eterno”.

¿Podemos considerar que hay un elemento conservador en la revuelta de los “chalecos amarillos”?

Los “chalecos amarillos” no son, ciertamente, intelectuales, sino que, instintivamente, aspiran a lo que es “común”. Uno de los aspectos que encuentro más interesantes en este movimiento único en su género es que todas las semanas, desde hace meses, vuelven a reunirse en las rotondas, hombres y mujeres, que antes ni se conocían, recrean vínculos y reencuentran los efectos benéficos de lo “común”. Así ponen remedio a la destrucción del vínculo social, víctima del aumento del individualismo. La ideología liberal ignora la noción de “bien común”, que reduce, a lo sumo, a una adición de intereses particulares. El bien común no una variedad del bien entre otros muchos. Es el bien común en tanto que constituye un bien que sólo puede disfrutarse en comunidad.

Los “chalecos amarillos” representan al pueblo de las víctimas de esta mundialización liberal que nos habían prometido “feliz” pero sólo lo ha sido para un pequeño número de personas, miembros, la gran mayoría, de una élite desterritorializada, a imagen de la forma capitalista que actualmente prevalece. Para los demás, se ha manifestado como “desgraciada”. La sociedad no tiene ya la forma de una pirámide, como en la época de los Treinta Gloriosos, sino la de un reloj de arena: los beneficios se acumulan en lo alto y la precariedad se incrementa en lo bajo, y entre ambos, las clases medias que están en vía de desclasamiento, si no de desaparición.

¿Qué consideración le merecen las llamadas democracias iliberales?

Responden a la crisis radical de las democracias liberales, que son, todas, democracias parlamentarias y representativas. Pero no se dan cuenta de que ya no representan gran cosa y que la soberanía popular está, con demasiada frecuencia, confiscada por la soberanía parlamentaria, lo que da la razón a Rousseau, según el cual el pueblo, en este sistema, sólo es soberano el día de las elecciones, pero al día siguiente son los representantes los que se han convertido en soberanos, pues son ellos los que tienen el exclusivo poder de decisión.

La democracia iliberal conserva la base de la democracia, es decir, la soberanía popular y las consultas electorales, pero intenta, al mismo tiempo, encontrar formas de democracia participativa y directa a fin de irrigar la política con lo social, permitiendo a la gente decidir por sí misma y en la mayor medida de lo posible en aquellos asuntos que le conciernen. Su aparición es indisociable del auge de los movimientos populistas en detrimento de los viejos partidos institucionales, tradicionales vectores de la caduca división izquierda-derecha.

Los referéndums de iniciativa popular o ciudadana, ¿ilustran esa necesidad de mayor participación?

Efectivamente, pero hay que evitar que la democracia participativa se refugie en simples fórmulas o palabras. Hay que hacerla efectiva. La política implica decidir entre ideas y proyectos diferentes. Esto es lo que, con frecuencia, olvida el liberalismo. En la medida en que el liberalismo se considera neutro respecto a las referencias susceptibles de dar sentido a la vida, se interesa más en los medios que en los fines. Sin embargo, las cuestiones políticas no son cuestiones técnicas, para las que siempre parece existir una única, buena y óptima solución racional. La política no se reduce ni a la “gobernanza” ni a la “gestión” administrativa. Desde el momento en que la política liberal no se preocupa más que de los medios, porque pretende que “no hay otra alternativa”, salimos de la política para caer en la expertocracia. ■ Fuente: Valeurs Actuelles