Antipopulismo y ecologismo son los dos polos del catastrofismo contemporáneo, por Pierre-André Taguieff


Lo que caracteriza al momento presente es la afición por el catastrofismo. El alarmismo está de moda y el apocalipsismo se extiende a toda velocidad en las opiniones de los ciudadanos y de los militantes partidistas.

En el campo político, aligerado de su eje derecha/izquierda y sus referencias tranquilizadoras, dos partidos informales del miedo comparten la gestión y la explotación de las dos pasiones dominantes: el antipopulismo y el ecologismo.

El catastrofismo antipopulista es contemporáneo al alarmismo climático, que se encamina al apocalipsismo. Si en el discurso de las élites el populismo es el nombre del “partido del Mal” que ha reemplazado a la vez al fascismo y al comunismo, sin minorar la real amenaza islamista, el ecologismo es el nombre del nuevo “partido del Bien”, que tiene gran éxito entre la juventud y hace llorar a los progres con sus visiones del fin del mundo.

En unos términos más matizados: al nuevo “partido de lo Peor” con sus contornos difusos (los “populistas”) se opone a partir de ahora el “partido de lo Mejor”, un partido sin fronteras, el partido del ser viviente y de la diversidad, nuevos nombres de lo sagrado. El enemigo absoluto tiene, por tanto, dos caras: la del “populismo”, el destructor astuto de la democracia y el contaminador criminal del planeta que tiende, entre los integristas ecoloanimalistas, a confundirse con la especie humana por entero, intrínsecamente criminalizada. Contra el diablo “populista” se levanta la gran diosa “verde”: el primero tiene a todo el mundo en contra, la segunda parece seducir a todos. Las conversiones a la gnosis ecologista se multiplican, de la extrema izquierda a la extrema derecha pasando por el centro, tradicionalmente oportunista. ¿Cómo resistir ante ese nuevo “saber que salva”? Hay algunas excepciones a la regla, digamos, unos herejes: unos populistas de derecha o de izquierda, orgullosos de serlo, y unos “climáticoescépticos” declarados, seguramente temerarios o provocadores. Pero son tratados como unos sospechosos, irresponsables o ignorantes, delincuentes o malvados. Se les aparta y designa como enemigos del medioambiente, de los animales (animales humanos incluidos) y vegetales.

Afirmada por la ola verde-juvenil, encarnación de la juventud simpática en política, la temática alarmista de la “urgencia climática” se ha convertido en el único fundamento del nuevo imperativo categórico de la moral política. Esa ola unifica a los que “piensan bien” y saben lo que es cierto. El ecologismo salvador y redentor oscila entre el estatus de una seudopolítica y el de una doctrina pospolítica en el escenario del gran espectáculo planetario. En cuanto al antipopulismo, funciona como un sustituto del pensamiento político en la era de lo impolítico, el del triunfo de la comunicación, de las noticias falsas, de las posiciones engañosas y del espíritu conspiracionista. Proporciona a todos los que tienen miedo de perder algo la ilusión reconfortante de estar del lado correcto del Bien y de lo Verdadero.

La seducción del catastrofismo se sostiene en que es irrefutable y fuertemente movilizador, pero también en el hecho de que las políticas que puede inspirar no son nunca penalizadas. Eso garantiza una comodidad intelectual permanente a los iluminados que se alegran esperando el fin del mundo y denunciando a los culpables del crimen supremo, el crimen contra el “clima” y “el ser viviente”.

Los antipopulistas virtuosos, en su lugar, encuentran su felicidad cotidiana acusando a los potenciales asesinos de la democracia o, en Francia, de la República. La nueva unión de la izquierda se forja alrededor del gran relato del hundimiento y la redención ofrecida por los ecologistas, mientras que la unión de la derecha y de la izquierda pulverizadas se hace sobre la base de un programa antipopulista común.

Por un lado, unos piadosos adeptos de una nueva religión de la salvación, y por otro unos soldados ideológicos que defienden como pueden un racimo de partidos asediados. Olvidado el “crimen contra la humanidad”, ya no quedan más que dos grandes crímenes: el crimen contra “la democracia” y el crimen contra “el planeta”. El catastrofismo segrega el maniqueísmo como el hígado segrega la bilis. Encierra a los espíritus en las abstracciones y las fórmulas vacías. Es la venganza irónica de Polemos: las doctrinas de combate han tomado el color del Bien. Queda el pobre horizonte virtuoso de la “convivencia multicultural”, nuestro último opio para todos, es decir el ideal confuso de la coexistencia pacífica y feliz del león y la gacela, del lobo y el cordero, de los humanos y de otros seres vivientes (todos dotados de una “dignidad intrínseca”), al cual se añaden las síntesis fantaseadas del ecologismo y del progresismo, o las uniones sagradas del laicismo y del multiculturalismo en nombre del “respeto”, virtud sintética residual. La búsqueda del bienestar de cada ser vivo como única regla de acción. El ideal burgués proyectado sobre todo lo que vive, pero socializado y estatalizado. Y el Estado de bienestar planetario como horizonte deseable.

Se nos empuja a comprometernos con urgencia en los dos bandos buenos, bajo pena de convertirnos en reencarnaciones del “maldito” de Sartre. Se permite encontrar irrespirable esta atmósfera surgida del activismo frenético de los boy-scouts al servicio del “planeta” y de la “democracia”, y también de aspirar a una pausa, propicia para la reflexión.  Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Le Figaro