Psicología del «conspiracionismo», por Alain de Benoist (II)


Toda la literatura conspiracionista es, además, un discurso de la apariencia. Reposa sobre la idea de que la realidad es otra cosa distinta que la que se deja ver por el común de los mortales. Podemos decir que el discurso conspiracionista es "eminentemente" platónico. Pone en escena "la caverna" donde se encuentran encerrados los ingenuos y apunta el proyector sobre el "mundo de atrás" donde actúan los "directores de orquesta invisibles". 

Este dualismo es indispensable a la teoría. Hay dos mundos: un mundo inmediatamente visible, el mundo de la vida cotidiana, a la vez banal y complicado y está también el mundo entre bastidores, aquel que dirige el primer mundo "tirando de los hilos". El tema esencial ahora está en codificar y la descodificar. Al conspirador, que se emplea en disimular sus intervenciones, responde aquel que desvela la conspiración porque sabe descodificar las manifestaciones. El adepto de la teoría de la conspiración sabe cómo hay que desencriptar. Sabe cómo hay que "leer" la historia de la humanidad, como hay que "traducir" aquello que se observa sobre la superficie, como hay que hacer para detectar la causa escondida detrás del acontecimiento aparente. Los acontecimientos no deben tomarse al principio. Son siempre otra cosa diferente de lo que aparenta ser. Son por lo tanto pruebas, indicios o trazas. Los ingenuos pueden equivocarse, el adepto de la teoría del complot tiene el ojo experto y perspicaz. Es un poco como si el mismo fuera parte de la conspiración. Ciertamente combate la acción de los grandes iniciados, pero él no es menos iniciado que aquellos. Puede presentarse como titular de un saber que amenaza el saber oculto de aquellos contra los que se dirige. Un prodigioso juego de espejos, donde traspasando el carácter propiamente policial de la teoría y donde el problema del origen de este conocimiento de que se enorgullece el "inventor" del complot obviamente nunca se pregunta.

Este tema vale para todos los niveles. Es evidente, en primer lugar, que el conspirador esta constantemente obligado a mentir si quiere alcanzar bien su empresa. Pero es un mentiroso cuya mentira retorna a si mismo: disimulando las maniobras de las que es autor, el mantiene viva la ilusión sobre su propia naturaleza. en efecto, como escribió George Simmel, "la naturaleza profunda de toda mentira, tan concreta como su finalidad, es la de hacer nacer el error sobre el sujeto que miente: porque ello consiste, para el mentiroso, para esconder al otro una representación falsa de la cosa, esto no es lo que agota la naturaleza especifica de la mentira - comparte esto con el error: es más bien primero el hecho que se mantiene en el error sobre el que la persona que miente piensa en su interior". La conspiración avanza por tanto enmascarada. El secreto donde ella se envuelve prueba de lejos la perversidad de sus intenciones. (Simmel: "Si el secreto no está ligado directamente al mal, el mal está ligado directamente al secreto"). Además, la conspiración se inventa sin cesar de "nuevos hábitos". Inaprensible, diabólicamente hábil, no retrocede ante ningún medio, ella es capaz de todas las sugestiones, de todas las manipulaciones, de todas las infiltraciones. Ejemplo de esta "contra iniciación" evocada por ciertos autores tradicionalistas, ella puede mismamente darse el lujo de criticarse ella misma, con el fin de desviar a sus adversarios hacia callejones sin salida. A partir de aquí todo deviene evidentemente posible, podemos afirmar que Los Protocolos de los sabios de Sion son una grosera falsificación inventada por los judíos para desacreditar a los antisemitas que estarán tentados ce creerlo.

La apariencia juega después a nivel de manipulados. La "conspiración invisible" es como el Panóptico de Bentham: una gigantesca agencia de vigilancia de lo social. Pero hay una diferencia, y es de tamaño: es que los agentes sociales, no solamente no se saben vigilados, sino ignoran también que son manipulados. Uno de los temas recurrentes de la literatura conspiracionista es precisamente describir el alborozo que sienten los conspiradores con la idea de que los hombres no son entre sus manos más que simples marionetas. En El judío errante, el jesuita puesto en escena por Eugene Sué declara: "Que poder tenemos! Verdaderamente, estoy embargado por un sentimiento de admiración que casi asusta pensando de que antes de que pertenezcamos. el hombre piensa, quiere, actúa por su cuenta (..) y cuando es nuestro, al cabo de algunos meses, del hombre no queda más que la envoltura: inteligencia, espíritu, razón, conciencia, libre arbitrio, todo es paralizado, desechado, atrofiado por el hábito de una obsesión silenciosa y terrible (…) A estos cuerpos privados de alma, mudos, tristes, fríos, nosotros les insuflamos el espíritu de nuestra orden; inmediatamente los cadáveres marchan, ven, actúan, ejecutan maquinalmente la voluntad, pero ignoran los propósitos, y la mano ejecuta los trabajos más difíciles sin conocer, sin comprender el pensamiento que la dirige". El mismo tema se encuentra casi en cada página de los Protocolos, donde vemos los pretendidos "sabios de Sion" felicitarse de la complaciente ingenuidad de los Goyim y de la docilidad con que ellos ejecutan sus planes.

Tal vez, no sin interés observamos que esta temática no es extraña a determinadas teorías deterministas: el hombre se cree maestro de sí mismo, titular de un libre arbitrio y sujeto de su propia existencia, entonces quien es el sin su conocimiento objeto de una determinación de las que ignora la naturaleza y la fuerza. Sin embargo, aquí no se trata de una predestinación metafísica o biológica. La determinación no está inscrita en la naturaleza del hombre. Ella resulta de una "superestructura" patológica, de un parasitismo que viene a abordar el tejido social. La determinación resulta de hecho una alienación, que convierte al hombre en extraño a si mismo y descalifica la "libertad" de la que se cree propietario. Revelarle el complot del que es la victima inconsciente viene entonces a ponerle en camino de recuperar su propio ser.

El tema de la "falsa apariencia" (o de la apariencia engañosa) interviene todavía más para cualificar la personalidad de los conspiradores, tal y como se la representan los partidarios del conspiracionismo. Los conspiradores son ciertamente externos a aquellos que manipulan, pero actúan en medio de ellos. Son enemigos del género humano, pero estos enemigos viven entre sus víctimas sin que exista modo de identificarlos. A primera vista los acontecimientos no parecen no ser nada distinto de lo que son, los conspiradores no tienen apariencia de conspiradores. Viven entre nosotros, se parecen a todo el mundo. Tienen la habilidad diabólica de darse una apariencia tranquilizante, familiar. Resumiendo, llevan una máscara y del mismo modo que es necesario desencriptar la historia para encontrar la evidencia de sus actos, también es necesario arrancarles la máscara. En otros términos, el conspirador es un Otro, pero es un Otro que imita la apariencia del Mismo. Podemos pensar que esta es la función, precisamente, que explica (o contribuye a explicar) porque las teorías conspiracionistas cristalizan tan a menudo sobre los judíos. Lo que distingue la judeofobia del racismo ordinario es, en efecto, esta fobia que no se apoya sobre una visibilidad inmediata, sino sobre todo sobre una ausencia de visibilidad. Todas las teorías judeófobas afirman que los judíos son "extranjeros" incluso que parecen ser "como todo el mundo". Su alteridad es tan peligrosa que no se manifiesta, solo ojos expertos pueden descubrirlo. Es precisamente la función de "experto" que se atribuyen los adeptos a las teorías conspiracionistas: ellos saben descubrir, ver más allá de las apariencias. Como el judío en las teorías conspiracionistas, el conspirador se define como un "enemigo interior", mucho más temible que no admite como tal, disimula su verdadera identidad, adopta permanentemente la estrategia del caballo de Troya. Vemos entonces como la teoría del chivo expiatorio, la teoría conspiracionista y la judeofobia pueden reforzarse mutuamente.

Contra las teorías conspiracionistas, ya se han presentado muchos argumentos. De hecho, sin entrar en la crítica interna (de los hechos o de los documentos aportados, la sola critica externa permite comprender que estas teorías son desde su principio arruinadas por sus premisas. La idea de un inmenso complot, que se extiende durante decenios e incluso siglos, poniendo en juego intereses contradictorios, suponiendo una cantidad prodigiosa de "manipulados", un número considerable de "manipuladores", escapa a toda evidencia a los datos psicológicos y sociológicos más elementales. Cualquiera sabe que un secreto conocido por más de dos personas no es ya un secreto. Ahora bien, cuanto más se difunde un secreto, más se diluye su carácter secreto y más aumentas los riesgos de "fugas". No hace falta ser discípulo de Adam Ferguson o de Hayek para admitir que la razón histórica no obedece a un modelo de causalidad lineal. La sociología de la acción nos muestra que entre todo proyecto histórico y su realización se interpone siempre un efecto de "heterotelia" (Jules Monnerot: una vez puesta en marcha, la acción lleva, más a menudo, a un resultado bien diferente del resultado esperado. No solo la historia, si ella resulta siempre de la acción de los hombres, no resulta siempre según su voluntad, también lo social funciona de una manera "cibernética": los juegos y estrategias, los comportamientos de los agentes, los procesos históricos y los movimientos sociales interaccionan unos sobre otros de una razón que hace simplemente imposible la intervención de una razón lineal y monocausal de manera tan eficiente que ella será "invisible". En fin, no parece muy razonable imaginar que los conspiradores son a la vez potentes para modelar la historia a su conveniencia y suficientemente estúpidos para revelar negro sobre blanco, como en el caso de los Protocolos o de Monita Secreta su intención de dominar el mundo.

La experiencia sin embargo muestra que tales argumentos quedan a menudo sin efecto. Y aquí nos encontramos otro rasgo característico de las teorías conspiracionistas. Es que estas no pueden ser refutadas. De la manera misma donde pretenden "explicar" todo, estas teorías rechazan de golpe toda contradicción, todo argumento que podamos oponerle, viéndolo, es una prueba manifiesta de la "ingenuidad" de las contradicciones, si una simple maniobra de los conspiradores para prevenir ser desenmascarados. Toda contradicción, todo desmentido se convierte entonces en una prueba suplementaria de la existencia del complot. La denegación, debidamente instrumentalizada, se transforma en confirmación. Las tesis conspiracionistas, en otras palabras, hacen un uso sistemático de la sospecha freudiana: la denegación confirma el sintoma. (Quien afirma con fuerza no estar interesado en las cosas del sexo confirma por lo mismo cuánto está obsesionado por él). La organización, la colectividad o la categoría de las personas acusadas de estar en el centro del complot se encuentran en una situación de doble vinculo de lo más clásico: si ella confiesa es que es culpable; si ella niega, igualmente es que es culpable, y que además busca engañar a su mundo. Con tales condiciones la mejor prueba de buena voluntad que puede hacer el acusado consiste en reconocer que es culpable. Aquí reconocemos el proceso psicológico característico de los procesos de brujería, llevado a la época contemporánea, principalmente por los grandes procesos estalinianos que Artur London describió en La Confesión. Las teorías conspiracionistas no funcionan de otra manera. Si observamos el hecho, por ejemplo, que es poco coherente atribuir a los mismos conspiradores estrategias opuestas, esto se verá respondido bien que el "director de orquesta clandestino" busca hacer distraer la atención suscitando contradicciones ilusorias, o bien simplemente que estas estrategias no son contradictorias más que en apariencia y que tienden en realidad al mismo objetivo. Igualmente, toda sospecha es a priori considerada como culpable, todas las tentativas que hará para demostrar su inocencia tendrán por único efecto agravar las sospechas contra él. En fin, que poner en duda la realidad del complot lleva a agravar las sospechas contra el: a lo mejor, él es un ingenuo, un "tonto útil"; a lo peor, un cómplice activo de la conjura.

La teoría del complot es pues infalsificable en el sentido que Popper da a este término; mejor, no la podemos probar como falsa sin, del mismo modo, parecer probarla como verdadera. Lo comprendemos mejor, desde entonces, que todas las demostraciones permiten constatar que los Protocolos de los sabios de Sion son, en gran parte, un simple plagio del "Dialogo en el infierno" de Maurice Joly, caen de bruces los convencidos que dedujeron, bien que Joly pertenencia el mismo a la conjuración, bien que la voluntad de demostrar su inautenticidad muestra en realidad cuanto su autenticidad es molesta para aquellos que no quieren creer. Los propagandistas de los Protocolos usan por otra parte frecuentemente un argumento remarcable. Este consiste en decir que, igual que si los Protocolos no son auténticos, el solo examen de su contenido prueba a hasta qué punto ellos son "verídicos". La veracidad reemplaza la autenticidad, asistimos así a un razonamiento circular. En un primer tiempo, probamos el "complot judío" por los Protocolos, lo que "prueba" después en valor de los Protocolos por la existencia del "complot judío".

A veces se califica a las teorías conspiracionistas de "paranoicas". Sin aventurarnos mucho en el dominio de la psiquiatría, digamos que la paranoia se caracteriza, entre otras cosas, por la organización lógica de arrebatos o de discursos delirantes. es sobre todo un delirio de interpretación, a menudo acompañado de reacciones típicas de desconfianza, de susceptibilidad excesiva y de agresividad. el paranoico busca siempre probar sus afirmaciones, pero sus "pruebas" no tiene pertinencia respecto a su discurso. Dicho de otro modo, él ve las pruebas allí donde no las hay. Y es en efecto un hecho que encontramos siempre en la literatura conspiracionista.

Esta interpretación "psiquiátrica" parece sin embargo un poco corta. Sin duda debemos tener en cuenta ciertos datos complementarios. Por ejemplo, no podemos sorprendernos del carácter fundamentalmente "cristiano" de un cierto número de temas recurrentes de la teoría del complot. Que ciertas ideas del conspiracionismo retornan a una temática cristiana tampoco es para sorprenderse cuando sabemos que en su origen numerosas de estas teorías aparecen en medios católicos, esencialmente para combatir la influencia de la francmasonería.

Así, la mayor parte de las teorías del complot se fundamentan implícitamente sobre la idea de un orden natural que la conspiración viene a parasitar o perturbar. Se insertan en una perspectiva providencial, explicar porque el Bien es puesto en peligro, porque los designios de la Providencia divina son aparentemente dificultados por las fuerzas del Mal.  Ya pusimos antes el ejemplo de la Revolución de 1789, que fue percibida por muchos como un acontecimiento que contradijo el "orden natural". Desde esta óptica, la Revolución no puede tener causas normales, causas que devuelven al orden de las cosas. Es necesario que esto ese engendrado por el cerebro de algunos diabólicos conspiradores o en los lugares donde ellos se reúnen en secreto (tal es el salón berlinés donde el prelado católico Anselme Tilloy, en El peligro judeomasónico, publicado en 1897 se hace reunir a Mirabeau, Moses Mendelssohn y los iluminados de Baviera ¡en vísperas de la Revolución!) el "jefe de orquesta clandestino" deviene entonces una suerte de falsificador, de espejo negativo de la Providencia. Como ella, es omnisciente, omnipresente, omnipotente. Posee, para hacer el mal, casi tanto poder como la Providencia para hacer el bien.

Hay que remarcar igualmente que la conspiración es, en sí misma, presentada constantemente como una contra-Iglesia. A la manera de la Iglesia Católica, ella posee una organización jerarquizada, piramidal: en su cumbre los "superiores desconocidos", los "masones de altos grados", los "sabios de Sion", etc., ocupan invariablemente el rol adjudicado en el catolicismo al papa y al colegio de los cardenales. (Continuará...)