Guerra civil de clases: análisis de las fuerzas en presencia, por Antonin Campana


Inspirándonos en los análisis de Christophe Guilluy, observamos tres grandes “clases” sociales en los países europeos occidentales:

 — Una clase dominante, autóctona, mayoritariamente burguesa-bohemia, residente en los centros urbanos de las grandes ciudades;

 — una clase popular empobrecida y pauperizada, también autóctona, que habita sobre todo en las zonas rurales y de baja densidad poblacional, instalada en la “periferia”;

 — y entre ambas, una clase alóctona que reside mayoritariamente en los barrios periféricos y suburbios de las grandes ciudades.

Los errores de los que pronostican la guerra civil son el no considerar, en general, la división entre autóctonos y alóctonos y el hacer desaparecer de la ecuación a la clase de los bobos (burgueses-bohemios) urbanos que pueblan el centro de las metrópolis, clase en gran parte autóctona por su origen, pero ampliamente extranjera por la delirante subcultura que le dota de homogeneidad. Desde esta perspectiva, análisis y conclusiones son ampliamente falseados.

Esta clase dominante urbana (profesores universitarios, periodistas, directivos empresariales, altos funcionarios, artistas, jueces, es decir, para abreviar, el electorado fiel a Macron) está, en efecto, completamente desconectada del pueblo autóctono tradicional, encarnado hoy, por ejemplo, por los “chalecos amarillos” franceses. El problema no es social o económico simplemente. Por supuesto, la clase dominante se enriquece gracias a la mundialización y sueña con un mundo todavía más globalizado, mientras la periferia se empobrece y aspira a un retorno de las fronteras más protector. Pero lo esencial está en otro sitio. En efecto, el pueblo autóctono original se escinde en dos grupos que no se comunican, que no se conocen, que no hablan el mismo lenguaje, que no tienen los mismos valores, que se desprecian y que se encuentran en frontal oposición en numerosos dominios.

De hecho, estos dos grupos no contemplan de la misma forma los valores societales fundamentales gracias a los cuales una sociedad adquiere su homogeneidad. La distancia que separa a la clase autóctona urbana de la clase autóctona periférica es, ahora, más antropológica que social, propiamente hablando. En la clase autóctona periférica se considera, por ejemplo, que una pareja está naturalmente constituida por un hombre y una mujer. En la clase urbana se piensa que una pareja es la unión de dos individuos, cualquiera que sea su sexo. En el mundo rural la familia continúa siendo la tradicional. En las metrópolis se hipervaloriza la familia LGTBI, incluso el ménage à trois, que es también la “tendencia”. Se habla de la “reproducción asistida y subrogada” en la periferia, pero es en las metrópolis donde se practica. En la periferia, la homosexualidad es una rareza. En las metrópolis es una banalidad. En la periferia, el inmigrante es un extranjero. En las metrópolis, el inmigrante es un doméstico. En la periferia, todo el mundo es de alguna parte. En las metrópolis, no se es de ninguna. La periferia está contra la inmigración. Las metrópolis son no-border. La periferia ve hombres y mujeres. Las metrópolis sólo ven géneros. La periferia consume carne. Las urbes son muy veganas. Las metrópolis admiran el arte contemporáneo. La periferia vomita sobre él. La periferia distingue los roles sociales masculino y femenino. Las urbes son indiferentes ante la mujer viril y el hombre afeminado, la fake mujer y el fake hombre. El mundo urbano quiere salvar el planeta. El mundo rural quiere salvar su empleo. El país urbano adula a Greta Thunberg. El país periférico se ríe. En las metrópolis, las razas no existen. En la periferia saben que un pastor alemán no es un setter inglés. En las urbes, la nación está anticuada. En la periferia rural la nación es un salvavidas…

Clase autóctona urbana y clase autóctona periférica viven ahora en función de dos centros de gravedad cultural completamente opuestos. Nunca se había llegado hasta este punto en nuestra historia. La causa: por primera vez desde el inicio de los tiempos, una clase de personas compuesta por millones de individuos puede pagarse el lujo de evolucionar en función de una realidad que no existe, sin sufrir ninguna sanción por ello. Dos universos paralelos se forman, uno compuesto de una nebulosa sectaria emancipada de los hechos reales, que reposa completamente sobre la convicción, más o menos implícita, de que la realidad no es más que una construcción mental. Pero existe un espacio en el que no se cree que un hombre pueda realmente devenir en mujer, aunque sea su elección. Que el cincuentón Mickael Jackson era verdaderamente un niño, puesto que así lo decía. Que un nigeriano pueda convertirse en francés o español, en virtud de una simple decisión administrativa. Que la inmigración es verdaderamente una oportunidad. Que no hay hoy más extranjeros que en 1930 o que el “supremacismo blanco” es el único peligro que amenaza la convivencia. Pero existe gente que realmente se cree todo esto y, lo que es más importante, desgraciadamente, es que esta gente constituye la clase dominante.

La clase dominante vive en una realidad-ficción, pero se asegura, no obstante, un dominio sobre lo real. La clase dominante domina las leyes que ella establece para traducir esa realidad-ficción, las decisiones políticas y económicas que adopta, el discurso mediático, etc. La dominación en cuestión es, en efecto, la dominación de la ficción sobre lo real: ahora, a consecuencia de la ley de lo políticamente correcto, los hombres y las mujeres ya no existen, las religiones tampoco, ni las fronteras, ni la cultura nacional… La clase urbana autóctona asegura el reino de la entropía generalizada. 

Desestructura el mundo, lo reenvía al caos, mientras que la clase autóctona popular vive en la periferia de las ciudades, a las que se opone sin armas, arquetipo de una realidad caduca, una contraentropía, al parecer, sin futuro.

Pero existe también una tercera “clase”: la de los extranjeros que pueblan los suburbios y barrios periféricos de las ciudades. ¿Cuáles son las relaciones que esta clase mantiene con las otras dos? Sabemos que la clase extranjera y la clase autóctona periférica se ignoran completamente. Sus intereses divergen totalmente. Además, si bien estas clases se toleran de momento, no se mezclan. Al contrario, la clase extranjera mantiene con la clase autóctona urbana relaciones que, objetivamente, parecen ser mucho más “simbióticas”.

Por un lado, los habitantes de los barrios periféricos constituyen lo esencial de las tareas domésticas y terciarias de la clase urbana dominante. Es en este vivero humano donde la clase dominante busca a las cuidadoras de sus niños, al personal necesario para el mantenimiento de sus propiedades, pero también a los conductores de taxis, los transportistas, los vigilantes, los camareros, los asistentes de los ancianos, el personal de hostelería y restauración, los mensajeros, etc.

Por otro lado, y como contraprestación, la clase dominante asegura a la clase extranjera, por el destino de los fondos impositivos pagados por el país periférico, el abono regular de recursos y diversas ayudas y subvenciones. Además, mediante las leyes, la clase dominante asegura a la clase extranjera su definitiva instalación en territorio nacional y la criminalización de todos aquellos que cuestionan dicha instalación. Añadir que los jueces de la clase dominante hacen prueba de una clemencia muy particular respecto a la escoria y que la economía sumergida o paralela de los suburbios, basada en el tráfico de drogas y de mujeres, nunca es combatida seriamente, lo que permite mantener su statu quo simbiótico.  De hecho, esta “generosidad” forma parte del “ideal” de la clase dominante y no puede ser comprendido más que en el marco de otras ventajas concedidas a los alóctonos.

Así, la clase dominante adopta también un conjunto de medidas favorables a la entrada masiva de inmigrantes en las instituciones y funciones públicas, “teniendo en cuenta la diversidad de la sociedad”, al acceso privilegiado a las viviendas sociales adecuadas a su origen, a la concesión de créditos a bajo interés, a las ayudas por hijos sólo para extranjeros, etc. Ya hemos indicado, en otro lugar, que el Estado se ha “secesionado” del pueblo autóctono y que se mueve en una especie de mecánica apátrida al servicio de los intereses de la clase dominante. Hemos señalado que la Gran Sustitución no sería posible sin su activa concurrencia. La presencia, en el seno del Estado y de sus instituciones, cada vez más numerosa, de alóctonos, indica que no hay vuelta atrás. Definitivamente, el Estado no está de nuestra parte.

El caso más paradigmático es el de la policía y del ejército, activamente comprometidos “por la diversidad étnica y sexual, y contra la discriminación” en el reclutamiento de su personal, donde se opera una masiva etnización y feminización en detrimento del “macho blanco europeo” cuyo dominio, hasta ahora, era una “insoportable anomalía” para la clase dominante. La voluntad reivindicada de “diversificar” étnicamente, de feminizar y de abrir prioritariamente las puertas a los homosexuales y a los transexuales, es la traducción de los delirios ideológicos de la clase urbana dominante (feminismo, genderismo, antirracismo…) pero expresa, sobre todo, un deseo de destituir, en la medida de lo posible, a los autóctonos periféricos o, lo que es lo mismo, al hombre blanco heterosexual, cristiano, tradicional… El Sistema hace cálculos para neutralizar y marginar, cada vez más, a esta clase popular autóctona que es considerada, por la clase dominante, como una clase peligrosa.

Este movimiento de reflujo de los autóctonos del país periférico en beneficio de las minorías étnicas y sexuales, movimiento organizado y conducido por los autóctonos de la clase urbana dominante, se traduce en una guerra conducida por las metrópolis contra las villas periféricas. Una guerra que ésta última está a punto de perder. La clase dominante ha elegido a los extranjeros frente al pueblo autóctono que ha construido el país. Y esto va más allá de los discursos alambicados sobre el islamismo, según los cuales éste no se corresponde con el auténtico islam, más allá del laxismo judicial, de la criminalización de una supuesta islamofobia: se trata de cortejar al extranjero para convertirlo en aliado. De ahí también el rigor judicial hacia los autóctonos, la cristianofobia, la culpabilización del autóctono a través de la falsificación de la historia, la reducción de la cultura europea al racismo y al colonialismo. Se trata de degradar y la historia nos ha enseñado que la degradación siempre precede a la destrucción.

Si aceptamos esta descripción objetiva de una clase dominante que domina, una clase extranjera que se expande y se organiza con la complicidad de la anterior y una clase autóctona alienada por la dominante, entonces hay que concluir que la clase dominante está en guerra contra la clase popular autóctona. Y admitir que en esta guerra a muerte, la clase dominante se sirve de la clase alóctona contra los autóctonos a los que traiciona y sacrifica.

La absurda elección de la clase dominante de servirse de la clase extranjera para debilitar al pueblo autóctono deriva de la realidad-ficción y del universo paralelo del que antes hablábamos: los bobos urbanos creen verdaderamente, por retomar una expresión de Bernard Lugan, que el africano es un europeo pobre con la piel oscura; creen verdaderamente que una mujer es un hombre sin pene ni testículos; creen verdaderamente que el islam es una religión de paz y amor; creen verdaderamente que los sexos son fluidos; creen verdaderamente en el derecho a elegir el género; creen verdaderamente que el macho blanco europeo es un “opresor racista, sexista y homófobo”, que odia la convivencia multicultural; creen verdaderamente que el islam y el mundo africano es compatible con los valores LGTBI; creen verdaderamente que los alóctonos incorporados a la policía y al ejército serán tan fieles como lo son sus mujeres. Por supuesto, cometen un grave error. Su universo paralelo es tan entrópico como antinatural. La negación de lo real no puede durar más que un tiempo limitado. La clase dominante acabará por percibirlo, pero entonces será demasiado tarde para salvarse.

¿Qué forma tomará el retorno a lo real? Más tarde o más temprano, las relaciones de fuerza se invertirán. La clase popular autóctona parece incapaz de reunirse y organizarse. Por el momento, no cuenta. Si no reacciona rápidamente, está condenada, sin duda. Por contra, el aumento del poder de la clase alóctona parece inexorable. Cuando resurja lo real, los acontecimientos se precipitarán. Es probable que los alóctonos se apoderen de las metrópolis y de los principales órganos del poder. Resultará curioso ver cómo los antiguos maestros de la clase autóctona dominante recitan a sus antiguos alóctonos las máximas de Greta Thunberg y explican que la sexuación de los seres humanos es una simple construcción social. La violencia, las violaciones y los acuchillamientos acabarán inmediatamente con estas absurdidades. Este regreso a la realidad olerá a sangre, orina y lágrimas. Por mi parte, no levantaré ni un dedo por esa gente. Ese mundo será su mundo, su creación. ■ Fuente. Echelle de Jacob