El judeocristianismo, ¿asesinó al mundo antiguo?, por Pierre Vial (y II)


El reclutamiento de los primeros cristianos

Evocar la calidad humana de los primeros cristianos y sus motivaciones es plantear el problema del reclutamiento de la Iglesia de los orígenes. Los cristianos sentían la iluminación de la omnipotencia divina. Pero Gibbon, discretamente, pone en paralelo la tranquilidad del alma de los que, habiendo “hecho bien”, tienen “su propia conciencia”, y el carácter atormentado del nuevo converso que se precipita hacia una redención tanto más deseada en cuanto ella le libera de una pesado pasado: "Las personas que en el mundo habían seguido, aunque de manera muy imperfecta, las leyes de la benevolencia y honestidad, se contentaban con la opinión de su propia rectitud; y la satisfacción tranquila que experimentaban les hacía menos susceptibles a esas emociones repentinas de vergüenza, dolor y terror que daban lugar a maravillosas conversaciones. Guiados por el ejemplo de su divino maestro, los misioneros del Evangelio se dirigían a los hombres, y sobre todo a las mujeres, que, cargados con el peso de sus vicios, frecuentemente sentías sus efectos”. Es para enfatizar el carácter patológico que inconscientemente nos muestran algunos apologistas en los cristianos que ellos describen, en los que el “heroísmo” puede interpretarse, en lenguaje médico, en términos de neurosis masoquista. Reclutando sobre todo en lo que bien podríamos llamar el “lumpenproletariado” de la sociedad romana, el cristianismo reclutó con mayor facilidad a los partidarios que pudieron encontrar en la austera “santidad” de sus reglas de vida, una revancha secreta contra los poderosos, los ricos, los burgueses… en suma, los damnificados. Gibbon señala, con cierta malignidad, este fenómeno de transferencia: “Los últimos rangos de la sociedad se adjudican el mérito de despreciar la pompa y los placeres que la fortuna les ha negado. Tal afectación siempre es fácil y agradable. La virtud de los primeros cristianos con frecuencia estaba cubierta por su pobreza y su ignorancia”. Incluso si, progresivamente, el cristianismo se implanta en las esferas superiores de la sociedad romana, sus caracteres mesiánicos, proféticos, apocalípticos siempre les aportaban ‒hace diecinueve siglos como en la actualidad‒ la adhesión de aquellos para los que el fin del mundo, esperado, o incluso acelerado por el terrorismo, era, ante todo, una revancha contra la propia vida: son los débiles y los enfermos a los que les encanta decir que la lucha y la salud son inmorales.

Gibbon fue un iniciador y un guía para todos aquellos que se inclinan por la responsabilidad del cristianismo en el fin del mundo romano. Su obra se inserta en el marco del movimiento de emancipación que empujó, en el siglo XVIII, a numerosos intelectuales a liberarse del conformismo cristiano. Liberación rápidamente cuestionada, puesto que el orden moral instaurado en la Europa de 1815 impidió, durante varias generaciones, el desarrollo de una nueva escuela histórica capaz de continuar, y profundizar, en la obra de Gibbon. El siglo XIX ‒se olvida a menudo‒ pudo ver el vigoroso regreso, tras las sacudidas revolucionarias, de una Iglesia segura de ella misma hasta la arrogancia, multiplicando las misiones en el campo, las predicaciones mundanas y las iniciativas “sociales” en las villas y ciudades, para asegurarse el control intelectual y moral del pueblo cristiano y, sobre todo, de las élites. Mucha valentía y perseverancia tuvo Ernest Renán para romper este corsé y retomar la pista trazada por Gibbon, al objeto de realizar una obra que, incluso hoy, es un ejemplo para los espíritus libres.

Renán, el maestro

Renán estudia la colisión entre la Iglesia primitiva y el mundo romano. Su diagnóstico es severo: “A medida que el Imperio cae, el cristianismo se eleva”. Renán conoce bien las raíces semíticas del cristianismo, como profesor de hebreo, y ve, ante todo, en la introducción del cristianismo en el seno del mundo romano, la confrontación de dos visiones del mundo incompatibles: “La vida antigua, vida exterior y viril, vida de gloria, de heroísmo de civismo, vía de foro, de teatro, de gimnasio, es derrotada por la vía judía, vía antimilitar, oscura, pálida, callada. La política no permite que los hombres estén separados de la tierra. Cuando el hombre decide aspirar solamente al cielo, ya no hay país aquí abajo. No se hace una nación con monjes o yoguis; el odio y el desprecio no preparan para la lucha de la vida”. El carácter internacional y apátrida del cristianismo, que tan frecuentemente es citado en la Antigüedad en las quejas de los paganos, al mismo tiempo que es reivindicado con ostentación por ciertos apologistas está, para Renán, en la base del divorcio, inevitable, entre cristianismo y civismo: “La Iglesia es la patria del cristiano, como la sinagoga es la patria del judío; el cristiano y el judío viven en el país donde se encuentran como si fueran extranjeros (…) El cristiano no se regocija por las victorias del imperio; los desastres públicos le parecen una confirmación de las profecías que condenan al mundo a perecer a manos de los bárbaros y del fuego”. Antimilitarismo, alteración de las estructuras sociales, profetismo apocalíptico: frutos venenosos que nace, sobre el suelo del imperio, de la semilla cristiana. Ciertamente, Renán ve claramente lo que concierne al anuncio del fin de los tiempos: tras las primeras generaciones (las de la “espera”), la comunidad cristiana se adapta a la supervivencia de un mundo en suspensión y, como todas las adaptaciones, ésta entraña compromisos con el entorno ambiental. Pero el espíritu de los orígenes se perpetúa en aquellos que pretenden seguir fieles a la pureza primitiva, una necesidad contra la jerarquía acusada de moderantismo (podíamos decir hoy, de “aburguesamiento”). La espera de un fin del mundo inminente desemboca lógicamente en un rechazo de las reglas de vida consuetudinarias y de los vínculos sociales. ¿Por qué, entonces, se pregunta Renán, se reprocha al “montanismo” herético, encarnar una de las profundas tendencias del cristianismo? ¿Cómo no ver que Tertuliano no hace más que plantear la conclusión lógica de la necesidad de una ruptura de los lazos terrestres, que está en la base de toda escatología?

Un siglo de investigaciones

En Francia, el estudio del cristianismo primitivo ha sido objeto de controversias desde finales del siglo XIX a principios del siglo XX, cuando el fondo de la crisis modernista sacudió duramente el edificio católico y el conflicto entre la Iglesia y el Estado tomó gran amplitud. Paul Allard, en una Historia de las persecuciones, publicada de 1884 a 1890, desarrolló, con la aprobación de la jerarquía, una argumentación que era, más o menos, la de los antiguos apologistas. Enfrente, la crítica histórica dispone ahora de una pléyade de talentos. Autores, cuyos compromisos ideológicos son, por otra parte, muy diversos, se reencuentran para inclinarse, sin concesiones al conformismo católico, sobre la historia de la Iglesia primitiva. Lo que les conduce, inevitablemente, a estudiar sus relaciones con el Estado romano. Todos llegan a la misma conclusión: la mano de los cristianos se encuentra en cada fase de la agonía del mundo antiguo. 

La razón es simple: los cristianos se desinteresaban, no podían sino desinteresarse de lo que podía suceder en el mundo de los hombres, puesto que el único y verdadero mundo era el de Dios, ese reino que va a llegar y que anunció Jesucristo. Aquí está, señala Alfred Loisy, el fondo de las enseñanzas de Jesús: “No es sin motivo que los Evangelios definieran sus enseñanzas con la misma fórmula: “Arrepentiros, porque el reino de Dios está cerca”. Pero esta simple indicación, por otra parte comprensible, es lo que conocemos como más cierto de su doctrina. Podemos considerarlo como cierta, porque es incluso el elemento fundamental de la fe de los primeros sectarios de Jesús, de los que continuaron su obra después de su muerte, proclamándolo Cristo, y porque el trabajo posterior de la tradición cristiana, siempre ligado a este dato inicial, ha consistido en sucesivos retoques y matizaciones del mismo principio, el advenimiento del gran reino. Sabemos, además, que en ella se resumía la esperanza judía y que Jesús estaba llamado, según los suyos, a realizarla”. De ahí, por otra parte, el carácter profundamente subversivo, apátrida y totalitario del cristianismo, que aparece como tal en la propaganda de los primeros cristianos.

De ahí también el lento trabajo de zapa cumplimentado, durante tres siglos, por el cristianismo. Georges Sorel, el brillante teórico del sindicalismo revolucionario, publicó en 1901 La ruina del mundo antiguo. Título revelador: el hombre que ejerció sobre las grandes corrientes ideológicas del siglo XX una influencia incontestable, vio claramente el papel determinante jugado por la ideología cristiana, que “sembró por todas partes los gérmenes del quietismo, de la desesperanza y la muerte”. Lo que llama la atención de Sorel, él que se preocupa de cuestiones económicas y sociales, es que la suerte material de la comunidad de trabajo constituida por todo grupo humano parece la última preocupación de los ideólogos del cristianismo primitivo. San Jerónimo le ofrece un ejemplo: “Él no cree en el futuro del mundo; cree firmemente que el fin está próximo; es para una inminente e inevitable catástrofe para lo que nos prepara; desde ese momento no hay lugar para preocuparse por las reformas económicas: Hay dos causas, según Sorel: “Por un lado, los doctos constataban que era imposible realizar la sociedad cristiana tal y como la habían construido sus dogmáticos; por otro lado, veían que los males de la existencia eran tan grandes que era verdaderamente absurdo buscar prolongar la duración de una sociedad profundamente malvada e incorregible; a partir de entonces era necesario desear el fin del mundo”.

Sorel ve en el "sentido de la historia de los cristianos un legado del judaísmo”. Es un punto de vista compartido por Charles Guignebert, precisando, sin embargo, en qué la noción de reino prometido a los primeros cristianos podía ser ambigua: “Es cierto que los primeros cristianos no estaban mejor iluminados que nosotros sobre la representación que convenía hacerse del reino, puesto que, en lugar de atenerse a una enseñanza precisa, como habrían hecho de haberla recibido, la dejaron al libre campo de su imaginación. Ellos inventaron el milenarismo: los justos convertidos en inmortales o resucitados debían vivir durante mil años sobre la tierra bajo el ojo vigilante de Dios y gobernados por Cristo en la paz y en la abundancia. Esta grosera materialización del reino todavía tenía partidarios en tiempo de San Agustín”. Guignebert, con la autoridad que le dan treinta años de enseñanza de la historia del cristianismo en la Sorbona y la independencia de un espíritu libre, pone de relieve la diversidad, la complejidad de las corrientes de influencia que pudieron existir ‒y oponerse‒ en la primitiva Iglesia. E insiste con fuerza en la total incompatibilidad que se reafirmaba, con el transcurso de las épocas, entre la escala de valores de los cristianos y la de la Ciudad antigua simbolizada por Roma.

El cristianismo se presenta, primeramente, como un separatismo, puesto que legitima la secesión de hecho de las comunidades cristianas en relación con la sociedad romana. A. Bouché-Leclercq, que publica en 1911 La intolerancia religiosa y la política veía claramente la existencia de un principio de ruptura irremediable: “Estas sociedades viven ya bajo la ley de Dios: hacen de las leyes del imperio la criba de lo que ellas pueden aceptar y de lo que ellas deben reprobar”.

La persecución de los justos

Desde la generación de Loisy y Guignebert, los historiadores han escrito mucho sobre el fin del mundo antiguo. Crisis demográfica, política, financiera, económica, social, moral, intelectual, religiosa, incluso climática: cada autor pretende encontrar en una de ellas la causa decisiva de la caída de Roma. Cómo no comprender que, de hecho, esta caída se debió a un conjunto de factores, cuya combinación fue fatal. Si bien parece cada vez menos posible explicar por una sola causa la catástrofe, al menos es necesario constatar que ciertas fuerzas de destrucción jugaron un papel decisivo. Es cristianismo es una de ellas y los historiadores contemporáneos lo reconocen. Así, Marcel Simon muestra claramente que ninguna comunicación real ‒y, por tanto, comprensión‒ podía haber entre cristianos y paganos, cuando escribe sobre los apologistas: “No pudieron convencer a sus interlocutores de que hablaban el mismo lenguaje. Sus recursos a la revelación bíblica y a la profecía, que constituye, más que los argumentos filosóficos, el verdadero fundamento de su fe, era ininteligible para un pagano. Subordinando la ley humana a la ley divina y a los imperativos de su conciencia, ellos demostraban que su lealtad, tan sincera como fuera, no era, sin embargo, incondicional". El mesianismo apocalíptico y la escatología heredadas del judaísmo marcaron con su sello al cristianismo primitivo, de tal forma que los cristianos pudieron aparecer como los “enemigos del género humano” ‒según la expresión utilizada por varios autores paganos. Jacques Moreau, autor más favorable a las tesis católicas, reconoce que, en las Escrituras y en los textos de los Padres de la Iglesia, «la persecución no aparece solamente en una perspectiva humana, sino que es la condición necesaria, sobre el plano sobrenatural, de la salvación del pueblo de Dios y de los hombres piadosos. Esta creencia, de origen judío, encuentra su más bella expresión en el “sermón de la montaña”. Los apóstoles son enviados en misión entre los hombres como ovejas entre los lobos; ellos serán juzgados, golpeados, traicionados, odiados, vagando de ciudad en ciudad, sólo podrán ser salvados si perseveran hasta el final. La persecución de los justos es uno de los signos que, con la aparición de falsos mesías, las guerras, los cataclismos y las hambrunas, anuncian el fin de los tiempos; aparece, en la perspectiva escatológica de los Evangelios, como una ineluctable necesidad; las Actas y las Epístolas celebran con orgullo a las Iglesias cuyas tribulaciones y sufrimientos son dignos del reino de Dios».

La santa insumisión

Los cristianos que se arrojan al verdugo afirman que ellos obedecen una ley que no es de este mundo. Es en esto, precisamente, que ellos son profundamente subversivos. “Afirmando, escribe Michel Meslin, que el cristianismo, prolongación acaba del judaísmo, era primeramente monoteísta, rechazando los cristianos los cuadros de una sociedad religiosa y política fundada sobre estructuras politeístas. Pero, sobre todo, apoyando que la ley divina trascendía a las leyes establecidas por los hombres, con lo que ellos atentaban contra la integridad del Imperio”. Incluso los historiadores que, como André Piganiol, veían en las invasiones germánicas la causa determinante del fin del mundo romano, admiten que la quintacolumna cristiana, exaltando la santa insumisión, apuñaló por la espalda a los últimos defensores del Imperio. La jerarquía eclesiástica podía, en el imperio devenido en cristiano, transigir con los principios cuando parecía que lo esencial no era cuestionado. Ello no impedía que aquellos que pretendían encarnar la conciencia del cristianismo no pudieran olvidar que el orden divino exige la desaparición de esta voluntad de poder que simbolizaban las águilas romanas.

Cuando un historiador contemporáneo decide abrir otra vez el dossier del fin del mundo romano, las piezas que encuentra son abrumadoras contra los cristianos, incluso si el autor afirma no querer tomar partido. Esto es lo que sucede con Santo Mazzarino, que pretendía, publicando El fin del mundo antiguo (1973) interesarse simplemente por “los avatares de un tema historiográfico”. Pero, al final de su estudio, sus constataciones son reveladoras. Es el desprecio y el odio por el Imperio, ya presentes en el Comentario sobre Habacuc, que se expresan en la obra de un Comodiano, escritor cristiano del siglo III, el cual se regocija de las desgracias romanas. Alrededor de 407, en su famoso Comentario sobre Daniel, San Jerónimo justifica el desmantelamiento del Imperio: “Nosotros decimos lo que nos han transmitido los autores de la Iglesia: en el fin del mundo, en el tiempo en que el reino de los romanos deba ser destruido, habrá diez reyes que se repartirán el mundo romano”. El fin de los tiempos se inscribe así tanto en la ideología ortodoxa como en la de las sectas heréticas que ponen en movimiento a las “masas fanatizadas del África donatista, de la Siria nestoriana y del Egipto monofisita”.

Algunos autores han querido minimizar la responsabilidad cristiana afirmando que el “apocalipsismo” de los primeros tiempos no era extensible a todos los cristianos, y que fue desvaneciéndose con el acceso del cristianismo al poder, en el marco del Imperio constantiniano. Es el inmenso mérito del profesor Louis Rougier haber demostrado, en el curso de su obra, que la incompatibilidad entre el cristianismo y el "genio del Occidente”, fruto de la tradición grecorromana, era total. Ya sea en la Antigüedad o en la Edad Media, la ideología cristiana no pudo sino producir sistemas de pensamiento marcados por el dogmatismo. Sólo faltaba que la Iglesia evacuase el mensaje subversivo de sus orígenes para que el cristianismo ‒convertido en catolicismo, es decir, lo contrario de la utopía anarquizante de los Evangelios‒ pudiera aclimatarse al suelo europeo. El profesor Rougier hizo de maestro inspirando una nueva escuela histórica, crítica y positiva, que, resituando la evolución del cristianismo en la historia de las mentalidades, espera desembarazar su estudio de los postulados ideológicos y de las tomas de partido apriorísticas que todavía lo oscurecen y lo obstaculizan. Lo cual está vinculado con una reflexión sobre el futuro de nuestro mundo.

Porque los gérmenes de la muerte que agotaron poco a poco el organismo romano no han desaparecido. Laicizado, el mesianismo judeocristiano ha dado nacimiento a la iglesia marxista, con sus dogmas, sus cismas, sus herejías y su escatología apocalíptica, como bien demostró Raymond Aron. “El abandono del individuo en el gregarismo exaltado sigue siendo una tentación para las almas débiles, que puede conducir, en las filas de los partidos, en las numerosas sectas que florecen en las megalópolis o incluso en el seno de las iglesias, católica o protestante (…), reencuentran para exaltar el rol redentor de las masas del tercer mundo, los acentos de la Epístola de Santiago: pues bien, ahora los ricos lloran, gritan sobre las desgracias que ven llegar. Vuestro oro y vuestro dinero están oxidados, y su óxido testimoniará contra vosotros; él devorará vuestra carne; es un fuego que vosotros habéis atizado en vuestros últimos días”.

Mañana, ¿el Apocalipsis? Este voto secreto de los primeros cristianos es, todavía hoy, la esperanza de todos aquellos que se niegan a mirar el futuro de frente. ■ Fuente: Terre & Peuple