Trump: el futuro pertenece a los patriotas, por Christian Vanneste


“El futuro no pertenece a los mundialistas, el futuro pertenece a los patriotas”, ha dicho el presidente Donald Trump ante las Naciones Unidas.

Es difícil hacerse una opinión definitiva sobre Donald Trump. Los ataques personales de las arpías demócratas representadas por la “biempensancia” mundial llevan a todo espíritu libre a encontrar en el presente norteamericano cualidades que refuerzan el exceso de virulencia en su contra y la ausencia de fundamentos en los constantes procesos instruidos en su contra. Por el contrario, sus continuos virajes sobre numerosos temas, el “va-y-viene” permanente que reina en su equipo y las averías que sufren varias de sus iniciativas, suscitan la impresión de una confusión poco tranquilizadora en la conducta del gobierno presidencial de la primera potencia mundial. Pero su intervención en la asamblea general de las Naciones Unidas aparece como un rayo de luz en un cielo sombrío.

En primer lugar, hay que señalar la paradoja de este político inesperado. He aquí un “millardario”, ciertamente combativo pero no especulador, que no se encuentra en el bando de Warren Buffett y la victoriosa guerra que, según este último, conducen los ricos. Manifiestamente, el gobierno mundial de la oligarquía financiera y de los tecnócratas que la sostienen en todos los niveles del poder, del planetario al local, no es su campo. Él denuncia “una nueva clase política abiertamente desdeñosa y desafiante respecto a la voluntad de los pueblos”.

Más generalmente, él ha puesto el foco sobre el fenómeno capital de nuestra época: la libertad y la democracia están hoy amenazadas “por aquellos que quieren el conformismo y el control”. Era importante que un responsable político de primer plano a nivel mundial designase la empresa que se dibuja en un contubernio de grupos de presión sobre las políticas llevadas a cabo en nuestras democracias: “Incluso en los países libres, observamos signos alarmantes y nuevos desafíos para la libertad. Un pequeño número de “medios” han adquirido un inmenso poder sobre lo que nosotros debemos ver y sobre lo que debemos decir”. Es la acusación del hombre teóricamente más poderoso del mundo a la trilogía infernal del pensamiento único, lo políticamente correcto y el terrorismo intelectual.

El presidente Trump va a ser, por supuesto, acusado de complotismo, pero ¿se puede hablar de complotismo cuando el buen sentido percibe la convergencia de ideas y movimientos que buscan imponerse a la humanidad en el futuro mediante una vía única? La mascarada de Greta Thunberg, orquestada por la ONU, utiliza, más que nunca, el adoctrinamiento de los pueblos bajo la emotividad y la sensibilería juvenil puesta en escena, sin ningún reparo, por las instituciones mundiales, los “medios”, especialmente los poderosos medios sociales, con su censura tan discreta como eficaz, y la amplia red progresista que asocia tanto a los ecolos izquierdistas como a los millonarios libertarianos como George Soros, pasando por los lobbies LGTBI.

“La palabra de un pueblo libre no debe nunca, jamás, ser silenciada”. Esta fórmula es una declaración de guerra por la libertad de expresión y contra la casta mundialista que busca una tecnocracia planetaria en la que los pueblos serán definitivamente excluidos del poder, condenados a sufrir un destino que no han elegido. Debe representar, en nosotros, la resistencia en todos los lugares, en los científicos que osan denunciar los dogmas del cambio climático, en los médicos que manifiestan su rechazo a la extensión de la reproducción asistida. Lejos del aislamiento, esta resistencia se acompaña, en numerosos países, del despertar de las identidades nacionales. “El futuro no pertenece a los mundialistas, el futuro pertenece a los patriotas”. En nuestros países, sometidos al progresismo mundialista, debemos hacer nuestra, sin complejos, esta afirmación del presidente Trump. ■ Fuente: Boulevard Voltaire