La islamofobia: «arma de intimidación» masiva. Los efectos perversos de un discurso victimista, por Franck Crudo


En su último libro “Islamofobia: intoxicación ideológica”, Philippe d’Iribarne descifra el concepto de islamofobia y señala los efectos perversos de este discurso victimista. La islamofobia es, sobre todo, «un arma de intimidación para disuadir de ver la realidad», una manipulación que atenta contra la paz civil e impide ejercer el espíritu crítico. 

«Una nueva palabra ha sido inventada para permitir a los ciegos continuar estando ciegos». Citando a Salman Rushdie desde las primeras líneas de su libro, Philippe d´Iribarne marca el tono general de la obra. Islamofobia, «esta mentira piadosa hace las delicias de los partidarios de una visión conquistadora del islam»

A lo largo del libro, el autor señala el carácter discutible y los efectos perversos de la repetitiva y victimista retórica sobre la cuestión. Metódicamente. Pausadamente. A contracorriente de aquellos que prefieren no ver lo real, generalmente en la izquierda.

«Presentando nuestras sociedades como islamófobas y afirmando que deben adoptarse severas medidas contra esta actitud, los occidentales no sólo se mienten a sí mismos. Mienten, lo que sin duda es más grave, a los musulmanes. Creen que la condena moral de las “discriminaciones”, haciendo culpables a nuestras sociedades, las harán, finalmente, aceptar un orden social islámico, como si Occidente pudiera ignorar que este orden es incompatible con sus valores de igualdad y de libertad». Después añade: «Los musulmanes que escuchan el discurso de la islamofobia mantienen la ilusión de que podrán un día ser tratados como semejantes a la vez que ellos siguen sintiéndose diferentes. Esta mentira tiene graves consecuencias, y más sobre todo en cuanto hace las delicias de los partidarios de una visión conquistadora del islam».

La «islamofobia» no tiene nada que ver con el islam
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El autor apunta a la responsabilidad de los órganos consultivos sobre derechos humanos, que dibujan una sociedad europea llena de prejuicios respecto al islam y acosada por una visceral islamofobia. Se señala en sus informes que una gran mayoría de franceses (86%), por ejemplo, consideran que el Ramadan es difícilmente compatible con la sociedad francesa y que el velo islámico plantea serios problemas para vivir en sociedad (58%). Estas cifras se manejan para mostrar la idea de un país fuertemente corroído por la islamofobia. Pero estas costumbres, rechazadas por una mayoría de franceses, derivan menos de una dimensión religiosa que de un orden social concreto.

Philippe d'Iribarne sostiene que la valoración de la discriminación está menos ligada al color de la piel que a la práctica del islam. Además de ciertas reivindicaciones religiosas, el velo en las mujeres, la negativa de los hombres musulmanes a ser dirigidos por el “sexo débil”, o incluso a estrechar la mano durante una entrevista… Una sumisión de las mujeres que está plenamente justificada en el Corán (un musulmán puede casarse con una no-musulmana, pero no al revés; un hombre puede repudiar a su mujer, pero no al revés; el testimonio de un hombre vale más que el de dos mujeres en un juicio, etc.). No es sorprendente el reciente informe del Instituto Montaigne respecto a la formulación de la siguiente proposición: “una mujer debe obedecer a su marido”; sólo el 5% de los franceses estaba de acuerdo con la misma, frente al 66% de los musulmanes franceses.

La religión de los oprimidos
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El autor desmonta una a uno todos los razonamientos sofísticos del argumentario victimista, omnipresente en el mundo universitario, pero también mediático y político. Así, aquellos que celebran los dichos del Corán para hacer del islam una religión de amor y de paz, olvidan precisar que algunas obligaciones islámicas (por ejemplo, “no matar a un hombre”) sólo conciernen a los musulmanes, no al resto de las religiones. “La única recompensa para los que combaten a Dios y a su Profeta y despliegan el daño por toda la tierra: matarlos, o crucificarlos, o cortarles las manos o los pies en diagonal…”. Menos mal que sólo es en diagonal…

Basado en la vulgata rousseauniana que quiere que el dominante sea forzosamente culpable y el inocente un islam que es la religión de los oprimidos y de los nuevos condenados de la tierra, este tipo de razonamiento difunde una visión hemipléjica de la historia. La de la víctima musulmana en las Cruzadas, en la colonización europea, en resumen, la víctima principal de Occidente. Olvidando de paso que por parte musulmana el trato a los cristianos era recíproco y todavía más feroz: las conquistas árabes, los siglos de dominación en España, la caída de Bizancio, el sitio de Viena, los piratas berberiscos, los europeos (como Cervantes) reducidos al esclavismo…

Los encantamientos sobre la islamofobia son contraproducentes y encierran a millones de individuos en el resentimiento contra nosotros, asegura el autor. “Conduce a los resentidos a imaginar que están rodeados de enemigos por todas partes: los occidentales, frecuentemente calificados como cruzados, y los judíos. Enfrentados a las sociedades de acogida, se les incita a no dejarse engañar por las mismas y a no fusionarse en ellas.  Los más integrados, que respetan las costumbres locales, se sienten culpables con aquellos que viven intensamente su pertenencia al islam”.

Philippe d'Iribarne ve en la amalgama y en la afirmación de que el islam no tiene nada que ver con el islamismo (o viceversa) el engañoso argumento por excelencia, el que pretende negar o minimizar una realidad o una tendencia cuando nos desagrada, “un sofisma que sería inmediatamente denunciado en un campo ideológico menos marcado”. Aquí se piensa en la famosa, perdón, nebulosa, argucia según la cual el islam no tiene el monopolio de la intolerancia, del sexismo, de la homofobia o del antisemitismo…

El autor muestra su escepticismo sobre la ley Pleven sobre la libertad de prensa, que ahora castiga a los culpables de provocación “a la discriminación, al odio o a la violencia respecto a una persona o a un grupo de personas en razón de su origen o de su pertenencia a una etnia, una nación, una raza o una religión determinada”. Pero, como señala el autor, ¿dónde comienza la incitación a la discriminación, al odio o a la violencia?  ¿Cualquier propósito crítica, por anodino que sea, no se convertiría de golpe en algo sancionable penalmente? Hombres inspirados antes por la Ilustración, como Montesquieu (“El gobierno moderado se adapta mejor a la religión cristiana y el gobierno despótico a la mahometana”), o Levi-Strauss (“Frente a la benevolencia universal del budismo, del deseo cristiano de diálogo, la intolerancia musulmana adopta una forma inconsciente en aquellos que se hacen culpables”) serían hoy en día ridiculizados y perseguidos por los pretores de ciertas asociaciones pretendidamente antirracistas.

Hasta ahora todo va mal
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Frente a una religión que tarda demasiado en hacer el examen histórico-crítico que ha hicieron en su día el cristianismo y el judaísmo, Philippe d´Iribarne se plantea abiertamente la cuestión de su compatibilidad con los valores republicanos franceses. Sobre todo, si el islam insiste en su rechazo a la distinción de lo político y lo religioso. ¿Cómo conciliar la visión irénica del islam y la existencia de aspectos oscuros en la mayoría de los países en donde dicta su ley? ¿Cómo justificar el rechazo de la libertad de conciencia y la dificultad para establecer una democracia pluralista en el mundo musulmán? “¿No ha llegado la hora para Occidente de dejar claro a o todos aquellos a quienes acoge, que su veneración por la libertad y la igualdad, que han marcado durante siglos su proyecto de civilización, no es negociable; que los recién llegados no tienen ninguna posibilidad de convertirse en miembros respetables de las sociedades occidentales si continúan ajenos a esta veneración?

Y para concluir, unas líneas: “La forma del islam que, actualmente, va viento en popa, privilegia la imposición de un orden social. Este orden ¿es consustancial al islam? ¿Revela una especie de esencia del islam? Manifiestamente, los islamistas están convencidos de ello. Pero, si esto es así, entonces los resueltos adversarios del islam tienen razón al afirmar que el islam, en su conjunto, en todas sus dimensiones, es incompatible con los valores de Occidente. Cualquier esperanza de ver integrarse pacíficamente al islam sería, desde ese momento, ilusoria”. Fuente: Causeur