Los límites de lo humano: ¿hay humanismo en el transhumanismo?, por Romuald Bidault y Andréa Laine


1. Transhumanismo y humanismo

Muy a menudo olvidamos que, en el término transhumanismo, está la palabra “humanismo”. ¿Cuáles son los vínculos entre humanismo y transhumanismo? Para empezar, hay que recordar que existen varias formas de humanismo, las más célebres son los humanismos del Renacimiento y del Siglo de las Luces. ¿En qué consistían esos humanismos? Se centraban en la idea de un hombre que sería el centro del universo; un hombre que sería la medida de todas las cosas. Ya no se veía al hombre como un ser subordinado a un cosmos (como en el pensamiento griego) o a un Dios omnipotente (como en la Edad Media cristiana); a partir de entonces, el hombre estaba en primer lugar. El Siglo de las Luces se caracteriza también por la emancipación del individuo. No es solo la humanidad en su conjunto la que está en el centro del universo, es más bien el individuo el que es sujeto de derechos inalienables. Una de las ideas importantes del Siglo de las Luces es que el individuo puede ser mejorado, puede y debe ser llevado al máximo en sus capacidades. Y es por la educación y la cultura que semejante mejora del individuo es posible. A través de las facultades intelectuales es como se puede llegar a ello, en oposición al transhumanismo moderno que parece trabajar en prioridad sobre el cuerpo y su perfeccionamiento (aunque el transhumanismo se propone también aumentar nuestras facultades cognitivas).

El humanismo clásico parece tener una fe total en el hombre. Pero ¿en qué se basa esta fe? Se podría decir que se basa en tres pilares: la razón, la ciencia y el conocimiento. En tanto que ser racional es como el hombre podrá mejorar sus condiciones de vida y, más concretamente, es a través de la acumulación de conocimientos y el progreso de las ciencias como se hará esta mejora. El humanismo clásico se basa en la idea moderna de progreso. Durante mucho tiempo, los hombres han vivido con la idea de que el mundo, los hombres y las sociedades eran inmutables. Pero en el Siglo de las Luces tomamos conciencia de la importancia de la historia. Con el tiempo, las cosas pueden mejorar, un cierto progreso es posible. Y se podría decir, en cierto sentido, que el progreso se ha convertido en la religión de la modernidad. El progreso parecía posible en todos los ámbitos y en todas las direcciones: progreso económico, progreso social y político, progreso moral, progreso científico,... Así, parece que el transhumanismo sería el último eslabón de esta religión del progreso.

Después de las utopías sociales del siglo XX, hacía falta una nueva ideología que justificara el progreso, y el transhumanismo parece ser esta ideología. La idea de un posible mejoramiento del hombre no es, pues, una invención del transhumanismo. Ya estaba presente en el humanismo clásico de las Luces. Esta idea tuvo también un gran éxito en las utopías del siglo XX, a través de la figura del hombre nuevo o del hombre superior, que encontramos tanto en el nazismo como en la utopía comunista de la URSS. Y parece que sería esta idea del amejoramiento del hombre la que haga del transhumanismo un humanismo en el primer sentido del término. Así como en el humanismo de las Luces, el transhumanismo se basa en la ciencia y el conocimiento. Mediante el aumento de nuestros conocimientos y el progreso de las ciencias es como el hombre podrá mejorarse y aumentarse.

En la ideología transhumanista, el hombre está en el centro del universo, debe ser aumentado y mejorado para convertirse en una especie de Dios. ¿En qué sentido? El transhumanismo parece ser un antropocentrismo e, incluso, más que eso, una religión del hombre y de su ciencia (lo que no hubiera disgustado a Augusto Compte). El transhumanismo sería, entonces, la liberación final del hombre, liberación de todo lo que siempre le ha oprimido, sobre todo la naturaleza y la evolución biológica que parece ser incontrolable. El transhumanismo conseguiría así el sueño de Descartes, considerando al hombre como dueño y poseedor de la naturaleza. Pero, simultáneamente, el transhumanismo parece negar al hombre, incluso consiguiendo casi hacerle desaparecer. ¿Por qué? Porque ya no es el hombre el que es central, lo son más bien la ciencia, la técnica y la máquina las que ocupan el primer lugar. El hombre será reemplazado por un posthumano. La inteligencia humana misma estará pronto en quiebra frente a la inteligencia artificial que será muy superior a ella. La vida misma no tendrá pronto necesidad de un soporte biológico, los cuerpos vivientes puede que sean pronto totalmente reemplazados por máquinas y ordenadores. Parece haber una paradoja en el corazón mismo del transhumanismo: el hombre es visto como la medida de todas las cosas, es el dueño de su destino y del universo; pero, simultáneamente, el hombre se convierte en secundario, está subordinado a la técnica. Así, no se sabe ya muy bien si el transhumanismo es un humanismo o si es lo que podríamos llamar un “tecnocentrismo”. Lo cual nos lleva a la pregunta siguiente: ¿Está la técnica al servicio del hombre, o es el hombre el que está al servicio de la técnica, que se desarrollaría como una entidad autónoma? Puede ser que entremos en una era de la muerte del hombre (retomando la célebre expresión de Michel Foucault). Ha habido una era del Cosmos, una era de Dios, una era del hombre (que está llegando a su fin) y habrá pronto una era del posthumano y de la máquina. Queriendo escapar del determinismo de la naturaleza gracias a la técnica, el hombre ha caído en otro determinismo, el de la técnica. Así, más que liberarnos, puede ser que hayamos pasado, en realidad, de una alienación a otra.

Podemos legítimamente dudar del hecho de que el transhumanismo sea un humanismo, en el sentido en que parece una superación del hombre más que una culminación del ser humano. El transhumanismo parece, en realidad, proceder de una fe en el hombre y, simultáneamente, de una falta de fe en el ser humano. En efecto, por un lado, está la idea de que el hombre puede tener en su mano su destino y su evolución y, por otro lado, parece estar la idea de que el hombre debe ser acogido por algo que le supera, es decir, la máquina y la inteligencia artificial. La fe en el hombre es una herencia del humanismo de las Luces pero la pérdida de fe en la humanidad que le acompaña se debe, sin duda, a la historia sangrienta del siglo XX. Después de los acontecimientos trágicos de este siglo, se ha producido un cuestionamiento de la razón de las Luces y se ha parado de creer en que el hombre podía salvarse a sí mismo. El hombre aparecía como un ser irresponsable y, si ya no se podía creer en Dios, se podía desde entonces creer en la máquina. ¿No hemos reemplazado, simplemente, una fe por otra? ¿No hemos pasado de una teodicea a una “tecnodicea”, después de un breve periodo durante el cual el hombre ha creído poder salvarse a sí mismo?

Hay otra razón que podría llevarnos a cuestionar la idea de que el transhumanismo sería un humanismo. Es el hecho de que el humanismo (en todo caso, el humanismo clásico del Renacimiento y de las Luces) se apoya en la noción de naturaleza humana. Hay una naturaleza humana universal, naturaleza a la que están adheridos unos derechos inalienables. El humanismo clásico proponía cumplir y realizar esta naturaleza humana, es decir, revelarla y llevarla al máximo de sus capacidades. Pero el transhumanismo parece querer superar la naturaleza humana. No se propone cumplir lo que ya estaría latente en el hombre, quiere superar las capacidades humanas normales. En realidad, la ideología transhumanista parece olvidar la idea de naturaleza humana. El hombre es visto como una materia prima totalmente maleable, ya no hay nada que sea sagrado o inalienable en el hombre, todo puede ser transformado como queramos. Esto es particularmente visible en el caso de las manipulaciones genéticas, donde se juega a ser aprendices de brujo, y donde la ética tiene dificultades para hacerse escuchar. La cuestión sería, entonces, saber si un humanismo es posible sin referirse a una naturaleza humana. Y eso es algo que Jean-Paul Sartre había intentado pensar a través de su existencialismo. En efecto, para el filósofo francés, ausencia de naturaleza humana y humanismo no son contradictorios, al contrario, como el hombre no tiene una naturaleza predefinida es por lo que puede ser libre y por lo que tiene un valor. Pero Sartre no tenía conocimiento de las técnicas modernas y de la ideología del hombre aumentado. Es por ello que, en el contexto del transhumanismo, la cuestión de saber si podemos pensar un humanismo sin naturaleza humana está abierta todavía.

El transhumanismo vuelve a traer al día de hoy la antigua cuestión filosófica que consiste en preguntarse qué es lo que define al hombre propiamente (“¿Qué es el hombre?” era una de las cuatro grandes cuestiones de la filosofía según Kant). ¿Qué es lo que hace que seamos seres humanos? ¿Es nuestra biología y nuestro cuerpo, el hecho de que seamos homo-sapiens? ¿O es más bien nuestra conciencia, nuestra individualidad y nuestra libertad? Segunda cuestión, ¿está nuestra humanidad amenazada por la técnica? Si modificamos nuestro ADN o nuestras facultades cognitivas, ¿no nos arriesgamos a perder nuestra humanidad? Última cuestión, el transhumanismo ¿nos encamina hacia un hombre aumentado y mejorado (pero que seguiría siendo un hombre) o más bien va a conducirnos a una superación del hombre y a la aparición de una nueva especie posthumana? En otros términos, el transhumanismo ¿es un humanismo que mejora al hombre o, más bien, es literalmente un transhumanismo, algo que trasciende y supera al hombre? A esta pregunta, no se puede ofrecer una respuesta única ya que hay desacuerdos entre los mismos transhumanistas (de hecho, es abusivo hablar de transhumanismo en singular; hay en realidad una pluralidad de transhumanismos). En realidad, encontraríamos transhumanistas que están apegados al hombre tal y como es, y que simplemente querrían perfeccionar su cuerpo. En el extremo opuesto, otros transhumanistas quieren simplemente olvidarse del cuerpo (asumiendo, por ejemplo, la posibilidad de descargar su conciencia en un ordenador).

Apuntemos, finalmente, que lo que parece distinguir al humanismo de las Luces del transhumanismo es la forma en la que entienden actuar sobre el hombre para transformarlo. El humanismo de las Luces busca actuar sobre el hombre desde el exterior, a través de las instituciones, la cultura y la educación. Sin embargo, el transhumanismo quiere modificar al hombre desde el interior, trabaja sobre su sustancia misma, intentando modificar su cuerpo y su cerebro.

2. La ideología y los fines del transhumanismo

Un gran número de sectores resultan de interés para el transhumanismo, ya sea el ámbito de la medicina y la industria farmacéutica, el ejército (con la idea del soldado aumentado), la industria del entretenimiento y la telecomunicación, o incluso la NASA (para adaptar al hombre a las necesidades de la conquista del espacio). Pero ¿cuáles son los verdaderos objetivos del transhumanismo? Mejorar al hombre y sus capacidades físicas y cognitivas, reducir el sufrimiento, vencer las enfermedades, retrasar el envejecimiento y, por qué no, suprimir la muerte. Estos son los fines conocidos del transhumanismo. Pero, ¿no podríamos ser más precisos intentando mostrar cuáles son los desafíos y objetivos económicos, sociales, políticos (e incluso religiosos) del transhumanismo?

La ideología transhumanista del hombre aumentado nació en Estados Unidos en los años 60. El transhumanismo es, pues, un invento del liberalismo económico. Todavía hoy, Silicon Valley y sus grandes empresas son las que están en la vanguardia del transhumanismo. Es innegable que uno de los fines es el lucro, la productividad y el crecimiento económico ilimitado.

En realidad, no se puede desconectar la ideología transhumanista de un cierto productivismo. En origen, el hombre aumentado fue concebido como un trabajador más productivo. Más precisamente, debido a que las máquinas habían aumentado considerablemente la producción humana, el hombre tenía que aumentar sus capacidades si quería ser competitivo frente a la máquina. El transhumanismo es, entonces, un producto del capitalismo. Pero no está solo vinculado a las ideas de trabajo y producción, también al consumo. El hombre aumentado será aquel que produzca más, pero será también aquel que consuma más. En realidad, el transhumanismo está ligado a lo que podríamos llamar el hedonismo moderno. Según esta ideología, el objetivo de la vida es cumplir todos los deseos y acumular los placeres. Y es a eso a lo que parece tender el transhumanismo: la realización de todos nuestros deseos sean los que sean, sin que haya ninguna medida ni límite. Nos encontramos en la fase que los griegos llamaban la desmesura. Y hay ahí un punto que podría permitirnos distinguir de nuevo el transhumanismo del humanismo clásico de las Luces. En efecto, los filósofos de la Ilustración pensaban una oposición entre la razón y las pasiones, y el objetivo del hombre era vivir según su razón dominando sus pasiones. El deseo debía ser, pues, dominado y limitado, como es conforme a la naturaleza humana, que es una naturaleza racional. Pero la ideología transhumanista parece ir en el sentido opuesto de semejante concepción, va en el sentido del deseo irrefrenable más que del deseo medido. Así, ahí donde los filósofos de las Luces querían construir una civilización de la razón, el transhumanismo avanza en el sentido de una civilización del deseo y, en ello, podemos ver cuál es el vínculo con el capitalismo y con la ideología consumista.

Aunque sea una ideología productivista y consumista, el transhumanismo parece tener en cuenta a la ecología, promete importantes ahorros en energía, y el desarrollo de técnicas que serán menos contaminantes (impresoras 3D, gestión óptima de la producción agrícola a través de sensores colocados en los cultivos…). Pero podemos preguntarnos legítimamente si no hay una fe excesiva en la técnica y en nuestras capacidades humanas. La técnica es responsable de la crisis ecológica que vivimos en la actualidad. Pero ¿de verdad arreglaremos el problema con más técnica todavía? ¿Se puede curar el mal mediante el mal? Por ejemplo, si miramos los medios de comunicación a distancia, vemos que el paso de las letras a los correos electrónicos ha permitido reducir el consumo de papel. Pero el correo electrónico consume también, puesto que uno de ellos con un archivo adjunto consume alrededor de veinte kg de carbón. Así, vemos que las técnicas que se supone son más económicas, consumen también energía procedente de materias primas. Sea como sea, los transhumanistas piensan que se puede conciliar el crecimiento económico ilimitado y la ecología, que no habría en ello ninguna contradicción.

La ideología transhumanista no se para en una finalidad económica, tiene también un objetivo político. Si el transhumanismo está vinculado al liberalismo económico, lo está también al liberalismo político, e incluso a las ideas libertarias. La idea está en que el individuo es totalmente libre y que debe tener un derecho absoluto a autodeterminarse. El individuo es, en cierta forma, un individuo rey, y nada ni nadie puede decirle lo que tiene que hacer, ni siquiera el Estado que es visto muchas veces como una limitación. Desde ese punto de vista, se podría decir que el transhumanismo va en el sentido de la emancipación del individuo del siglo de las Luces, e incluso que la lleva al paroxismo. Mediante la técnica y el aumento de sus capacidades, todos los individuos tendrán la posibilidad de ser autónomos y de autodeterminarse. El transhumanismo es un individualismo, en el sentido en el que apunta ante todo al bienestar individual, y no directamente a la transformación de la especie o de la sociedad. Pero ¿qué pasará entonces con la sociedad? La ideología transhumanista, a fuerza de centrarse en el individuo, ¿no se olvida de la sociedad en su conjunto? ¿No hay ningún proyecto de reforma social? En cierto sentido, sí. El transhumanismo pregona un acercamiento de los individuos y las culturas, mediante el aumento de los intercambios, de la información y la comunicación. Se ve eso, por ejemplo, con Internet, que se piensa que es la herramienta que permite acercar a los individuos y que, por eso, sería un vector de paz. De manera utópica, se podría incluso imaginar que el aumento de los intercambios y de la comunicación podría permitir, por fin, una paz mundial.

El transhumanismo promete mucho, entonces, incluso en el ámbito de la política. Pero ¿qué hay de ello en realidad? ¿No hay peligros a evitar? En primer lugar, el aumento de las técnicas y de la información podría llevar a una alienación del individuo más que a su liberación. Podríamos muy bien imaginar unas sociedades totalitarias en las que la técnica permita tener un control total sobre el pueblo. Hace años que las distopías de la ciencia-ficción intentan imaginar sociedades semejantes. Además, el transhumanismo podría llevar a una uniformización de los individuos. Más que permitir a cada uno afirmar su personalidad y originalidad, podemos muy bien pensar que el desarrollo de la técnica conducirá a una sociedad hecha de individuos todos idénticos unos a otros, individuos fabricados en cadena como lo son los productos manufacturados en nuestras fábricas. Finalmente, anotemos que, más que traernos la paz, el transhumanismo podría muy bien traernos conflictos sociales y guerras. Primero, está el riesgo de la aparición de fuertes desigualdades entre aquellos que estarán aumentados por la técnica y los que no lo estarán, o entre los que tendrán los medios para acceder a ciertas tecnologías (muy costosas, claro) y los que no los tendrán. Podemos imaginar muy bien una nueva forma de lucha de clases, que tendría lugar no entre los que tienen o no tienen los medios de producción, sino entre los que tienen los medios de ser aumentados por la técnica y los que se quedarán en un estado humano normal. Habrá sin duda una acentuación de las desigualdades y nuevas formas de dominación. Esta idea de desigualdades acentuadas por las tecnologías fue evocada en el comienzo del documental de Philippe Borrel titulado Un monde sans humain (Un mundo sin humanos).

Finalmente, podríamos muy bien imaginar guerras terribles debidas a los progresos técnicos: guerra entre la raza humana y el posthumano o, incluso, guerra entre las inteligencias artificiales y los hombres. Sin llegar hasta hablar de guerras, hay que tener en cuenta el hecho de que los problemas de cohabitación entre inteligencias artificiales y humanos van a plantearse, y que las relaciones sociales van a ser totalmente alteradas, lo que obligará a la sociología a elaborar nuevos marcos.

Los fines últimos del transhumanismo parecen ser religiosos y escatológicos. El transhumanismo es, en cierta manera, una nueva religión. Por lo menos, se apropia de la mayor parte de las promesas religiosas clásicas, reemplazando los milagros divinos por los milagros técnicos. Encontramos en el transhumanismo, en efecto, la mayor parte de las esperanzas clásicas de las religiones, como la idea de un final del sufrimiento y de una victoria sobre la  muerte. Los transhumanistas mismos no dudan, a menudo, en emplear una terminología religiosa (como, por ejemplo, el filósofo británico David Pearse, que habla de una ingeniería del paraíso). Encontramos también en ciertos transhumanistas gran número de ideas que están asociadas tradicionalmente a la metafísica más que a la ciencia, como por ejemplo la idea de un alma que podría existir independientemente del cuerpo (encontramos esto, por ejemplo, en la idea de una posible descarga de la conciencia en el ordenador, lo que implicaría que podríamos continuar nuestra existencia sin nuestro cuerpo).

En el otro extremo, podríamos tener la impresión de que las ideas transhumanistas son una simple laicización de las ideas religiosas. Lo vemos en el físico americano Frank Tipler quien, en su libro Physique de l´immortalité, desarrolla toda una escatología, que nos enseña hasta qué extremos pueden llegar las ideas transhumanistas. Para este físico, el hombre aumentado (ayudado por la inteligencia artificial) tendrá, en el futuro, la posibilidad de conquistar el conjunto del cosmos. En los próximos millones de años, la vida podrá entonces controlar el conjunto del universo y sus leyes. Siempre según este físico, al término de un cierto tiempo de evolución, los posthumanos que habrán colonizado todas las galaxias podrán transformar el universo en un superordenador, ordenador que Frank Tipler identifica explícitamente con Dios. Finalmente, para cerrar esta escatología, Tipler imagina que ese superordenador podrá simular, en una especie de realidad virtual, el conjunto de los hombres que han existido en el universo. Así, al final de los tiempos, todos los muertos serán resucitados por el superordenador, y vivirán para la eternidad en un paraíso digital. Si nos hemos detenido en el pensamiento de este físico es para mostrar hasta dónde pueden llegar los sueños y las esperanzas de los adeptos al transhumanismo, y para subrayar bien el aspecto religioso que está en el centro de esta ideología.

3. Los medios del transhumanismo: la convergencia

¿Sobre qué trabajan verdaderamente los transhumanistas? ¿Qué tratan de modificar y transformar? Para comprenderlo, hay que detenerse brevemente sobre la visión del mundo asociada al transhumanismo. Visión que es, de alguna manera, su ontología. Para empezar, el transhumanismo supera ciertas dualidades que nos vienen espontáneamente a la mente. He aquí las tres principales oposiciones que el transhumanismo busca superar.

  1. Oposición entre el hombre y la máquina: El transhumanismo supera esta oposición ya que piensa que una fusión entre el hombre y la máquina es posible. Esto se ve, por ejemplo, con la idea del “cyborg” (cybernetic organism), un ser medio humano, medio máquina. Señalemos que el cyborg ya está llegando, lo vemos particularmente con el desarrollo de las prótesis, pero también con los marcapasos, que reflejan ya, de hecho, un acoplamiento hombre/máquina. Sin embargo, se plantea una cuestión. ¿Hasta qué momento podemos hablar de ser humano? ¿Cuál es el límite? ¿Hay que limitarse al cuerpo? Un ser que no tuviera ya cuerpo biológico pero que tuviera una conciencia… ¿sería un ser humano?

  1. Oposición entre lo orgánico y lo inorgánico. El transhumanismo supera también esta oposición ya que imagina una fusión entre lo vivo y lo no-vivo. Esto se ve en la idea de un posible acoplamiento entre el hombre y el ordenador (y, más precisamente, entre neuronas y procesadores), lo que da una idea de ordenador biológico. En un sentido más amplio, la idea de inteligencia artificial borra la frontera entre el ser vivo y el no-vivo, ya que una máquina inteligente sería un ser viviente que no tiene un soporte biológico.

  1. Oposición entre lo natural y lo artificial. La ideología transhumanista supera esta oposición ya que piensa que lo natural y lo tecnológico son indisociables. Algunos transhumanistas llegan incluso a pensar que no hay ruptura entre la naturaleza y la técnica, y que la técnica es un producto de la naturaleza que permite acompañar, prolongar y acelerar el trabajo de la naturaleza. Desde este punto de vista, podríamos pensar entonces al posthumano en la continuidad de la evolución natural del ser vivo. La evolución de las especies (en el sentido darwiniano) dirige al hombre, y después el hombre toma en su mano esta evolución, y da nacimiento al post-humano. Pero este post-humano no supone una ruptura con el orden de la naturaleza y de la evolución, al contrario, es la cumbre de la evolución del ser vivo.

En realidad, en la ideología transhumanista, es toda la concepción del hombre la que cambia. El cuerpo humano mismo es visto como una máquina, y el cerebro como un ordenador. El mundo en su conjunto es imaginado también con los marcos y el vocabulario de la técnica. Por ejemplo, en su obra Informatique céleste, el filósofo francés Mark Alizart dice que el universo mismo es como un inmenso ordenador o un inmenso programa informático, ya que no todo es información. Así, para comprender cómo funciona el mundo, habría que comprender cómo funciona la informática.

La visión del mundo que está ligada al transhumanismo es una visión de lo infinitamente pequeño. Es, pues, una visión que viene de abajo y que descompone los sistemas complejos en sus partículas elementales. Y es sobre esas piezas elementales que se va a intentar actuar para aumentar nuestros poderes y para transformar la condición humana. ¿Cuáles son esos pequeños elementos primeros sobre los que trabajan los adeptos al transhumanismo? Se trata del bit, el átomo, la neurona y el gen (que se puede resumir con la sigla siguiente: el BANG). Y hay una convergencia entre los trabajos que tratan sobre esos diferentes elementos básicos. Hablamos, de hecho, de la convergencia de las NBIC, es decir, las nanotecnologías, la biología, la informática y las ciencias cognitivas. Y es en la convergencia entre todas esas disciplinas donde reside la esperanza de un hombre aumentado y de un poder ilimitado sobre la naturaleza. Veamos brevemente cuáles son los diferentes trabajos en cada uno de los ámbitos de la convergencia:

  1. Nanotecnologías y átomo. Desde la invención del microscopio de efecto túnel, los avances en la manipulación de la materia elemental no han parado. Lo que se busca es recombinar la materia para fabricar nuevas moléculas. La mecánica cuántica abre también numerosas perspectivas como, por ejemplo, la posibilidad de ordenadores cuánticos que utilizarían la superposición de estados cuánticos. Así, vemos en qué se materializa la convergencia entre la física de las partículas y la informática. Las nanotecnologías podrían permitir solucionar los problemas ecológicos, por ejemplo, suprimiríamos los desechos recombinando la materia y produciríamos sintéticamente materias primas y energía. También está el proyecto de construir unas nanomáquinas que podrían realizar ciertas funciones de nuestro organismo, y que podrían curar algunas enfermedades (por qué no el cáncer). Subrayemos finalmente que el transhumanismo no busca transformar al hombre, busca también modificar el mundo exterior. La ciencia no busca ya solamente conocer la naturaleza y sus leyes, busca transformarla.

  1. Biotecnologías y genes. En el ámbito de la biología, aparece la idea de transformar y enriquecer el código genético. Se trabaja también con la célula, intentando modificarla y mejorarla. De esos trabajos es de donde vienen los OGM y, en el futuro, puede que se modifique el genoma humano. Se practica también la biología de síntesis que consiste en crear artificialmente nuevas formas de vida (ya se ha creado un nuevo virus en laboratorio). Es seguramente este ámbito el que ofrece más problemas éticos ya que se toca la estructura de lo que hace de nosotros unos seres humanos. ¿Hasta dónde podemos llegar con las manipulaciones genéticas? ¿No hay riesgos de eugenismo o de creación artificial de especies peligrosas o monstruosas?

  1. Informática y bits. En el ámbito de la informática, se busca crear ordenadores cada vez más potentes. Pero llegaremos pronto al máximo de las capacidades de nuestros ordenadores actuales, que están hechos con silicio. Si queremos llegar más lejos, vamos a tener que encontrar nuevos soportes para almacenar la información. Podríamos, por ejemplo, guardarla en partículas elementales como los fotones, o podríamos fabricar ordenadores biológicos, utilizando directamente el cerebro humano como un ordenador (esa es la idea de la bio-computación). Vemos aquí la convergencia entre informática, biología, nanotecnologías, ciencias cognitivas y física de lo infinitamente pequeño. Los trabajos en informática tienen también el objetivo de extender ese conocimiento al conjunto de nuestra vida y nuestra experiencia. Se ve en la idea de la informática ubicuitaria, según la cual cada objeto construido por el hombre estaría conectado a una red, y así recibiría y transmitiría la información. La informática estaría entonces por todas partes, podría incluso extenderse al resto de seres vivos (con los chips en nuestros cuerpos, sensores en las plantas…). Todos los seres, vivos o no, intercambiarían información. Frente a esta informática ubicuitaria, el internet mundial que conocemos parece poca cosa. 

Observamos que el progreso de la informática y la cantidad de informaciones intercambiadas no ha cesado nunca de aumentar. Antes, la NASA tenía ordenadores con la potencia de lo que tienen ahora nuestros teléfonos. La próxima etapa será la 5G prevista para 2020, con una velocidad mil veces superior a lo que conocemos hoy. Por el momento, solo los ordenadores y ciertos objetos similares (como los móviles) están conectados a la red informática pero, en el futuro, podría ser que todo esté directamente conectado a una red, nosotros incluidos, lo cual plantea muchas cuestiones en cuanto a los peligros que representaría una sociedad del control total. El objetivo de los transhumanistas es el de conectar el cuerpo humano, por ejemplo, con chips que controlarán los órganos del cuerpo. Esto puede tener muchos aspectos positivos ya que permitirá luchar contra numerosos problemas de salud. Sin embargo, aparece una dificultad, la de la libertad frente a los datos recogidos sobre el individuo. Ya solo con las tecnologías actuales nuestra vida privada está amenazada, puesto que todos nuestros datos son grabados y tratados. Incluso puede suceder que nuestros datos sean pirateados (por ejemplo, los datos bancarios). Esto puede tener efectos devastadores ya que toda la vida privada de una persona puede ser desvelada y utilizada contra ella. A pesar de estos peligros, vemos que esta recogida de informaciones individuales y privadas está lejos de haber terminado.

  1. Ciencias cognitivas y neuronas. El transhumanismo no busca solo mejorar nuestras capacidades físicas. Al contrario, uno de los principales desafíos es el cerebro y las facultades cognitivas. Con las ciencias cognitivas, buscamos conocer mejor el cerebro ya que una buena parte de su funcionamiento todavía se nos escapa. Nos gustaría también poder actuar sobre el cerebro y modificarlo, con el objetivo de multiplicar nuestras facultades intelectuales (memoria, inteligencia, rapidez de pensamiento…) o para transformar nuestras emociones y nuestras pasiones (supresión del sufrimiento, del mal moral y de la violencia…). El cerebro mismo es visto como una máquina que trata información, es decir, como un ordenador, lo que permite comprender el vínculo tan fuerte que hay entre informática y ciencias cognitivas.

Observemos que todas estas investigaciones están financiadas por el sector privado (con empresas que, muchas veces, hacen lobbying), pero también por inversiones colosales de los Estados. Además de una convergencia entre ciencia y técnica hay también una convergencia entre el mercado, los Estados y las esferas científicas. Podemos, entonces, preguntarnos legítimamente si los promotores del transhumanismo (por lo menos, aquellos que lo financian) tienen a la vista el bienestar humano, o si su objetivo no es más que el lucro únicamente (ya que la transformación del ser humano y el ser vivo se han convertido en mercados muy rentables).

Conclusión

El transhumanismo parece ser la nueva religión del mundo moderno o, por lo menos, la nueva ideología que viene a reemplazar las utopías del siglo XX, que han fracasado todas. Pero debemos plantearnos la pregunta siguiente: ¿a dónde lleva el transhumanismo? Si esta ideología no fuera más que una filosofía más, fruto de algunos espíritus iluminados y aislados, no habría problema. Pero, al contrario, el transhumanismo es algo muy concreto, en el cual se invierte mucho dinero. No podemos permitirnos el ignorarlo o tratarlo a la ligera. El post-humano va a llegar, eso es inevitable.

Como hemos visto, el transhumanismo presenta varios peligros. Para resumirlos todos en una frase, se podría decir que el hombre juega a aprendiz de brujo y avanza a ciegas. Intentamos modificar y transformarlo todo sin saber verdaderamente lo que hacemos y a dónde vamos. Los medios pasan antes que los fines y, muy a menudo, las cuestiones éticas, morales y existenciales quedan en segundo plano. Con el transhumanismo, el hombre parece querer sustituir a Dios (o, por lo menos, terminar la creación divina ya que podemos encontrar precursores cristianos del transhumanismo como, por ejemplo, el padre Pierre Teilhard de Chardin). El hombre quiere ser, no ya un Dios creador que crea un mundo de la nada, sino una especie de demiurgo que reorganiza el mundo. Para los transhumanistas, la naturaleza y el hombre son imperfectos, son una especie de caos. Nos corresponde perfeccionarlos y ponerlos en orden. Debemos suprimir nuestra debilidad, finitud, imperfección, nuestros límites físicos y mentales, e incluso nuestra mortalidad. Pero haciendo todo eso, ¿no nos arriesgamos a perder nuestra humanidad? ¿No es nuestra finitud y nuestra imperfección lo que hacen de nosotros unos seres humanos? ¿No es el transhumanismo un sueño orgulloso de omnipotencia? ¿No es el último sobresalto de un mundo nihilista, que no encuentra ya sentido a la vida y que no sabe lo que tiene que hacer?

Pero, en el otro extremo, se podría decir que el miedo al transhumanismo es algo reaccionario que se asemeja a una tecnofobia. ¿Y si los adeptos al transhumanismo tuvieran razón? ¿Y si nuestra finalidad fuera tomar las riendas de nuestra evolución, la evolución del ser vivo, y el destino del universo? Para los transhumanistas, el hombre está todavía en su estado primitivo, debe evolucionar. Darwin nos lo enseñó: la vida se define mediante la evolución. El universo mismo evoluciona sin cesar hacia estados cada vez más complejos. Hay un aumento de conciencia en el universo (de la materia inanimada al animal, del animal al ser humano). ¿No debemos llevar más lejos esta evolución, añadiendo más complejidad, más técnica, mas dominio de la naturaleza y más conciencia e inteligencia? Se puede pensar incluso en la inteligencia artificial como una inteligencia superior. Nos podríamos preguntar en nombre de qué tendríamos que estancarnos e impedir progresar y caminar hacia adelante.

No emitiremos aquí ningún juicio axiológico sobre el transhumanismo. Todo lo que podemos decir es que el posthumano llega. Estamos al comienzo de uno de los más grandes cambios de la historia de la humanidad (la famosa singularidad de Ray Kurzweil). Puede ser incluso que hayamos llegado al final de la historia y que vamos a entrar en una posthistoria. Esta última no será ya la historia del hombre sino la historia del posthumano, de la técnica y la inteligencia artificial. El hombre tal y como lo conocemos está a punto de desaparecer. ■ Fuente: Hipotheses.org