El antisionismo no es (forzosamente) un antisemitismo, por Aurélien Marq


Francia podría adoptar una definición del antisemitismo que incluya el antisionismo. Una amalgama potencialmente peligrosa.

El presidente francés Emmanuel Macron ha anunciado que desea que Francia adopte una definición del antisemitismo* que integre también el antisionismo. Reacción tristemente inadaptada a un problema cuya actualidad nos ha recordado su extrema gravedad, lo que nos lleva a preguntarnos si se trata de una simple torpeza, o de un cínico cálculo para huir de las necesarias respuestas que deben plantearse más allá de las meras palabras, medidas que desagradarían al electorado islamófilo que la formación política La República En Marcha quiere preservar. También nos gustaría saber qué piensa el presidente francés de las salidas de tono de su amigo Yassine Belattar sobre Alain Finkielkraut...

Antisionismo y antisemitismo son dos cosas distintas

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Sí, el antisionismo es, frecuentemente, una máscara del antisemitismo. Quizás, incluso es lo más generalizado. En este punto, Macron tiene razón y no hay que despreciar sus declaraciones. Antisionismo y antisemitismo son, sin embargo, dos cosas diferentes, y es muy peligroso asociarlas hasta el punto de arriesgarnos a confundirlas. Asimilar el pueblo de Israel al Estado de Israel abre la puerta a la idea según la cual este Estado sería el país de los judíos, sólo este y ningún otro. Esta idea es intolerable. Los judíos que viven en otros países son ciudadanos de esos países.  

Soy favorable a la sostenibilidad del Estado de Israel, tanto por razones morales como estratégicas. Sin embargo, no niego que las condiciones de la creación de este Estado plantear auténticas cuestiones éticas. Podemos imaginar que cualquiera considera ilegítima la existencia actual del Estado de Israel, sin por ello tener la menor hostilidad hacia el judaísmo ni hacia los judíos en general.  

El sufrimiento milenario del pueblo judío, exiliado y perseguido, no borra el sufrimiento de los palestinos. Pero la desaparición del Estado de Israel, jurídica o cultural, bajo el peso de una inmigración no-judía masiva, no haría más que provocar sufrimientos más terribles todavía. Cuando incluso se juzgara injusta la recreación moderna de este Estado, ello no sería compensado con una nueva injusticia que desposeyera a los judíos israelíes de lo que han conseguido en su tierra después de tres generaciones.

Además, la profunda legitimidad de un Estado no sólo está vinculada a las condiciones de su nacimiento o a las normas jurídicas, sino también, y quizás sobre todo, a la forma en que garantiza o no los derechos fundamentales de sus ciudadanos y la dignidad de sus habitantes. Por lo tanto, recordemos que Israel garantiza los derechos de los no-judíos que viven en su territorio, incluyendo los de los musulmanes, mucho mejor que cualquier otro Estado de la región. Un israelí musulmán dispone de una libertad civil y religiosa de la que no podría disfrutar en ninguno de los otros países musulmanes, en particular aquellos que no pertenezcan a la rama localmente dominante del islam. Como escribe Pascal Bruckner, “hoy, el Estado de Israel es la única zona de paz, de prosperidad y de respeto de las libertades en un Oriente Medio próximo al caos”.

El sionismo es un pragmatismo
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Esto tiene consecuencias morales, pero también estratégicas y puramente pragmáticas. Seamos claros: la eventual desaparición de Israel daría alas a los islamistas, que lo verían como una victoria. Podríamos creer que esto sería el fin de la crispación mundial y, por tanto, un factor de apaciguamiento. No es el caso: como todos los totalitarismos, el islam literalista y teocrático quiere el poder absoluto, sin compartirlo y sin límites, ya sean políticos, éticos o geográficos. A sus ojos, todo lo que aspira a obtener no es un simple compromiso de equilibrio, sino una etapa en un proyecto hegemónico, una prueba de su poder y un estímulo para exigir siempre más.

No sé si yo hubiera sido sionista hace setenta años pero, hoy, por todas las razones que rodean al islam, puedo considerarme como tal, Sin embargo, me opongo firmemente a la idea de criminalizar el antisionismo por asimilación al antisemitismo. Por un lado, porque toda limitación jurídica de la libertad de expresión es un paso hacia una terrible dirección, por todas las razones que soy ahora. Sin embargo, me opongo firmemente a la idea de criminalizar el antisionismo equiparándolo al antisemitismo. Por un lado, porque cualquier restricción legal de la libertad de expresión es un paso en una dirección terrible, incluso cuando debe hacerse con extrema prudencia y no como un golpe de efecto mediático, como es el caso, donde lo esencial no se manifiesta realmente. Por otro, porque tal aproximación induce a una confusión entre las dos nociones, lo cual es muy peligroso incluso para los judíos.  

Confusiones peligrosas
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Confusión peligrosa porque tiende a confundir el problema de las raíces del antisemitismo, o de los antisemitismos. Aunque hoy se alimentan fácilmente del antisionismo, en el que buscan una extraña forma de aceptabilidad, no encuentran su causa en ello. El antisemitismo de derecha está presente desde, al menos, el siglo XIX, siendo anterior a la creación del Estado de Israel. Y qué decir del antisemitismo cristiano, del que afortunadamente la Iglesia se ha apartado, pero que fue muy real durante las persecuciones medievales. Sin olvidar, evidentemente, el antisemitismo islámico (y no sólo islamista), inscrito desde hace siglos en algunos pasajes del Corán y en las enseñanzas de los “hadiz”. Otra razón suplementaria para contradecir el islam y enfrentarlo a la crítica, reafirmando que no puede existir un islam humanista sin tomar una clara distancia en relación con sus textos, sin una reevaluación completa de la sacralidad de estos textos… Igual que la Iglesia hace algunas décadas, el islam debe repensar su relación con el judaísmo en el plano teológico, lo que pasa por una distancia crítica. Sin esto, toda condena musulmana del antisemitismo seguirá siendo vana y hueca, si no hipócrita.

Confusión peligrosa porque minimiza la gravedad moral del antisemitismo. En el plano ético, ¿cómo puede asimilarse la hostilidad a un Estado, sea o no un aliado, y la hostilidad a un pueblo, a las personas de carne y hueso? Ciertamente, en este caso, ambas van parejas. Querer la desaparición de un Estado puede o no ser reprobable, siempre que no se traduzca en actos o gestos de guerra, pero en ningún caso puede justificar el horror que produce el odio a unos niños simplemente en función de su ascendencia. Bien, pues esto es, precisamente, el antisemitismo. No profeso ninguna simpatía por la Campaña internacional de Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel (BDS), la cual es instrumentalizada profusamente por los islamistas. Pero tampoco puede poner en el mismo plano las ideas de muchos de sus simpatizantes con la justificación ideológica de las paroxísticas abominaciones que abogan por el exterminio físico de los hijos de Israel.

Confusión peligrosa, en fin, porque nos lleva a confundir el Estado de Israel con el pueblo de Israel. Negar que ambos están conectados sería absurdo, e igualmente peligroso, pero la distinción es importante. Los judíos no han dejado de ser judíos durante su éxodo. Milagro o misterio, ellos incluso han dado nacimiento a una evolución más espiritual del judaísmo, habiendo transcurrido por siglos de persecuciones sin responder nunca con la hostilidad o con el odio (excepto de algunos extremistas, que también los hay): la firmeza actual de Israel no deriva del odio, sino de la supervivencia como pueblo. Esta actitud debería ser un claro mensaje para los pueblos europeos. Sin duda, todo judío se siente como en casa en Israel. Igual que todo filósofo lo está en Atenas. Distinguir el Estado de Israel del pueblo de Israel me permite afirmar con firmeza que, incluso fuera de Israel, los hijos de Israel pueden vivir legítima y plenamente en su tierra. Tierra donde, seguramente, vivieron sus antepasados o donde ellos descansan eternamente, tierra que defendieron con su sangre y, sobre todo, tierra cuyos valores de civilización comparten totalmente y a los que han hecho grandes aportaciones.

Si cualquier imbécil puede gritarle a Alain Finkielkraut que se vaya a Israel, con todos los respetos, pero también con todas las consecuencias que debe acarrear ese grito, aunque disguste a los islamoizquierdistas y otros extremistas de todo pelaje, Finkielkraut está en su país, en cada una de sus calles, y tiene bien merecido el lugar que ocupa entre nosotros. ■ Fuente: Causeur

(*) Aunque etimológicamente el término “antisemitismo” hace referencia al sentimiento de hostilidad a todos los pueblos semitas (árabes incluidos), se ha generalizado para designar exclusivamente los prejuicios contra los judíos, por lo que serían más adecuados los de “antijudaísmo” o “judeofobia”.