Al-Ándalus, la invención de un mito, por Camille Galic


Ciertamente, el libro Al-Ándalus, la invención de un mito, de Serafín Fanjul, es enorme, de apariencia austera, a veces un poco pesado por la considerable utilización de notas, pero su autor, historiador, islamólogo y arabista, miembro de la Real Academia, es uno de los académicos más respetados en España. ¿Cómo explicar, entonces, si no es por la tiranía de lo “políticamente correcto”, que su libro tuviera que esperar diecisiete años para ser publicado, por ejemplo, en Francia, por un pequeño editor? El libro, sin embargo, no era desconocido al otro lado de los Pirineos, porque Arnaud Imatz ‒que prologa la edición francesa‒ ya había tenido una larga entrevista con Serafín Fanjul en la Nouvelle Revue d’histoire, entonces dirigida por Dominique Venner.

Al-Ándalus, justificación de la convivencia multicultural

Pero he aquí que, para justificar el actual dogma de la convivencia multicultural con los que van llegando, no con la cimitarra en la mano, sino con las maletas, es absolutamente necesario preservar el mito de un idílico Al-Ándalus poliétnico y multirreligioso, exaltado en muchos coloquios universitarios. Sin embargo, la “realidad histórica de la España de las tres culturas” ‒cristiana, judía y musulmana‒ que, apoyado sobre documentos de la época y muchos años de trabajo en profundidad sobre el tema, presenta Serafín Fanjul, está muy alejada de este Edén de mestizaje racial y cultural.

Por un lado, los cristianos que rechazaron la conversión al islam no fueron tratados en pie de igualdad por los invasores musulmanes, sino que, en el mejor de los casos, fueron sometidos a gravosos impuestos e intimidados, o peor, perseguidos y masacrados.

Por otro lado, aquellos invasores que finalmente se dejaron tentar por las culturas indígenas y se hispanizaron, fueron sistemáticamente suplantados, destronados e incluso masacrados por las tribus más rigoristas que cruzaban el estrecho de Gibraltar para terminar con esas degeneraciones que suponían para ellos, por ejemplo, la música o la poesía profana. Así sucedió con los almorávides, vencidos por los almohades fanáticos, estos también derrotados por los meriníed (o benimerines).

¿Qué aportaron los "árabes"?

En fin, si los “árabes” (de hecho, esencialmente, bereberes arabizados) dejaron tesoros en el sur de España, esos suntuosos palacios y mezquitas, mayormente construidos por españoles o por esclavos europeos, se edificaron en zonas con una sólida tradición arquitectónica romana y visigoda, una constante que puede encontrarse en toda el área de expansión mahometana, donde el supuesto “arte islámico”, tan célebre, prosperó sobre el terreno griego, Egipto, persa o bizantino. El famoso Sinan, arquitecto del siglo XVI de las más famosas mezquitas de Turquía, no era sino un grecoarmenio de la Capadocia, reclutado forzosamente, como otros jóvenes cristianos, y convertido al islam e integrados en el ejército turco, que Solimán el Magnífico, sorprendido por sus dones, le envió, se creemos a su biógrafo André Clot, a estudiar arquitectura a Viena. Los mismo sucedió con el arte hipocrático, pues Fanjul demuestra que la famosa escuela médica de al-Ándalus debía menos a los hechiceros del Alto Atlas que a los galenos griegos, conocidos supuestamente en la Edad Media a través de las traducciones árabes.

Porque, antes de Sylvain Gougenheim, que escandalizó a la biempensancia con su Aristóteles en Mont Saint-Michel. Las raíces griegas de la Europa cristiana (2008), y Guy Rachet, autor de Las raíces de nuestra Europa ¿son cristianas y musulmanas (2011), Serafín Fanjul ya cuestionaba las complacientes teorías sobre el rol primordial que podían haber jugado los árabes en la transmisión de la literatura y el pensamiento científico de la Grecia clásica. Rol desempeñado, en realidad, por los monjes de los monasterios.

Un nuevo mito: la libertad de los cristianos de Oriente

Esto demuestra lo necesario que es leer su libro en un momento en que se nos pide que nos maravillemos con exposiciones como la de Los cristianos de Oriente, organizada por el Instituto del Mundo Árabe, presidida por el antiguo ministro socialista francés Jack Lang, gran divulgador de “mitos”. Porque exhibiendo obras maestras (en efecto, muy remarcables y que merecen ser visitadas) del arte cristiano en tierras del islam, se nos recuerda otra vez el mito de al-Ándalus: ¡en el Próximo y Medio Oriente, los Evangelios cohabitaban armoniosamente con el Corán bajo la benévola mirada de los soberanos musulmanes! ¡Pasen y vean cómo los cristianos, incluidos los monjes, eran libres, y cómo podían, con total impunidad, glorificar a Jesús y a la Virgen! Era suficiente con que aceptasen su estatuto de “dhimmi”: un sistema que, contrariamente a los que creen los espíritus vulgares como el nuestro, era ‒nos cuentan‒ protector y no coercitivo ni segregacionista.

¿Exposición o abducción preparatoria de la Gran Sustitución? Contra esta rampante lobotomización hay un antídoto: Al-Ándalus, la invención de un mito ‒un mito que, para nuestra gran vergüenza, debe mucho, según Serafín Fanjul, a Théophile Gautier, Prosper Mérimée y otros escritores franceses del siglo XIX. Ciegos ante la austera belleza, sin duda demasiado “europea”, de Segovia o Burgos, pero locos por el exotismo, se desmayaban ante la Alhambra y la Giralda y extraían de exuberante lujuria una exagerada consideración por la conquista árabe y, por tanto, un rechazo igualmente excesivo por la Reconquista española y los Reyes Católicos. Decididamente, nada nuevo bajo el sol. Fuente: Polémia