Ante el miedo al coronavirus, la UE frente a su dogma globalista, por Hervé Juvin


Exagerada o no, la inquietud de la población europea frente al coronavirus aumenta. La inacción de la UE también está ayudando. La Unión sabe pagar: otra vez varios cientos de millones de euros destinados a la OMS. Pero la UE no sabe hacer nada para proteger a los europeos; solo ha sabido hacerse escuchar nada más que para defender el principio de apertura de las fronteras, tan útil para los negocios. Y todos constatamos que la protección de los europeos no cuenta para nada cuando está en juego un dogma. ¡Ahora es cuando empiezan a reconocer los europeos la utilidad de las fronteras nacionales!

Las preocupaciones de la población frente al riesgo de pandemia nos ponen ante nuestro deber: decir la verdad a los pueblos europeos, a las empresas europeas. Nos ofrecen a nosotros, diputados del grupo Identidad y Democracia en el Parlamento Europeo, una poderosa razón para hacernos escuchar para denunciar el mundialismo, sus mentiras, sus amenazas y sus fracasos. No es una oportunidad y todavía menos una buena ocasión. Es un deber que consiste en denunciar las medias verdades regularmente repetidas por unos dirigentes que prefieren proteger los intereses económicos en lugar de la salud de la población.

“El coronavirus no se para en las fronteras”

¡Claro! ¿Y en qué consisten las medidas de aislamiento tomadas en China y en Italia, para encerrar las zonas de contaminación, si no son el establecimiento de fronteras en el interior de un país? ¿Qué significa el cierre de escuelas y lugares públicos al norte de París? ¿Qué significa la anulación de eventos importantes sino la urgencia de frenar los movimientos y reducir los contactos? ¿Y qué significan las consignas de lavarse las manos, no besarse, no darse la mano, evitar multitudes y espacios cerrados, incluso llevar una mascarilla, si no es para separarse de los demás, establecer fronteras entre uno y los otros, completar esa frontera natural que es la piel mediante otras fronteras artificiales (mascarillas, guantes, etc.)?

El virus no se para en las fronteras; sin duda, porque hay portadores del virus que las atraviesan, y no son reconocidos como tales. Mediante el establecimiento de fronteras rigurosamente cerradas alrededor de las zonas contaminadas, China ha reaccionado bien; y la OMS felicita a China por lo que prohíbe en otros lugares... ¿alguien lo entiende? En todo caso, la hipocresía que consiste en adoptar medidas de aislamiento en el interior del territorio nacional, rechazando el cierre de las fronteras nacionales, ya ha sido entendida por la mayoría de los europeos, ¡y se acordarán de ello!

“Es ilusorio encerrarse en sí mismo”

Se considera criminal estar abierto a todos los aviones, todos los trenes, todos los barcos. La OMS felicita a China por la eficacia de las medidas tomadas: cierre de lugares públicos, aislamiento y puesta en cuarentena, anulación de trenes, aviones y todo transporte; bloqueo de los contenedores en las zonas portuarias; además de que separar los lugares de contaminación y las poblaciones de riesgo de las zonas no afectadas y de las poblaciones indemnes del virus es la primera medida que se debe tomar. La separación es eficaz para contener la epidemia. No es el cierre, es la selección. Cada país utiliza su frontera para escoger entre lo que le sirve, lo que le alimenta, y lo que le perjudica o le pone en peligro. ¿Dónde está el problema?

“No se puede tolerar ninguna discriminación”

¿Tampoco entre los individuos portadores del virus y los demás? ¿Ni entre las personas que han visitado las zonas contaminadas y los demás? China ha discriminado a los ciudadanos de Wuhan, y con razón. Italia discrimina a los habitantes de algunos pueblos de Lombardía y el Véneto, y con razón. Entre un portador del virus y una persona sana, la discriminación es legítima, y es la indiferenciación lo que es criminal. La UE se ve confrontada a esta constante contradicción; rechazar por principio toda discriminación, pero estar obligada de hecho a distinguir entre italianos del norte, chinos, coreanos o iraníes y los demás… Algún día, la UE morirá por sus contradicciones internas, pero ¿cuántos europeos lo pagarán con su vida? 

“El mundo debe continuar abierto”

La UE quiere continuar abierta, mientras el mundo se cierra. En todas partes se construyen muros, las fronteras se refuerzan, los controles se multiplican y las infracciones son castigadas más severamente. Esto es cierto entre México y Estados Unidos, como entre México y sus vecinos del sur. También es cierto entre India y Pakistán, entre Egipto y Libia, Sudáfrica y Zimbabwe, China y Vietnam.

Aunque no les guste a algunos, el muro es el símbolo de la modernidad, cuando la apertura a los cuatro vientos es un vestigio del pasado, y de ese pasado que nos ha hecho tanto mal. Desde el tratado de Schengen, la UE vive sobre la gran mentira de las fronteras exteriores que reemplazan las fronteras nacionales. En realidad, la UE paraliza el control nacional en las fronteras, sin sustituirlo por nada. ¿Qué hace la UE para prohibir a los traficantes turcos el acceso a Grecia? ¿Qué hace la UE para impedir a los traficantes de personas de favorecer que en Libia se lance al mar su mercancía humana? 

La UE sacrifica Europa a la religión de la apertura y al dogma de la movilidad individual. Es la desgracia para los inmigrantes como para las poblaciones llamadas de acogida, a las que nunca se consulta ni se escucha ni se defiende. Y se convierte en el objetivo del tráfico mundial de seres humanos, ya que su debilidad es en gran medida responsable del retorno de la esclavitud que enriquece a las mafias, amenaza a las sociedades europeas y prepara los conflictos que vendrán en el futuro.

“La globalización es irreversible”

Ya ha habido otras globalizaciones, y han sido frenadas. La expansión del Islam cortó durante siglos las rutas terrestres entre Europa, India y China (de ahí la obsesión portuguesa por la apertura de rutas marítimas hacia India y Asia). Los conflictos europeos pusieron fin a la mundialización financiera de los préstamos rusos, del canal de Panamá, etc., que caracterizó la época de 1890-1900 y fue la edad de oro de quien vivía de las rentas. 

Toca ahora hacer balance de la globalización de los años 1980-1990, y no es nada bueno: entre cinco y ocho millones de empleos industriales perdidos en Estados Unidos, entre dos y tres millones en Francia, las clases medias arrasadas, aumento de la pobreza y del subdesarrollo en el corazón de Estados Unidos y de Europa, el aumento de las actividades de servicios sin beneficios crecientes, es decir, sin perspectiva de empleo estable ni de sueldos al alza y, para terminar, una dependencia de proveedores extranjeros, la mayor parte de las veces situados a millares de kilómetros, sobre todo chinos o asiáticos, lo que tiene un triple riesgo político, operativo y, ahora también, sanitario… 

El resultado no tiene remedio, y se impone relocalizar las actividades fundamentales, continuar con la autonomía de las producciones esenciales (energía, alimentación, medicamentos, etc.) y reestablecer el interés nacional por encima de los objetivos financieros. El consenso debería reunir a todos los dirigentes lúcidos. Pero se ha vuelto imposible porque la globalización es una religión, con sus dogmas, su Inquisición y sus hogueras. Contra la evidencia, contra la historia económica y la experiencia pasada, proclama que el librecambio es siempre benéfico. Contra el resultado confirmado y catastrófico de las sociedades multiculturales, las más violentas, divididas y criminales que puedan ser, la mundialización afirma que la movilidad global de las personas, los bienes y los capitales es benéfica. 

Contra la mayoría de las naciones que, desde China a Rusia, de Israel a Turquía y de Estados Unidos a India, siguen políticas de interés nacional y lo proclaman, se continúa la destrucción de las naciones, las fronteras y las instituciones como medio de llegar a este resultado: hacer de todos unos nómadas como los demás. Y la paradoja está clara: mientras que la mundialización se va frenando, que las cadenas de producción se van acortando y que las naciones relocalizan, el discurso de la globalización continúa de forma imperturbable ocupando las universidades, las escuelas de negocios y las pantallas, así como las opiniones de nuestros dirigentes, como si la realidad no tuviera cabida, y como si aquellos que quieren dirigirnos fueran otra cosa diferente que unos colaboradores de la ocupación globalista de Europa. 

El futuro está en la nación

El futuro está escrito. Está en el acortamiento de las cadenas de suministro (las llamadas “supply side”). Ya adivinábamos antes los riesgos políticos y operativos que había pero, ahora, el riesgo sanitario hace imposibles los centenares de subcontratas repartidas por todo el planeta, en primer lugar en China y toda Asia. Ha llegado el fin del “cero stocks, cero retrasos, cero defectos” que ha hecho de las multinacionales unos gigantes con pies de barro, aterrorizados en cuanto se para la ronda infernal de los contenedores, los trenes ultrarrápidos y los aviones transoceánicos –que traen a la colectividad las consecuencias de una búsqueda desenfrenada de rendimientos financieros (no inmovilizar el capital en existencias aumenta la rentabilidad…).

El futuro está en la relocalización masiva de las actividades industriales, las únicas que traen esas ganancias de productividad que aseguran los salarios al alza y el empleo. Se trata de la valoración del prójimo, de lo conocido, de lo natural, que los objetos conectados y la inteligencia artificial van a permitir; cada consumidor podrá saberlo todo de las condiciones, lugares y modos de producción de lo que compra. Consiste en ese nuevo anclaje de las ciudades que pretenden ser metrópolis para olvidarse mejor de su nación y de su tierra, en el marco nacional y en la comunidad nacional sin las que no son nada. Y se trata de la responsabilidad extendida a las empresas en los territorios donde producen, venden, contratan personal, en las naciones que les proporcionan la infraestructura material y social de su actividad. 

¿Hace falta añadir que el futuro está en la nación, única portadora del interés colectivo, única que sigue en pie cuando amenaza tormenta y vemos que la UE no dice nada, porque no tiene nada que decir? Frente a la realidad de una decepción popular que no podrá ser siempre frenada por las mentiras institucionalizadas de Eurostat y la propaganda de la UE, no puedo dejar de pensar en todos aquellos que, desde hace dos generaciones, han pregonado en el desierto. Censurados, insultados, perseguidos, víctimas en sus vidas profesionales y personales del oprobio lanzado por los que destruían las naciones… merecen un respeto. Cualesquiera que sean los excesos que han podido mostrar unos u otros, no son nada comparados con lo que nos espera. En tiempos de confusión mental y de aberración colectiva, esas personas vieron, comprendieron y lucharon. Que se les rinda justicia. ■ Fuente: www.hervejuvin.com