Al encuentro de los «conservadores de izquierda». ¡Adiós al progresismo!, por Alain de Benoist (I)


¡La izquierda y el conservadurismo! No es habitual asociar estos dos términos. Su yuxtaposición incluso tiene algo de incongruente y roza la fórmula oximorónica. Y, sin embargo, existe una tentación conservadora en el seno de una izquierda que podría calificarse de “orwelliana”. Toma prestada de Marx su crítica del valor y no quiere seguir desempeñando el papel del idiota útil ‒libertario, societal, cultural‒ del Capital. Aunque tímido, pero no sin una sólida argumentación, este conservadurismo merece toda la atención. 

El ecologista Fabrice Nicolino, que pertenece a la redacción de Charlie Hebdo (resultó gravemente herido en el ataque de los hermanos Kouachi en enero de 2015), decía: “Soy un nostálgico de una época en la que la gente tenía un lugar, y en la que hombres y mujeres estaban poderosamente ligados. Soy un nostálgico de ese tiempo en que la civilización campesina no era el desecho que es hoy, una monstruosidad que intoxica a la gente con pesticidas. El fenómeno que la hizo desaparecer es absolutamente degradante. Una rara mezcla de técnica y de tecnología que ha hecho imposible la vida concreta de la gente (…) Yo, que oigo la palabra “campesino” como algo hermoso, comprendo que un hombre se apegue a su tierra y la respete”.

En enero de 2013, Thierry Jaccaud, redactor-jefe de L'Écologiste, denunciaba el "matrimonio para todos": “Suprimir las nociones de padre y madre sería una violencia destructora de los vínculos entre los hombres y las generaciones”. Haciendo un paralelismo con los OMG (organismos modificados genéticamente), estimaba que ese proyecto “sería una negación sideral de la naturaleza, el abatimiento consternante de nuestra sociedad industrial, que destruye no sólo la naturaleza en la realidad, sino también en los espíritus”. Al año siguiente, José Bové, discípulo de Jacques Ellul y de Bernard Charbonneau, declaraba también su condena de toda forma de GPA (gestación subrogada) y de PMA (procreación médicamente asistida), igual que condenaba las OGM como manipulación de lo viviente en los vegetales.

A principios de febrero de 2016, se celebró en París los Encuentros por la abolición universal de la maternidad por sustitución. Fueron presididos por la feminista Silviane Agacinski, esposa de Lionel Jospin, cuya hostilidad hacia la ideología de género es bien conocida. Cada vez más, estas posiciones desencadenan la polémica.

Que personalidades clasificadas de izquierdas tomen estas posiciones “conservadoras” en ciertos ámbitos, especialmente el cultural y el societal, parece incomprensible o escandaloso. La explicación más común de la vulgata dominante consiste en ver en ello una consecuencia de la “derechización” de la sociedad. Jean-Claude Michéa, Michel Onfray, Christophe Guilluy y muchos otros, han sido acusados de "deriva reaccionaria". Esta perezosa interpretación pasa completamente de la realidad. Si algunos pensadores de izquierda y de extrema-izquierda muestran hoy, especialmente en el dominio de la moral y de la cultura, posiciones “conservadoras” es, por el contrario, porque ellos se han tomado en serio su compromiso y han llevado más lejos su reflexión a través, particularmente, de un análisis en profundidad del capitalismo. El “conservadurismo de izquierda”, dicho de otra forma, no es el resultado de una inflexión reaccionaria, sino la consecuencia lógica de un análisis crítico y riguroso de la naturaleza y del funcionamiento del Capital.

¿Hacia un conservadurismo emancipador?
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El término "conservadurismo de izquierda" apareció bastante recientemente en Canadá en el transcurso de un coloquio organizado en 2010 por la Universidad de Ottawa en torno al pensamiento de George Orwell. Situándose en la filiación de Orwell y de Jean-Claude Michéa, sus dos principales organizadores, Éric Martin y Maxime Ouellet, profesores en Montreal, se proponían devolver a la idea de un “anarquismo tory” al “lugar filosófico que le corresponde” y buscar una “articulación del progreso con la preservación de las condiciones trascendentales de posibilidad de la libertad”, rechazando tanto el espíritu reaccionario como el progresismo desenfrenado. 

Martin y Ouellet asumieron durante algún tiempo esta etiqueta de "conservadores de izquierda" ‒Maxime Ouellet también hablaba de "antimodernismo emancipador", como Michel Freitag hablaba de "conservadurismo ontológico" antes de abandonarlo para no ser asimilado a los "reaccionarios infrecuentables"‒, lo que, por otra parte, no les permitió escapar a las críticas. Además de Orwell y Michéa, reclamándose ambos de Gúnther Anders, que se proponía, no cambiar el mundo sin conservarlo (uniéndose así a Albert Camus, según el cual no se trataba tanto de rehacer el mundo como de impedir que se deshiciera), encontramos a Michel Freitag, Hannah Arendt, Simone Weil, Jacques Ellul, el historiador del movimiento obrero Edward P. Thomson, pero lo más importante ha sido la teoría crítica del valor, como lo testimonia una trascendental obra colectiva sobre la “tiranía del valor”.  

Representada principalmente por Robert Kurz, fallecido en 2012, Anselm Jappe y, hasta cierto punto, Moishe Postone, la teoría crítica del valor propone una relectura original de Karl Marx, que rompe con décadas de marxismo clásico u “ortodoxo” apoyándose en la crítica de la economía política establecida en los Manuscritos de 1844, continúa con los Grundrisse (1857-58), y después en el primer capítulo de El Capital (del que Althusser desaconsejó su lectura con el pretexto de que era demasiado hegeliano).

Éric Martin y Maxime Ouellet señalan que, para ilustrar los efectos devastadores que produce la lógica del capital sobre el vínculo social, Marx “se apoyó a lo largo de su obra en la crítica de la modernidad que había sido formulada notablemente por algunos autores románticos, sin creer, no obstante, que fuera posible ni deseable retornar a las formas premodernas de la socialidad”. Es en este sentido que él reconocía, como lo hicieron Adorno y Horkheimer después de él, que existe necesariamente un “momento conservador” en el seno de toda teoría crítica. “Marx se basa en formas de socialidad premodernas, añaden Martin y Ouellet, no porque él fuera conservador, sino porque es dialéctico: sabe que la alternativa al trabajo alienado, que separa al productor de sus condiciones de existencia, pasa por una reevaluación crítica de la comunidad tradicional”. “La filosofía marxiana, escribe también Maxime Ouellet, reposa sobre una crítica del universalismo abstracto constitutivo del pensamiento moderno y de la negación de las particularidades individuales concretas que de él se derivan”. 

El precedente Karl Marx
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Liberada de su historicismo y positivismo, pero también de sus referencias ricardianas, toda la obra de Marx es una filosofía de la libertad, que busca analizar las formas modernas de alienación que hacen al hombre un extraño para sí mismo. Bien consciente de que el hombre es un “animal político”, es decir, un ser social que se inscribe en el seno de una comunidad (Gemeinwesen) y que necesita instituciones comunes para vivir con sus semejantes, Marx busca los medios que le permitan, en cualquier caso, recobrar su ser.

Pero aquí la teoría crítica del valor hace una distinción esencial entre lo que Robert Kurz llamó el "Marx exotérico" y el "Marx esotérico". Para el Marx "exotérico", la contradicción entre las fuerzas productivas y los medios de producción de los que se apropia la burguesía, representa la contradicción principal de la sociedad capitalista (cuando ella no es más que un conflicto en el interior del sistema capitalista). Es esta contradicción (la lucha de clases), adosada a las categorías de “infraestructura” y de “superestructura”, pero que prohíbe comprender la esencia del trabajo, la que ha sido retenida tanto por el marxismo vulgar como por el marxismo-leninismo soviético. El Marx “esotérico”, filósofo y sociólogo, va más allá en el sentido en que concibe el capitalismo como un “hecho social total” (Marcel Mauss) y busca hacer aparecer la esencia mediante una rigurosa crítica de los fundamentos de la economía política. De ahí su teoría del valor.

A partir de la distinción entre el valor de uso y el valor de cambio, que encontramos ya en Aristóteles (en su crítica de la crematística, que exige que la producción continúe siempre sometida a un ideal de la “vida buena”), Marx muestra que es en razón del proceso de abstracción del trabajo que las mercancías pueden poseer un valor. El trabajo no es un patrón de medida, como creía Ricardo (y después todos los teóricos del “valor-trabajo”), sino lo que funda el valor y constituye, en tanto que trabajo abstracto, el campo de homogeneización de los productos del trabajo humano transformados en mercancías. El trabajo abstracto (por oposición al trabajo concreto o “vivo”, simple actividad social de transformación de la naturaleza para satisfacer las necesidades) es esta abstracción de la actividad humana que permite hacer conmensurables e intercambiar los productos del trabajo humano, lo que constituye la mediación social específica del capitalismo. El valor es la cantidad de trabajo abstracto en tanto que única fuente de valorización del capital. Esto significa que, como relación social, el capitalismo reposa sobre la absorción del trabajo concreto por el trabajo abstracto, del valor de uso por el valor de cambio. La ley del valor es, precisamente, esta norma universal de regulación de las prácticas sociales que se basa en la abstracción de particularidades propias a la actividad vital de cada individuo. (Continuará...)