El extremo-centro, el populismo de las élites, por Roland Hureaux


Con frecuencia se habla de los populismos, de derecha o de izquierda, como amenazas extremistas, pero nunca del populismo encarnado por la ideología liberal mayoritaria. El extremo-centro se hace pasar como más razonable, pero presenta los peligros de todas las ideologías.

Es algo que repiten todas las buenas gentes, en todas las clases dirigentes occidentales: hay que desconfiar de los extremos, son peligrosos. La extrema derecha evoca el espectro del nazismo (suponiendo, lo cual es mucho suponer, que el partido nacionalsocialista de Hitler fuera de derecha realmente), la extrema izquierda evoca el espectro del estalinismo y del maoísmo.

No sólo son peligrosos, sino que transmiten, por decirlo de alguna manera, malvados sentimientos, “nauseabundos”: son el partido del odio.

El pueblo y su contrario
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El populismo, que ambiciona expresar el sentimiento popular, ostenta, generalmente, ideas juzgadas como extremistas, en particular cuando cuestiona el orden liberal internacional o la construcción europea y el euro: son ideas malvadas. Por decirlo todo, como su nombre indica, son como el pueblo. Hay que desconfiar del populismo como de la peste. En nuestra geografía ideológica, las personas decentes no deberían mezclarse con ello.

Frente a los extremos, los centristas de cualquier naturaleza son gentes bien educadas: se inscriben en el “círculo de la razón” trazado por Alain Minc. No rechazan ni el euro ni la Europa de Bruselas, ni siquiera la Otan o el librecambio, tampoco la mundialización, necesariamente feliz. Por hablar como Karl Popper, son partidarios de la “sociedad abierta” y no de la “sociedad cerrada”. 

La ilusión de la moderación
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La gente de centro representa una ideología liberal muy conveniente. Peligrosa ilusión.

En primer lugar, porque el alineamiento de las ideas de la derecha o de la izquierda radicales a los totalitarismos del pasado, que generalmente estas mismas corrientes rechazan, es una tesis arriesgada. Una personalidad, tan poco contestada actualmente como el general De Gaulle, fue a lo largo de toda su carrera política, sospechoso, incluso acusado de tendencias fascistas, pero hoy todo el mundo está de acuerdo en lo absurdo de este proceso.

A continuación, y sobre todo, porque el liberalismo al que se refiere la gente decente y conveniente, ha tomado también, con el transcurso del tiempo, el carácter de una ideología; es a esta ideología que nosotros llamamos el extremo-centro.

El extremo-centro, una ideología como las otras
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Un enfoque ideológico se reconoce en varios caracteres: ideas muy simples, como por ejemplo la supresión de la propiedad privada o el librecambio universal, tienen, frecuentemente, efectos colaterales desastrosos: la opresión totalitaria o la regresión económica en el caso del liberalismo europeo. Y también otros efectos, como el rechazo de los pueblos: ayer, los disidentes, hoy, los chalecos amarillos.

Pero hay un carácter de la ideología que, más que otros, no engaña: es la intolerancia, la negativa a conferir cualquier respetabilidad a las posiciones adversarias. Porque toda ideología es un proyecto mesiánico: la ambición de transformar radicalmente la condición humana, mediante la supresión de tal o cual fundamento antropológico: la propiedad, la nación, o la instauración de la democracia liberal. La oposición a las ideologías no es más que una opinión entre otras; es vista por sus partidarios como un obstáculo a una grandiosa ambición. Los enemigos del comunismo eran “víboras lascivas”. Los del liberalismo, asimilados, con razón o sin ella, a las construcciones supranacionales sobre las que reposa Occidente (UE, OTAN, etc.), son relegados a las tinieblas exteriores donde caen las gentes infrecuentables. Infrecuentables, es decir, que no se permite ningún debate con ellos, Diez premios Nobel de economía han cuestionado la pertinencia del euro; error, no está permitido debatir sobre el euro; la intimidación de sus opositores es tal que la izquierda de La Francia Insumisa y la derecha de Reagrupación Nacional ya no se atreven a cuestionarlo.

La amenaza fantasma
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Esta vehemencia contra los adversarios tiene un componente nacional. El ideólogo necesita adversarios diabólicos. Portador de una visión escatológica que debe hacer pasar de las tinieblas a la luz, no soporta el fracaso ni la derrota. La mitad neoconservadora (o ultraliberal) de la opinión norteamericana, que apoyó a Hillary Clinton, todavía no ha digerido la victoria de Trump: la ideología conduce a la gran democracia americana al borde de la división. La misma vehemencia tiene también una dimensión internacional: portadora de un proyecto universal, la ideología no soporta las resistencias exteriores a su proyecto universal. A intervalos regulares, la ideología dominante occidental designa un chivo expiatorio considerado como enemigo de la humanidad y le declara la guerra; necesita producir monstruos para justificarse: de Bachar el-Assad a Vladimir Putin, por tomar solamente ejemplos recientes. Aquellos que, en Europa occidental y en Estados Unidos, son los más agresivos frente a Rusia son, en el plano interno, los centristas.

El balance de las guerras de las últimas dos décadas es devastador: cientos de miles de personas muertas. Pero ninguna de ellas ha sido calificada de “extremista”, pues fueron declaradas por los ideólogos de la corriente dominante. En todo caso, en Europa al menos, esas guerras recibieron el apoyo de las corrientes centristas y el rechazo de los que hoy son acusados de extremistas.

Se dirá que Bush hijo y su mano derecha Dick Cheney, responsables de la guerra de Irak, eran extremistas, mientras que los Clinton, los Obama y sus émulos europeos que apoyaron sus empresas bélicas, son considerados como moderados.

¿Los menos demócratas de todos?
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A la inversa, los presidentes americanos que han pasado a la historia como hombres políticos de la derecha dura, Nixon, Reagan hasta llegar a Trump, a diferencia de sus precedentes, no han desencadenado ninguna guerra, sino que, por el contrario, han terminado varias de ellas. Sin embargo, cuando la secretaria de estado Madeleine Albright dijo en 1996 que el derrocamiento de Sadam Husein merecía el sacrificio de la vida de medio millón de niños iraquíes, ella estaba expresando la opinión de una política centrista.

Incluso antes de empezar guerras, algunos centristas se muestran como gente peligrosa: el investigador americano David Adler ha demostrado que el votante de centro, en los Estados Unidos, es el menos comprometido con la defensa de la democracia. Lo que es bastante lógico, tratándose de un ideólogo que piensa que tiene razón y, por tanto, intolerante con cualquier oposición… Fuente: Causeur