El futuro de la nación, el futuro del nacionalismo, por Mathieu Bock-Coté


El nacionalismo no tiene nada de diabólico. Hay buenos usos, tantos como malos. Por decirlo como Gil Delannoi debemos, ante todo, «comprender lo que subyace en la natiofobia y en la pasión por abolir las fronteras que hoy está de moda».

La ciencia política, cuando es bien practicada y se abstiene de las modas ideológicas, puede ser de gran ayuda para clarificar nuestra comprensión de la vida política y de los conceptos a partir de los cuales buscamos captarla. Esta es la primera reflexión que nos inspira espontáneamente la lectura de la obra La nación contra el nacionalismo, remarcable ensayo del politólogo francés Gil Delannoi.

Pero, por decirlo todo, el título es un poco equívoco, porque si bien Delannoi no duda en criticar los excesos del nacionalismo, se ocupa, sobre todo, de disipar la niebla ideológica que lo rodea, recordando que, si bien la politología francesa mantiene una concepción del nacionalismo exageradamente negativa, hasta el punto de hacer del mismo una patología política inmediatamente condenable, no es así necesariamente como lo ven en el resto del mundo. El nacionalismo, nos dice Delannoi, no tiene nada de diabólico. Hay buenos usos, tantos como malos. Por decirlo con sus palabras, Delannoi intenta, ante todo, «comprender lo que subyace en la natiofobia y en la pasión por abolir las fronteras que hoy está de moda». Añade incluso que «llevada hasta el extremo esta natiofobia llega a nazificar todo el pasado nacional con motivo de la exclusión del Otro». Tal es el aire que respiramos, en efecto.

¿Qué es una nación? Esta cuestión, vinculada a la célebre conferencia de Renán en la Sorbona en 1882, continúa siendo trabajada por la filosofía política y las ciencias sociales, incluso si raramente proponen una definición satisfactoria, y mucho menos exhaustiva. La nación, nos dice Delannoi, es, a la vez, política y cultural. Es una comunidad política, un substrato histórico particular que, a priori, se juzga no intercambiable por otro. Estas dos dimensiones no siempre coinciden, pero con frecuencia se superponen de una manera imperfecta. Delannoi intenta, en primer lugar, definir a la “nación” como una forma política singular, que distingue de la “ciudad” y del “imperio”, recordando que la nación es precisamente la que ha permitido acoger la experiencia de la democracia en la modernidad. Pero Delannoi lo señala bien, «la mayoría de los recientes teóricos de la nación y del nacionalismo han mostrado hacia su objeto de estudio una actitud que va de la hostilidad a la condescendencia». La observación es muy sutil: aquellos que estudian la nación son los que están, precisamente, en la misión por deconstruirla, como si representara un viejo artificio histórico. El antinacionalismo es habitual en la enseñanza universitaria, además de ser la regla entre los intelectuales, los cuales consideran generalmente que la adhesión a una nación histórica y a su soberanía es una forma de crispación identitaria. Esta ausencia radical de empatía por la “gente común” que se siente afecta a su patria provocará que los intelectuales consideren toda forma de patriotismo como una forma de xenofobia. La modernidad radical es el otro nombre del rechazo a todo lo particular.

En busca de una definición de nacionalismo, Delannoi propone la siguiente: «el nacionalismo es la voluntad de hacer coincidir la forma cultural y la forma política de la nación en la medida de lo posible. Tal es el impulso que engendra y mantiene el nacionalismo: superponer las dimensiones, cultural y política, de la nación». El nacionalismo «es la voluntad de un grupo para soportar la adversidad, resistirse a la extinción sobre una base nacional. En sentido cultural es la preservación de una lengua, un territorio, un modo de vida. En sentido político, el nacionalismo de débil intensidad apela a una autonomía política local o regional. No siempre logra acceder a la soberanía estatal, aunque con frecuencia la percibe como última garantía de la independencia. Su primer recurso es el temor a que, privado de los medios políticos y de continuidad cultural, el grupo o el país identificados con una nación, pueda desaparecer. Se podrá o no aprobar las tentativas independentistas de algunas regiones, pero no tienen nada de insignificante. Sólo son comprensibles dentro de las categorías de la modernidad. Una cosa es cierta, una comunidad política nunca es una asociación estrictamente formal, desapasionada, formada por individuos ajenos a la cosa pública que cohabitan pacíficamente sin tener nada en común.

Aunque la prosa de Delannoi es siempre muy mesurada, no se priva de lanzar algunas puyas a los posnacionales orgullosos de serlo que dominan la universidad y los medios. Así, la demanda de «un nuevo mundo hecho de ciudades financieras y de imperios territoriales tiene, ciertamente, algunas ventajas comparativas con un mundo internacional clásico hecho de naciones. Pero, ¿por qué? Y ¿a qué precio?» Añadiendo que «la ausencia de fronteras es un lujo de niños mimados, profundamente antipolítica». De manera audaz, pero lúcida, Delannoi impugna así la frecuente idea que hace del nacionalismo el gran culpable de las guerras mundiales, recordando, por ejemplo, que el nazismo era una doctrina de la raza y no de la nación. Impugna también la idea de que el primer conflicto mundial fuera una guerra entre nacionalismos: en realidad, fue una guerra entre imperialismos. Aquellos que repiten sin cesar que «el nacionalismo es la guerra» se regocijan con una retórica fácil que causa la impresión, al mismo tiempo, de comprender el mal que ha causado a la historia de la humanidad y de posicionarse por encima del común de los mortales respecto a los estragos del sentimiento nacional. De hecho, así se condenan a no comprender el último siglo a través de las necesidades fundamentales del alma humana.

Resumiendo, sin actuar como un militante, Delannoi nos demuestra, de forma convincente, que un mundo sin naciones sería probablemente un mundo menos humano. A la luz de una filosofía política alejada del espíritu del sistema, y que medita sobre la libertad humana y sus condiciones históricas, Delannoi nos ofrece una brillante reflexión para todos aquellos compatriotas que desean comprender mejor el fenómeno nacional y que encuentran muy pocas obras capaces de fundar teóricamente lo que todavía llamamos, sin prejuicios, nacionalismo.