El veneno liberal, por Pierre Vial


Evidentemente, los hombres políticos contemporáneos ejecutan las consignas de aquellos que los han instalado en el poder para someter siempre a los ciudadanos europeos a los dictados del liberalismo. 

Es necesario, por tanto, organizar contra el liberalismo una resistencia identitaria y popular lo más amplia posible y, a este respecto, yo apruebo y apoyo plenamente la proposición lanzada por Renaud Camus para el establecimiento de un Consejo Nacional de la Resistencia que reagrupe a todos aquellos que quieren actuar eficazmente contra el Sistema.

Esto supone una clara conciencia de la naturaleza ideológica del Sistema, porque sin esta concienciación la lucha está condenada al fracaso. No hay que equivocarse, en efecto, de objetivo.

La base ideológica del Sistema que nosotros combatimos es el liberalismo. Ya se pretenda de derecha o se pretenda de izquierda, camuflándose con la etiqueta socialdemócrata, el liberalismo siempre vehicula el mismo mensaje. A saber, que es la economía la que decide el destino de los hombres y que el interés individual siempre debe primar sobre el interés colectivo, sobre el interés comunitario. Marx escribió: “la economía es nuestro destino”. El liberalismo propone lo mismo y los hombres políticos actuales están por la labor de aplicar este principio.

El economicismo, el individualismo y el utilitarismo, esas bases del liberalismo, implican que una identidad arraigada, la pertenencia a las comunidades orgánicas frente a las que los seres humanos tienen un repertorio de deberes, sean frenos, límites u obstáculos a la expansión del individualismo, razones por las que el liberalismo aboga por su supresión. Adam Smith, uno de los padres fundadores en el siglo XVIII, del liberalismo, escribió: “un comerciante no es necesariamente ciudadano de ningún país en particular. Le es, en gran medida, indiferente en qué lugar ejerce su comercio". Y le respondía como un eco Jacques Attali, el gurú de Macron, que afirmaba en su libro Lignes d´horizon publicado en 1990: “El nomadismo será la forma superior del orden mercantil (…) El hombre, como objeto, será nómada, sin domicilio ni familia estable”. Y lanza una advertencia: por relación al modelo liberal ‒y cito textualmente‒ “hay que estar de acuerdo o ser excluido”. Seguramente estaría bien de acuerdo Bernard-Henri Lévy cuando se refería, en su obra Le Testament de Dieu (1979) a “este cosmopolitismo radical que se reinventa contra todas las ilusiones comunitarias”.

El poder del dinero

El liberalismo preconiza y justifica una sociedad mercantil, donde reina la ley del mercado, censado a ser regulado por una “mano invisible”, según la célebre expresión de Adam Smith, y donde se impone un simple principio: todo está en venta, todo puede comprarse. Las mercancías y los hombres son considerados, igualmente, como mercancías.

La mercantilización del vínculo social implica que los individuos, atomizados, indiferenciados, son intercambiables: reducido al único rol de productores-consumidores, se pueden, en nombre de la sacrosanta “flexibilidad”, tirar como si fueran kleenex usados cuando ya no hay necesidad de ellos. El único criterio valido es el rendimiento, la rentabilidad. Porque el reino del dinero exige que el “tener” se imponga en detrimento del “ser”. Que una consecuencia de tal principio sea la de llevar a la precariedad a numerosos individuos deja indiferentes a los liberales. Lo esencial es que ninguna autoridad pueda cuestionar las elecciones dictadas por aquellos que hacen del éxito económico la ley suprema. Esta es la razón por la que el liberalismo hace cartel de la voluntad de subordinar las decisiones del poder político a las exigencias del poder económico. Esto es lo que puede leerse hoy en los comunicados del Medef (principal federación de la patronal francesa) y es la culminación de una larga empresa iniciada en el siglo XVIII, cuando la burguesía logró, con la Revolución, controlar un poder político destinado, desde entonces, a cubrir con un disfraz institucional, al verdadero poder, el del dinero.

Para el liberalismo, la sociedad es un simple conjunto de individuos que buscan defender y satisfacer sus intereses particulares. Es normal, desde esta perspectiva, que el interés individual ponga fin a los vínculos individuales y llegue a suprimirlos. Se justifica, en nombre de la ley del mercado, el desguace social, como lo llaman, con razón, los sindicalistas. Un desguace social que golpea a los salarios, los artesanos, los comerciantes, los pequeños emprendedores, los campesinos, los pensionistas, condenados todos ellos a la pobreza después de toda una vida de trabajo. Dicho de otra forma, toda esa gente que, con esa altivez burguesa, designa como los “holgazanes”, a los que dicen necesitar, con esa sonrisa artificial y pretenciosa, para que los ricos sean siempre más ricos y los pobres siempre más pobres.

En todo ello, la sociedad perseguida por el liberalismo es la antítesis de la comunidad, como lo demostró Ferdinand Tönnies en 1887, en su libro Communauté et Societé, cuyas conclusiones han sido retomadas y actualizadas por Louis Dumont y Marcel Gauchet.

Para el liberalismo, el único rol que debe reconocerse al Estado es el de garantizar el funcionamiento de la ley del mercado, renunciando al poder regaliano que hacía de aquel árbitro y garante de una justicia social basada en el bien común, superior a los intereses particulares, cualesquiera que ellos sean. La noción misma de comunidad orgánica, donde se afirma la necesidad de solidaridad, es denunciada por Hayek, el autor-referencia de los neoliberales, como “un orden tribal”, “una sociedad arcaica”. La doctrina liberal implica una inversión de los valores, porque ella desea que el comportamiento moral no resulte ya del sentido del deber o de la regla moral, sino del interés individual. Es necesario citar nuevamente a Adam Smith: “Si nadie tiene la menor obligación, o si nadie se debe a la menor gratitud, la sociedad puede mantenerse con la ayuda del intercambio interesado de servicios según un valor convenido”.

Pero, de hecho, el liberalismo es una utopía, porque rechaza considerar al hombre real, que no puede reducirse a la única dimensión de productor-consumidor. “Toda la crisis actual proviene de la exasperante contradicción entre el ideal del hombre universal abstracto, con su corolario de atomización y despersonalización de las relaciones sociales, y la realidad del hombre concreto, para quien el vínculo social continúa estando fundado sobre los vínculos afectivos y las relaciones de proximidad, con su corolario de cohesión, de consenso y de obligaciones recíprocas” (Alain de Benoist, Aux sources de l´erreur libérale, 1999).

Esta es la razón por la que el Sistema neoliberal debe reafirmarnos con fuerza en la necesidad de una comunidad del pueblo, una comunidad identitaria que es la razón de ser de nuestro combate. Fuente: Synthèse Nationale