Nuestra democracia está gangrenada por la ideología progresista. Entrevista con Laurent Fidès, por Paul Sugy


Laurent Fidès es catedrático de filosofía. Acaba de publicar «Frente al discurso intimidante. Ensayo sobre el formateo de los espíritus en la era del mundialismo». En su libro, Laurent Fidès arremete contra todos los mitos de la ideología progresista dominante. Deconstruye, uno a uno, todos los resortes del discurso “políticamente correcto”.

Su libro deconstruye los resortes de la ideología contemporánea dominante. ¿De qué ideología se trata? Y el término, ¿no es exagerado, o con demasiadas connotaciones?

La ideología de la que yo hablo es multiculturalista, intercambiable, deconstruccionista, nos promete un mundo sin fronteras, sin diferencias, atomizado, poblado de entidades negociables y reemplazables. Varios síntomas me hacen pensar que estamos delante de una ideología más que de un dogma, incluso si no está formalizada: el hecho de que esas ideas sean presentadas como verdades, incluso como verdades científicas (representadas por las “ciencias humanas” que juegan aquí un rol específico), la negación de la realidad (la ideología es verdadera, es la realidad la que miente, como cuando usted cree asistir al cambio de pueblo que se desarrolla bajo sus ojos y que se le explica que lo que usted ve no existe), la movilización del aparato ideológico del Estado; de la escuela primaria (que inculca el antirracismo dogmático como un catecismo) a la Justicia (que criminaliza las ideas no conformes) pasando por la Universidad y, por supuesto, los medios de comunicación. Pero, sobre todo, esta ideología, como toda ideología en toda época, corresponde a los intereses de la clase dominante: esta hiperclase de oportunistas y de financieros a la cual se añaden todos los ganadores de la mundialización, así como esa fracción de la pequeña burguesía urbana bien educada que se aprovecha de las ventajas en cuestiones sociales del sistema y, en cualquier caso, ve que la situación le compensa.

Usted habla de una “dicotomización interna” en esta ideología: ¿Qué entiende con esa expresión? 

Yo llamo “dicotomización interna” a una técnica de manipulación que consiste en hacer creer que hay un conflicto cuando se oponen simplemente dos sensibilidades dentro de una misma corriente. De esta manera, falseando las leyes de la simetría y marginalizando las contradicciones serias, el sistema puede reproducirse hasta el infinito sin retorcer en apariencia el principio de pluralismo.

En realidad, los oligarcas y los tecnócratas que tienen el poder sin haberlo conquistado (siendo su poder de origen económico) necesitan las formas de la democracia para asegurar su legitimidad. El problema para ellos está en dirigir la consulta democrática en el sentido de sus políticas, por lo menos cuando se consulta al pueblo, lo que no se hace siempre (existen también los casos en los que no se tiene en cuenta el resultado de la consulta porque no va en el sentido esperado, como en el referéndum de 2005). Para eso existen diferentes técnicas que analizo en el libro. La dicotomización interna es una de ellas. Por ejemplo, se las arreglan para mantener la falsa división entre dos partidos llamados “de gobierno”, uno de derecha, otro de izquierda, que persiguen en realidad los mismos objetivos y que solo se diferencian en los medios para conseguirlo. La alternancia derecha-izquierda en Francia ha funcionado durante mucho tiempo bajo este modelo. Las voces disidentes quedan marginalizadas, como se ha hecho en las últimas elecciones presidenciales decretando que había grandes y pequeños candidatos, y que los pequeños no merecían tanto tiempo para expresarse como los grandes, lo cual manifiesta una extraña concepción de la competición democrática. El movimiento “populista” actual deshace este procedimiento dicotómico poniendo a la derecha contra la izquierda para instalar después otra división, ya no horizontal, sino vertical, políticamente más significativa.

Algunas ideas, al revés, son “criminalizadas”: ¿Por quién? ¿Cómo?

Sí, el discurso intimidante es un discurso culpabilizante que demoniza, criminaliza, anatemiza, deshonora todo pensamiento no-conforme designándolo fascista, negacionista, monstruoso y patológico. El culpable debe menospreciarse, verse como infame, indigno de pertenecer a la humanidad, debe detestarse o arrepentirse. ¿Usted me pregunta por quién las ideas no conformes son criminalizadas? Le respondo: Por los guardianes del pensamiento único, periodistas, profesores, universitarios, es decir, por aquéllos que se encuentran en todos los niveles del aparato ideológico del Estado. Vea por ejemplo cómo los periodistas tratan el “gran reemplazo”: hace falta que digan “la teoría delirante del gran reemplazo” mientras que su creador, Renaud Camus, dice él mismo que no se trata de una “teoría”.

En otro orden de cosas, puede verse el affaire Sylvain Gouguenheim. Ese profesor de Lyon, especialista de Historia medieval, había querido mostrar en un trabajo académico que los textos griegos se habían transmitido por una escuela latina que los historiadores tenían tendencia a olvidar, y no solo por medio de los sabios árabes. Inmediatamente se organizó un complot contra él, por vía de petición, para acusarlo de islamofobia. En realidad, muchos de los que firmaron ni siquiera habían abierto el libro, la mayor parte no conocían nada del tema, y varios de entre ellos publicaban regularmente ensayos bajo ideas de izquierdas, en calidad de universitarios, sin preocuparse demasiado por la “necesaria distinción entre investigación científica y pasión ideológica” que figuraba en la petición que firmaron.

Sin embargo, se escuchan algunas voces, y ¡desde hace ya varios años! Usted los cita: Zemmour, Lévy, Finkielkraut, Bruckner...

En efecto, asistimos desde hace algún tiempo a la liberación de la palabra, incluyendo los grandes medios. Creo que hay varias razones para ello. Puede ser, primero, por algunas reglas del Consejo Audiovisual. Sin duda también la carrera para conseguir cuotas de mercado; Zemmour, ¡siempre vende! Y, luego, los periodistas saben que las ideas dominantes no son mayoritarias en el país: así pues, conviene ir algo en el sentido de la mayoría, si no, nos alejamos de una gran parte del público. Finalmente, simple hipótesis, no es imposible que algunos sientan que el viento gira y se estén preparando para lo que viene. Sea como fuere, todo esto sigue bajo control. Los intelectuales no alineados no están tan presentes. Se les veía en la emisión de Frédéric Taddéi, cuidadosamente programada al final del día para limitar el impacto, pero el programa ha desaparecido, sin explicación muy clara. Aunque siga a menudo los programas de televisión, no veo ni a Alain de Benoist, ni a Olivier Rey, Chantal Delsol, Hervé Juvin, Michèle Tribalat, etc. A estos, se les encuentra en los medios alternativos, conocidos en el campo progre como «la fachosfera». Ahí tenemos un buen ejemplo de discurso intimidante, ¿no?

Usted denuncia también una falta de racionalidad, paradójico ya que la mayor parte de los debates de sociedad se basan sobre consideraciones que reivindican la más perfecta objetividad científica... usted cita, como ejemplo, las discusiones en materia de Bioética.

Primero, cuando se siguen los debates mediáticos, es preocupante tanta confusión y tanta mala fe. Por ejemplo, se presenta el aborto como un “derecho fundamental”: ese derecho, es el que tiene la mujer a disponer de su cuerpo. Es verdad que es un derecho fundamental incontestable, pero concierne esencialmente la contracepción. Cuando la mujer está embarazada, la relación con su cuerpo se complica mediante una relación con otro, ese otro resulta un pequeño ser que está en su cuerpo, pero que no es como una parte del cuerpo (un órgano). Ahí es donde deben estar los expertos: su rol debería ser el de plantear los problemas éticos correctamente, racionalmente, para aportar a los ciudadanos las explicaciones que necesitan.

En lugar de eso, se alinean con la ideología dominante. Es una pena. En realidad, no hay que contarse cuentos: el derecho al aborto no tiene nada que ver con la ética, es una elección de sociedad que corresponde a la forma de vida contemporánea de la clase media educada, urbana, en la cual la mujer trabaja fuera del hogar, ejerce responsabilidades, aspira a tener una carrera, etc. Podemos pensar que la sociedad no esté preparada para realizar otra elección, pero de ahí a esconderse detrás de un “derecho fundamental”, es verdaderamente sofisticado. Aquí se ve que hay unos tabúes. No creo que sea muy sano. Las personas deberían tener las cosas claras sobre unas cuestiones que les conciernen tanto.

¿Cómo la lengua se convierte también en el instrumento de ese “discurso intimidante”?

Estamos manipulados por las palabras, pero es comprensible. Es difícil, cuando utilizamos de manera habitual un marco puesto por una convención, no creer en la realidad intrínseca de dicha convención.  Los que ejercen el poder conocen la importancia de la semántica. No es inocente decir “extrema derecha” mientras que se dice “la izquierda de la izquierda” para evitar decir “extrema izquierda”. Nadie tiene ganas de que le peguen la etiqueta de “extremista”, porque un extremista es un personaje violento, con el cual es imposible hablar. También se crean palabras como “eurófobo” para hacer creer que aquellos que detestan la tecnoestructura eurocrática son enemigos de la bonita idea de Europa, mientras que la verdad es a la inversa: cuando se ama Europa es cuando se detesta esa organización estéril que la debilita y la condena a la impotencia. Hay muchos otros términos que contienen una trampa. Incluso la palabra “francés” se ha convertido en engañoso puesto que se habla de “yihadistas franceses” como si el yihadismo y el sentimiento francés no se excluyeran mutuamente de manera flagrante. Hay también una manera de utilizar las palabras que busca que las cosas no puedan tener una denominación. Se habla así de los “jóvenes” de los “barrios sensibles”. Es una especie de idioma encriptado a la Orwell. Esto podría ser divertido si esas maneras de hablar no fueran también maneras de pensar. En nuestros días, la educación hace mucho daño fabricando un pensamiento estereotipado, un “pensamiento por slogan” que no es en absoluto un pensamiento, sino que se transforma en un auténtico adoctrinamiento.

Recientemente, hemos visto a Marc-Olivier Fogiel (periodista radiofónico), que ha tenido hijos por gestación subrogada mientras que este proceder está prohibido en Francia, acudir a los medios con la benevolencia de los periodistas. Mehdi Meklat (bloguero conocido por sus polémicos mensajes en redes sociales) viene ahora también a participar en su propia redención, con la indulgencia del público... ¿cuando uno está en el bando de la corrección política, todo se le permite?

Que hay una doble vara de medir, eso no ofrece ninguna duda. Pero soy partidario por principio a la mayor libertad de expresión posible, y acepto que Marc-Olivier Fogiel pueda dar su opinión. Lo que siento es más bien la ausencia de un verdadero debate. Se habla mucho de la gestación subrogada pero menos de la procreación médica asistida. Sin embargo, me parece que el principio de esta última es, por lo menos, tan discutible como aquélla. En efecto, en “procreación médica asistida” está la palabra “médica”.

Que yo sepa, la medicina tiene el papel de curar, y los homosexuales no son asimilables a los enfermos, si no, algo se me escapa. Cuando digo “curar”, incluyo la paliación de los fallos de la naturaleza, como la infertilidad. Pero en el caso de una pareja homosexual, tenemos delante otra cuestión: un derecho al hijo, visto como un derecho a la felicidad familiar. Me pregunto entonces cómo se puede justificar la derivación del “deseo de ser feliz” hacia el “deseo a la felicidad”, un derecho que la sociedad debería necesariamente satisfacer. En realidad, la institución del “matrimonio para todos” lleva a la aplicación del principio de igualdad jurídica a unas situaciones que son, por naturaleza, diferentes; de ahí los problemas filosóficos y éticos que esto produce. Pero... ¿quién hace estas preguntas en el debate público? En todo caso, creo que en unos temas tan serios no podemos contentarnos con testimonios que nos conmuevan. Necesitamos un pensamiento construido y argumentado. Necesitamos racionalidad. Sufrimos bastante, en democracia, del triunfo de lo patético sobre el pensamiento metódico, paciente, construido, demostrativo.

Este “campo dominante”, y las verdades que impone a la colectividad, ¿está acabando definitivamente con nuestro modelo de civilización?

Yo diría más bien que el discurso intimidante debilita nuestras defensas inmunitarias. Cuanto más lo interiorizamos, nos convertimos en más vulnerables. Muchas personas admiten hoy que hay que respetar las religiones, todas las religiones, como si la falta de respeto en este punto no fuera una de las características de nuestra civilización. Una dificultad importante, que los países de Europa del Este no conocen, es la confianza ingenua en nuestro dispositivo de ciudadanía. Es un dispositivo inclusivo, en el sentido de la inclusión política, pero en absoluto en el sentido de la inclusión cultural. Sin embargo, vemos muy claro que el problema más importante de hoy en día es de orden cultural.

También existe confusión sobre la función de la laicidad: la laicidad no es en absoluto intervencionista en el plano cultural, es simplemente un principio de neutralidad en la esfera pública que es, ella misma, algo diferente que el espacio de la sociedad civil. Sin embargo, la neutralidad que impone puede a veces volverse contra nuestras tradiciones culturales, como la de poner los belenes en las escuelas, etc. 

En realidad, nada de lo que es propio a la ciudadanía se aplica directamente a los problemas culturales, esto hay que tenerlo siempre presente. Mi teoría sobre esto es que tenemos una concepción jurídica y formal de la ciudadanía que ya no está adaptada a los problemas a los que nos enfrentamos –no solamente a nivel de la presión migratoria, pero a otros niveles igualmente. A esta concepción jurídica y formal, yo opongo la política en el sentido fuerte del término, que concierne la acción eficaz, la “decisión que instituye”, la soberanía territorial, etc. De hecho, pienso que hay en el populismo una especie de revancha de lo político sobre lo jurídico, que toma la forma de una protesta del “Estado de derecho”. No digo que sea forzosamente algo bueno, pero lo analizo como un fenómeno que llama la atención. ■ Fuente: FigaroVox