El «macronismo», un progresismo totalitario, por Denis Collin


El presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, se define como progresista e intenta presentar la lucha política de nuestra época como el enfrentamiento entre los progresistas, que están ya en el nuevo mundo, y los nacionalistas, que son los partidarios del antiguo mundo. Por un lado, él defiende el liberalismo, multiplicando, por otra, las medidas más antiliberales en el dominio de las libertades públicas y en la generalización de una sociedad de vigilancia.

La “vieja izquierda”, que se ve como progresista, y los liberales “a la antigua”, que pretenden que el liberalismo económico y las libertades públicas son consustanciales, pierden sus referencias y son incapaces de diseñar la estrategia del presidente francés. La confusión en sus mentes es completa. Pero lo que no logran entender, ni siquiera los opositores al presidente, es que nos encontramos ante un auténtico progresismo y que este progresismo tiene una dinámica totalitaria.

El progresismo, el capitalismo y su crítica

El progresismo comenzó un día por considerar que el pasado está desprovisto de valor y que debe ceder el lugar a un futuro que será mucho mejor; otro día consideró que los Antiguos ya no eran portadores de la sabiduría, sino que la verdad estaba del lado de los Modernos; otro día comenzó a decir que había que “hacer tabla rasa” de todo el pasado. El siglo XVII racionalista y el siglo XVIII con las Luces pensaron sobre esta novedad radical surgida de la historia: es el momento del nacimiento del progresismo. Es, en este plano, el espíritu mismo de nuestro tiempo, de estos tiempos modernos que han producido los mayores logros de la inteligencia humana y un desarrollo sin precedentes del poder práctico de los hombres.

El capitalismo es intelectualmente incluido en el progresismo, pero resulta que este progresismo también nació de la crítica radical del capitalismo, la de Marx. Pero así como, en su propio desarrollo, el capital tiende a negarse a sí mismo y no sale de sus crisis más que destruyendo las fuentes de toda riqueza, la tierra y el trabajo, de igual manera el progresismo que fue el alma de la filosofía y de la ciencia modernas, se transforma en ideología, una ideología mortífera como lo es el capital en su estadio absoluto, en el que hoy nos encontramos, desde el final de la Guerra fría, del keynesianismo socialdemócrata y desde el colapso de todas las alternativas clásicas al modo de producción capitalista, el socialismo y el comunismo.

La ideología progresista es universalista e incluso mundialista: las naciones son cosas viejas que deben ser barridas. El librecambio es la nueva biblia y el progresista no puede más que estar de acuerdo con los tratados de libre comercio y con todas las joyas del mismo tipo que nos preparan los sabios y políticos progresistas. La población humana es ahora considerada globalmente como una masa cuyos flujos deben ser "regulados" y ante este imperativo las nociones de soberanía deben desaparecer, los Estados-nación ya no tienen legitimidad para decidir quién puede entrar en su territorio. Es la gobernanza global la que manda. En esta empresa, la ideología progresista es apoyada ardientemente por la “izquierda radical”, que confunde internacionalismo proletario y mundialización capitalista, solidaridad de los trabajadores y trata de nuevos esclavos, esta izquierda que podríamos llamar “la izquierda Soros”.

La ideología progresista quiere liberar al individuo de todos los vínculos tradicionales: no más familia, no más patria, individuos sin pertenencias reducidos a ser sólo consumidores que buscan maximizar su utilidad, según los cánones de las doctrinas económicas de moda. Todas las protecciones que ofrecían los Estados y los sistemas sociales se convierten en otras tantas trabas a la libertad de iniciativa del individuo. El triunfo de la mercancía va parejo a la disolución de cualquier comunidad, decía Marx, y nosotros tenemos la prueba patente ante nuestros ojos. El progresista juzga la protección como feudal y el individuo liberado debe afrontar solo los riesgos: los desempleados no tienen más que crear su propia empresa (Raymond Barre) o cruzar la calle (Emmanuel Macron).

Lo que se llama "comunitarismo" no contradice en absoluto este esquema progresista del individuo sin pertenencias: las microcomunidades participan de esta fragmentación de la comunidad nacional, de la solidaridad. Se trata, ante todo, de las particularidades individuales, incluso las más íntimas, para transformarlas en armas ideológicas contra cualquier forma de universalidad. En 1968, se creó el Frente homosexual de acción revolucionaria, pero enseguida fue necesario distinguir entre gais y lesbianas, después a los “trans”, y después… y la lista no deja de alargarse. Para cada cual, sólo su “yo” tiene interés. El “comunitarismo” no es más que la forma de la cultura del narcisismo (Christopher Lasch). El individualismo, devenido en locura, alimenta, por una parte, la dislocación de la acción sindical y de las solidaridades fundadas sobre las relaciones de producción, y por otra, impulsa la renovación en reacción a una religiosidad fanática.

El progresismo autoritario

La ideología progresista cree en las infinitas posibilidades de la ciencia y de la técnica. La naturaleza debe estar sometida a alguien que, desde Descartes, se concibe como “controlador y poseedor”. Hace más de un siglo, Marcelin Berthelot anunciaba que la química permitiría, en un futuro próximo, liberar a la humanidad de la plaga de la agricultura. Ecologista vegano a su manera, este gran científico anunciaba a los progresistas de hoy. ¡Comer carne es lo que nos hace bestias! La especie humana debe ser transformada de arriba abajo para no tener nada en común con los animales, ni la carne para comer, ni su piel para hacer abrigos, ni la lana para hacer jerséis. El eco que las “tesis” de los veganos y de los animalistas reciben en los medios dominantes no debería ser subestimado: el veganismo y el animalismo se integran perfectamente en el proyecto progresista de transformación radical de la especie humana.

La marcha hacia un más allá del ser humano está operando en todos los frentes. La lucha contra el sexo en nombre del género está en pleno apogeo. Que el hombre y la mujer puedan reproducirse como los otros mamíferos es absolutamente insoportable para el progresista. Como la verdad de la filosofía posmoderna (la French Theory), el género no es más que una construcción social y la promoción del “transgénero”, incluidas las operaciones quirúrgicas de “reasignación de género”, se inscribe en el proyecto progresista global de transformación de la especie humana. En un futuro quizás no demasiado lejano se podrá acabar definitivamente con todas estas antigüedades que hace de la reproducción de la humanidad un asunto de sexo. Hay que estar en guardia, la anunciada revisión de las leyes bioéticas bien podría validar una transformación antropológica fundamental. Permitiendo la “reproducción médicamente asistida” para todas las mujeres (lesbianas, mujeres solas, etc.), se condena a los machos a la única función de reproductores como a los toros sementales en el sistema moderno de cría de ganado. Una vez franqueada esta etapa, todo lo demás vendrá naturalmente.

El progreso nos promete la felicidad, que es obligatoria. El poder fluye de la benevolencia. El vocabulario corriente rezuma gentileza, amabilidad y sensiblería. Todos estamos llamados a consentir esta felicidad del nuevo mundo. Los recalcitrantes, los supervivientes del viejo mundo, son elementos antisociales y antiprogresistas que deben ser tratados con la máxima severidad. Se establece un autoritarismo desenfrenado y toda la sociedad se convierte en una sociedad de vigilancia. Bajo el pretexto de la lucha contra las "fake news” se diseñan los contornos del futuro ministerio de la verdad. Los manifestantes “a la antigua” son implacablemente perseguidos, golpeados, encerrados preventivamente para que nadie, en el futuro, puede perturbar la marcha del progreso.

El macronismo es la expresión acabada de este "progresismo" que hace tabla rasa del pasado y pone en marcha los mecanismos automáticos del mercado y las “inteligencias artificiales” para producir una gestión racional de una sociedad que ya no deja espacio para las viejas pasiones políticas. Es un proyecto totalitario en el sentido estricto del término, puesto que nada se le escapa en una sociedad de vigilancia total. Es también un proyecto que prepara el advenimiento de un nuevo hombre, liberado del lastre de la historia y de todas las viejas relaciones comunitarias, un hombre adecuado para el funcionamiento autómata del mercado.

Pero este hombre no es nuevo: es el homo economicus de las teorías económicas dominantes, pero hoy en día los doctrinarios tienen el poder y son mandatarios para realizar lo que la teoría había previsto. No debe confundirse el totalitarismo y la dictadura con la violencia. La violencia no es esencial en el proyecto totalitario del progresismo. No es útil más que cuando los malvados espíritus, decididamente, no quieren rendirse a la evidencia de la inevitable felicidad que se les prometió. Las libertades públicas no son abolidas de un golpe, los opositores no son ejecutados, pero, insidiosamente, todo lo que constituía la antigua idea de la libertad es erosionado y disuelto en las leyes y los procedimientos de este “nuevo mundo”.

Si no puede surgir ninguna oposición seria y coherente al macronismo, ello se debe, en primer lugar, al hecho de que casi todas las facciones de las clases dominantes comparten este proyecto, en el cual se reconocen. El fracaso de la “operación Bellamy” (joven candidato a las europeas por Los Republicanos) muestra claramente que la clase capitalista ha elegido su campo y que éste no es el de la vieja derecha. En cuanto a la izquierda, se descompone porque, por una parte, ella ha trabajado poderosamente por la victoria del macronismo, pero también, y sobre todo, porque en todos sus componentes está persuadida de que el progreso siempre es lo mejor, que no deben dirigirse las críticas contra el poder actual sino contra todos aquellos que no sean verdaderamente progresistas. 

El macronismo, en sí mismo, es inconsistente. Su fuerza proviene de otros lugares y no sólo de sus donantes de dinero. Salir de la ideología progresista, criticando radicalmente sus fundamentos, no hay otro camino si queremos construir una auténtica alternativa socialista, indispensable para detener la mortífera carrera del capital. ■ Fuente: Marianne