El útero de alquiler es un acto criminal, por Diego Fusaro


El útero de alquiler es un crimen terrible y un gesto vulgarmente clasista: porque reduce a la humanidad a bienes de adquisición y compraventa.

Eligieron llamarlo "subrogación", porque se aprovecharon de la lección de Orwell. En "1984" Orwell explica que el poder recurre a una neolengua acuñada ad hoc para mantener a los sujetos en condiciones de cautiverio simbólico y real: para que amen sus cadenas, dado que no son capaces de percibirlas como tales, y así estén siempre dispuestos a luchar contra cualquier eventual libertador. La neolengua sirve precisamente para este propósito: para asegurar que los esclavos no puedan llegar a la conciencia de su esclavitud y se enjuaguen con alegría y entusiasmo, lobotomizados por el poder y sus prácticas manipuladoras.

Por eso el sintagma neo-orwelliano por el que hemos optado, llamar "maternidad subrogada" a la práctica obscena del útero alquilado, con el que una mujer, a cambio de una cuota, pone a disposición de quienes no pueden o no quieren tener hijos por sí mismos, su útero. Este es el tema central del nuevo libro de Enrica Perucchietti, "Utero in affitto" (Turín 2016). Un libro para leer y meditar.

Gramsci dijo que el gesto revolucionario por excelencia es llamar a las cosas por su nombre. Así que intentémoslo, incluso a costa de ir en contra de la corriente del pensamiento único políticamente correcto que, gestionado unívocamente por el poder, establece lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede decir y lo que no se puede decir. El único pensamiento es, de hecho, la superestructura ideológica que glorifica la relación de poder dominante y todas las prácticas que fortalecen el poder mismo. Digámoslo, entonces, abiertamente.

El útero alquilado es una práctica criminal, execrable y horrible. Y lo es porque utiliza a las mujeres pobres como bienes disponibles, como material humano del cual obtener plusvalor. El imperativo categórico de Kant, que prescribe tratar al otro siempre como un fin, nunca sólo como un medio, queda aquí totalmente contravenido. El útero alquilado debe considerarse, pues, sin reservas, como una práctica obscena y criminal porque considera a los niños como objetos-mercancía, como artículos de comercio, como productos bajo demanda que dependen únicamente del capricho del portador individual de la voluntad del poder consumista.

El niño queda en este caso en un segundo plano: en primer plano está el deseo egoísta de poder soberano del consumidor individual, que puede hacer cualquier cosa, siempre que tenga el equivalente monetario correspondiente. Todo se puede hacer, incluso comprar a un niño: la lista de precios -verifíquelo usted mismo para creerlo- varía increíblemente de un país a otro.

El útero alquilado es un gesto vulgarmente clasista: es el gesto que permite a los ricos comprar niños a expensas de los pobres, o mejor dicho, que lleva a las mujeres pobres a ser obligadas a alquilar su vientre para llegar a fin de mes. Es el triunfo del clasismo planetario, lo cual es consustancial a la lógica del desarrollo capitalista del fanatismo de la economía.

Dejémoslo claro sin miedo a la refutación: no hay nada emancipatorio en la práctica criminal del útero alquilado, que marca el triunfo del capital sobre la vida humana, de la economía sobre la dignidad, de la plusvalía sobre el derecho a la vida.

Es una batalla de civilización, una vez más: es necesario oponerse, sin más ni más, a esta enésima práctica obscena que surge del clasismo y la reificación, es decir, de las patologías que son connaturales al capitalismo. Quien acepta, practica o defiende el útero de alquiler -es bueno saberlo- está defendiendo un crimen contra la humanidad, reduciendo a los humanos a bienes para la venta. Traducción: Carlos X. Blanco Martín. ■ Fuente: Fanpage