El testamento de Guillaume Faye, por Georges Feltin-Tracol


Golpeado por un cáncer fulminante, Guillaume Faye murió en la noche del 6 al 7 de marzo de 2019, unos días antes de la publicación de su "testamento político", con tono marcial, Guerre civile raciale. 

Su desaparición, al menos, le evita ser acusado de inspirar a Brenton Tarrant, el responsable del tiroteo de Christchurch en Nueva Zelanda, el 15 de marzo de 2019, cuyo manifiesto es parte del "nacionalismo blanco", puro producto anglosajón.

Sabiéndose condenado, Guillaume Faye desarrolla, profundiza y endurece los argumentos ya presentes en sus últimos trabajos, el muy mediocre Comprendre l’islam, La nouvelle question juive y La colonisation de l’Europe que le había valido la ira de una justicia hexagonal liberticida.  Teniendo en cuenta que "la educación y la lucha cultural son necesarias pero insuficientes, porque actúan a demasiado largo plazo, mientras estamos contra la pared, en un contexto de emergencia", suena la campana por última vez. Cree que los próximos años verán a Francia y a Europa en una feroz guerra civil interétnica porque "pueblos de razas diferentes y opuestas viven juntos en el mismo país y se odian mutuamente". Lejos de lamentarlo, afirma que "la confrontación se ha vuelto indispensable para resolver el problema, sanear la situación y liberarnos". ¿No es esta afirmación sobre todo perentoria? Desarmados, hiperindividualizados, incapaces de concentrarse y organizarse mutuamente, los europeos de principios del siglo XXI corren probablemente el peligro de perder esta posible confrontación que algunos cenáculos globalistas, cosmopolitas y mundialistas desean.

Aunque es cruel, es una justa constatación. Además, al igual que la sobrevalorada Guerilla (2016) de Laurent Obertone, Guillaume Faye cree en la naturaleza implacable de una guerra civil en Francia, olvidando que Francia nunca será Siria, Liberia o México. Una potencia nuclear que alberga varias centrales atómicas, un miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un Estado muy antiguo y estructuralmente fuerte a pesar de las debilidades recurrentes de la potencia, un territorio donde se encuentran más de 70 segundas residencias de jefes de Estado y de gobierno extranjeros, Francia no se hundirá en una guerra civil como el Líbano o Libia. A lo sumo, serían brotes locales de alta tensión de baja intensidad (sin embargo, ultra violentos para los habitantes). E incluso si Francia se sumiera en guerra entre diferentes comunidades, la OTAN y la UE intervendrían militarmente de inmediato para restaurar el orden e imponer un nuevo AMGOT (gobierno militar occidental de ocupación) que finalmente eliminaría la fuerza de ataque nuclear de Francia y el derecho de veto en la ONU de una Francia debilitada.

Si Guillaume Faye tiene razón al enunciar lo obvio una vez más, a saber, que "la espantosa sociedad multirracial con su ideología y su represión antirracista (aunque la esquizofrénica ley constitucional niega oficialmente la existencia de las razas humanas) se ha convertido en una sociedad multirracista", no tiene suficientemente en cuenta las acciones desestabilizadoras de los Estados Unidos, las sectas como la Cienciología y las espiritualidades del mercado neo protestante del otro lado del Atlántico en los suburbios franceses. El islam no es el único agregado del odio antieuropeo expresado por las masas no europeas. El autor se centra demasiado en la única religión mahometana a riesgo de no ver a todos los actores hostiles a nuestra civilización albo-boreal.

Ciertamente denuncia cierta laxitud de los gobernantes, el papel nocivo de ciertos neocolaboracionistas y el angelismo de los católicos. Nos recuerda con razón que los valores cristianos contribuyen en gran medida a nuestro desarme moral. Insiste en nuestra alma fáustica a favor de los avances bioéticos. En conclusión, hace un llamamiento a la remigración (la salida, forzada o voluntaria, de los no-europeos del Viejo Continente) y a la finalización de la cristianización (animando a los europeos de origen boreal a reencontrar sus instintos depredadores de la era paleolítica).

El futuro dirá si Guillaume Faye fue un imprecador consciente de su propia finitud, un refundador de civilización imperial o un visionario genial... Fuente: europemaxima.com