La Iglesia frente a la ideología de género, por Paul-André Deschesnes


En la actualidad, sabemos que esta sulfurosa "teoría  de género" hace furor en Occidente (Europa occidental, Estados Unidos, Canadá y Québec). Lo masculino y lo femenino están desapareciendo...

Las palabras “hombre-mujer” serán sustituidas por “persona”, según los poderosos tenores de las comunidades sexuales LGTBQ. Todos estos lobbies muy activos y muy chillones han decidido imponer su ideología y su filosofía al mundo entero.

Se nos grita a todas horas “que hay que destruir esta sociedad que nos ha asignado un sexo en el momento de nacer”. Esto significa “destruir a Dios, la ley natural y las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia”. Es la decadencia acelerada de nuestra civilización occidental en putrefacción. Con esta locura colectiva del derecho a la diferencia, ¡nos hemos convertido en indiferentes a Todo!

En este circo diabólico, los órganos genitales no tienen ninguna importancia. Según esta teoría, habría varios géneros y varias maneras de vivir su sexualidad, con independencia del sexo biológico. Cada uno escoge, pues, su género y esto podría ser temporal o permanente. Después del parto, la madre ya no debe decir: “He tenido un niño o una niña”; ella debe decir: “He tenido un bebé”. En Francia, ya no se habla hoy de “niños o niñas” en las escuelas, sino de “la infancia, la niñez”. En todos los países occidentales, se enseña esta popular teoría demoníaca como normal, banal e indiscutible, entre la indiferencia generalizada. ¡Asunto terminado! ¡Hay que obedecer! ¡Vivimos en el momento del totalitarismo LGTBQ!

Entonces, cuando el autor de esta crónica religiosa que acabo de leer nos dice: “Oponerse a esta teoría no implica realizar juicios de valor, ya que el Papa Francisco ha dicho: ¿Quién soy yo para juzgar?, me atrevo a afirmar que a este obispo le falta valentía.   

Las comunidades LGTBQR1A2 (cada mes añaden una nueva letra) no se moderan cuando atacan y ridiculizan las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre la sexualidad humana. Se ha demonizado a los papas Juan-Pablo II y Benedicto XVI sobre esta cuestión, pero parece que nos acostumbramos cada vez más al Papa Francisco, en nombre de la acogida y de la inclusión, cuando parece querer abrir las puertas a los LGTBQ. Con nuestra nueva amable pastoral, muchos sacerdotes y obispos en Occidente, en Francia y en Québec en particular, no se atreven ya a juzgar todos esos estilos de vida donde la sexualidad sin cortapisas y contra natura reina sobre todo lo demás. Parece que se ha conseguido obtener de la Iglesia Católica un cierto reconocimiento, en forma de pastoral, pero no oficial, para agradar a todas esas comunidades que practican unas formas de sexualidad fuera del marco. Tristemente, toda esa gente estupenda exige todavía más a la Iglesia Católica. Con el apoyo de varios pastores heréticos, y en nombre de los derechos y las libertades, se pide ahora que se cambie la Sana Doctrina para respetarlos y acogerlos mejor. ¿Quién va a tener la valentía de informar (sin juzgarles, claro) a todas esas personas que viven unos estilos de vida sexual incompatibles con las enseñanzas de Cristo y del Magisterio, que deben confesarse y convertirse ahora que todavía están a tiempo?

En nuestra Iglesia Católica, vivimos cada vez más en una atmósfera de concesiones, confusión, compromisos y doble lenguaje, en lugar de enseñar la verdadera Verdad, incluso si eso sienta mal y nos hace ser impopulares. No olvidemos que esas ideologías nada sanas y radicales hacen temblar a los gobiernos e incluso a las autoridades eclesiásticas. Estamos frente a una rectitud políticamente correcta que no tiene ya ningún sentido.

Sobre todo, no hay que ser “cool”. Nosotros debemos más bien proclamar la Verdad. Es un deber cristiano el servir de testimonio y el remar a contracorriente.

En el periódico “Jésus, Marie et Notre Temps” (verano 2018), el presidente Jacques Théberge nos hablaba del Papa Pablo VI, “un gran profeta entre nosotros” y de su encíclica “Humanae Vitae” proclamada en 1968. Recordamos que ese mensaje histórico fue rechazado y menospreciado por la gran mayoría de fieles occidentales e, incluso, por una parte importante del clero católico. Nos dice que “la revolución sexual de los años 60 está a punto de convertirse en uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad” (Mary Eberstadt). Además, las locuras abominables de mayo del 68 en Francia han llevado a todo Occidente a un torbellino de ideologías izquierdistas e inmorales provocando una onda de choque mundial. Hoy en día, recogemos lo que sembramos entonces. “Cuando queremos negar las leyes naturales y desafiarlas”, nos dice el sabio Jacques Théberge, “siempre se termina por pagar un alto precio”.   

La ideología de género está lavando el cerebro de nuestros niños desde la escuela infantil (curso de perversión sexual en nuestras escuelas). Las autoridades escolares y los padres demuestran bastante cobardía cuando dicen beatamente que no pueden hacer otra cosa, y que hay que evolucionar y adaptarse a las nuevas realidades que están de moda.

Hemos banalizado y fomentado el aborto y la eutanasia, convertidos en una verdadera epidemia. Hoy en día, ¡le corresponde el turno a la ideología de género! El placer y el goce extremo son ahora los nuevos valores vividos por la mayoría de nuestras poblaciones ateas y descreídas. Hemos hecho la promoción de todos los tipos de sexualidad que no tienen ningún sentido para el ser humano. Hemos generado una verdadera “Torre de Babel sexual”, ¡favorecida y adulada por nuestras autoridades políticas, mediáticas y masónicas! “Los signos son inquietantes”, nos dice Jacques Théberge. Y añade: “¿Y qué decir del aumento vertiginoso de la pornografía, de la indecencia y del desprecio al cuerpo humano, convertido en un objeto de placer y de consumo?”. Citando de nuevo a la Sra. Eberstadt, añade: “La Iglesia Católica tenía razón al oponerse a las desviaciones que la revolución sexual causaría y al decir que adaptarse a esta revolución ha sido un error”.   

En nuestros días, todos los grupúsculos sexuales, incluso los más grotescos, hacen temblar la galaxia. Nos hemos sometido, en nombre del dios de la tolerancia, sin ningún debate de sociedad, a esas nuevas teorías llamadas posmodernas. En lugar de buscar la Verdad, hemos desarrollado un culto histórico por todas esas diversidades en nombre de unos nuevos valores inclusivos, vacíos y tóxicos. ¡Seamos serios y admitamos colectivamente que nos han estafado con alevosía!

Es en este caos doctrinal, lleno de confusiones y de falsedades, donde nuestro obispo intenta él también adaptarse al proclamar las enseñanzas del Magisterio y, al mismo tiempo, deslizándose peligrosamente al hablar de esta teoría satánica del género desde una óptica pastoral, donde no hay que incomodar a nadie y nunca juzgar. Nadamos así en pleno relativismo para sonreír mejor a la multitud que acepta hoy cualquier cosa en nombre de una libertad personal para todos y en cualquier lugar. Así las cosas, las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia son simplemente un ideal a conseguir.

Vivimos en un mundo completamente al revés y degenerado, donde el Mal se ha convertido en el Bien. ¿Hace falta reconstruir la sociedad según todos esos gustos y deseos decadentes, en ruptura total con las leyes naturales de la creación divina? Vivimos en una época donde la borrachera de la deconstrucción moral ha llegado al punto más alto en la Historia y donde la valentía para anunciar la Verdad sin concesiones, en todo su esplendor, ya casi no existe. La nueva moral sexual del “caso por caso” es muy popular en nuestra Iglesia occidental. Esta manera de arrastrarse nos lleva derechos contra la pared.

La ideología de género se encuentra en cabeza de lista en este desfile mundano y posmoderno de las perversiones sexuales. Tendremos pronto una “bonita” sociedad neutra donde el sexo, valor número uno de este mundo que se ha vuelto loco, reinará como dueño bajo todas las formas inimaginables, con decenas de maneras de gozar, de divertirse y de condenarse.

Para terminar, acabo de ver un reportaje sobre el desfile del Orgullo Gay del 30 de junio de 2018 en París. Mediante este gran despliegue de desnudez, de perversidad y de excentricidad, se podía “admirar” a un grupo de hombres desfilando casi desnudos y enseñando como taparrabos una cruz cristiana atada a la cintura […] La blasfemia satánica ya no tiene ningún límite en nuestras sociedades envueltas en tinieblas.

Hay que tener la valentía de denunciar con energía la ideología de género. Hay que tener también la audacia de anunciar y de proponer hoy en día todo el contenido de la encíclica “Humanae Vitae” del Papa Pablo VI sobre el verdadero amor humano.