La decadencia de Occidente no es algo accidental. Entrevista a David Engels, por Louise Darbon


Preocupado al ver la civilización europea desfallecer, David Engels, historiador y profesor en Polonia y Bruselas, ofrece sus reflexiones y consejos personales en sus libros más recientes, Le Déclin. La crise de l´Union européenne et la chute de la République romaine, una comparación entre la decadencia del Imperio Romano y de la Unión Europea, y Que faire? Vivre avec le déclin de l´Europe, una guía para sobrevivir entre las ruinas de Occidente.

Su libro más reciente refleja más un testimonio personal que un ensayo político. ¿Por qué ha querido compartir esas reflexiones íntimas?

La situación es grave: no es solo un modelo político, económico o social que está gradualmente desapareciendo, sino la totalidad de lo que fue, durante un milenio, “Occidente”. Esta evolución lo es todo salvo un suceso cualquiera, del que bastaría tomar buena nota antes de continuar como si nada hubiera pasado: la decadencia masiva de Europa como civilización es una verdadera tragedia histórica que nos concierne a todos, no solo como colectivo, sino también como individuos. Personalmente, sufro mucho del fin anunciado de la civilización occidental que quiero con toda mi alma, y sé que no soy el único en este caso, aunque muchos contemporáneos no se den todavía cuenta de la naturaleza gravísima de esta evolución o bien no quieren sacar las consecuencias que se imponen. Para esas personas he escrito este libro, con el objetivo de compartir mis reflexiones para saber qué podemos hacer nosotros, enamorados de Occidente, de su historia, de su patrimonio y de sus tradiciones, para ser fieles, en un mundo posteuropeo, a nuestras convicciones íntimas, y para legarlas a nuestros descendientes.

Usted recuerda la analogía entre la decadencia actual del mundo occidental y la decadencia del mundo grecorromano que había estudiado ya en uno de sus libros precedentes. ¿En qué se sustenta esta comparación?

En efecto: la decadencia de Occidente, como lo mostraron numerosos historiadores como Oswald Spengler o Arnold Toynbee, no es un simple accidente en el recorrido: está inscrito en la lógica de la Historia misma, que ya ha conocido el surgimiento y decadencia de muchas otras civilizaciones. En mi libro de 2013 sobre ese tema, del que existe ya una edición de bolsillo con un nuevo prefacio, intenté mostrar hasta qué punto la crisis actual de Europa recordaba a la de la República romana del siglo I cuando, aquejada de una grave crisis política, económica, demográfica, étnica y social sin precedentes, se vio desgarrada por una serie de revueltas endémicas transformadas en verdaderas guerras civiles, antes de caer en un Estado autoritario que estabilizó la crisis, cierto, pero con el coste de una reducción drástica de la libertad política y de un cierto estancamiento cultural. Estoy convencido de que esta evolución nos espera igualmente en las dos próximas décadas y advierto a mis lectores de prepararse para esos acontecimientos.

Usted señala que pocas personas se atreven a hablar de “decadencia”. ¿No le da miedo que hablar de ello tenga un efecto performativo?

Eso es como en medicina: ¿le gustaría ser atendido por un médico que trata su cáncer como un resfriado, por miedo al impacto psicosomático que produzca el anunciarle la verdadera situación? Así, yo creo que la honestidad debe ser la virtud suprema de toda civilización que se respete. Callar voluntariamente la realidad de los procesos culturales que se desarrollan en la actualidad, ya sea la inmigración de masas, el envejecimiento de la población, la islamización, la inteligencia artificial, la disolución de los Estados-nación, la autodestrucción del sistema escolar y universitario, el inmenso retraso de Europa en relación a China, la transformación de la democracia en tecnocracia, se parece en mi opinión a un acto de alta traición con consecuencias duraderas. Ya que cuando la verdad estalle ante todos, es decir, la naturaleza cada vez más irreversible del proceso, incluso los últimos restos de confianza en nuestro sistema político se romperán, como la solidaridad entre los diferentes grupos sociales y culturales que componen nuestro entorno. Solo analizando sinceramente y fríamente la situación actual podremos determinar los márgenes de maniobra (cada vez más reducidos) que nos quedan e intentar vislumbrar las reformas necesarias para salvar y estabilizar lo que perdura de nuestra civilización, como lo ha señalado muy bien Michel Houellebecq cuando ha escrito su apreciación de mi libro en la contraportada.

Esta decadencia de la civilización parece preocuparle más que los discursos que nos alarman en cuanto a la urgencia climática...

Al contrario: aunque yo sea escéptico sobre la pretendida urgencia climática y su impacto sobre los seres humanos, la explotación desmedida de nuestros recursos naturales y el saqueo de la diversidad y de la belleza de la naturaleza a todos los niveles forman parte integral de nuestra decadencia como civilización, como fue el caso hacia el fin de la República romana. Por eso estoy convencido de que es esencial no atacar los síntomas, sino las verdaderas causas: no es solo disminuyendo el CO2 u otras materias problemáticas, sino trabajando sobre la ideología materialista, consumista y egoísta del mundo moderno; así es cómo podemos esperar encontrar un nuevo equilibrio con la naturaleza, sabiendo que el verdadero peligro para el medio ambiente no viene de Europa (que ya ha hecho inmensos progresos) sino más bien de Asia… De hecho, en este contexto, me sorprende siempre el doble lenguaje de los ecologistas: mientras que, en el plano ecologista, prefieren defender un “conservadurismo” cada vez más radical, en el plano cultural, defienden un constructivismo extremo: se diría que, para muchos de ellos, la desaparición de una especie de ranas es más importante que la de la civilización europea… También he escrito el libro para sensibilizar a la opinión pública sobre la riqueza de nuestra cultura y el riesgo de verla diluida o desaparecida definitivamente.

¿Es el Brexit el primer signo concreto de la destrucción de Europa que usted teme?

Entre nosotros, confieso que no estoy convencido de que el Brexit vaya a tener lugar, aunque el nombramiento de Boris Johnson puede que haga cambiar la situación. Pero no hay que confundir “Europa” y “Unión Europea”: durante siglos, Occidente ha estado políticamente y culturalmente más unido que ahora. Una desaparición o transformación de la Unión Europea como tal no significaría la destrucción de Europa como civilización. Esta destrucción viene sobre todo del interior, no del exterior. La destrucción de la familia tradicional, el relativismo cultural, el masoquismo sobre la Historia, la corrección política, la tendencia a censurar cualquier opinión contraria, la sustitución de comunidades homogéneas y solidarias por una yuxtaposición de agrupamientos que buscan únicamente su propio beneficio, la polarización social, el cinismo con el que cualquier noción de verdad absoluta es reemplazada por “compromisos” negociados… Ahí están las verdaderas razones de la destrucción de Europa. Los acontecimientos políticos que vemos hoy en día ‒la transformación de la Unión Europea en el principal defensor de lo que vengo de enumerar así como la voluntad, no solo británica sino también de los “populistas” presentes en toda Europa, de sacrificar la unidad europea para proteger, por lo menos su propia identidad‒ no son más que las consecuencias deplorables. La verdadera respuesta viene de otro sitio: Occidente solo podrá estabilizar su decadencia actual si restablece a la vez sus raíces y se mantiene solidario y unido. Tristemente, este mensaje puede que llegue demasiado tarde.

Usted dice que no quiere dejarse llevar por el catastrofismo. Sin embargo, no es lo que se podría llamar optimista precisamente…

En primer lugar, me considero un historiador y no puedo evitar constatar que todas las grandes civilizaciones humanas conocen ciclos históricos más o menos análogos. ¿Por qué Occidente sería una excepción a esta regla milenaria? Después, creo ser un observador bastante sensible de los procesos que afectan actualmente a nuestra sociedad: basta con darse un paseo por los suburbios de París, Londres o Bruselas; viajar a través de las zonas rurales cada vez más desiertas; ver con sus propios ojos el nivel de educación en escuelas y universidades; estudiar la evolución de los tipos de interés; hablar con los administradores políticos nacionales y europeos cada vez más desconectados de las realidades; sentir el desconcierto y el desamor de cada vez más europeos por su sistema político; basta con todo ello para ver que Occidente está transformándose radicalmente, y no para mejor. El estallido de la gran crisis que esperamos todos podrá todavía retrasarse algunos meses o años. Pero una vez que las cuentas estén vacías y que la Seguridad Social se hunda, veremos que los “chalecos amarillos” habrán sido solo el preludio de conflictos cada vez más violentos. La Europa que surgirá tendrá muy poco que ver con la que conoce actualmente los últimos sobresaltos. Si queremos comenzar a conservar, como mínimo, algunos restos de lo que amamos en nuestra deteriorada civilización el momento es ahora…

Finalmente, este libro puede leerse como una guía de supervivencia de uso individual (usted insiste en ello). ¿No hay ya más medios de acción colectiva para hacer frente a una decadencia que parece inevitable?

¡Sí, claro! De hecho, insisto varias veces en el hecho de que esta pequeña guía no reemplaza de ninguna forma la actividad política y colectiva; al contrario: “vita activa” y “vita contemplativa” deben completarse para formar una sociedad verdaderamente estable. Pero hay que darse cuenta de que Europa no funciona y de que, incluso en el mejor de los casos, se encontrará radicalmente cambiada en relación a la Europa en la que la mayor parte de nosotros hemos sido socializados. Si queremos conservar nuestra identidad a través de las crisis que nos esperan, ya es hora de que no lancemos la responsabilidad hacia un mundo político en gran parte indiferente, e incluso hostil a la verdadera cultura europea ‒y que no será fácil de derribar de la noche a la mañana‒ sino de comenzar por defenderla y reforzar nuestra propia identidad en el día a día. En efecto, constatamos cada vez más la fuerza interna de esas “sociedades paralelas” que dominan ya nuestras metrópolis: si no trabajamos rápidamente en reafirmar nuestra propia identidad, pronto no tendremos derecho ni a nuestra sociedad paralela… A partir de ahora, ya no podemos contar con la estabilidad de nuestro sistema político y cultural; si queremos proteger nuestro legado la lucha debe ser doble: por un lado, debemos transformar a cada individuo, cada familia y cada grupo de amigos en pequeñas fortalezas con valores e identidad muy interiorizados; por otro lado, debemos desarrollar una nueva ideología política uniendo conservadurismo cultural y lucha por una Europa unida (no necesariamente idéntica a la Unión Europea). Es, de hecho, el tema de mi último libro Renovatio Europae, publicado recientemente en versión alemana y, previsiblemente durante 2019, en sus traducciones francesa, inglesa, polaca, italiana y española, y que forma un díptico con la guía de supervivencia de la que hemos hablado (Que faire? Vivre avec le déclin de l´Europe). Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Le Figaro