Pensar en un santuario alboeuropeo, por Thierry Durolle


El peligro demográfico y la urgencia que representa la preservación de nuestro pueblo, a fin de mejorarlo, son los dos desafíos principales del siglo XXI. 

Están, además, vinculados entre sí. Por un lado, el Tercer-mundo, y particularmente África subsahariana, se desborda y se extiende sobre Europa en un flujo migratorio histórico; por otro, una civilización-madre, que se encarna, desde un punto biológico, en la raza blanca europea, civilización que capitula, que se deja morir por la vía de un déficit demográfico y una renuncia a su ser metafísico.

Para muchos esta constatación es tremenda: hemos franqueado el punto de no retorno. Nuestra tierra, nuestras patrias carnales, nuestros particularismos culturales, así como nuestros fundamentos biológicos, están más desfigurados que nunca. Por la complicidad de los “humanistas” de todo tipo, de la agenda de la hiperclase mundialista y, por supuesto, a causa de la criminal complicidad de una iglesia solo preocupada de renovar su clientela, estamos en trance de desaparición y de ser sustituidos en nuestro propio suelo. Es suficiente mirar cualquier ciudad europea occidental para constatarlo. Las villas rurales tampoco escaparán a la política de “mixticidad” social y racial, con la implantación de los famosos “migrantes”. Arthur Kemp, en su libro “Construir el hogar blanco” (Bâtir le foyer blanc, Arkibeia, 2015), quizás tenga la solución.

Antiguo militante del British National Party, es prácticamente desconocido en Europa occidental. Solo en Francia se han publicado dos de sus libros: el ya citado anteriormente y el titulado “¿Qué es el etnonacionalismo?” (Qu’est-ce que l’ethnonationalisme?). El primero de ellos está trágicamente de actualidad. Arthur Kemp expone, en primer lugar, sus argumentos para la creación de un santuario para los “alboeuropeos”. Si las demás etnias tienen derecho a sus propios santuarios, ¿Por qué no los alboeuropeos? Con más razón porque nuestro pueblo está en total peligro de extinción. Los argumentos tienen, ciertamente, un trasfondo moral, incluso humanista, especialmente cuando el autor se apoya sobre el principio de autodeterminación de los pueblos. A partir de ahí, sus palabras se hacen mucho menos humanistas para hacerse más realistas, como cuando el autor afirma que los europeos no están preparados para salvarse del desastre.

Una vez expuesto el principio de un hogar alboeuropeo, Kemp nos presenta, a continuación, dos ejemplos de hogares étnicos creados ex nihilo: la comunidad afrikaaner de Oriana e Israel. De estas dos experiencias, el autor extrae varias lecciones, sean positivas o negativas. Después viene la determinación del espacio vital necesario. La elección de Arthur Kemp lo sitúa en Europa del Este, un espacio geográfico delimitado por Bielorrusia, Ucrania y parte de Rusia. Evidentemente, hay mucho que debatir en cuanto al lugar. Haría falta también que el país de acogida estuviera de acuerdo en la cesión de un territorio, sin hablar del reconocimiento internacional. Mucho que discutir, pero el enfoque es tan legítimo, tan vital, que lanzarse a tal proyecto debería ser una evidencia para todo el mundo.

Algunos dirán que hay que continuar en el sitio y combatir. También tienen razón. Pero el establecimiento de una base de retaguardia nos parece también en coherencia con la lógica de combate. Oponer la lucha y el establecimiento de un santuario no resulta de utilidad a una visión de conjunto. “Construir el hogar blanco” es una pista de reflexión serena en cuanto a la salvaguardia de lo mejor de nuestro pueblo. Los argumentos del autor son justos, medidos y para nada fantasiosos. Desde luego, habría que profundizar sobre la cuestión y encontrar el mejor medio de edificar ese santuario. Entre tanto, nada nos impide crear comunidades rurales, escuelas propias y enviar exploradores a la búsqueda de un nuevo espacio vital. Es nuestro deber. ■ Fuente: Europe maxima