Populismo y "demofobia", es decir, donde la derecha y la izquierda se encuentran, por Diego Fusaro


Con la maestría cosmopolita de la que son expresión cultural y política, el fucsia y el arco iris de izquierda son hoy "demofóbicos": han perdido toda "conexión sentimental" (Gramsci) y toda relación material e inmaterial con el pueblo, hacia el que guardan un sentimiento de puro particularismo (sentimiento cada vez más claramente recíproco).

Como argumenté en Glebalizzazione. [Glebalización. La lucha de clases en la época del populismo, Rizzoli 2019], con la categoría despectiva de "populismo" se expresa, de hecho, el odio a las masas populares nacionales y, al mismo tiempo, el temor hacia ellas ―que es el temor de los dominantes― el miedo a que el pueblo venga a irrumpir en el escenario del conflicto político, a salir gramscianamente de su pasividad y retirar su consentimiento al proyecto de la clase global. Hoy, las palabras de Maquiavelo resuenan claramente, como un programa político de populismo: "la causa del pueblo es más honesta que la de los grandes, queriendo éstos oprimir, y la aquél la de no ser oprimidos" (El Príncipe, IX).

Cualquiera que sea la perspectiva asumida, vemos aquí la absoluta incapacidad de la izquierda del arco iris a la hora de entender el fenómeno populista que emerge claramente, como lo destaca Luca Ricolfi. El rechazo y la condena son la única actitud que han podido demostrar, revelando una insensibilidad incondicional a las demandas de protección y apoyo que vienen desde abajo.

Además, la nueva izquierda fucsia ha optado por basar su programa de adhesión al léxico del liberalismo cosmopolita en la deslegitimación a priori de toda demanda procedente de abajo, de las clases populares nacionales: hasta el punto de que, sin exagerar, gran parte del programa cultural y político de la izquierda amigable con el mercado se resuelve en la demonización de toda instancia popular nacional que amenace la hegemonía de la aristocracia financiera globalista.

Si el polo dominado ve la inmigración masiva desregulada como un drama para su supervivencia diaria, la izquierda antigramsciana responde que es, por el contrario, una oportunidad imperdible para el crecimiento multicultural y califica de xenófoba a cualquiera que no se adapte a su ortopedia globalista.

Si, una vez más, la masa nacional-popular revela una creciente desconfianza hacia la globalización, la izquierda responde que, en cambio, ésta debe ser experimentada como la mayor oportunidad y que aquellos que no son capaces de entenderla se ven afectados por una rudeza nacionalista incurable. Si, entonces, el polo del dominado teme a la UE y menciona la posibilidad de recuperar la soberanía nacional, la izquierda responde indignada que el proyecto europeísta no puede ser el problema, porque es, en cambio, la única solución.

La estigmatización del populismo, tan querida por los partidarios de la neolengua oculta en sí misma una estigmatización más general de la gente como tal: sirve de trasfondo constante a lo que se ha definido, con razón, como la era de la "denigración de las masas". La demofobia del libertario de izquierda es, también en este caso, la misma que la del libertario de derecha.

El clero intelectual ―que completa la relación de poder hegemónico― estigmatiza como "populista" toda posición teórica y política que, en lugar de adoptar el punto de vista de la élite dominante desde arriba, adopta la antitética desde abajo, consistente con los intereses y perspectivas de redención de las masas populares nacionales derrotadas por la globalización capitalista.

La defensa del hombre común, del pueblo y de la gente sencilla ha dejado de estar asociada al orden del discurso de la izquierda, que, por el contrario, en esa defensa identifica ―a diferencia del patriciado financiero― elementos peligrosos, que deben ser neutralizados en nombre del actual orden cosmopolitizado asimétrico.  Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: ilfattoquotidiano.it