¿Un mundo en vías de subdesarrollo?, por Hervé Juvin


La primera de las creencias implícitas de Occidente es la irreversibilidad del progreso. El desarrollo no conoce más que un solo sentido, el progreso es el destino de los seres humanos, y todos estamos llamados a ir hacia él. Ese es el mantra de la modernidad. ¡Hacia adelante! Es lo que resume toda la política moderna. Saber adónde se va es otra historia. El problema es que el tablero del mundo desmiente esta creencia y condena las políticas que resultan de ella. 

Madagascar, la gran isla, es hoy en día más pobre en infraestructuras y más habitantes viven en la miseria que al final de la colonización francesa, en 1964. Habría que analizar cómo ha influido allí el proceso de subdesarrollo y cómo los impactos del mercado mundial, por ejemplo el de la vainilla o las maderas preciosas, cómo las implantaciones de empresas extranjeras, atraídas por los rendimientos financieros elevados a corto plazo, realizan otro modelo colonial, de explotación a distancia, indiferente al país y tan amigable como una hoja Excel.
  
Rhodesia era el granero de cereales del África subecuatorial. Convertido en Zimbabwe, ha conseguido, después de cincuenta años de presidencia de Robert Mugabe, dividir por… cuatro su producción, hasta el punto de tener que depender de importaciones para alimentar a su población, hasta el punto también de tener a casi tres millones de sus ciudadanos viviendo en Sudáfrica en condiciones muy precarias. 

Un nuevo invitado, el mercado

Después de África, vayamos a Iberoamérica. Brasil y México comparten el privilegio de ser dos grandes países en paz con sus vecinos, pero donde la tasa anual de homicidios los clasifica entre los países en guerra civil. La criminalidad consigue un número de víctimas comparable al observado en países como Siria, Libia o República Centroafricana. Una evolución reciente. En la mayor parte de las regiones rurales, una justicia consuetudinaria discreta y eficaz hacía reinar una seguridad que todos reconocían. La descomposición política y social engendrada por la violencia criminal equivale, en sus efectos, a un retroceso importante de la convivencia y la calidad de vida. Aquí también el subdesarrollo territorial está en marcha, disimulado bajo los oropeles del “Estado de derecho” y los derechos del individuo. 

En el Próximo y Medio Oriente, más allá de la sucesión de los dramas iraquí, sirio y libio, en los que habrá que buscar un día a los verdaderos culpables, detrás de la destrucción del régimen baasista, está en marcha la regresión política. El hecho de que esté marcada por la vuelta al poder de la religión, por la islamización en profundidad de sociedades que no estaban occidentalizadas más que en la superficie (que hace temer en Europa una vuelta de lo sagrado, lo irracional y del sacrificio que contrarrestan su materialismo), esta regresión política devuelve a inmensos territorios y poblaciones a la supervivencia comunitaria y política a través de la fe, en lugar del orden de las naciones, de los imperios y del Estado. Sin duda, en los tiempos que vienen, ¿no estarán conformes todos los pueblos y las naciones con un Estado? ¡Que vuelvan al estado tribal! Con toda evidencia, lo que sucede tanto en Marruecos como en Siria, y en Irán o Turquía como en el Líbano, no puede ser considerado en la línea del progreso, ni tampoco entre los éxitos de la política de intervención occidental. El voluntarismo del plan norteamericano del “Great Middle East” deja detrás de él un terreno en ruinas, y toda una región devuelta a más de medio siglo hacia atrás. ¿Qué otras convulsiones llegarán después?

¿Y qué sucede en Europa? El frente del fundamentalismo está abierto al norte del Mediterráneo, y ya están dispuestos los escenarios de enfrentamientos etno-religiosos que llevarán a Alemania, Gran Bretaña o Francia tres o cuatro siglos hacia atrás, hasta el tiempo de las guerras de religión. Para rebajar a Europa, nada mejor que dividir sus naciones y destruir la unidad interna que era su principal fuerza, la de la Serbia resistente como la de Hungría o Polonia. Para paralizar Europa, lo mejor es atizar sus conflictos internos, los que se preparan en los Balcanes para contrarrestar la influencia china, la presencia rusa y el peso de la religión ortodoxa.

El discurso dominante sobre la nación “emprendedora” (de Macron) y de la economía también pueden verse en este proceso de subdesarrollo, de regresión política y de descomposición interna. El proceso de subdesarrollo social es manifiesto en la renuncia implícita a los ideales de justicia y de igualdad de la ciudadanía (¿quién se atrevería todavía a hacerlos prevalecer hoy en Europa?).

Llegados a este punto, el observador se detiene y siente que ha llegado el momento de recapitular. ¿Y si existiera una estrategia de subdesarrollo? ¿Y si la ruina de las sociedades civiles, la destrucción de los Estados en plena posesión de su territorio y de sus recursos, y si la privatización de las instituciones y de las funciones colectivas en las regiones que no se sometan al orden mercantil, fuera una política? Bajo los enfrentamientos entre Estados está el ejemplo de la destrucción de las infraestructuras políticas establecidas, con mayor o menor acierto, tomando como modelo al Estado-nación. El rol inédito llevado a cabo por las sociedades de seguridad privadas en el Próximo y Medio Oriente, en la República Democrática del Congo, en Mozambique, o en el golpe de Estado exitoso en Arabia Saudí, debería ponernos en alerta. Ya que, en el acuerdo conseguido hace dos siglos entre el derecho, la política y la historia, ha aparecido un invitado que nadie esperaba bajo esta forma, y es el mercado, que hace de la paz y de la guerra, del hambre y de la sed, de la vida o de la muerte, un producto como los demás, una prestación como otra cualquiera, que se pagarán a su precio. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne