Librecambismo vs. proteccionismo, por Alain de Benoist (I)


Cuando se creó, en 1842, la muy liberal “Sociedad de economía política” se dotó de un eslogan: «Nadie que sea economista es proteccionista». Es decir que, desde ese punto de vista, en los medios liberales, el librecambio era ya considerado en esa época como un factor de “progreso”. Y así continúa. 

Desde el final de la Segunda guerra mundial, el librecambio se ha convertido incluso en la doctrina económica dominante. La creación de zonas de librecambio como la Unión Europea, Alena (en América del norte) o Mercosur (en América del sur), ha sido una de las consecuencias de la apertura exterior de las economías nacionales. La Organización mundial del comercio (OMC), que entró en funcionamiento el 1 de enero de 1995, se ha visto destinada también al desarrollo del librecambio. En 1979, las exportaciones mundiales de bienes y servicios representaban apenas un 12% del PIB mundial; hoy representan más del 30%.

El librecambismo se basa en la idea de que las reglas deben ser las mismas en todas partes, a fin de que pueda llegarse lo antes posible a la competencia “pura y perfecta” que permite a la “mano invisible” ejercer su función sobre los mercados presentados como autorreguladores y autorregulados. En la jerga de los economistas, su ideal es el “level playing field”, el terreno de juego nivelado o aplanado, desembarazado de todo lo que pueda obstaculizar el libre juego del mercado: fronteras, reglamentaciones, regulaciones, tarifas aduaneras, etc. En esta perspectiva, el problema no es, evidentemente, el comercio internacional, que está llamado a extenderse indefinidamente, sino la “rigidez” de los salarios reales y la reglamentación del trabajo, llamados a frenar la competitividad de los países desarrollados. Pero en lugar de reglas iguales para todo el mundo, lo que quiere el librecambismo es la abolición de todas las reglas, de todo lo que pueda dificultar el desatamiento planetario de la lógica de la “posesión” y del “beneficio”. El librecambio no es, a fin de cuentas, sino la libertad absoluta del capital, y la facultad que se le otorga para arrasar la totalidad del mundo sin someterse a ninguna regla. 

La idea general, impulsada durante mucho tiempo por el alza de las materias primas, es que el comercio internacional representa el principal vector del crecimiento económico, y que habría todavía más crecimiento si se suprimiera completamente todo aquello que pudiera interferir. Esto se traduce, en la práctica, en una carrera general de las exportaciones. Los estudios que habían examinado la correlación entre el grado de apertura de las economías y la tasa de crecimiento, no confirman, sin embargo, esta idea. Ellos muestran, por el contrario, que el librecambio no entraña necesariamente una igualación del precio de los factores, que beneficia a ciertos países (los más ricos, en general) y perjudica gravemente a los otros, porque induce distorsiones profundamente destructivas entre los países dotados de sistemas socioproductivos totalmente diferentes, en particular, debido a que el ajuste de la oferta y la demanda no se produce en todas partes a la misma velocidad (teorema de Mordecai Ezekiel). También es una ilusión apoyarse sólo sobre el PIB (o el PNB) para medir la riqueza, porque esos índices no pueden, por definición, tener en cuenta los bienes y servicios que se intercambian fuera del mercado. «La mercantilización de una economía que inicialmente poseía un sector no mercantil, recuerda Jacques Sapir, se traduce siempre por un alza del PIB incluso cuando la riqueza real del país disminuye».

Los economistas, cegados por su adhesión a los dogmas del liberalismo económico son, en primer lugar, incapaces de pensar sobre la dimensión colectiva, las entidades nacionales o continentales, los fenómenos de empresa y de poder que contradicen siempre la competencia “pura y perfecta” del juego. Ellos rehúsan, a continuación, admitir que no es el consumo (la demanda) el objetivo del crecimiento económico (la oferta), sino el crecimiento económico fruto del consumo. Ellos no ven, además, que el sistema de la oferta y la demanda, en el que supuestamente se ajustan espontáneamente, no puede, en el mejor de los casos, sino satisfacer la demanda efectiva, y que ésta se reduce cada vez más. Ellos se imaginan que la liberalización o la desregulación integral de los intercambios permitirán a todos los actores extraer un beneficio igual de sus relaciones comerciales, mientras que aquéllas no dejan de agravar las desigualdades, tanto entre los países como en el interior de cada país. El principio de la competencia “libre y no falseada” es una contradicción en sus términos: toda competencia “libre” es obligatoriamente falseada, toda competencia no falseada no es por ello más “libre”.

Esto es lo que señala desde hace tiempo Maurice Allais, premio Nobel de economía en 1988: «Una liberalización total de los intercambios y de los movimientos de capital no es posible, sólo es deseable en el marco de los conjuntos regionales que agrupen a países económica y políticamente asociados, y de desarrollo económico y social comparable». En otros términos, el librecambio no es posible más que entre sistemas socioproductivos dotados de una relativa identidad estructural. Es por esto que «la liberalización total de los intercambios a escala mundial, objetivo afirmado por la Organización mundial del comercio, debe ser considerada, a la vez, como irrealizable, como nociva y como no deseable».

En materia de comercio internacional, el librecambismo se funda igualmente en la teoría de las “ventajas comparativas” enunciada por Ricardo. Esta teoría, según la cual cada país tiene interés en especializarse en un sector productivo en el que es más competitivo, reposa sobre la idea implícita de que las economías se definen por rendimientos en escala constante, lo que no se corresponde con la realidad. Un país que se especializa exageradamente y privilegia al extremo sus exportaciones no es, en realidad, más eficaz para satisfacer su demanda interna y deviene dependiente de una evolución y un proceso que él no controla. Abandonando los sectores productivos en los cuales está llamado a ser menos competitivo, él abandona también un “savoir-faire” [pericia, destreza, habilidad, saber hacer], un recurso “inmaterial”, que gravará la evolución futura de toda su economía. 

Por supuesto, este dogma antiproteccionista se acompaña de una fuerte hipocresía. Los Estados Unidos, grandes promotores del librecambio, no han dudado nunca, como todo el mundo sabe, en recurrir (por la devaluación, la subvención directa o indirecta, los derechos de aduana, etc.) al proteccionismo cada vez que éste podía servir a sus intereses. Los norteamericanos, especialmente, financian su aparato militar-industrial con la demanda pública. Los chinos subvencionan masivamente sus exportaciones cuando manipulan su moneda a fin de inundar los mercados occidentales de productos a bajo precio, etc.

La mundialización, que ha provocado a partir del año 2000 el despegue espectacular de los países emergentes (China, India, Brasil, etc.), conjuga tres factores: la reducción progresiva de las barreras aduaneras, la desregulación de los mercados financieros y los grandes cambios tecnológicos en las comunicaciones y los transportes. La extensión del librecambio, entonces, ha ido a la par con la mundialización, lo que ha favorecido la libre circulación de personas, de mercancías y de capitales, ha facilitado las deslocalizaciones hacia los países emergentes con fuerte capacidad tecnológica pero bajos costes salariales, así como las exportaciones masivas, en condiciones de “dumping” [práctica comercial que consiste en vender un producto por debajo de su precio normal, o incluso por debajo de su coste de producción, con el fin inmediato de ir eliminando las empresas competidoras y apoderarse finalmente del mercado], que provienen de países que, como la China actual, hacen basar lo esencial de su crecimiento en la demanda exterior, favoreciendo sus exportaciones por una infravaloración de su moneda, disponiendo de una reserva de mano de obra casi inagotable y pagando unos salarios de 30 a 80 veces inferiores a los de los países occidentales. Estos salarios tan bajos constituyen, bien entendido, una “ventaja comparativa” para los países que los practican, pero un proceso deleznable para los que lo padecen.

La mundialización ha permitido a las burguesías y a las capas dirigentes locales desterritorializar la producción con la esperanza de desembarazarse de los marcos restrictivos de las naciones y de los Estados, transfiriendo una gran parte de esta producción a las regiones del planeta menos exigentes en materia salarial, fiscal, social y medioambiental. Esta evolución se traduce en costes sociales también muy grandes. El librecambio rompe, en efecto, el equilibrio entre producción y consumo. Poniendo en “igualdad de condiciones” la competencia entre países de nivel económico y estructura social completamente diferentes, crea las condiciones de dumping e instaura distorsiones sociales insoportables. Conduce a las empresas a considerar sus salarios como un coste puro y duro y, comprimiendo los salarios, las precipita a una competición brutal e inhumana. 

La desregulación-mundialización, iniciada en la década de los años 1980, y que alcanza su paroxismo a mitad de la década de los años 1990, no solamente ha cavado una fosa cada vez más profunda entre la lógica financiera y la lógica de la economía real. Ha hecho también que el valor añadido de las ganancias beneficie, cada vez más, a los accionariados y los detentadores del capital y, cada vez menos, a los asalariados que las producen. Poniendo los salarios en competencia con la mano de obra infrarremunerada de los países emergentes, los detentadores del capital, en otros términos, han ejercido sobre los salarios una evidente presión a la baja, olvidando que los productores son también los consumidores.

En este sentido, la mundialización ha marcado el final del sistema fordista, en el cual había un interés del capital por aumentar regularmente la remuneración de los salarios a fin de maximizar su capacidad de consumo. El aumento de la producción y el del consumo iban entonces a la par. Este círculo “virtuoso” se quebró desde el instante en que, para satisfacer las exigencias del librecambio, se comprimieron cada vez más los salarios con el único objetivo de continuar siendo “competitivos”, especialmente por relación a los países que podían producir lo mismo con salarios cada vez más bajos. Cada vez más sometidos a la presión accionarial -los accionariados exigen un máximo retorno de la inversión que implica despidos, jubilaciones, reducción de los salarios, traslados acompañados de “planes sociales” etc.- al mismo tiempo que las deslocalizaciones, los asalariados han debido aceptar las condiciones de trabajo cada vez más degradadas a fin de preservar sus empleos. (En varios países que tienen estructuras similares a las de Francia, el coste total de las enfermedades relacionadas con el estrés en el trabajo representa ya casi el 3% del PIB). Su nivel de vida ha comenzado a bajar, mientras que el desempleo aumenta. En todos los países desarrollados, la brecha ha crecido entre el ingreso medio y el ingreso promedio, y la deflación salarial ha ejercido sus efectos en el sentido de una pauperización relativa de las clases medias y populares, y por tanto de una bajada relativa de la demanda interior, mientras que la mayor parte de los gobiernos emprenden “reformas” cuyos intereses consisten, en lo esencial, en hacer siempre trabajar más para ganar menos. Jacques Sapir señala por su parte que “la combinación del librecambio y de la rigidez monetaria del euro hace necesaria, desde el punto de vista empresarial, la inmigración clandestina. Los sin-papeles no son cubiertos por el derecho social vigente. La inmigración deviene entonces en el equivalente de una devaluación fáctica y de un desmantelamiento de los derechos sociales frente a la presión de la competencia importada”

En estas condiciones, la capacidad política y sociológica para alargar la demanda de bienes y servicios no ha dejado de reducirse, cuando incluso la capacidad económica y tecnológica posibilita que estos bienes y servicios continúen creciendo, gracias especialmente a las ganancias de productividad, una de cuyas consecuencias es la de aumentar el desempleo; estas ganancias permiten producir siempre más mercancías con siempre menos hombres, convirtiendo, de golpe, el trabajo en un bien escaso. (Desde 2005, la Organización internacional del trabajo señala que cada vez hay menos correlación entre crecimiento de la economía y creación de empleo).

El principal resultado de la generalización del librecambio, más allá de las ventajas marginales inmediatas que de él pueden resultar (economías de escala, mejor relocalización de ciertos factores de producción etc.), ha sido, a la vez, la caída de la tasa de crecimiento y el fuerte aumento de las desigualdades en todos los países. “La mecánica fundamental del librecambio, declara Emmanuel Todd, es la introducción en cada uno de los países de las desigualdades que existen a escala mundial, en consecuencia, el aplastamiento de los salarios”. A esta caída del crecimiento, resultante de la deflación de los salarios, de la inseguridad social y de la bajada de la demanda interior, sólo es posible resistirse por el endeudamiento. Cuando los salarios están estancados y el trabajo infrarremunerado, la demanda no puede, en efecto, provenir sino del endeudamiento y del crédito. Amenazados de pauperización, los asalariados se endeudan cada vez más para intentar preservar su nivel de vida, incluso cuando sus ingresos reales disminuyen. Pasado un cierto umbral, ellos no pueden reembolsarlos y todo el sistema se colapsa. Esto es lo que sucedió en el otoño de 2008 con la crisis norteamericana de las “subprimes”, que desembocó en la crisis mundial. La anormal aceleración de los mecanismos de crédito resulta de la tentativa de mantener artificialmente, por el crédito precisamente, la capacidad de consumo de los hogares, mientras que los ingresos reales estancados disminuyen, lo que ha terminado por conducir a una crisis de insolvencia generalizada de los agentes privados (hogares y empresas).

La crisis es, en buena parte, de los Estados Unidos, porque éste es un país en el que se consume más de lo que se produce y en el que el ahorro es inexistente. Con sus ingresos disminuyendo, los norteamericanos están condenados a endeudarse, y este endeudamiento está llegando a cotas jamás vistas anteriormente. En 2007, ¡el endeudamiento de los hogares americanos representaba el 100% del PIB! Después de los Estados Unidos, los países más afectados son aquellos donde el endeudamiento era más elevado y donde estaban más inspirados en el modelo anglosajón de una economía muy abierta y muy financiarizada: Inglaterra y España en primer lugar, pero también Holanda, Irlanda, Hungría, etc. Otros varios países están prácticamente en bancarrota: Irlanda, Grecia, Islandia, Ucrania, Rumania…

Emmanuel Todd observa acertadamente que los efectos negativos del librecambio aumentan desde la parte baja de la sociedad. En la década de los años 1980, son los obreros los más afectados por el aumento de las desigualdades; a continuación, vimos en la década de 1990 a las clases medias “descolgarse” de su entorno como víctimas de una pauperización equivalente a un desclasamiento. Hoy, las ganancias de capital debidas al librecambio no benefician realmente más que al 1% superior de la sociedad, que devienen siempre más ricos, mientras que se amplía la brecha con los salarios y la masa de asalariados deviene siempre en más pobre. «La adhesión de las élites al librecambio, dice Emmanuel Todd, hace sufrir a la sociedad en su conjunto».

Las poblaciones más amenazadas ya no son, como en el pasado, las menos cualificadas, sino aquellas cuyas tareas pueden ser deslocalizadas más fácilmente. Los partidarios del librecambio son indiferentes, pues las deslocalizaciones se justifican, en su opinión, por el solo hecho de que ellas aumentan la competitividad, y permiten así a los detentadores del capital captar una parte cada vez mayor de la riqueza producida. (Este es el mismo argumento que se utilizó en el siglo XIX para justificar el trabajo infantil). «Estoy orgulloso de ser un empresario que deslocaliza», declaraba Guillaume Sarkozy, presidente de la Unión de industrias textiles, y hermano del que ya conocemos.

Directas o indirectas, ya sean realizadas o utilizadas como una amenaza para cuestionar acuerdos y reglamentaciones sociales adquiridos en el pasado por las luchas sociales, las deslocalizaciones de empresas afectan, en primer lugar, a los productos de baja gama y gran consumo, después, a partir del fin de la década de 1980, a la electrónica destinada al gran público, los electrodomésticos y el automóvil, y en fin, desde mitad de los años 1990, a los productos más sofisticados, así como a los servicios “inmateriales” (tratamiento de datos, aparatos radiológicos, etc.). La distancia entre los lugares de producción y los de consumo cada vez es mayor. 

Pero, contrariamente a una idea preconcebida, las políticas depredadoras de los nuevos países emergentes no tienen solamente un efecto devastador sobre las economías desarrolladas, sino que ellas también desestabilizan fuertemente a los países del Tercer mundo. Las ganancias inducidas por las reglas de la OMC para los países en vías de desarrollo son, en efecto, bastante débiles. «Contrariamente a lo que se dice frecuentemente, escribe Jacques Sapir, el librecambio no ha sido un factor de desarrollo de los países más pobres, y su efecto sobre la reducción de la pobreza ha sido fuertemente sobrestimado, cuando no producto de un error de cálculo». El argumento según el cual los desequilibrios que hoy constatamos benefician, al menos, a las poblaciones de los países menos desarrollados es, pues, cuestionable, pues las desigualdades entre los países continúan aumentando. En efecto, las ganancias obtenidas en los países emergentes sirven, sobre todo, para enriquecer a una fina capa dominante, cuya fortuna se ha disparado literalmente en el curso de las últimas décadas.

El riesgo es hoy el de una espiral deflacionista, acompañada de un aumento radical del desempleo y de una bajada generalizada de los ingresos, pero también de una fuerte caída de la producción industrial en los países desarrollados. En 1999, en su libro sobre “La crisis mundial actual”, Maurice Allais anunciaba el “colapso general” de una “economía mundial basada totalmente en una pirámide de deudas”. En ello estamos. (Continuará…)