El puto San Foucault, de François Bousquet

El editor Javier R. Portella, a la izquierda, junto al cartel del acto de presentación del libro, y el autor, François Bousquet, a la derecha


San Foucault, el primer liberal-libertario, por Edouard Chanot

El 5 de noviembre de 2015, Michel Foucault (1926-1984) entró en la Pléiade (colección creada en 1931 para publicar las obras completas de los autores clásicos, para los que su inclusión implica su máxima consagración en el mundo editorial). Afortunadamente, un librito tan justo como necesario, firmado por François Bousquet, apareció oportunamente para denunciar “la expresión más acabada del espíritu de nuestros tiempos”, al “portavoz de nuestra modernidad tardía”, el que fue, sin duda alguna, el primer liberal-libertario.

El ejercicio es peligroso: ¿no es Foucault el autor en ciencias humanas más citado en el mundo? Sin embargo, «“Putain” de Saint Foucault, arqueología de un fetiche» logra circunscribir las grandes líneas de su pensamiento, sin ninguna mezquindad. Desprovisto de moralismo pero consciente de una exigencia ética, el ensayo extrae, con claridad, las intenciones del jefe de filas de la French Theory, ese movimiento de aprendices de brujo que causaron ‒y causan todavía‒ furor en Norteamérica y en la Escuela Normal Superior francesa.

Bousquet navega con facilidad en las frías aguas de la historia de la literatura y de las ideas. ¿Nietzscheano, Foucault? No, la muerte de Dios no era suficiente. Foucault anunció la muerte del hombre, “el devenir animal del hombre”. La deconstrucción se revela como una destrucción, un deseo de aniquilación, y no un retorno a la pulsión arcaica, fundadora de la cultura.

¿Marxista, entonces? No, por adelantado: el proletariado no era ya suficientemente marginal a sus ojos. Foucault contribuyó a derribar el viejo socialismo. En consecuencia, había que abandonar al pueblo, ese grupo de pertenencia con instintos conservadores. 

Y, a decir verdad, Foucault no soñaba con una nueva humanidad: aspiraba a una reificación desconocida ‒”lo que debe ser producido no es el hombre tal y como lo había diseñado la naturaleza, o tal y como lo prescribe su esencia; tenemos que producir algo que no existe todavía” (en Dichos y Escritos, citado por Bousquet).

¿Sofista? Ciertamente. La crisis de nuestro tiempo es una crisis de la razón: “en el momento en que la etnología iba a buscar en las antípodas al Otro de la racionalidad occidental, [Foucault] lo descubrió en los asilos y en las prisiones. El Otro, el Otro total, la alteridad radical ‒el Todo, la alteridad radical: el deshecho y la escoria de la sociedad, sobre el que Foucault celebró el regreso del reprimido dionisíaco”. Toda una reinversión: si la razón conduce a los horrores, entonces la sinrazón debería guiarnos mejor. Así prepara el terreno a la teoría de género, esperando un “futuro mutante” y un “retorno a la androginia primordial”, según Bousquet.

Foucault expresa un doble movimiento: por un lado, el cuestionamiento de la naturaleza humana y, por otro lado, la atracción hacia un mundo nuevo. Esto nos lleva al argumento central del librito de Bousquet: descubriendo la Escuela de Chicago, Foucault opera la fusión entre la deconstrucción libertaria y el liberalismo utilitarista y destructor: “buen alumno, no olvida que una de las características del neoliberalismo es su horror por todo lo que son límites y limitaciones”.

La deconstrucción se convirtió en hija de la destrucción creativa: “no sin euforia, Foucault descubre un potencial insospechado de subversión de las normas”. “He aquí lo que le ofrece el neoliberalismo: una promesa de atomización social, de inseguridad cultural, de desorden. Entropía y caos ‒él no podía soñar con algo mejor”.

Resta saber dónde se detuvo el pensamiento foucaultiano, expresión de una Europa sin aliento: en los bajos fondos californianos, justo ante la línea del nihilismo que nosotros tenemos la tarea de franquear ‒los pies bien plantados en el suelo de la Ciudad y la mirada escrutando en el Cielo.

Foucault: retrato de un astro negro, por Esther Benfredj

Mientras las ediciones Gallimard daban entrada a la obra de Michel Foucault en la colección La Pléiade, auténtico panteón de la literatura, François Bousquet publicaba un pequeño libro sobre “esta estrella ineludible de los laboratorios de investigación”, literalmente beatificado a su muerte en 1984.

En Putain de Saint Foucault. Archéologie d’un fétiche, Bousquet nos libra un retrato sin concesiones de este maestro del pensamiento del siglo XX, que dejó tras de sí una abundante obra en los confines de la filosofía, la historia y la psicología.

Foucault fue ‒por convicción o por oportunismo‒ anarquista, marxista, nihilista y neoliberal, en resumen, un “polígamo en cuestión de ideas”. Entonces, ¿no sería un impostor? Para intentar responder a este audaz interrogante, Bousquet analiza minuciosamente la vida y la obra de este profesor del Collège de Francia. Recuerda, entre otras anécdotas, lo que de él decía Georges Dumézil: «Llevaba máscaras y siempre las cambiaba”. Es, en este sentido, que Foucault se mimetizaba perfectamente con los aires de su época. Se convirtió en la figura más lograda, más exitosa. ¿Veleta o brújula?

De una forma bastante picante, se dibuja, con el transcurso de las páginas, la personalidad de un ser obsesionado por el poder y la dominación. El autor resalta con destreza la implacable perspectiva del universo carcelario foucaultiano, calcado sobre el modelo del Panopticon de Jeremy Bentham, dentro del cual todo es opresor y alienante. Lo que Foucault presenta de esta forma es un auténtico sistema totalitario donde la dominación y la sumisión son exacerbadas. Esta concepción del mundo carcelario, explica Bousquet, revela la psicosis delirante del pensador, manifestando también sus tendencias sadomasoquistas, tan bien descritas por James Miller en La passion Foucault. 

Saint Foucault, cuyos trabajos contribuyeron a la eclosión de la teoría de género, permitió a los adeptos de la desnaturalización del sexo acaparar el protagonismo escénico. Durante la presentación de la obra Herculine Barbin, llamada Alexina B, un andrógino del que publicó sus memorias, Foucault preguntó a los asistentes: “¿Tenemos realmente necesidad de un auténtico sexo?” La cuestión había sido lanzada, dejando entrever la voluntad del predicador de desvincular el sexo biológico de sus tristes funciones genitales. El hombre no debe ser prisionero de su cuerpo: “Para mí, lo que debe ser producido no es el hombre en la forma diseñada por la naturaleza, o tal y como su esencia lo prescribe; debemos producir otra cosa que todavía no existe y que todavía no sabemos lo que será”. ¿Prefiguración del nuevo hombre o fin de la humanidad?

Con la lectura de este libro comprometido, no podemos sino saludar la valentía de François Bousquet, porque es forzoso reconocer que nunca es fácil atacar a un monstruo sagrado. Este trabajo, más que necesario, proporciona una bocanada de aire fresco al debate intelectual. No olvidemos a Jacques Laurent, el cual, en su época, osó desafiar a François Mauriac, la divina figura del general De Gaulle, y fue condenado por ofensas al jefe de Estado. François Bousquet no conocerá, evidentemente, la misma suerte, a excepción, quizás de los sentimientos que suscitará en algunos círculos intelectuales: desprecio o admiración.

¿Foucault fue un error?, por Saïd Mahrane

Estamos ante un estimulante ensayo que vapulea el pensamiento y la herencia del filósofo Michel Foucault, cuyos discípulos son, en ocasiones, sus peores promotores.

Nietzsche amaba a Wagner, pero no a los wagnerianos. ¿Quizás podría decirse lo mismo de Foucault y los “foucaultianos”, en tanto que ellos, por ideología o ignorancia, caricaturizan, a veces, el pensamiento del “maestro”? En efecto, sería estúpido negar la fuerza espiritual del que fue titular de un sillón en el Collège de Francia o de calificarlo ‒con expresión de moda‒ de “seudointelectual”. No sería más “seudo” que Alain Finkielkraut, Régis Debray, Marcel Gauchet o Pierre Nora. Sus trabajos sobre las prisiones, la sexualidad, las minorías o la locura, han influido considerablemente nuestras representaciones de la sociedad, infiltrándose en todas las esferas, tanto políticas, de derecha y de izquierda, como mediáticas, asociativas y universitarias. Antes de elaborar una teoría, muchos estudiantes de humanidades, todavía hoy, consultan la obra del filósofo, muerto en 1984. Algunos intentar “arreglar” su pensamiento. Quieren actualizarlo. Con el riesgo de distorsionarlo y descontextualizarlo.

Los epígonos de Foucault –cuyos críticos son diabolizados por los guardianes del templo– aparecen, de esta forma, como los peores promotores de la herencia foucaultiana. El ejemplo más impresionante, y más actual, es el del joven escritor Édouard Louis, cuyo talento para la escritura, muy real, no es equiparable a sus análisis societales. Entre Bourdieu y Foucault, su corazón duda: entonces, él mezcla, toma lo que considera mejor de cada uno, hace la síntesis, y desarrolla una ñoñería socio-sentimental que nos supera.

He aquí el vivo ejemplo de cómo hacer de Foucault, de golpe, un filósofo sistemático, inscribiendo sus temas en el entorno que lo condiciona, que incluso lo animaliza en ocasiones, haciendo desdén de toda superación de sí mismo y de su voluntad. He aquí, en otras circunstancias, cómo hacer del foucaultismo un catecismo, una secta. Así, Marcel Gauchet, uno de los últimos grandes pensadores, que ha sido calificado de “reaccionario” por Édouard Louis y sus amigos, ha hecho a Foucault infrecuentable e inaudible. Lo mismo sucede con otros foucaultianos, que frecuentemente le ignoran dentro de sus ocupaciones y eminentes responsabilidades, ya sea en el seno de la izquierda gubernamental o en ciertos medios de comunicación.

En este contexto surge el librito de François Bousquet, que vapulea la estatua del “maestro” como la “arqueología de un fetiche”. Con algún exceso caricaturesco, Bousquet deconstruye el pensamiento del “santo” filósofo y denuncia, especialmente, la nocividad societal que se encuentra en su obra y que verificamos hoy en día: las asignaciones sexuales, los estudios de género, la politización del cuerpo, la revancha de las minorías, la deconstrucción de la noción de desviación. El autor reprocha a Foucault, sobre todo, su fascinación por la violencia, porque, según el filósofo “el crimen es una energía que se recupera, una brillante protesta de la individualidad humana”.

Para Bousquet, el “neoliberal” Foucault es un “anti-Rousseau”, el responsable “de un nuevo contrato social deliberadamente asocial”. Este ensayo es picante, estimulante y desagradará a sus susceptibles discípulos. Pero demuestra, por otra parte, que el autor de Vigilar y castigar continúa siendo “estructurante” o, como se dice ahora, “viral”.